12 Lo que solo sabemos nosotros
Vega
Gianni me encuentra cuando estoy guardando el portátil y lo primero que pienso al verle la cara es que ha ocurrido algo.
No parece alarmado, pero lleva las manos metidas en los bolsillos y permanece junto a la puerta sin entrar del todo, una actitud impropia de alguien que normalmente ocupa cualquier espacio como si llevara veinte años siendo su propietario.
—¿Tienes un minuto?
Miro el reloj. Son casi las siete y llevo desde las ocho de la mañana moviéndome entre entrevistas, reuniones, comunicados y pilotos que consideran que un horario es una sugerencia.
—Cincuenta y ocho segundos.
—Me sobran ocho.
Cierro el portátil y lo guardo en la funda.
—¿Qué pasa?
Gianni entra por fin y cierra la puerta. Ese gesto hace que deje de bromear.
—Nico me ha preguntado por ti.
No necesito saber nada más para notar cómo se me contrae el estómago.
—¿Qué te ha preguntado?
—Si te conocía de antes. Le he dicho que habíamos coincidido en el paddock . Después me ha preguntado si tú conocías a Rocco.
—¿Y qué le has contado?
—Nada que te corresponda contar a ti. Me pediste tiempo y te lo he dado, pero ahora Nico está haciendo preguntas concretas y, si mañana me pregunta directamente si tú y Rocco estabais juntos, no voy a mirarlo a los ojos y decirle que no.
La frase me golpea a pesar de que conozco perfectamente la respuesta.
Si tú y Rocco estabais juntos.
Escucharla pronunciada por otra persona convierte el pasado en algo físico.
—No te pediría eso.
—Me alegro. —Gianni se acerca a la mesa y apoya las manos sobre ella—. Entonces cuéntaselo.
—Le he dicho que conocí a Rocco más de lo que le había contado. Pero no seguí. En mitad de un pasillo, consideré que no era el lugar adecuado.
—Los seres humanos llevamos miles de años diciendo cosas importantes en sitios bastante peores.
—No voy a contarle algo así entre una máquina de café y un extintor.
—Entonces busca un lugar sin extintores.
No puedo evitar una sonrisa.
—Eres idiota.
—Eso mismo pensaba Rocco. —La sonrisa desaparece. Gianni también se da cuenta—. Perdona.
—No pasa nada.
Y es verdad, o casi. Cada vez me duele menos escuchar su nombre y cada vez me desconcierta más lo que aparece junto al dolor.
Ayer, mientras Nico hablaba de él, hubo incluso momentos en los que fui feliz.
Feliz de una manera extraña, culpable y breve, pero feliz.
Durante unos minutos, Rocco dejó de ser el hombre al que perdimos para volver a convertirse en el hombre que había existido.
—¿Por qué no se lo contaste al principio? —pregunta Gianni.
—Ya lo sabes.
—Sé lo que me dijiste. Que no querías convertirte en la ex de Rocco. Querías desarrollar tu trabajo sin que todo el mundo volviera a mirarte como si llevaras una tragedia colgada del cuello.
—Y es lo que sigo queriendo —Recojo el bolso.—Se acabaron tus cincuenta y ocho segundos.
—Me has concedido un minuto.
—Has consumido la prórroga.
Paso junto a él, pero antes de abrir la puerta me sujeta suavemente por el brazo. Ya no sonríe.
—Cuéntaselo antes de que lo descubra solo. Hay verdades que duelen por lo que significan y otras que duelen porque llegan demasiado tarde. No le des las dos a la vez.
—Lo haré pronto
—Pronto no es una fecha. —Suspira—. Vega, Nico necesita mucha concentración, su vida depende de eso.
Todo lo relacionado con Rocco lo desestabiliza.
Tienes que decírselo. —Lleva toda la razón.
No estoy midiendo las consecuencias reales—.
Ya me voy. —Abre la puerta—. Por cierto, Álex ha organizado una cena y Claudia ha dicho que vayamos todos.
—Entonces dile a Claudia que estoy enferma.
—Después de verte trabajar doce horas.
—Una enfermedad repentina y fulminante.
—A las nueve. Restaurante del hotel.
A las nueve y doce estoy entrando en el restaurante del hotel y odiándome por ello.
Me he duchado, me he soltado el pelo y he cambiado la ropa del equipo por unos pantalones negros y una blusa sencilla.
Nada especial. He dedicado, sin embargo, demasiado tiempo a decidir qué significaba exactamente nada especial , lo que demuestra que estoy perdiendo facultades. Álex me ve primero.
—¡Vega!
Hay unas quince personas alrededor de una mesa larga.
Mecánicos, ingenieros, Claudia, Matteo, Gianni y algunos miembros del equipo que han decidido que terminar los test sin ninguna caída grave constituye un motivo suficiente para celebrarlo.
Nico está sentado casi al final. También me ve y sonríe.
No debería notar esas cosas, pero las noto.
—Pensábamos que no venías —dice Claudia cuando me acerco.
—Yo también.
—Gianni me ha dicho que estabas enferma.
Miro al culpable.
—Me he recuperado milagrosamente.
—La medicina moderna —dice Gianni— es extraordinaria.
Le doy un golpe en el hombro al pasar. Quedan dos sitios libres. Uno está entre Matteo y un técnico de suspensiones al que apenas conozco. El otro, frente a Nico, el que elijo.
—Buenas noches —me saluda.
—Buenas noches, pero que sepas que me han traído engañada.
Gianni levanta la copa desde varios asientos más allá.
—Falso. Te he dado la dirección exacta.
Nico me mira.
—¿Intentabas escapar?
—Lo intento constantemente.
—Y siempre acabas cerca.
La frase puede no significar nada. Decido que no significa nada.
—Debe de ser mala suerte.
—Terrible.
La cena comienza con la clase de caos habitual cuando quince personas intentan decidir qué compartir, quién pidió qué y por qué Álex ha ordenado comida suficiente para alimentar a dos equipos completos.
Durante los primeros minutos consigo mantenerme ocupada hablando con Claudia y Matteo.
Nico interviene de vez en cuando, pero no menciona nuestra conversación del pasillo. Tampoco pregunta por Rocco.
Se lo agradezco y, al mismo tiempo, esa paciencia me pone todavía más nerviosa.
—Brindis —anuncia Álex cuando llegan las primeras botellas y se pone de pie. —Quiero brindar por tres días de test sin que Nico haya destruido ninguna moto.
—He estado a punto —anota Nico.
—Por eso el brindis tiene mérito.
—Y por Matteo, que sonríe una vez por trimestre y hoy casi lo ha hecho.
—Era un espasmo.
—Y por Vega —continúa Álex—, que lleva poco tiempo con nosotros y ya ha conseguido que Nico llegue puntual a dos entrevistas.
Varias cabezas se vuelven hacia mí.
—Llegó cuatro minutos tarde.
—Eran seis —corrige Nico.
—¿Ves? Hasta reconoce sus errores. Esta mujer está haciendo milagros. —Ríe Álex.
—No tengo nada que ver. ¿Puedes terminar el brindis?
—Sí. Por nosotros. Porque dentro de unas semanas estaremos todos tan estresados que recordaremos estos días como vacaciones.
Levantamos las copas.
—¡Por nosotros!
Bebo un poco de vino. Cuando dejo la copa, Nico sigue mirándome.
La comida consigue relajarme. Hablamos de carreras, viajes, hoteles espantosos y aeropuertos donde alguien ha perdido alguna vez una maleta, un vuelo o la dignidad.
Descubro que Matteo se quedó dormido en un baño del aeropuerto de Doha durante una escala y que Álex apareció una vez en Japón sin pasaporte porque lo había dejado dentro de una chaqueta que facturó. Reí con ganas.
—Te ríes mucho de las desgracias ajenas —manifiesta.
—No voy a reírme de las mías.
—¿Qué desgracias has padecido tú?
—Abandono de la profesión que admiro y amo, la pérdida de amigos…
—De la de Rocco, por ejemplo…
Respiro con disimulo y huyo del recuerdo.
Después del segundo plato, las conversaciones se fragmentan.
Claudia discute con Matteo sobre horarios.
Álex intenta convencer a tres mecánicos para ir a otro sitio cuando terminemos.
Alguien pone música desde un teléfono y durante unos minutos la cena pierde cualquier apariencia de acto de equipo para convertirse simplemente en un grupo de personas cansadas disfrutando de no tener que levantarse al amanecer.
Nico estira una pierna debajo de la mesa.
Su rodilla roza la mía. La aparto. Un minuto después vuelve a ocurrir.
Esta vez ninguno se mueve inmediatamente ante un contacto absurdo.
Dos rodillas bajo una mesa. Nada que merezca siquiera ser pensado.
Pero lo pienso y levanto la mirada. Nico está hablando con Matteo, pero durante un instante sus ojos se desplazan hacia mí.
Entonces retira la pierna. Bebo más vino y es una malísima idea.
—¿Quieres probar? —me pregunta poco después.
Tiene delante un postre que yo no he pedido.
—¿Qué es?
—Chocolate.
—No quiero. Demasiado dulce.
—Has mirado tres veces.
—Estoy comprobando que no te atragantes. —Corta un pedazo con la cuchara y me la ofrece. Lo miro—. Tienes cinco años.
—Si tuviera cinco años, ya habría metido la mano.
—Eres insufrible.
—También lo decía Rocco. —Lo menciona por segunda vez.
—Rocco decía muchas cosas. Por ejemplo. Por ejemplo, que tras despreciar un dulce, probabas un trozo y de inmediato pedías otro.
Nico deja de sonreír, yo también. El ruido de la mesa continúa alrededor de nosotros.
—¿Has dicho que después pedía otro trozo? —Achina los ojos.—¿Cómo sabes eso?
Recuerdo perfectamente la escena. Jerez.
Una cena después de una carrera. Rocco riéndose mientras me contaba que Nico era incapaz de admitir que le gustaban los postres demasiado dulces.
Según él, siempre protestaba, siempre decía que no quería y después terminaba robándole la mitad.
Una estupidez, una de esas cosas diminutas que nadie considera un secreto porque no merece serlo, pero solo puedes conocerlas si alguien te las ha contado desde la intimidad.
—Me lo contaba él.
—Me dijiste que habíais hablado algunas veces.
Después me dijiste que lo conociste más de lo que me habías contado.
Y esta mañana me has repetido cosas que Rocco decía de mí y que no iba contando por el paddock .
Ahora sabes una tontería que ocurrió varias veces cuando estábamos solos o con gente muy cercana.
—Por favor, dime qué más cosas sabes de Rocco.
Miro alrededor. Nadie nos presta atención, aunque Gianni está demasiado concentrado en una conversación que claramente no escucha.
—Te lo he dicho, Rocco me contó eso y otras cosas.
—¿Por qué? ¿Y por qué te hablaba tanto de mí?
La pregunta me duele porque conozco la respuesta, porque eras importante para él, yo también lo era. Cuando amas a alguien terminas conociendo a las personas que forman su mundo incluso antes de conocerlas personalmente, excepto que Rocco nunca permitió que esos dos mundos se tocaran.
—Vega.
—No aquí —musito.
Nico mira alrededor y comprende. Asiente.
No vuelve a preguntarme. La conversación en nuestra parte de la mesa muere durante unos minutos.
Álex intenta involucrarnos en una discusión sobre qué circuito tiene el peor hotel cercano, pero Nico responde poco y yo todavía menos.
Finalmente, Claudia anuncia que se marcha.
Matteo hace lo mismo. Eso provoca una desbandada progresiva y, diez minutos después, todos estamos levantándonos. Recojo el bolso.
—¿Bien? —Gianni viene hasta mí.
—Perfectamente.
Me besa en la mejilla, me da las buenas noches y se marcha. Cuando levanto la cabeza, Nico está esperándome junto a la salida y camino hacia él.
—¿Vas al hotel? —pregunta.
—Estamos en el hotel.
—A tu habitación.
—Eso ha sonado fatal.
Por primera vez desde el incidente del postre sonríe.
—Sabes perfectamente lo que quería decir.
—Por suerte para ti, sí.
—¿Qué harías si fuera de otra forma?
—No utilizaría la mano, sino el pie.
El vestíbulo está casi vacío y nuestros pasos resuenan sobre el suelo pulido. Caminamos juntos hacia los ascensores sin hablar.
—No voy a preguntarte otra vez esta noche. —Pulsa el botón.—Pero quiero saberlo, por tratarse de mi mejor amigo y de ti.
Mi corazón se acelera. Las puertas del ascensor se abren. Ninguno entra.
—Encontré una foto —esclarece.
—¿Qué foto? —Se me hiela la sangre.
—Mugello. Una cena. Rocco dijo que estaba cansado y se marchó antes.
—Sé de qué noche se trata antes de que termine—.
Había una mujer con él fuera del restaurante.
—El corazón me golpea con tanta fuerza que casi me duele—.
No se le ve la cara. Ni siquiera puedo asegurar que fueras tú.
—Las puertas empiezan a cerrarse. Nico extiende el brazo y las detiene—. ¿Eras tú?
No puedo mentir, no otra vez.
—Sí.
Su expresión cambia. No sé identificar qué hay en ella. Sorpresa, desde luego, pero también algo parecido a la decepción.
—¿Por qué Rocco me dijo que se iba al hotel?
Bajo la mirada.
—No lo sé.
—Tú estabas con él, lo debieras saber.
—Eso precisamente no lo sé.
Nico retira el brazo. Las puertas vuelven a abrirse por completo.
—¿Qué eras para Rocco, Vega?
La pregunta que llevo evitando desde que regresé al paddock está finalmente delante de mí.
Podría responder ahora, dos palabras bastarían, Su pareja, o quizá cuatro, La mujer que amaba.
Pero no quiero que la historia de Rocco y yo quede reducida a una frase pronunciada delante de un ascensor mientras cualquiera puede aparecer detrás de nosotros.
—Mañana voy a contártelo todo. —digo.
La palabra me obliga a pensar antes de responder. No sé si existe un todo . Ni siquiera sé ya cuánto conozco de mi propia historia con Rocco.
—Todo lo que sé. Cuando terminemos mañana, buscaremos un sitio donde podamos hablar sin que aparezca Matteo, Claudia, Álex, un periodista, un camarero o media humanidad.
Nos miramos. La cercanía resulta repentinamente demasiado evidente.
Estamos solos frente a un ascensor abierto, a menos de un metro de distancia, y por primera vez no hay una mesa, una moto ni una conversación sobre Rocco que consiga ocultar lo que empieza a ocurrir entre nosotros.
Nico baja los ojos hacia mi boca. Solo un instante.
Lo veo y sé que él sabe que lo he visto.
Retrocedo medio paso, no porque no quiera sino por lo contrario.
—Mañana —repito, y entro en el ascensor. Nico permanece fuera.
—Buenas noches, Vega.
—Buenas noches, Nico.
Las puertas se cierran mientras él se ríe.
Solo cuando el ascensor empieza a subir me permito apoyar la espalda contra la pared.
Después de tantos años, mañana voy a contarle a Nico quién fui para Rocco y lo que más miedo me da ya no es que descubra que estuve enamorada de su mejor amigo.
Lo que más miedo me da es que, mientras intento explicarle cuánto amé a Rocco, tenga que reconocer ante mí misma que esta noche he estado a punto de desear que Nico me besara.