A un segundo de ti 10 Las personas que Rocco no presentó #2
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10 Las personas que Rocco no presentó #2

Me quedo mirando el café. Podría contarle aquella historia, que estuve allí, vi la moneda, fui yo quien le dijo que era idiota y que Rocco pasó los siguientes diez minutos intentando convencerme de que el problema no había sido su teoría, sino la condensación del depósito. Levanto la vista.

—¿Fue en Mugello?

La expresión de Nico cambia.

—Sí.

Ya no hay salida limpia.

—Yo estaba allí.

Silencio, no incómodo, atento.

—¿Lo viste?

—Sí.

—Entonces sabes que no me lo estoy inventando. —Sonríe, pero yo no.

—Nico... —El teléfono que tiene junto al plato vibra, él ni siquiera lo mira—. Puede ser del equipo.

—Hoy no trabajo.

Vuelve a vibrar.

—Nico.

Suspira, coge el teléfono y mira la pantalla.

—Claudia.

—Contesta.

—Puede esperar.

—Como sea importante y descubra que no has contestado porque estabas desayunando conmigo, mañana tendré que buscar trabajo.

—Claudia no despide a nadie antes de las diez.

—Qué considerada. —El teléfono vibra por tercera vez—. Contesta.

Nico se levanta.

—Un minuto.

Se aleja unos pasos y responde mientras yo cierro los ojos.

He tenido dos oportunidades y dos veces algo ha interrumpido la confesión.

Primero el camarero, ahora Claudia, pero esta segunda interrupción ya no puede servirme de excusa porque Nico no quería contestar.

He sido yo quien le ha pedido que lo hiciera.

Me paso una mano por la frente.

—Eres imbécil, Vega —murmuro.

—Eso todavía no lo había descubierto. —Nico ya está regresando.

—Creía que estabas hablando.

—Claudia habla muy rápido cuando quiere algo.

—¿Problemas?

—Nada grave. Una entrevista que quieren mover de hora. —Se sienta de nuevo— ¿Qué ibas a decirme?

Lo miro, ahí está otra vez, la puerta abierta y ahora no aparece ningún camarero.

—Que... —Nico espera—. Que me sorprende que hables tanto de él.

Su expresión se vuelve seria.

—¿Por qué?

—No sé. Por lo de ayer. Por cómo reaccionaste cuando Lambert lo mencionó.

—Una cosa es hablar de Rocco y otra que alguien utilice su muerte para preguntarme si voy a matar a otro piloto.

La crudeza de la frase me deja inmóvil.

—Lambert no dijo exactamente eso.

—No hacía falta.

—Lo siento.

Nico niega con la cabeza.

—No quiero hablar de cómo murió.

—No tienes que hacerlo.

—Pero sí me gusta hablar de cómo vivió.

Eso me atraviesa al comprender que hacemos exactamente lo contrario. Nico conserva a Rocco dándole la palabra. Yo he intentado conservarlo callándolo.

—La gente dejó de contar historias sobre él —continúa—. Al principio todo el mundo hablaba. Después fueron pasando los meses y parecía que mencionar su nombre estaba prohibido. Como si pudiéramos hacer daño a alguien.

—A veces lo hace.

—Sí. Pero olvidarlo hace más. —Nico juega un instante con la cucharilla—. Era mi mejor amigo.

Lo sé, claro que lo sé. Rocco hablaba de Nico constantemente. Nico esto o aquello, ha hecho una barbaridad, algún día gana un Mundial. Nico es un capullo, el hermano que nunca tuve. Y yo escuchaba. Dios, cuánto escuché ese nombre.

—Debí de conocerlo mejor que casi nadie —añade.

La frase me produce un dolor extraño, no por lo que afirma sino por lo que ignora.

—¿Nunca tuvo secretos contigo?

Nico sonríe.

—Claro. Todo el mundo tiene secretos.

—Me refiero a cosas importantes.

Se encoge de hombros.

—Supongo.

—¿Parejas?

La palabra queda entre nosotros. Nico levanta ligeramente las cejas.

—¿Esto es curiosidad profesional?

—Personal.

—Eso es peor.

—Puedes no responder.

—No, no pasa nada. Tuvo algunas historias. Cuando falleció… estaba muy enamorado, pero jamás supe de quién se trataba. Creo… No sé… Supongo que fue una relación complicada.

Aprieto los dedos alrededor de la taza. No me gusta escuchar eso, es absurdo. Han pasado años, Rocco está muerto. Yo estoy sentada frente a su mejor amigo y le estoy ocultando precisamente que era esa mujer, pero aun así algo dentro de mí se rebela contra la expresión una relación complicada.

El ruido de la cafetería desaparece, no literalmente. Continúan las tazas, la cafetera, una silla que se arrastra, una conversación en la mesa del fondo. Pero todo se aleja.

—¿Nunca te habló de ella?

—No.

Lo miro.

—¿Seguro?

Ahora es él quien parece desconcertado.

—Vega, era mi mejor amigo. Si hubiera tenido una relación seria, me habría enterado.

Algo se rompe dentro de mí de una forma pequeña y precisa, no espectacular, sin lágrimas. No hay una revelación acompañada de música. Solo una pieza que llevaba años colocada en un lugar determinado y que, de pronto, descubro que pertenecía a otro sitio.

Rocco no le habló de mí a Nico de quien me hablaba casi todos los días.

—¿Por qué me preguntas eso?

Abro la boca para decírselo.

Porque yo era esa relación, él me decía que me quería, estuve con él. Porque cuando murió, no perdí a un conocido del paddock.

Entonces recuerdo algo que hasta este momento nunca me había parecido extraño: aquellas conversaciones con Rocco, los fines de semana, los momentos en los que hablaba de Nico, de carreras, de futuro, las veces que le pregunté cuándo conocería por fin a ese amigo del que hablaba como si fuera parte de su familia.

Y las respuestas: Ya habrá tiempo, cuando coincida, más adelante, s iempre más adelante.

—Vega. —Parpadeo. Nico me observa con preocupación—. ¿Estás bien?

—Sí.

—No lo parece.

—Solo estaba pensando.

—¿En qué?

Lo miro y, por primera vez desde que empezó este desayuno, ya no tengo miedo únicamente de contarle la verdad. Tengo miedo de conocerla.

—En que quizá no conocíamos a Rocco tanto como creíamos.

Nico frunce ligeramente el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Niego con la cabeza y cojo la taza, aunque el café ya está frío.

—Nada. Una tontería.

Pero no lo es. Nico continúa observándome unos segundos.

Sé que tiene preguntas. También sé que podría hacerlas.

Sin embargo, no lo hace, tal vez porque ayer me prometió, sin utilizar exactamente esas palabras, que no iba a exigirme explicaciones que yo no quisiera darle, o porque conoce demasiado bien el peso de algunos silencios.

Terminamos de desayunar hablando de otras cosas, o fingiendo que hablamos de otras cosas.

Él me cuenta que Álex piensa celebrar el final de los test como si hubiéramos ganado una carrera.

Yo le digo que, conociéndolo, probablemente celebre también haber encontrado dos calcetines iguales.

Nico asegura que eso sí sería un acontecimiento histórico.

Me río y contesto cuando corresponde. Incluso consigo olvidarme durante algunos segundos.

Al salir, el sol me obliga a entrecerrar los ojos. Nico se coloca las gafas.

—No ha estado mal.

—¿El desayuno?

—Que hayas tardado casi una hora en querer huir.

—He querido huir desde las nueve y veintiséis.

—Entonces has disimulado bien.

—Soy profesional.

Caminamos unos metros juntos hasta el punto donde nuestros caminos se separan.

—Vega. —Me vuelvo—. Gracias por escucharme hablar de Rocco.

Trago saliva.

—Gracias por hablarme de él.

Nico asiente. Parece que va a marcharse, pero se detiene.

—Por cierto. Si alguna vez quieres contarme qué recuerdas de él, me gustaría escucharlo.

No sé qué responder, podría contarle muchísimo.

Podría decirle cómo Rocco arrugaba la nariz cuando mentía.

Cómo dejaba siempre un poco de café en el fondo de la taza, me llamaba cuando no podía dormir, cómo odiaba perder incluso jugando a las cartas, o cómo me besaba antes de entrar en pista y la forma de decir mi nombre cuando estábamos solos.

Podría contarle que lo amé y, hasta hace apenas unos minutos, creía saber también que Rocco me había amado a mí.

—Algún día —respondo.

Nico sonríe con tristeza.

—Algún día.

Se marcha y yo permanezco quieta en la acera viéndolo alejarse.

Entonces reparo, con una claridad casi cruel, en la ironía: Rocco utilizaba exactamente esas palabras, algún día.

a lgún día conocerás a Nico, os presentaré.

Nunca ocurrió y este día Nico y yo acabamos de desayunar juntos porque Rocco murió antes de poder presentarnos.

Durante todos estos años he creído que el secreto era mío.

Que yo era quien escondía una parte de la historia, quien había regresado al paddock sin decir quién había sido Rocco para mí, quien miraba a Nico sabiendo algo que él ignoraba.

Pero estaba equivocada, el secreto empezó mucho antes y no era mío, sino de Rocco.