15 Cómo empieza todo
Rocco
Cuatro años antes…
La discusión empezó por una tontería. Casi todas empezaban así últimamente: una llamada que se alargaba más de la cuenta, un mensaje respondido con horas de retraso o una cena que uno de los dos daba por hecha mientras el otro ni recordaba haber aceptado.
Aquella tarde la culpa la tuvo una maleta.
Vega la encontró abierta de par en par sobre la cama de mi piso alquilado en Roma, con un par de camisetas, unos vaqueros y la bolsa de aseo arrojados dentro sin demasiado orden.
—¿Te vas? —preguntó desde el umbral.
Yo estaba de espaldas, revolvía sin mucho éxito en el cajón de la cómoda a la búsqueda de un cargador.
—Mañana temprano —contesté sin girarme.
—¿Mañana?
—Sí.
—Rocco, mañana habíamos quedado en ir a visitar a tu hermana.
—Se me había olvidado. —Cerré el cajón de golpe, con un golpe seco que resonó en toda la habitación.
—Elena nos espera.
—La llamo y le digo que lo dejamos para otro día.
—Ya. —Puso los brazos en jarra.
No dijo nada más, y fue precisamente ese “ya” lo que me crispó los nervios.
No sabía por qué, pero prefería mil veces que me gritara a que soltara esa palabra, cargada de una resignación que me escocía por dentro.
Me giré despacio para mirarla. Estaba apoyada contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en mí.
—¿Qué? —le espeté.
—Nada.
—Estás enfadada, Vega.
—Estoy cansada.
—Pues dilo.
—Lo acabo de decir.
Solté un suspiro frustrado y volví a prestarle atención a la maleta, tirando el cargador dentro.
—Es trabajo —intenté justificarme, rebajando el tono.
—Ya sé que es trabajo, Rocco.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
—El problema es que me entero ahora.
—Me lo han confirmado esta misma mañana.
—Y son las siete de la tarde.
—He tenido mil cosas que hacer. —Sentí cómo la paciencia se me agotaba.
Se hizo un silencio corto y denso. Vega se apartó del marco y caminó despacio hacia el interior del dormitorio.
—Yo también tengo cosas que hacer —soltó con voz tranquila pero firme—. Pero das por hecho que mis planes siempre se pueden mover.
—No he dado por hecho nada.
—Claro que sí.
—No voy a ponerme a discutir por una cena, Vega —traté de zanjar el asunto.
—Es que no estamos discutiendo por una cena.
—Pues explícame por qué estamos discutiendo entonces, porque te juro que empiezo a perderme.
Se quedó mirándome en silencio. Tenía una forma muy suya de quedarse completamente inmóvil cuando el enfado era real. No levantaba la voz, no gesticulaba, no perdía los papeles; solo esperaba, y dejaba que la tensión llenara el espacio entre los dos.
—Porque últimamente siento que te vas de los sitios antes de haberte ido del todo —cerró.
Aquella frase me desarmó más de lo que estuve dispuesto a reconocer.
—¿Qué significa eso?
—Significa que estás aquí físicamente, pero tienes la cabeza en otra parte.
—Tengo una temporada complicada por delante, ya lo sabes.
—Claro que lo sé. Pero… Estás distante. No me dejas acompañarte.
—Tú también estás muy ocupada.
—A veces podría ir contigo y… Ni me lo pides.
Aparté la mirada y me pasé una mano por la nuca.
No tenía ganas de entrar en ese terreno.
Y no porque no quisiera hablar con ella, sino porque ni yo mismo sabía muy bien qué decir.
Desde que Luca se había marchado a Estados Unidos, había días en los que sentía que algo a mi alrededor no terminaba de encajar.
Era una estupidez, lo sabía. No éramos unos críos y Luca no se había muerto.
Simplemente había aceptado una oportunidad por la que llevaba años peleando y se había largado a miles de kilómetros con una maleta, cuatro bromas malas y una despedida absurda en el aeropuerto porque ninguno de los dos quería ponerse sentimental.
Aun así, lo echaba de menos. Mucho más de lo que me atrevía a confesarle a nadie.
Echaba de menos entrar al box y encontrarlo allí, que me robara el café, que me dijera que estaba haciendo el imbécil antes de que me diera tiempo a demostrarlo, o que apareciera en la habitación de mi hotel sin avisar.
Echaba de menos a la única persona que conocía las versiones de mí que intentaba esconderle al resto del mundo… incluso a Nico.
Vega se acercó a la cama y se sentó en el borde. Me observó en silencio antes de hablar:
—Lo echas de menos.
—¿A quién? —La miré de reojo.
—A Luca.
—No.
Me sostuvo la mirada sin pestañear.
—No me mientas.
—No lo hago.
—Tienes a Nico.
Me quedé un segundo parado, solté un bufido y me senté a su lado en el colchón. Escuchar ese nombre de su boca me puso de los nervios.
Durante unos instantes, ninguno de los dos dijo nada.
—Un poco —admití. Vega sonrió y mantuvo la vista al frente.
Le di un pequeño empujón con el hombro y ella me lo devolvió de inmediato con un codazo cariñoso. Por un momento, la niebla de la discusión se disipó.
—Es raro. Que no esté por aquí, quiero decir. —Junté las palmas de las manos.
—Es normal.
—No debería serlo. Ya soy mayorcito para estas cosas.
—Eso no tiene nada que ver. Echar de menos a tu mejor amigo no suena triste, suena bastante humano.
—No era mi mejor amigo —rebatí por puro orgullo.
Vega giró la cabeza para mirarme de frente, alzando una ceja.
—De los mejores. ¿Cuándo vas a presentarme a Nico?
—Pronto.
—¿Él no te apoya?
—Sí… Supongo. A su manera. —Respiré—. No es lo mismo —murmuré.
—No he dicho que lo sea.
—Nico y yo competimos.
—También sois muy amigos.
—Depende del día.
—Os llamáis a todas horas, Rocco.
—Por trabajo.
—Sí, claro —ironizó—. A las once y media de la noche os llamáis para hablar de la presión de los neumáticos.
—A veces sí.
Vega volvió a sonreír.
—Me resulta curioso, la verdad. Que hables tanto de alguien y que después nunca coincidamos.
—Tampoco hablo tanto de él.
—Rocco, por favor... Sé más cosas de Nico que de algunas de mis amigas.
Sé que odia el café americano, que duerme fatal la noche antes de una carrera, que se pone de un genio insoportable cuando pierde a cualquier cosa y que una vez se rompió un dedo intentando arreglar la puerta de un hotel a patadas.
—Fue una buena historia, no me lo niegues. —Se me escapó una sonrisa inevitable.
—No te lo niego. —Dejó la camiseta bien doblada dentro de la maleta y se giró hacia mí—. Algún día podríamos cenar todos juntos. Tú, yo, Nico... no sé, quien esté por allí.
—¿Para qué?
Vega me miró con absoluta incredulidad.
—Para cenar. La gente normal hace esas cosas.
—Gracias por la información.
—¿Se puede saber qué problema tienes?
—Ninguno.
—Entonces genial.
—Está muy ocupado siempre. —Cerré la cremallera de la bolsa de aseo con más brusquedad de la necesaria.
—Todos estáis ocupados.
—Él especialmente.
—Rocco, no te estoy pidiendo una audiencia privada con el papa —protestó ella, dejando caer los brazos a los lados—. Otra vez estás haciendo lo mismo. Dices que no pasa nada cuando claramente pasa algo.
Me puse de pie, sintiendo que la tensión volvía a escalar.
—No quiero volver a discutir, Vega.
—Yo tampoco.
—Pues no discutamos.
—Es que no funciona así.
Me quedé parado frente a ella, a menos de un metro de distancia.
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad.
—Te estoy diciendo la verdad.
—No siempre. —Dijo con cansancio amargo, como alguien que lleva meses intentando encajar una pieza que sabe perfectamente que no corresponde al puzle.
—¿Qué quieres decir con eso?
Ella negó con la cabeza, dando un paso atrás.
—Nada. No quiero hacer esto hoy.
—Has empezado tú.
—No he empezado nada, Rocco.
—Has dicho que te miento.
—He dicho que no siempre me cuentas lo que te pasa. No es lo mismo.
—Para mí empieza a serlo. —Me pasé las dos manos por la cara, agotado—. Vega...
—Déjalo, de verdad. —Se dio la vuelta hacia la salida de la habitación, pero antes de que cruzara el umbral la agarré suavemente de la muñeca. Se detuvo en el acto, aunque no se giró a mirarme.
—Espera —le pedí en un susurro—. No quiero que estemos así. Estoy cansado, de verdad. Y lo de Luca... no sé. Supongo que me afecta más de lo que pensaba.
Vega se giró despacio. Toda la rigidez de su postura cedió un poco al ver mi cara.
—Podrías haber empezado por ahí —murmuró.
—No soy muy bueno empezando por ahí.
Se acercó y me rodeó la cintura con los brazos. Tardé un segundo en reaccionar y envolverla a ella, sorprendido por el gesto. Hundí la cara en su pelo, respirando su olor a limpio.
—Perdón por lo de mañana —le dije contra el cuello—. Te compensaré cuando vuelva.
—Siempre dices eso.
Me aparté lo justo para mirarla a los ojos.
—¿Y acaso no cumplo?
— Mmm… —Frunció el ceño.
—Qué mala eres.
Se rio contra mi pecho y me apretó un poco más fuerte.
—Te quiero —dijo.
Le besé la frente con ternura.
—Yo también te quiero.
Se quedó un rato así, abrazada a mí en silencio. Y durante unos minutos me convencí a mí mismo de que las cosas eran mucho más sencillas de lo que yo las estaba haciendo, de que todo estaba bien.
Vega no se equivocó y Nico me llamó esa misma noche. Yo estaba fuera, apoyado en la barandilla del balcón del apartamento mientras el aire frío de la noche me despejaba la cabeza y se oía el rumor del agua de la ducha desde el baño. Contesté al segundo tono.
—Mira quién se acuerda de los pobres —solté a modo de saludo.
—Eres casi tan rico como yo —respondió su voz al otro lado de la línea, clara y familiar.
—Estoy hasta arriba de trabajo, cansado y con la cabeza en mil sitios —admití—. ¿Tú qué?
—Harto de este viaje. No me gusta la publicidad —se quejó—. Aunque la maquilladora está buena.
—Me alegro, hermano. —Sonreí de verdad por primera vez en todo el día.
—Me echas de menos, ¿a que sí?
—Voy a colgarte.
—Admítelo, me echas muchísimo de menos.
—Adiós, Nico.
—Sé que estás llorando ahora mismo en el balcón.
—Te voy a bloquear.
Su carcajada rotunda sonó limpia a través del altavoz. Cerré los ojos un segundo y disfruté del sonido.
En ese momento se escuchó el chasquido de la puerta del baño al abrirse dentro del piso.
—Te dejo, tengo…
—¿Estás con alguien? ¿Una mujer?
—¿Qué? ¡No!
—Venga… Esa con la que estás ahora siempre… ¿Cómo se llama? Luca me dijo algo…
—Nadie.
—¿Cuándo vas a presentármela? ¿Tus padres la conocen?
—Voy a colgar.
—Dale un beso de mi parte. Y…
Colgué. Guardé el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón justo cuando Vega saliera en el salón secándose el pelo con una toalla. Llevaba una de mis camisetas anchas y caminaba con las piernas desnudas sobre la tarima.
—¿Era Luca? —preguntó acercándose.
—Sí. —Mentí.
—¿Está bien?
—Sí, trabajando mucho.
—¿Le has vuelto a decir que no lo echas de menos?
—No empieces.
Sonrió con dulzura, dejó la toalla sobre el sofá y salió al balcón a mi lado. Un escalofrío la hizo tiritar en cuanto el aire frío de la noche le tocó la piel.
—Hace un frío horrible aquí fuera —protestó.
—Pues entra.
—No.
Se colocó justo delante de mí y, sin pedir permiso, me metió las manos heladas por debajo de la sudadera, pegándolas a mi costado.
—¡Joder, Vega! —exclamé dando un brinco.
—Tienes la barriga caliente y yo tengo las manos heladas —sonrió con malicia—. Es la combinación perfecta.