A un segundo de ti 13 La mujer que yo no conocía
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13 La mujer que yo no conocía

Nico

A las cinco y veinte de la tarde ya hemos terminado, pero Vega no aparece.

A las cinco y veinticinco sigo junto al box fingiendo que tengo algún interés en una conversación entre Matteo y dos ingenieros sobre los datos recogidos durante los test. A las cinco y treinta y uno compruebo el teléfono por cuarta vez y descubro que esperar algo importante tiene la extraordinaria capacidad de convertir seis minutos en media hora.

—Puedes irte —indica Matteo.

Cuando estoy cruzando el hospitality , llega Vega. Lleva el portátil colgado del hombro y el teléfono en la mano. En cuanto me ve, se detiene. Ninguno de los dos sonreímos.

—Perdona —comenta—. Claudia me ha retenido.

—Solo han sido once minutos.

—Ven —me pide, y la sigo. No sé adónde vamos.

Salimos de la zona del equipo y caminamos hacia la parte posterior del paddock , donde a estas horas apenas queda movimiento.

Los camiones continúan alineados, algunos mecánicos cargan material y de vez en cuando pasa un vehículo de servicio, pero el ruido de la jornada se ha apagado.

Vega sigue andando hasta una pequeña grada lateral desde la que se ve una parte del circuito. Está vacía.

—Sin interrupciones —intento bromear.

—Eso espero.

Subimos unos escalones y nos sentamos casi arriba.

Entre nosotros queda aproximadamente medio asiento de distancia.

No sé si lo ha dejado ella o yo. Durante unos segundos ninguno habla.

Delante tenemos la pista vacía. Después de tres días escuchando motores, el silencio resulta extraño.

Incluso el circuito parece otro cuando no hay motos recorriéndolo.

—No sé por dónde empezar. Nunca he tenido que explicarle a nadie cómo conocí a su mejor amigo muerto.

—Yo tampoco.

—Estupendo. Dos expertos. —La broma apenas dura, pero sirve para que respire—.

Conocí a Rocco en Jerez —empieza—. No la primera vez que coincidimos, sino la primera vez que hablamos de verdad.

Yo estaba trabajando con una agencia que llevaba comunicación para varios patrocinadores.

Él había terminado una sesión horrible y estaba enfadado con todo el mundo.

—Eso suena a Rocco. No lo digo, quiero que continúe.

—Se peleó con uno de los responsables de prensa porque no quería hacer una entrevista. Yo estaba allí y le dije que, si pensaba comportarse como un niño de seis años, por lo menos podía pedir que le trajeran lápices de colores.

—¿Le dijiste eso? A Rocco. Después de una mala sesión.

—Sí.

No puedo evitar reírme.

—Ahora entiendo que se fijara en ti.

Vega baja la mirada. La sonrisa permanece unos segundos y después desaparece.

—Él también se rio. Más tarde vino a buscarme para decirme que seguía pensando que la entrevista era una estupidez, pero que yo le había caído bien.

—Eso también suena a él.

—Empezamos a coincidir. Primero en circuitos. Después empezamos a escribirnos. Y un día dejó de ser casual.

Hay algo en su manera de decirlo que me obliga a mirar hacia la pista.

—¿Cuándo?

Me da una fecha aproximada. Hago la cuenta inmediatamente. Más de dos años, no unas semanas, no una aventura que Rocco considerara demasiado reciente para contarme. Más de dos años.

—¿Estuvisteis juntos todo ese tiempo? ¿Sin dejarlo?

—Tuvimos alguna discusión, alguna semana complicada, lo normal. Pero sí.

Dos años. Me repito la cifra porque mi cabeza se niega a colocarla en los recuerdos.

Durante aquellos dos años hablé con Rocco cientos de veces.

Viajamos juntos. Entrenamos juntos. Cenamos juntos.

Me llamó cuando estaba cabreado. Lo llamé cuando lo estaba yo.

Pasamos noches enteras hablando de motos, contratos, dinero, familias, mujeres y todas las estupideces que dos hombres pueden contarse cuando creen que no existen secretos importantes entre ellos. Y durante todo ese tiempo Vega existía.

—¿Era algo serio? Quiero decir…

—Sé qué quieres decir. Era una relación, salíamos como pareja.

—¿Vivíais juntos?

—No de forma permanente. Yo tenía mi casa y él la suya, pero pasábamos mucho tiempo juntos cuando los calendarios lo permitían.

—¿Conociste a su familia y sabía quién eras?

—Sí.

Su familia, Gianni, probablemente otras personas. Yo no. Vega debe de comprender lo que estoy pensando.

—Creía que tú también lo sabías. Hasta el desayuno. Siempre creí que Rocco te había hablado de mí.

—Nunca, jamás me dijo tu nombre ni que estuviera con alguien. Solo me habló de otras mujeres, pero no estoy diciendo que te engañara. Las historias que yo conocía fueron antes.

—No tienes que defenderlo.

—Pero es así. —Nos quedamos en silencio— ¿Te quería? —En cuanto pronuncio las palabras me arrepiento. No porque no quiera saberlo, sino porque comprendo que quizá no tengo derecho. Vega tarda en responder.

—Para el comienzo de una relación, esa confesión mutua surge espontánea.

Miro hacia la pista. Me cuesta encajar la sensación que tengo.

No son celos. Sería absurdo sentir celos de un hombre muerto por una relación que terminó antes de que yo conociera realmente a Vega.

Tampoco me molesta que ella lo amara. De hecho, después de escucharla, me parece imposible que no lo hiciera.

Lo que me duele es otra cosa. Yo también amaba a Rocco, de otra manera, naturalmente, pero lo quería como se quiere a ese amigo al que has elegido convertir en familia.

Y empiezo a descubrir que durante más de dos años hubo una habitación entera de su vida cuya puerta mantuvo cerrada para mí.

Y con Vega… ¡Ni siquiera nos hemos besado! ¡¿Qué cojones me pasa entonces?!

—¿Por qué no coincidimos nunca? —No me lo explico.—¿Nunca intentaste conocerme?

Vega suelta una risa breve, sin humor.

—Muchas veces. Al principio no me importaba.

Después de unos meses empezó a resultar raro.

Tú aparecías constantemente en las conversaciones.

Rocco me hablaba de tus carreras, de tus entrenamientos, de las discusiones que teníais, de alguna estupidez que habías hecho...

Inevitable que quisiera conocerte, pero siempre se aplazaba, según excusaba él, porque ya habría tiempo o que no que no coincidíamos.

Que estabas con tu equipo, que yo tenía trabajo, que ya nos presentaríamos en otra carrera.

Nunca me pareció especialmente importante.

—¿Nunca sospechaste nada?

—¿De qué iba a sospechar? Tú eras su mejor amigo. No tenía ninguna razón para pensar que te ocultaba mi existencia.

—¿Y aquella noche de Mugello?

—Cenamos juntos después.

—Él estaba cenando conmigo. Dijo que estaba cansado. Salió del restaurante y te encontró.

—Habíamos quedado.

—Entonces me mintió.

Vega levanta la mirada.

—Evidente, en tal caso te mintió.

No le contó todo, no encontró el momento. Me mintió. La reacción que tengo me avergüenza. Me pongo de pie, necesito moverme. Bajo dos escalones y me detengo. Vega no intenta seguirme.

—¿Cuántas veces me mintió para verte?

—Nico, no puedo saberlo. No sabía qué te decía a ti.

—¿Quién más conocía vuestra relación?

—No lo sé con exactitud. Su familia, desde luego. Gianni. Algunas personas con las que coincidíamos habitualmente. Ni Álex, ni Matteo, ni Claudia, desde luego.

Necesito saber dónde estaba la frontera. Quién pertenecía al mundo donde Vega existía y quién al mundo donde no.

—¿Gianni sabía que…?

Vega niega con la cabeza.

—Pensaba lo mismo que yo.

—Por eso no me lo contó. —Eso explica su reacción.

—Se lo pedí yo.

—¿Por qué?

—Porque cuando regresé, no sabía cómo decírtelo.

—Podías haber empezado por «hola, estuve dos años con Rocco».

—Sí, fantástico. Muy natural.

—Al menos habría sido claro.

—¿Y cuándo? ¿El primer día? ¿En mitad del box?

¿Después de ver el tatuaje? —Instintivamente miro mi pecho.

El 17. Vega también lo mira.—. Cuando vi eso, entendí quién eras.

Hasta entonces solo sabía que eras Nico Valenti.

Conocía tu nombre, claro, pero habían pasado años y nunca te había visto personalmente de cerca.

Entonces vi el número y… supe quién era Rocco para ti realmente.

—Lo supiste. Y yo no sabía quién eras tú.

Ahí está otra vez. La desigualdad. Ella me sabía de mi existencia antes de conocerme.

Ni mi voz ni mis gestos, pero conocía historias sobre mí.

Sabía lo que Rocco pensaba de mí, las estupideces que hacíamos, incluso que robo postres después de asegurar que no me gustan. Yo no sabía que ella existía.

—¿Por qué volviste? —Trato de entender.

—¿Al paddock? Por trabajo.

—¿Solo por eso?

—Creía que sí.

—¿Y ahora?

Me mira. No responde inmediatamente.

—Ahora no estoy segura de algunas cosas.

Sé que no habla únicamente de Rocco. Y sé que no debería alegrarme, pero me alegro. Y eso me molesta todavía más.

—Anoche dijiste que ibas a contármelo todo.

—Todo lo que sé.

—Entonces cuéntame cómo terminó.

Vega palidece. Tardo un segundo en comprender mi error. No terminó, Rocco murió.

—Lo siento. —Joder, soy un imbécil.

—No… no. Está bien.

—No hace falta.

—Sí hace falta. —Respira profundamente—. La última vez que lo vi fue antes de que viajara a la carrera. —No dice cuál, no es necesario. Yo estaba allí—. Discutimos por la estupidez de preguntarle cuándo conocería a su gran amigo Nicolò.

El mundo se queda quieto.