11 Demasiadas coincidencias
Nico
Hay personas que mienten mirando hacia otro lado, otras hablan demasiado y algunas construyen una explicación tan perfecta que basta escucharla para saber que es falsa.
Vega no pertenece a ninguna de esas categorías.
Vega hace algo bastante más desconcertante: dice la verdad, pero nunca toda.
Llevo dos días pensando en ello y empiezo a sentirme idiota.
—Te estás pasando. —La voz de Álex me devuelve al box. Levanto la cabeza y lo encuentro apoyado contra la mesa de ingeniería, con los brazos cruzados y esa expresión satisfecha que utiliza cuando cree haber descubierto algo antes que los demás.
—¿Con qué?
—Con mirar hacia la puerta.
—No estoy mirando hacia la puerta.
Álex gira deliberadamente la cabeza hacia ella y después vuelve a mirarme.
—Acabas de hacerlo otra vez.
—Estoy esperando a Matteo.
—Matteo está detrás de ti.
Miro por encima del hombro. Matteo está, efectivamente, detrás de mí, inclinado sobre una pantalla junto a dos ingenieros.
—Pues ya ha llegado.
—Qué suerte. Puedes dejar de esperar a Vega.
—No estoy esperando a Vega. —Me pongo los guantes y compruebo el cierre mientras intento ignorarlo. No funciona. Álex posee una capacidad extraordinaria para permanecer callado de la forma más irritante posible.
—Suéltala —hasta que rompe el silencio y se vuelve más irritante.
—¿El qué?
—La estupidez. —Sonríe— ¿Qué tal el desayuno?
—Desayunamos.
—Eso suele ocurrir en los desayunos.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—Yo tampoco entiendo por qué necesitas ponerte a la defensiva para responderla.
Dejo los guantes sobre la mesa.
—No estoy a la defensiva.
—Nico, llevas diez segundos explicándome que no estás a la defensiva.
—Porque llevas diez segundos tocándome los cojones.
—Eso sí es verdad. —Se aparta riéndose antes de que pueda contestarle.
Lo observo alejarse y niego con la cabeza, aunque sé que, por desgracia, hay una parte de razón en su provocación.
El desayuno estuvo bien. Muy bien, de hecho.
Demasiado bien para algo que supuestamente no tenía ninguna importancia.
Y después apareció Rocco, no físicamente, claro.
Rocco tiene la mala costumbre de no aparecer desde hace años.
Sin embargo, estuvo sentado con nosotros durante buena parte de la conversación, instalado entre las tostadas y el café como una tercera presencia que ninguno de los dos había invitado y que, de algún modo, ambos parecíamos necesitar.
Lo extraño no fue que Vega quisiera hablar de él.
Lo extraño fue la manera en que lo hizo.
Conoció a Rocco, ya lo sabía. Coincidieron en el paddock , hablaron algunas veces y ella estuvo en Mugello el día de la apuesta de la moneda.
Nada extraordinario. En este mundo todos terminamos coincidiendo con todos y Rocco podía entablar conversación con una farola si la farola mostraba suficiente interés.
Pero Vega no recuerda a Rocco como se recuerda a alguien con quien has hablado algunas veces. Lo recuerda de otra manera, no sé explicar cuál.
—Nico. —Esta vez es Matteo.
—Estoy aquí.
—Tu cuerpo sí. —Señala la pantalla—. Ven.
Me acerco. Durante los siguientes quince minutos hablamos de mapas de motor, degradación y una modificación en la entrega de potencia que quieren probar durante la primera tanda.
Consigo concentrarme. Siempre lo consigo cuando me subo a una moto o cuando estoy a punto de hacerlo.
Es una de las pocas ventajas de correr a más de trescientos kilómetros por hora: el cerebro deja de tener espacio para estupideces.
Entonces Vega entra en el box y miro hacia la puerta.
Mierda. Álex, desde el otro extremo, levanta ambas cejas.
Le enseño el dedo corazón. Vega no lo ve.
Está hablando con Claudia y lleva una carpeta bajo el brazo, el pelo recogido y expresión seria.
Claudia le dice algo, Vega asiente y después levanta la vista.
Nuestros ojos se encuentran y durante un segundo vuelve a estar sentada frente a mí en la cafetería.
En que quizá no conocíamos a Rocco tanto como creíamos.
Después sonríe ligeramente, yo también. Y continúa andando.
—Concentración —pide Matteo.
—Estoy concentrado.
—Entonces dime qué acabo de decir.
Miro la pantalla.
—Que probaremos el mapa tres durante las primeras cinco vueltas, compararemos la salida de curva con el dos y, si aumenta la degradación trasera, volvemos al anterior.
Matteo asiente.
—Odio cuando me demuestras que puedes estar distraído y escucharme al mismo tiempo.
—Años de entrenamiento.
—Pues entrena menos y atiende más.
La pista consigue durante casi una hora lo que no ha conseguido mi voluntad desde el desayuno: hacer desaparecer a Vega de mi cabeza.
Hay viento lateral en el segundo sector y la moto se mueve demasiado al frenar en la diez.
El mapa tres funciona mejor de lo previsto, aunque castiga la rueda trasera al abrir gas, y durante varias vueltas me dedico exclusivamente a encontrar el límite sin sobrepasarlo.
Cuando regreso al box estoy sudando, cansado y bastante satisfecho.
Me quito el casco mientras Matteo se acerca.
—Mejor.
—Mucho.
—La diez. Has entrado pasado tres veces.
—Dos. La segunda no cuenta porque no me he caído.
Matteo me mira con resignación.
—Ese criterio científico explica muchas cosas de tu carrera.
Le entrego los guantes a uno de los mecánicos y entonces veo a Vega a unos metros, hablando con un cámara. Espera a que termine y se acerca.
—Televisión italiana te necesita dentro de cinco minutos.
—Diles que he muerto o que estoy enfermo.
—Pueden comprobarlo con bastante facilidad.
—Eres muy poco útil como responsable de comunicación.
—Y tú muy poco creativo como mentiroso.
—¿Has visto la tanda?
—Parte. Sigues entrando demasiado rápido en la diez.
Miro a Matteo. El muy cabrón sonríe. Vega también y durante unos segundos todo resulta fácil. Precisamente eso empieza a preocuparme. Con ella las cosas pasan de incómodas a resultar naturales con demasiada rapidez.
—Cinco minutos —me recuerda.
—Voy.
Se aleja y vuelvo a observarla. Esta vez no necesito que Álex me descubra.
—No te conviene mirar tanto a alguien. —La voz de Gianni llega desde mi derecha, junto a una de las mamparas del box, con un vaso de café en la mano.
—Hoy todo el mundo parece especialmente interesado en hacia dónde miro.
—Será porque miras siempre al mismo sitio.
—¿Tú también con eso?
Gianni bebe un sorbo.
—Se nota demasiado. —Hay algo en su tono que me hace prestarle atención.
—¿Qué quieres decir? Has puesto cara de querer decir otra cosa.
—Tengo esta cara desde hace cincuenta y ocho años. Ya no puedo hacer mucho por cambiarla.
Me río, pero Gianni no. Mira durante un instante hacia el lugar donde Vega acaba de desaparecer y después vuelve a concentrarse en el café.
—¿La conocías de antes? —pregunto.
La pregunta sale sin que la haya preparado. Gianni tarda una fracción de segundo en responder. Una fracción de segundo es muy poco tiempo, salvo cuando estás acostumbrado a medirlo.
—Del paddock —dice.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Otra respuesta demasiado precisa.
—¿Coincidiste mucho con ella?
—Alguna vez.
—¿Y con Rocco?
Ahora sí me mira.
—¿Qué tiene que ver Rocco?
Me encojo de hombros.
—Nada. Vega también lo conoció. —Gianni permanece callado, no parece sorprendido, eso es lo que me llama la atención— ¿Lo sabías?
—Mucha gente conocía a Rocco.
Exactamente la misma respuesta que habría dado yo hace dos días.
—Sí, pero ella lo conocía bastante.
—Pregúntaselo a ella.
—Ya lo hice.
—Entonces no necesitas preguntármelo a mí.
Se dispone a marcharse.
—Gianni. ¿Hay algo que debería saber?
Su expresión cambia apenas. No parece incómodo ni nervioso, sino cansado.
—Hay cosas que, si tienes que saberlas, debe contártelas quien las vivió.
Frunzo el ceño.
—Eso suena muchísimo a que hay algo que debería saber.
—Suena a que tengo edad suficiente para no meterme donde no me llaman.
—Nunca te ha detenido la edad.
—Alguna ventaja tenía que traerme.
Me da una palmada en el hombro y se marcha, yo me quedo mirándolo. Estoy seguro que hay algo.
La entrevista con la televisión italiana dura siete minutos y me parece de cuarenta. Respondo en automático. Sonrío cuando corresponde. Vega permanece detrás de la cámara. Cuando termina, el periodista me da la mano y ella consulta algo en el teléfono.
—¿Ya puedo resucitar?
—Hasta las cuatro. Después tienes una sesión de fotos. ¿Necesitas algo más de mí, Nico?
Podría preguntárselo.
¿Qué sabe Gianni? ¿Qué no me estás contando? ¿Por qué sabes cosas de Rocco que alguien que habló con él unas pocas veces no debería saber?
En cambio, digo:
—Un café.
Se dispone a marcharse y la sigo.
—Vega. Gianni dice que Rocco y tú os conocíais.
Apenas reduce el paso y después se vuelve hacia mí.
—Coincidimos.
—Eso ha dicho él.
—Entonces ya tienes dos versiones coincidentes. Caso resuelto.
—Como ayer me dejaste intrigado, también le he preguntado por Rocco.
Ahí está, ese pequeño cambio. Si no hubiera pasado la mañana observándola probablemente no lo habría visto. Vega no retrocede, no desvía la mirada ni empieza a hablar deprisa. Solo aprieta un poco más el teléfono entre los dedos.
—¿Qué te ha dicho?
—Que te pregunte a ti.
Vega respira despacio.
—Entonces pregúntame.
La invitación me sorprende. Durante unos segundos ninguno habla.
Estamos en uno de los pasillos interiores, con gente que se cruza a nuestro alrededor, técnicos transportando material y miembros del equipo entrando y saliendo de las oficinas.
No es el lugar adecuado para una conversación importante, pero quizá precisamente por eso ella se siente segura.
—¿Cuánto conociste a Rocco?
La pregunta ya está hecha. Vega me mira directamente.
—Más de lo que te he contado.
No esperaba esa respuesta.
—¿Cuánto más?
Alguien abre una puerta a nuestra espalda y salen dos mecánicos hablando en italiano. Vega espera a que pasen.
—Por ahora no puedo decirte más
Empiezo a irritarme y me doy cuenta enseguida. No con ella exactamente, sino con esa sensación de estar intentando montar un puzle del que alguien ha retirado la mitad de las piezas.
—¿Por qué todo lo relacionado contigo y Rocco parece necesitar un momento adecuado?
Vega palidece ligeramente.
—Porque algunas cosas lo necesitan.
—Era mi mejor amigo.
En cuanto lo digo sé que he utilizado la frase como un arma y no me gusta. Ella baja la mirada durante un instante.
—Lo sé, hablaba mucho de ti.
La respuesta me deja inmóvil. No sé por qué, es completamente lógica. Si conoció a Rocco, Rocco pudo hablarle de mí. Sin embargo, la forma en que lo dice no encaja con unas cuantas conversaciones ocasionales.
—¿Qué te contaba?
Ahora sí veo miedo en sus ojos, no miedo a mí sino a la respuesta.
—Que eras su mejor amigo, un imbécil cuando te empeñabas en algo, que algún día ganarías un Mundial. Que eras el hermano que nunca había tenido.
El aire parece detenerse. Esas palabras no son aproximadas, Rocco me las dijo más de una vez.
—Eso no se lo contaba a cualquiera. ¿Quién eras para él?
Por un instante creo que va a decírmelo. Sus labios se separan.
—¡Nico! —Cierro los ojos. Álex aparece al fondo del pasillo—. Matteo te busca. Reunión técnica.
—Dile que voy.
Álex levanta las manos y desaparece. Cuando vuelvo a mirar a Vega, algo se ha cerrado.
—Tengo que irme. Pero necesito que terminemos esta conversación. No estoy enfadado porque conocieras a Rocco sino porque todo el mundo parece conocerlo mejor que yo.
No contesta. Regreso al box. La reunión dura media hora. Después tenemos otra tanda, una simulación de carrera y veinte minutos discutiendo sobre neumáticos. Cuando termino, son casi las seis y el paddock empieza a vaciarse. Estoy agotado, pero mi cabeza ha regresado exactamente al mismo punto.
¿Quién eras para él?
Entro en el hospitality buscando agua. Apenas queda gente. Abro una botella y me siento con el teléfono en la mano. No debería hacerlo, lo sé incluso antes de desbloquear la pantalla.
Busco las fotografías antiguas, tengo miles. Cuatro años son suficientes para dejar de abrirlas constantemente, pero no para borrarlas. Nunca las borraré.
Escribo Rocco en el buscador y el teléfono empieza a mostrarme caras, circuitos, cenas, podios, aeropuertos, cumpleaños, motos, vacaciones. Rocco riéndose, haciendo el idiota, dormido en un avión con la boca abierta, levantando un trofeo, abrazándome después de una carrera. Rocco vivo.
Paso las imágenes despacio. Busco algo sin saber exactamente qué.
Vega no debería aparecer. Si apenas conocía a Rocco, quizá esté en alguna fotografía de grupo, perdida al fondo de un box o entre la gente del paddock .
Nada más. Sigo bajando y me detengo. Amplío una fotografía, estamos en Mugello.
Recuerdo ese día. Rocco está de espaldas, hablando con alguien fuera del encuadre.
Solo se ve una parte de la persona: un brazo, el borde de una camiseta blanca y una mano apoyada sobre la barrera.
Paso a la siguiente y Rocco ya mira hacia la cámara, otra persona continúa fuera. Ahora aparece una mujer al fondo, desenfocada, caminando en dirección contraria. Amplío, el rostro no se distingue bien, pero el pelo, la forma de andar, la camiseta blanca..., podría ser cualquiera.
Sigo buscando. Encuentro otra fotografía, tomada horas después. Una cena. Éramos ocho o nueve. Recuerdo el restaurante. Rocco no aparece, también lo recuerdo. Se marchó antes, dijo que estaba cansado.
Paso a la siguiente fotografía. Una captura accidental, seguramente hecha cuando guardaba el teléfono.
Está inclinada y muestra media mesa, una silla vacía y, al fondo, detrás del cristal del restaurante, la calle.
Amplío. Hay dos personas en la acera, una es Rocco, de la otra solo veo la espalda.
Una mujer. No puedo saber quién es, podría ser cualquiera, pero ya no creo en las coincidencias.
Miro la fecha. Es la misma noche en la que Rocco dijo que se iba al hotel porque estaba agotado.
Me quedo observando la fotografía durante mucho tiempo. Después recuerdo el desayuno.
Salía con alguien. Estaba enamorado.
Y la expresión de Vega al escuchar mi respuesta. Dejo el teléfono sobre la mesa. Por primera vez desde que murió Rocco, descubro algo que nunca había imaginado posible. Quizá mi mejor amigo me mintió y a lo mejor Vega sabe por qué.