13 La mujer que yo no conocía #2
—Habíamos hablado de hacer un viaje cuando terminara la temporada.
Rocco empezó a contarme que quizá tú también estarías unos días por allí.
Le dije que era absurdo que después de tanto tiempo siguiéramos sin conocernos y que, si realmente eras tan importante para él como decía, quería dejar de conocerte únicamente por sus historias.
Se enfadó y sigo sin saber la razón. Como disculpa, primero intentó quitarle importancia.
Después dijo que no era necesario que todos sus amigos conocieran a todas las personas de su vida.
Le recordé que no eras todos sus amigos.
Entonces se puso a la defensiva, cambió de tema, que yo estaba convirtiendo una tontería en un problema.
Que ya nos conoceríamos cuando tuviera que ocurrir. Total, que me marché enfadada.
El estómago se me cierra.
—¿Y después?
—Me llamó esa noche e hicimos las paces, nos dijimos que nos queríamos y decidimos hablar cuando volviera.
—No volvió. No necesito que lo diga. El silencio se prolonga—.
Durante años pensé que aquella discusión había sido culpa mía, que había insistido en algo sin importancia justo antes de que muriera.
Después dejé de pensarlo: aprendes a convivir con las últimas conversaciones porque no puedes cambiarlas.
No sé qué hacer con mis manos, ni con la rabia, ni con la pena.
—No fue culpa tuya.
Vega sonríe con tristeza.
—Lo sé. Ahora lo sé.
—¿Y nunca intentaste averiguar por qué no quería presentarnos?
—¿Cómo?
—Su familia. ¿Nunca se lo preguntaste?
—Al principio no podía hablar de Rocco sin derrumbarme. Después, cuando pude, la pregunta ya me parecía absurda. Pensaba que simplemente no había ocurrido. Solo ayer descubrí que tú ni siquiera sabías que yo existía.
Me levanto otra vez. Esta vez Vega no dice nada.
Bajo los escalones hasta llegar a la pista de servicio y camino unos metros.
Necesito distancia, aunque no sé de qué.
De ella no. De Rocco, quizá, pero Rocco lleva tres años fuera de mi alcance.
Ojalá estuviera aquí para poder preguntárselo, para poder cabrearme con él.
Puedes enfadarte con un muerto, pero nunca consigues que te dé explicaciones.
Vega baja de la grada y se queda a unos metros.
—¿Sabes qué es lo más absurdo? Que si me hubieras dicho ayer que estabais juntos, me habría sorprendido. Muchísimo. Pero creo que incluso me habría alegrado de saber que tuvo a alguien que lo quería cuando yo no estaba.
—Lo tuvo. —Baja los ojos.
—Entonces ¿por qué coño me lo ocultó?
No tiene respuesta, claro que no.
Me siento en el muro bajo que separa la zona de servicio. Vega permanece de pie hasta que señalo el sitio a mi lado. Se sienta, pero conserva cierta distancia.
—¿Tienes alguna fotografía con él? —La pregunta la sorprende.
—Sí. Bastantes, pero no están publicadas.
—¿Ocultabais la relación?
—No exactamente. No la anunciábamos. Rocco quería mantener algunas cosas fuera del paddock .
—Eso sí lo entiendo. —Yo también protegía mis relaciones cuando podía— ¿Puedo ver una?
Vega tarda saca el teléfono, pasa fotografías con el pulgar y comprendo que tiene que atravesar años de recuerdos para llegar hasta él. Finalmente se detiene.
—Esta.
Me entrega el teléfono. Rocco está sentado en el suelo, apoyado contra un sofá.
Lleva una camiseta gris y tiene el pelo revuelto.
Vega está detrás de él, inclinada sobre su hombro, con los brazos alrededor de su cuello.
Ambos sonríen a la cámara. No aparenta una fotografía romántica, no están posando como una pareja que quiere demostrar nada.
Solo son dos personas acostumbradas a tocarse.
Amplío la imagen sin querer. Rocco, mi amigo, el mismo hombre que conozco en cientos de fotografías, sin embargo, nunca lo vi así.
—¿Quién la hizo?
—Su hermana.
—¿Estás enfadado conmigo? —me pregunta con cierto desconsuelo.
—No, por favor. Pero necesito ordenar mis ideas.
—Lo entiendo.
No sé exactamente qué me ocurre. Anoche quise besarla, esta mañana seguía queriendo hacerlo y ahora acabo de verla abrazada a Rocco. Mi cabeza necesita recolocar demasiadas cosas antes de saber qué hacer con eso.
Nos quedamos unos minutos mirando la pista. Después me levanto.
—Voy a caminar.
—¿Quieres que vaya contigo?
La pregunta me obliga a pensar. Quiero decir que sí y digo que no.
—Necesito estar solo un rato.
—Claro. —Recoge su bolso.
—No estoy huyendo de ti.
Una sonrisa mínima.
—Eso llevo haciendo yo varios días. Reconozco la técnica.
—Mañana hablamos.
—Cuando quieras.
Empieza a marcharse.
—Vega. —Se vuelve—. Gracias por contármelo.
Sus ojos se humedecen, aunque no llega a llorar.
—Gracias por escucharme.
La veo alejarse hasta que desaparece detrás de los camiones, después camino, no sé cuánto tiempo, veinte minutos, quizá cuarenta. Cuando regreso al hotel, ya ha anochecido y no tengo ganas de cenar. Subo a la habitación, me ducho y me tumbo en la cama.
No puedo dormir. A las doce y diecisiete vuelvo a abrir las fotografías.
Ya no busco a Vega, busco a Rocco. Fechas, lugares, recuerdos.
Intento reconstruir aquellos dos años con la información nueva, y resulta aterrador comprobar lo fácil que es cambiar el significado del pasado cuando descubres una sola pieza que faltaba.
Sigo avanzando y encuentro un vídeo que dura veintisiete segundos. Lo grabé durante un entrenamiento de invierno. Subo el volumen. Mi propia voz, cuatro años más joven, suena detrás de la cámara.
—Déjalo, inútil. Cuando lleguemos, se lo damos a Vega y que te lo arregle.
Detengo el vídeo. No respiro, retrocedo. Lo reproduzco otra vez.
—Déjalo, inútil. Cuando lleguemos, se lo damos a Vega y que te lo arregle.
Mi voz, no la de Rocco. Me siento en la cama. No recuerdo a ninguna Vega. Continúo el vídeo. Rocco levanta la cabeza, su expresión cambia solo durante un instante.
—¿A quién?
Yo me río.
—A Vega.
—¿Qué Vega?
—La de...
El vídeo termina y yo me quedo mirando la pantalla.
No recuerdo ni la conversación ni quién era Vega.
No recuerdo qué iba a decir después de la de , pero una cosa es imposible discutir.
Años antes de conocer a Vega en el box, pronuncié su nombre delante de Rocco.
Y Rocco fingió no saber de quién estaba hablando.