A un segundo de ti 10 Las personas que Rocco no presentó
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10 Las personas que Rocco no presentó

Vega

A las nueve y veintiséis estoy delante de la cafetería preguntándome qué clase de persona llega cuatro minutos antes a un desayuno al que no debería haber aceptado acudir.

La respuesta es bastante sencilla: la clase de persona que lleva despierta desde las siete, que ha cambiado tres veces de camiseta, que se ha repetido otras tantas que esto no es una cita y que, después de todo ese esfuerzo intelectual, ha terminado poniéndose la primera.

—Has llegado antes. —Nico está a pocos pasos de mí, con unos vaqueros, una camiseta oscura y unas gafas de sol que se quita mientras se acerca.

No lleva la ropa del equipo, sin gorra, y así parece distinto, aunque no sabría explicar exactamente por qué.

Durante los últimos días siempre lo he visto dentro de Vértice, rodeado de mecánicos, ingenieros, pantallas, cámaras y personas pendientes de cada movimiento suyo.

Aquí solo hay un hombre que viene andando por la acera y que sonríe al verme.

—Cuatro minutos.

Mira su reloj.

—Tres.

—Cuando he llegado eran cuatro.

—Entonces llevas aquí el tiempo suficiente para empezar a arrepentirte.

Lo miro.

—¿Tan evidente es?

—Un poco.

—Puedo irme todavía.

—También yo. —Ninguno se mueve. Nico señala la puerta con la cabeza— ¿Entramos antes de que alguno de los dos tome una decisión inteligente?

No puedo evitar sonreír.

—Después de ti.

El local está casi vacío. Elegimos una mesa junto a la ventana, bastante alejada de la barra, y durante unos segundos vivimos ese momento absurdo en el que dos personas, que se han pasado varios días hablando con absoluta normalidad, descubren que no saben dónde poner las manos cuando no tienen delante una moto, una pantalla de telemetría o una rueda de prensa que les proporcione un motivo para estar juntas.

Nico rompe el silencio.

—Café sin azúcar con un poco de leche.

Lo miro.

—Eso empieza a preocuparme.

—¿El qué?

—Que recuerdes cómo tomo el café.

—Ayer te llevé uno.

—Precisamente por eso.

—Tengo buena memoria.

—Eso también empieza a preocuparme.

Se ríe y llama al camarero. Pide mi café correctamente sin consultarme y para él un espresso doble. Después estudia la carta con una concentración que no le he visto ni siquiera cuando Matteo le enseña una pantalla llena de datos.

—¿Tienes pensado batir algún récord?

—Estoy decidiendo entre desayunar como una persona normal o como un piloto en vacaciones.

—Estamos en mitad de la temporada.

—Por eso necesito aprovechar cualquier resquicio. —Finalmente pide tostadas, huevos y fruta. Yo me conformo con una tostada y, cuando el camarero se marcha, Nico apoya los antebrazos sobre la mesa—. Gracias por venir.

—No hagas que suene solemne.

—Solo te he dado las gracias.

—Ha sonado a discurso.

—Puedo retirarlo.

—Demasiado tarde.

Sonríe otra vez. Empiezo a comprender que Nico sonríe de una manera diferente fuera del circuito.

Allí casi siempre hay alguien mirando, una cámara que espera o un periodista dispuesto a convertir cualquier gesto en un titular.

Aquí su sonrisa aparece y desaparece sin ninguna finalidad.

Me gusta más esta. Precisamente por eso intento no fijarme demasiado.

—¿Qué haces normalmente en un día libre? —me pregunta.

—Descansar.

—Eso no es hacer algo.

—Es exactamente hacer algo. Consiste en no hacer nada y defenderlo con convicción.

—Interesante disciplina.

—Años de entrenamiento.

—Yo soy malísimo.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Por qué?

—Porque has organizado un desayuno a las nueve y media.

—Eso es porque tengo hambre.

—Podrías haber desayunado solo.

Nico me sostiene la mirada durante un segundo más de lo necesario.

—Podría. —El camarero llega con los cafés y me salva de tener que responder. Rodeo la taza con las manos y bebo antes de tiempo. Está demasiado caliente. Me quemo la lengua y hago como si no hubiera ocurrido— Ayer estuviste bien.

—¿Desayunando?

—En la rueda de prensa.

Mi mano se detiene alrededor de la taza. Ahí está, sabía que aparecería. Desde que acepté venir sé que, tarde o temprano, la conversación regresará a Rocco. Desconocía cuánto tardaría.

—Hice mi trabajo.

—Hiciste algo más.

—Lambert estaba buscando un titular.

—Lambert siempre busca un titular.

—Y tú se lo estabas poniendo fácil.

—¿Yo?

—Te enfadaste.

—Mencionó a Rocco.

No hay brusquedad en su voz, pero algo cambia. Es mínimo, una contracción en la mandíbula, quizá. Una sombra que pasa por sus ojos y desaparece enseguida.

—Lo sé.

—Entonces sabes por qué intervine.

—Sé por qué habría intervenido Claudia. Sé por qué habría intervenido alguien del equipo, no por qué lo hiciste tú.

El corazón me da un golpe seco. Puedo decírselo, aquí y ahora. No hay cámaras, no están Claudia ni Álex. No hay periodistas. Solo estamos Nico y yo sentados frente a frente, con dos cafés entre nosotros y una verdad que lleva demasiado tiempo esperando.

Conocí a Rocco, eso ya lo sabe. Rocco y yo estuvimos juntos, seis palabras. Podría pronunciarlas antes de que el camarero regrese.

—Porque me pareció injusto —respondo.

Cobarde.

Nico asiente despacio.

—Lo fue.

Bebe un poco de café y mira hacia la calle. Creo que dejará el asunto ahí, una parte de mí lo desea, otra se siente extrañamente decepcionada.

—Rocco habría odiado esa pregunta —dice.

Su nombre pronunciado así, con naturalidad, me obliga a bajar la mirada.

—¿Sí?

—Odiaba que alguien utilizara una desgracia para demostrar una teoría. Decía que primero eliges la conclusión y después buscas los hechos que te convienen.

Sonrío sin querer.

—Eso suena a él.

Nico vuelve los ojos hacia mí.

—¿Lo recuerdas?

Mierda.

—Recuerdo que era bastante categórico.

—Eso es una manera amable de decir que era un cabezota.

—También.

Nico se ríe y ocurre algo que no esperaba, no duele, o mejor dicho, duele de otra forma.

Escuchar a alguien hablar de Rocco siempre me ha producido la sensación de que una mano invisible me aprieta el pecho.

Sin embargo, ahora hay algo diferente. Nico no habla del muerto.

Habla de Rocco, hombre idiota maravilloso capaz de discutir durante media hora porque estaba convencido de tener razón.

Del ser humano que existió antes de convertirse para todos los demás en una fotografía, una fecha y una tragedia.

—Era insoportable —continúa Nico—. Tenía una teoría para todo. Si llovía, sabía por qué. Si la moto fallaba, sabía por qué. Si tú estabas de mal humor, también sabía por qué.

—Y normalmente se equivocaba.

Nico vuelve a mirarme. He respondido demasiado deprisa.

—¿También hacía eso contigo?

Tengo la confesión en la boca. Sí, todo el tiempo. Sabía cuándo estaba enfadada antes que yo, pero casi nunca acertaba con el motivo. Y cuando acertaba era peor, porque ponía esa cara de suficiencia que me daban ganas de estrangularlo y besarlo al mismo tiempo.

El camarero aparece con los platos.

—Aquí tienen.

Aparto las manos para dejarle sitio. Nico hace lo mismo.

El hombre coloca las tostadas, los huevos y la fruta, pregunta si necesitamos algo más y yo respondo que no con una rapidez casi ridícula.

Cuando se marcha, el momento ha desaparecido.

Ahí está la circunstancia concreta que necesitaba y que, al mismo tiempo, detesto.

—¿También hacía eso contigo? —repite Nico.

Corto un pedazo de tostada.

—Las pocas veces que hablamos, sí.

La mentira no es completa. Quizá por eso resulta todavía más desagradable.

Nico no insiste. Empieza a comer y durante unos minutos hablamos del test, de la curva catorce, de esas dos décimas que consiguió después de dejar de pelearse con el tren trasero y empezar a escucharlo.

Me acusa de haberle dado un consejo demasiado bueno y yo le recuerdo que me pagan precisamente por entender lo que ocurre en pista, aunque oficialmente mi trabajo ahora consista en comunicación.

Él dice que eso es desperdiciar talento.

Yo le respondo que no tiene derecho a decidir qué hago con el mío.

—No lo decido.

—Lo has dicho como si lo hicieras.

—He dicho que eres buena.

—Eso ya lo sé.

Levanta las cejas.

—Modesta.

—Muchísimo. Es una de mis mejores cualidades.

—¿Cuántas tienes?

—No cabrían en este desayuno.

—Entonces tendremos que repetir.

Me quedo con la taza a medio camino de los labios. Nico continúa comiendo como si no acabara de decir nada, tal vez no haya dicho nada. El problema será que empiezo a escuchar demasiado.

—Ya se verá —respondo.

Desvío la conversación hacia Álex, maniobra bastante transparente, pero funciona.

Nico me cuenta una discusión que tuvieron el año pasado por una apuesta absurda relacionada con una bicicleta y una piscina.

No sé cuánto hay de verdad y cuánto está exagerando, pero termino riéndome.

Después habla de Matteo, de Claudia y de Gianni.

Cuando menciona a este último, recuerdo su advertencia.

No esperes demasiado.

Gianni sabe, me reconoció y podría haberle contado a Nico quién soy. No lo hizo porque se lo pedí. La responsabilidad, por tanto, sigue siendo mía.

—Con Rocco era peor —dice Nico de pronto.

—¿Qué?

—Las apuestas. Álex al menos sabe retirarse. Rocco no sabía.

Vuelve a aparecer sin esfuerzo. Como si siguiera sentado en algún lugar cercano y bastara girar una esquina de la conversación para encontrárselo.

—Una vez apostó que podía dar una vuelta entera a un circuito con una moneda pegada al depósito.

—¿Pegada cómo?

—Con saliva.

Me echo a reír.

—Eso no puede ser verdad.

—Te juro que sí.

—Se cayó en la primera curva.

—Antes.

—¿En boxes?

—Al arrancar.

La carcajada me sale sin permiso y lo recuerdo: Rocco con una moneda entre los dedos diciendo que la física estaba de su parte, yo que la física no tenía ninguna obligación de proteger a los imbéciles.

Dejo de reír. Nico lo nota.

—¿Qué pasa?

—He recordado algo.

—¿De él?

Asiento, no intento negarlo. Nico espera.

—Una tontería.

—Las tonterías eran su especialidad.