A un segundo de ti 16 No te conviene
48%

16 No te conviene

Vega

Nico sale de la sala y yo permanezco unos segundos mirando la puerta cerrada, como si necesitara asegurarme de que realmente se ha marchado antes de permitirme pensar en lo que acaba de ocurrir.

Sobre la mesa siguen su teléfono, no físicamente, sino en mi memoria, los mensajes de hace años, mi nombre escrito por un hombre al que todavía no conocía y aquella invitación que nunca recibí porque Rocco decidió que era mejor dejarla para otro día.

Todo eso debería ocuparme por completo y, sin embargo, mi cerebro demuestra una irritante falta de prioridades y regresa una y otra vez al mismo instante: Nico acercándose, sus ojos descendiendo hacia mi boca y yo sin moverme. Iba a besarme.

No necesito analizarlo durante horas ni consultar a un especialista en comportamiento humano. Iba a besarme y, si Matteo hubiera tardado treinta segundos más en llamar, probablemente lo habría hecho. Lo peor es que yo quería.

Me siento en la silla que acaba de dejar libre y apoyo los codos sobre la mesa.

He pasado años creyendo que ciertas partes de mí se habían apagado con Rocco.

No de manera trágica ni definitiva; nunca me prometí guardar luto eterno ni convertí su recuerdo en una religión.

Simplemente ocurrió. Después de perderlo hubo hombres que me parecieron atractivos, alguno que intentó acercarse y un par con los que incluso acepté cenar, pero nada consiguió atravesar esa capa invisible que separaba el interés de la necesidad verdadera de tocar a alguien.

Siempre aparecía una distancia. Una comparación.

Una voz interior diciendo que aquello no era lo mismo.

Con Nico no es lo mismo. Quizá ese sea precisamente el problema.

No se parece a Rocco. Ni físicamente ni en la manera de estar en el mundo.

Rocco llenaba los espacios; Nico los mide antes de ocuparlos y después hace exactamente lo que le da la gana.

Rocco hablaba cuando estaba nervioso; Nico utiliza el humor para esconderlo.

Rocco necesitaba que lo quisieran y fingía que no; Nico parece convencido de que no necesita a nadie hasta que algo le importa y entonces se le nota demasiado.

Son distintos y, sin embargo, hubo un instante hace unos minutos en el que miré a Nico y no pensé en Rocco. Eso debería tranquilizarme, sin embargo, me asusta.

Recojo los documentos y salgo de la sala.

El paddock está en plena desmontada y el ruido de los carros, las cajas y las conversaciones me devuelve al presente.

Claudia me intercepta antes de que consiga llegar a la oficina y durante la hora siguiente no tengo tiempo para pensar en nada que no sean horarios, autorizaciones, dos compromisos publicitarios que se han solapado y un patrocinador que considera imprescindible grabar a Nico pronunciando una frase promocional en tres idiomas.

—En francés también —ordena Claudia.

—Nico no habla francés —aviso.

—Dice que sí.

—Nico dice muchas cosas.

—Pues averígualo.

Lo averiguo quince minutos después, cuando entro en una de las salas del hospitality y encuentro a Nico delante de una cámara, repitiendo por quinta vez una frase en francés mientras el responsable de la marca intenta mantener una expresión diplomática.

—¿Qué tal? —pregunto.

—¡Necesitamos mejorar la pronunciación! —grita, irritado.

—Mi pronunciación es excelente —protesta Nico.

—Acabas de convertir performance en una enfermedad respiratoria —replica el hombre.

—Los franceses pronuncian raro —se defiende el piloto.

—Estás hablando su idioma.

—Por eso deberían agradecérmelo —siguen discutiendo.

El cámara se ríe. El responsable de la marca no.

—Dame la frase —le pido. Me la entrega. La leo, escucho la grabación correcta en el teléfono y miro a Nico—. Repítela conmigo.

—Esto empieza a parecer el colegio —gruñe.

—Con la diferencia de que ahora te pagan.

—En el colegio también deberían haberme pagado.

Después de cuatro intentos conseguimos una toma válida. El hombre de la marca parece a punto de abrazarme y Nico protesta porque, según él, la segunda era mejor. Cuando termina la grabación, el cámara empieza a recoger el equipo y yo reviso en la tableta el siguiente compromiso.

—¿Qué viene ahora? —pregunta Nico.

—Una fotografía con el producto.

—¿Cuánto?

—Diez minutos.

—¿Y después?

—Eres libre.

—¿Libre de verdad?

—Hasta que alguien descubra que respiras y decida patrocinarlo.

Levanto la vista y nuestros ojos se encuentran. Durante un instante regresamos a la sala. Al casi beso. Él también lo recuerda.

—Vega. Antes he recordado algo.

El tono ha cambiado.

—¿Sobre Aragón?

—Una frase. Rocco me dijo: No te conviene.

Siento una presión extraña en el pecho.

—¿Referido a mí?

—Creo que sí.

—¿Crees?

—No recuerdo toda la conversación, pero recuerdo esas palabras y recuerdo que hablábamos de ti.

Me apoyo contra la mesa.

No te conviene.

La frase me resulta conocida, no por haberla escuchado hoy, por Rocco.

—A mí también me dijo algo parecido.

Nico deja de apoyarse en la pared.

—¿Cuándo?

—No lo sé exactamente. Después de Aragón, seguro.

—¿Antes de que estuvierais juntos?

Intento reconstruirlo.

—Sí.

Ahora es él quien se queda inmóvil.

—¿Qué te dijo?

Cierro los ojos un momento. Hay recuerdos que no desaparecen; simplemente pierden el contexto. Una terraza. Mucho calor. Rocco sentado frente a mí. Yo preguntando por alguien.

Por Nico.

—Le pregunté por ti.

—¿Por qué?

—Porque había oído hablar de ti y porque, después de lo del vídeo, alguien de tu equipo me dijo que eras menos imbécil de lo que parecías.

—Calumnia.

—Rocco dijo algo como que no me fiara de ti.

—¿En serio?

—Estaba bromeando.

—¿Seguro?

Abro los ojos.

—Entonces me lo pareció.

—¿Qué más?

—Que eras peligroso.

Nico sonríe.

—Eso me gusta más.

—Dijo que eras peligroso para las mujeres. —La sonrisa desaparece—. Yo le pregunté si hablaba por experiencia y se rio. Después dijo que no me convenías.

Nos miramos. La misma frase.

—Entonces empezó antes —comenta.

—Parece que sí.

—¿Y no te llamó la atención?

—Nico, todavía no estábamos juntos. Rocco y yo habíamos hablado dos veces. Tú eras su amigo, un piloto al que yo conocía de nombre y al que había ayudado indirectamente con un problema de comunicación. No estaba planificando nuestro futuro.

—Qué decepción.

—Devastadora —ironizo.

Sonríe, pero dura poco.

—¿Te interesaba conocerme?

—Tenía curiosidad.

—Eso no es lo mismo.

—No sabía ni cómo eras.

—Habías visto fotos.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque en las fotos los pilotos parecéis todos más interesantes.

Nico cruza los brazos.

—Entonces Rocco pensaba que yo no te convenía y, al mismo tiempo, evitó que fueras a una cena donde íbamos a conocernos.

—Eso parece.

—Semanas después empezó a salir contigo. Y durante dos años evitó que nos conociéramos.

La sucesión, pronunciada en voz alta, resulta mucho más difícil de considerar casual.

—Pero no sabemos el por qué, qué hilo las une

Entra una chica de producción para avisarnos de que están preparados para la fotografía.

La conversación queda aplazada y durante los siguientes diez minutos observo a Nico sosteniendo un producto que probablemente no volverá a tocar en su vida, sonriendo a cámara y obedeciendo instrucciones absurdas con una paciencia sorprendente.

Cuando el fotógrafo le pide que mire «más desafiante», Nico me busca con los ojos.

—¿Cómo se mira más desafiante?

—Imagina que alguien te ha dicho que entraste tres veces en la diez.

—Fueron dos.

El fotógrafo dispara.

—¡Eso! ¡Perfecto!

Me echo a reír. Nico niega con la cabeza.

Terminamos. Mientras el equipo recoge, Nico se acerca.

—Tengo una hora libre.

—Enhorabuena.

—Ven conmigo.

—Tengo trabajo.

—Claudia me ha dicho que tú también has terminado.

Miro hacia la puerta. Claudia pasa justo en ese momento y, al verme, levanta una mano con una inocencia tan exagerada que confirma su culpabilidad.

—Estáis todos compinchados.

—¿Vienes a la pista del circuito?

Lo sigo más por curiosidad que por otra cosa.

Eso me digo. Quince minutos después estoy en el muro de boxes mientras Nico se prepara para una sesión privada con una moto de entrenamiento.

No es la máquina de competición, pero tampoco algo que una persona sensata utilizaría para relajarse.

Matteo está allí, lo que demuestra que su amenaza de buscarlo personalmente era real, y varios técnicos preparan material.

—Pensaba que habías terminado —digo.

—De compromisos.

—Eso no es tener una hora libre.

—Para mí sí.

Se coloca los guantes.

—¿Por qué querías que viniera?

—Porque ayer dijiste que entro demasiado rápido en la diez. Quiero demostrarte que no.

—Eso suena muy adulto.

—Mira los tiempos.

—No necesito mirar los tiempos para saber que tengo razón.

—Ahora entiendo por qué te llevabas bien con Rocco.

La frase me toca, pero ya no como antes.

Se pone el casco y sale. Durante la siguiente media hora dejo de pensar en Rocco.

No me lo propongo, simplemente ocurre. Observo a Nico pilotar.

Hay algo distinto en ver a alguien cuando empiezas a conocer a la persona que existe dentro del mono y debajo del casco.

Antes veía velocidad, técnica, agresividad, precisión.

Ahora veo también decisiones. Sé cuándo está enfadado con una curva.

Sé cuándo insiste demasiado. Sé cuándo una vuelta no le ha gustado incluso antes de mirar el tiempo.

En la diez vuelve a entrar pasado. Sonrío.

En la siguiente vuelta corrige y en la siguiente encuentra una trazada mejor.

—Cabrón. —Matteo mira los datos. —Lo ha hecho. Dos décimas.

—No se lo digas.

Matteo me mira.

—¿Por qué?

—Porque quiero disfrutar treinta segundos más de tener razón.

Cuando Nico entra, se quita el casco antes incluso de detenerse completamente.

—¿Y?

—Mal. Has empeorado.

—Mientes.

Matteo levanta dos dedos detrás de él. Lo fulmino con la mirada.

—Dos décimas —dice Nico.

—Matteo es un traidor.

—Dos décimas.

—En una moto de entrenamiento. Una muestra estadística irrelevante.

—Dos Décimas.

—¡Cállate!