9 Su sonrisa
Rocco
Cuatro años antes…
Vega se reía al otro lado del box y yo la reconocía incluso sin verla.
Su risa atravesaba cualquier ruido (compresores, motores, herramientas, gritos) porque mi cabeza la buscaba de forma automática.
Al levantar la vista la vi junto a la entrada, hablaba con un técnico de neumáticos: llevaba el pelo recogido en una coleta alta, las gafas de sol puestas como diadema y una camiseta blanca, esa que le había dicho mil veces que terminaría llena de grasa.
Ya lucía una mancha negra cerca de la cintura.
Sonreí ante la escena hasta que Luca me preguntó qué miraba.
Le dije que nada, pero se burló recordando que llevaba veinte segundos fijos hacia fuera, así que le pedí que se concentrara en lo suyo antes de volver la vista al monitor.
En la pantalla estaba la telemetría de la última sesión; me dejaba casi dos décimas en el segundo sector por entrar tarde en la curva nueve, un fallo fácil de corregir.
—¿Sales otra vez? —preguntó Vega, llegó a mi espalda sin hacer ruido.
—En diez minutos.
—Te he traído esto. —Me tendió un café.
—¿Has comprobado que no esté envenenado?
—No, confío en que haga efecto rápido.
—Qué cariño me tienes. —Le rodeé la cintura con un brazo y tiré de ella hasta pegarla a mí. Protestó diciendo que estaba sudado y que le daba asco, pero cuando le recordé que tres horas antes no decía lo mismo, me clavó los dedos en el costado para mandarme callar.
—Podría ahorrarme escuchar eso. —Desde el otro lado de la mesa, Luca carraspeó.
—Sería un detalle por tu parte. Esto no le importa a nadie —respondí.
—Me voy a dar una vuelta. —Vega se soltó entre risas.
Le sugerí que esperara a que yo terminara, pero me dejó claro que podía caminar veinte minutos sola, me dio un beso rápido en los labios y me ordenó beberme el café antes de que se enfriara.
Mientras se alejaba le pedí que no se fuera lejos; se giró un segundo, sonrió con sorna soltando un “sí, papá” y desapareció.
—Estáis bien, ¿eh? —sugirió Luca.
—Tú te callas. No diga nada a nadie.
—¿Nico no lo sabe?
—A nadie.
—No entiendo cómo la prensa no se ha enterado aún. ¿Cómo lo consigues?
—Déjame. —Me limité a mandarlo callar para concentrarme en las dos décimas que debía rascarle al crono.
La vi quince minutos después, no porque la estuviera buscando, o eso me dije, sino porque al salir hacia el pit lane para hablar con un ingeniero la encontré al otro lado del pasillo central.
La mandíbula se me tensó sola cuando el ingeniero me dijo que Nico estaba de camino y que llegaría en dos horas.
—¡Rocco! —gritó, pero no respondí; me quedé mirando cómo Vega negaba con la cabeza entre sonrisas. Cuando quise reaccionar, me centré en la charla sobre la telemetría, aunque no escuché ni la mitad.
Al terminar la reunión, obligué a Vega a irse al hotel. Me hizo caso a regañadientes.
Luca vino hacia mí y se detuvo a un par de metros.
—Nunca es suficiente —se refirió a las décimas que me comía en cada vuelta—. Tu chica es divertida —soltó.
—Tiene nombre.
—Lo sé.
—Pues úsalo.
Su sonrisa perdió fuerza y aceptó el matiz.
Le pregunté directamente qué quería de ella y me respondió que nada, que solo estaban hablando como hace la gente.
Le pedí que se relajara y solté una risa seca al notar que intentaba dejar la conversación en el aire.
Le advertí que no jugara conmigo, pero él se limitó a pasarse una mano por el pelo y explicarme que solo le comentaba a Vega que esa tarde había una cena de patrocinadores en el centro con pilotos y gente de comunicación, y que ella simplemente había preguntado si era obligatorio ir de gala.
Yo… me estaba volviendo loco. Veía fantasmas donde no los había.
—Rocco, tío, solo me reía por eso. Relájate. No me hables más en ese tono. Tenemos una sesión en media hora y no pienso discutir por una charla de tres minutos. —Al pasar por mi lado para marcharse, se giró para añadir que Vega no necesitaba que nadie la vigilara.
Lo seguí con la vista hasta que dobló la esquina, saqué el teléfono para escribirle a ella, pero borré el mensaje y me guardé el móvil sintiéndome un ridículo. No iba a convertirme en ese tipo de tío.
***
Vega sacó el vestido de la maleta y lo dejó estirado sobre la cama de la habitación del hotel. Era bonito, sencillo, de esos que a ella le quedaban absurdamente bien sin pretenderlo. Yo me estaba abrochando los botones de la camisa frente al espejo, pero la miraba a través del cristal.
—¿Vas a tardar mucho en ducharte? —preguntó, repasándose el maquillaje en el baño.
Dejé las manos en los puños de la camisa y me giré hacia ella. Llevaba todo el día dándole vueltas a la idea y, cuanto más lo pensaba, menos me apetecía verla en ese evento.
—Vega.
Salió del baño con el bote de rímel en la mano.
—¿Qué?
—No vengas a la cena.
Se quedó parada a medio camino, parpadeando con sorpresa.
—¿Cómo que no vaya?
—Va a ser un coñazo infumable. —Me acerqué a ella, despacio, intentando que sonara a recomendación sincera y no a otra cosa—.
De verdad. Habrá un jaleo impresionante, música alta, la prensa acosando en la entrada para sacar cuatro fotos absurdas y los patrocinadores soltando discursos eternos sobre los objetivos de la temporada. Te vas a aburrir como una ostra.
Vega me miró entornando un poco los ojos y evaluó mi tono.
—Rocco, trabajo en esto. Estoy acostumbrada al ruido y a los patrocinadores.
—Lo sé, pero hoy es peor. Es una cena oficial de toda la categoría. Va a estar hasta el último directivo buscando foco. Quédate aquí, descansa, pídete algo rico al servicio de habitaciones y nos vemos luego.
—¿A solas? —preguntó, arqueando una ceja con una sonrisa a medias.
—A solas —repetí, cogiéndola de la cintura para pegarla a mí—. Termino con las fotos obligatorias, me trago el primer plato, pongo la cara de compromiso de siempre y me escapo antes del postre. En dos horas estoy de vuelta.
Ella dejó el rímel sobre la mesilla y me rodeó el cuello con los brazos, mirándome muy de cerca.
—Me da la sensación de que solo quieres librarte de mí para no tenerme vigilando cuánto vino bebes.
—Me has descubierto —le besé la punta de la nariz—. Así que hazme el favor. Ahórrate el dolor de pies con los tacones, el ruido de las cámaras y la paliza. Acepta el plan.
Vega suspiró y dejó caer la cabeza sobre mi pecho un segundo antes de volver a mirarme.
—Está bien. Si me garantizas que vas a escaquearte pronto, me quedo. La verdad es que un baño caliente y pedir cena a la habitación suena mil veces mejor que aguantar discursos de dos horas.
—Te lo garantizo.
Le planté un beso en los labios, esta vez sin prisa, sintiendo cómo se soltaba la poca tensión que me quedaba en los hombros. Me alejé hacia la puerta mientras me ponía la americana, mirándola una última vez apoyada en el marco del baño.
—No me esperes despierta si tardo un poco más de la cuenta —dije con la mano en el pomo.
—Más te vale no tardar.
Le sonreí, cerré la puerta de la habitación y eché a andar por el enmoquetado del pasillo. Con Vega en el hotel, no habría mesas compartidas, ni miradas de más, ni cruces con Nicolò Valenti antes de tiempo. Todo estaba bajo control.