A un segundo de ti 8 Preguntas peligrosas #3
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8 Preguntas peligrosas #3

Me acerco. Nico pasa. No está forzando en las curvas.

Completa la vuelta y entra. Cuando se quita el casco no me mira, habla con Matteo, después con Gianni.

Yo permanezco al fondo. No debería importarme, no importa.

Entonces Gianni dice algo, Nico gira la cabeza y me encuentra.

Nuestros ojos se cruzan, él sostiene la mirada y yo también.

Después Nico se vuelve hacia Matteo y algo se instala debajo de mis costillas.

No sé ponerle nombre: culpa, o miedo, no el de las motos, otro.

El test termina. Segundo tiempo para Nico. Quinto para Álex. Un buen resultado. El equipo está satisfecho. Empiezan a desmontar: abrazos, bromas, técnicos comparando datos y miembros de prensa buscando últimas declaraciones.

Yo trabajo. Eso hago cuando no sé qué hacer con otra cosa. A las siete casi todo está terminado. Salgo detrás del box con el teléfono. Tengo tres correos sin responder. Abro el primero.

—¿Tienes un minuto? —Nico.

Levanto la vista.

—Sí.

Se acerca. no demasiado.

—No estoy enfadado.

—No he dicho que lo estés.

—Llevas toda la tarde evitándome.

—He estado trabajando.

—Y yo soy bailarín clásico.

Sonrío a pesar de todo.

—Eso es de Gianni. —Se instala un silencio de dos segundos—.

No tienes que contarme nada de Rocco. Pero no quiero que pienses que no me he dado cuenta de que te pasa algo cuando hablamos de él.

—No respondo—. Y no voy a preguntarte qué.

—Se mete las manos en los bolsillos—. Solo quería saber una cosa.

—Has dicho que no preguntarías.

—No es sobre él.

—Entonces pregunta.

—Te he debido hacer algo porque desde la rueda de prensa estás rara conmigo. Si es porque pregunté demasiado, lo siento.

Lo miro. De verdad cree que puede haberme hecho daño.

—No has hecho nada.

—Entonces ¿por qué me evitas?

Porque cada vez que te miro, veo a la persona a la que estoy engañando sin haber pronunciado una sola mentira.

—No te evito, estoy ordenando algunas cosas. Y gracias por el café.

Su expresión cambia. Una sonrisa pequeña.

—Mañana puedo traerte otro. Sin azúcar. Un poco de leche.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Ríos.

—Hoy has pilotado bien.

Sonríe. Esta vez de verdad.

—Lo sé.

—Acabas de estropearlo.

—No podía dejar que tuvieras la última palabra.

—Vete.

Se ríe y continúa andando. Lo observo alejarse. No debería haberle dicho eso. No por nada especial, simplemente porque su sonrisa me ha gustado demasiado.

Esa noche Gianni me envía un mensaje. No sé cómo ha conseguido mi número. Probablemente de la lista interna del equipo.

Gianni: No te preocupes. Lo que me has contado queda conmigo.

Lo leo dos veces. Después respondo.

Vega: Gracias.

Los tres puntos aparecen. Desaparecen, vuelven.

Gianni: Pero un consejo que no me has pedido: no esperes demasiado.

No respondo. Dejo el teléfono. Tiene razón, eso es lo que más me molesta.

No puedo mantenerlo oculto indefinidamente, no ahora, no trabajando con Nico, no después de que Gianni me haya reconocido, no después de la rueda de prensa.

Debería contárselo. No todo, solo que conocí a Rocco, que fuimos amigos.

La palabra me produce casi vergüenza. Podría decir que estuvimos cerca, otra cobardía. Podría decir la verdad.

Rocco y yo estuvimos enamorados.

Solo escribir mentalmente la frase me deja sin aire. No, todavía no. Necesito tiempo.

Abro el teléfono otra vez, Sin querer, termino en la conversación con Nico. El último mensaje es de anoche.

Buenas noches, piloto.

Subo. Bromas, horarios, la cena, sus preguntas. Nada importante y, sin embargo, hay demasiados mensajes para seis días. Seis días, parece imposible. Bloqueo la pantalla y entonces vibra.

Nico: ¿Estás despierta?

El corazón hace algo absurdo. Miro la hora, 23:48. Respondo.

Vega: Sí.

Nico: Pregunta importante.

Vega: Miedo me das.

Nico: Mañana no hay circuito. ¿A qué hora piensas que debo levantarme?

Sonrío.

Vega: A ninguna. Día libre.

Tarda cinco segundos.

Nico. ¿Libre de verdad?

Vega: De verdad.

Nico: Entonces desayuna conmigo.

La sonrisa desaparece. Miro el mensaje, no dice equipo ni Claudia. No dice trabajo.

Vega: ¿Por qué?

Nico: Porque me apetece.

No sé qué hacer con esas cuatro palabras. Escribo:

Vega: No creo que sea buena idea.

No lo envío. Lo borro. Miro el techo, pienso en Rocco. Error. Pienso en Gianni. Peor. Pienso en Nico buscándome al entrar al box, en el café, en la forma en que me ha preguntado si me había hecho algo, en su sonrisa cuando le he dicho que había pilotado bien. Escribo:

Vega: ¿A qué hora?

Los tres puntos aparecen al instante.

Nico: 9:30. Puedo llegar a tiempo incluso yo.

Me río.

Vega: 9:30.

Nico: Buenas noches, Ríos.

Dudo. Después:

Vega: Buenas noches, Valenti.

Dejo el teléfono sobre la cama. Acabo de aceptar desayunar con él, no es una cita.

Dos compañeros de trabajo pueden desayunar juntos.

Dos personas pueden tomar café sin que signifique nada.

Dos personas pueden empezar a gustarse sin saber todavía qué hacer con ello.

Esta última frase intento no pensarla. Existe un problema mucho mayor que Nicolò Valenti empieza a interesarme.

Mañana voy a sentarme frente al mejor amigo de Rocco sabiendo algo sobre su pasado que él todavía ignora.

Y por primera vez comprendo que cada día que tarde en contárselo hará un poco más difícil explicar por qué no lo hice el anterior.