8 Preguntas peligrosas #2
—Ha hecho cosas peores.
—Eso no lo convierte en correcto. —Nico baja la vista durante un instante—. No me gusta que utilicen a Rocco.
El nombre otra vez, ahora en su voz. Me cuesta más.
—Lo sé.
—¿Cómo? —Nico levanta los ojos.
Mierda.
—¿Cómo qué?
—Has dicho lo sé.
—Porque es evidente.
—No para todo el mundo.
—Para mí sí.
—Lo has defendido como como si te hubiera molestado personalmente.
El corazón golpea.
—Me molesta que un periodista utilice una muerte para provocar una reacción emocional. —Verdad—. A cualquiera debería molestarle— Nico me observa.
—Sí. —No parece completamente convencido. Necesito salir de ahí.
—Tienes fotografías dentro de veinte minutos.
—Vega. ¿Conocías a Rocco?
Ahí está, directa, la pregunta que llevo días temiendo. Podría mentir, pero no quiero.
—Coincidimos en el paddock . Corríamos en campeonatos relacionados. Conocía a mucha gente.
—¿Hablaste con él?
Mi garganta se cierra. Muchas noches, muchísimas.
—Alguna vez. —Técnicamente cierto, odio que lo sea.
—¿Erais amigos?
No puedo responder, no de forma que no sea mentira.
—No quiero hablar de esto. Y Nico, tienes una sesión dentro de veinte minutos.
Nos miramos. Espero que insista, pero no lo hace.
—Vale.
Otra vez esa palabra. Cada vez que respeta un límite me siento peor por esconderle lo que hay detrás.
—Gracias.
Me marcho y él no me detiene.
Me encierro en un baño. No lloro. Apoyo las manos en el lavabo y miro mi reflejo.
—Coincidimos en el paddock .
Qué frase tan miserable. Coincidimos, como si él y yo no hubiéramos compartido un ascensor, no supiera cómo sonaba su voz medio dormido, no pudiera recordar exactamente cómo pronunciaba mi nombre cuando estaba enfadado, no hubiera guardado durante tres años el último mensaje que me dejó.
Me echo agua en las muñecas. Nico no tiene derecho a saberlo, todavía no, eso me digo.
No quiero engañarlo porque Rocco también fue mío, mi dolor, mi historia, mis errores. No tengo obligación de entregárselos a un hombre al que conozco desde hace menos de una semana solo porque compartió con él una parte de su vida.
¿Por qué tengo la ingrata sensación de que acababa de mentirle?
Salgo cinco minutos después. Gianni está en el pasillo, no sé si me esperaba. Espero que no.
—Vega. ¿Estás bien?
—Sí.
—Lambert es un cabrón.
—No seré yo quien te contradiga.
Sonríe. Después deja de hacerlo.
—Has dicho que conocías a Rocco.
El corazón vuelve a tensarse.
—He dicho que coincidimos.
Gianni me observa. Algo en su cara me dice que lleva rato intentando encajar piezas.
—Antes, en el box... dijiste que Nico estaba negociando con la moto.
—Es una forma de hablar. —No entiendo.
Gianni se frota la barba.
—Rocco decía eso.
El aire se vuelve más denso.
—Mucha gente lo dice.
—No tanta. ¿Tú conocías a Moretti?
No puedo utilizar con él la misma evasiva. O sí.
—Nos conocíamos.
La frase sale pequeña, cierta, insuficiente. Gianni asiente lentamente, permanece callado, luego sonríe.
—Mugello. —Siento frío—. Te vi en Mugello con él. Hace años, en una cena.
La recuerdo, por supuesto. Rocco llegó tarde, yo estaba enfadada. Él pasó media cena intentando hacerme reír. Gianni estaba en la otra punta de la mesa.
—Sí. —Sus ojos se iluminan con el recuerdo—. Eras la española. —Qué expresión tan pequeña para una vida entera.
—Había muchas españolas.
—No en aquella mesa. Ahora sé de qué me sonabas.
—Misterio resuelto. —Intento marcharme.
—Espera. ¿Tú y Rocco erais...? —No termina, no lo necesita.
—Gianni. —Mi voz basta. Él levanta las manos.—Es algo privado.
Su expresión se suaviza.
—Vega, trabajé con él cuatro años. Si no quieres hablar, no voy a obligarte.—¿Nico lo sabe? —Ahí está la pregunta importante.
Me vuelvo.
—No. —Gianni me mira—. Y prefiero que siga así.
Silencio. La frase ya está dicha, no puedo recuperarla. Gianni frunce ligeramente el ceño.
—Eso tendrás que decidirlo tú. Yo no voy a contárselo.
El alivio llega demasiado rápido.
—Gracias.
—No me las des. —Su tono no es duro, pero tampoco cálido—. No es asunto mío.
Me marcho y, mientras camino, comprendo que algo ha cambiado. Hasta hoy mi silencio pertenecía solo a mí. Ahora otra persona sabe que existe.
Las fotografías duran cuarenta minutos. Nico no hace ninguna broma sobre mí, eso debería ser agradable. No lo es, está profesional, amable, perfecto. Cuando terminan, habla con Marcos y se marcha. Ni siquiera me busca. Ridículo. Hace dos horas me molestaba que lo hiciera. Ahora me molesta que no.
—Tienes un problema. —Álex.
—¿Qué problema?
—Era una observación general.
—Duarte.
Sonríe.
—¿Habéis discutido?
—No.
—Entonces es peor.
—¿Por qué?
—Porque cuando discutís, él está contento.
—¿Qué clase de lógica es esa?
—La de Nico.
Álex coge una botella.
—Cuando le interesa alguien, molesta.
—Molesta a todo el mundo.
—Sí. Pero no igual.
—No me interesa esta conversación.
—A él sí le interesas tú. —Álex bebe tranquilamente.
—Profesionalmente.
—Claro, claro. —Casi se atraganta.
—No hay nada más.
—Yo no he dicho que lo haya. —Se marcha riendo.
Me quedo sola. No hay nada. Nos conocemos desde hace unos días, Nico coquetea, su forma de relacionarse con mujeres y con los periodistas.
Probablemente con señales de tráfico. No significa nada.
Que me busque después de cada tanda tampoco, y que lleve cuarenta minutos sin hacerlo, menos todavía.
La última sesión empieza a las cuatro. Nico sale y yo esta vez no estoy en el box. Tengo una reunión con un patrocinador que dura veinticinco minutos. Cuando regreso, quedan doce de sesión. Miro la pantalla, Nico, tercero, Álex, sexto. Los tiempos no importan demasiado.