A un segundo de ti 7 Diecisiete #2
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7 Diecisiete #2

—Te encanta tener razón. —Está disfrutando.

—A todo el mundo le gusta.

—A ti especialmente.

—Porque me ocurre mucho.

Sonrío. Ahí está otra vez, la mujer de las fotografías. No exactamente, pero algo, cuando habla de motos, cambia. No siempre, a veces. Los hombros se relajan, la voz pierde esa vigilancia constante y empieza a discutir antes de recordar que supuestamente no quiere hacerlo.

—¿Qué harías? —investigo.

—No soy tu ingeniera.

—Ya lo sé.

—Entonces pregunta a Matteo.

—Quiero saber qué harías tú.

Vega mira la pantalla. Tarda unos segundos.

—Haría otra tanda.

—Eso iba a hacer.

—Pues para qué preguntas.

—¿Por qué?

—Porque estás cambiando tu forma de frenar para compensar una sensación que quizá desaparezca cuando el neumático coja temperatura. Si tocáis la moto ahora, no sabrás qué has arreglado.

Matteo asiente lentamente.

—Eso mismo iba a decir.

Vega lo señala.

—¿Ves?

—Quizá deberíamos pagarle también como ingeniera —digo.

Ella retrocede, la he visto. El cambio.

—Es broma.

Se marcha y yo la sigo con la mirada. Matteo hace lo mismo.

Después de comer tengo cuarenta minutos libres.

Los utilizo mal. Me siento en una zona tranquila del hospitality con el teléfono y vuelvo a buscar carreras de Vega.

Sé que no debería, por eso bajo el volumen.

Encuentro una de Jerez. Tiene veinte años.

La calidad del vídeo es mediocre y los comentaristas hablan demasiado.

Vega sale séptima. Primera vuelta, sexta.

Después quinta. Hay un grupo de cuatro peleando por el podio. Vega frena tarde. Sonrío.

—Hipócrita.

La veo hacerlo otra vez. No es temeraria, es agresiva, hay diferencia.

Entra muy fuerte y necesita corregir la trayectoria en la salida.

La siguiente vuelta cambia. Mejor. Aprende rápido, vuelta a vuelta.

Eso me interesa, no repite errores. Cuando encuentra algo, lo incorpora.

Termina tercera. En el parque cerrado se quita el casco, está riéndose.

Otra vez esa risa, la misma de las fotografías.

—¿Qué miras? —Vega me sorprende. Está detrás de mí.

—Nada. —Casi se me cae el teléfono al suelo.

Sus ojos bajan a la pantalla. Mierda.

—Investigación. Todo se encuentra en Internet.

—Inclusive vídeos de gatos. Míralos.

—No frenan tan bien.

Vega intenta cogerme el teléfono. Lo aparto.

—Ya sé que quedas tercera, pero quiero estudiar tu técnica.

—Mentiroso.

Se inclina otra vez. Aparto el teléfono y eso la obliga a acercarse, demasiado. Su cara queda a pocos centímetros de la mía. Los dos nos detenemos, no pasa nada, literalmente nada. Y, sin embargo, durante un segundo dejo de escuchar el vídeo. Vega también parece notarlo y… nuestros labios se miran.

—Eres insoportable —suelta, y retrocede.

—Vale. No miro más.

—No te creo.

—Probablemente haces bien.

Vega cruza los brazos.

—¿Por qué te interesa tanto?

La pregunta merece una respuesta fácil: curiosidad, aburrimiento, trabajo. No utilizo ninguna.

—Porque no te pareces a ella. La Vega de esos vídeos no está pensando en todo lo que puede salir mal. —La frase cambia su expresión. He vuelto a acercarme a una frontera. Esta vez freno—. Olvídalo. No quiero discutir.

—Entonces no digas cosas y después pretendas borrarlas.

Tiene razón.

—Solo quería decir que se te ve feliz.

Silencio. Vega mira la pantalla apagada y… suspira.

—Lo era.

Dos palabras, nada más. No pregunto qué pasó después, lo sé, o al menos una parte.

—¿Lo echas de menos?

Sus ojos vuelven a mí.

—Todos los días. —La respuesta me golpea más de lo esperado porque la entiendo. Vega parece darse cuenta de que ha dicho más de lo que pretendía—. Tengo que trabajar.

—No era una pregunta trampa. Y no tienes que avergonzarte de echarlo de menos.

—No me avergüenzo. —Endurece su expresión—. Me avergüenzo de otras cosas.

Se marcha antes de que pueda preguntar. No la sigo, esta vez sé que no debo hacerlo.

***

A media tarde estoy encima de la moto esperando que abran el pit lane cuando aparece un recuerdo que no he invitado. Él estaba a mi izquierda. Otra pista, otro año. Éramos mucho más jóvenes y bastante más idiotas. Levantó la visera.

—Diecisiete euros —dijo.—Me debes diecisiete euros, Por si te matas, no pienso perseguir a tu madre para cobrarlos.

—Si me mato, puedes quedártelos.

—Qué generoso.

—¿Por qué te debo diecisiete?

—La cena de ayer.

Un comisario hizo una señal y bajó la visera.

Antes de salir levantó dos dedos, después uno.

Diecisiete. Era su número desde niño, no porque tuviera un significado profundo, eso llegó después.

De pequeños, le pregunté por qué. Me dijo que el siete estaba ocupado, así de sencillo.

Durante años me reí de aquello, después dejó de tener gracia.

—Nico —me avisa Matteo por radio.

Vuelvo. Pit lane . Moto. Ahora.

—Todo bien. —Salgo. Acelero y durante las siguientes vueltas consigo no pensar en nada. Ese es uno de los motivos por los que sigo haciéndolo. A más de trescientos kilómetros por hora no existe espacio para nada ni nadie.

La sesión termina bien. Segundo tiempo. Álex, quinto, Matteo está satisfecho. Yo debería estarlo, lo estoy, supongo. Más tarde vienen entrevistas, fotografías y una reunión con un patrocinador que dura cuarenta minutos más de lo previsto. Cuando salgo, Vega me espera.

—Cena a las nueve.

—¿Juntos? —Sonrío ampliamente.

—Con el equipo.

—Pensaba que me invitabas.

—Preferiría comer cristales.

—Eso suena poco saludable. —Empieza a caminar. La sigo— ¿Tienes planes después? Podríamos tomar algo.

—¡Ja! Ni de coña.

—Ni siquiera lo has pensado.

—Lo he pensado entre “podríamos y tomar”.

—Rapidísima.

—Ya lo sabes. Has visto cinco vídeos.

—Buen golpe.

Continúa caminando. No insisto, ni sé exactamente por qué le he propuesto tomar algo.

Podría decir que para arreglar lo de anoche.

Ya está arreglado. Por trabajo. No tenemos nada que hablar que no pueda esperar a mañana.

Quiero preguntarle por las carreras. Tampoco.

Simplemente me apetecía, lo cual me resulta ligeramente incómodo.

Después de cenar, regreso a la habitación. No tengo sueño y enciendo la televisión. La apago, miro el teléfono, sin mensajes de Vega. ¿Por qué iba a haberlos? Abro internet. Esto empieza a ser ridículo. Busco otra carrera.

Vega Ríos Misano.

Aparecen resultados: fotografías, vídeos, una galería antigua de un medio italiano.

Pulso. Vega aparece en una imagen hablando con dos pilotos.

Siguientes: en la parrilla, con su equipo, podio…

La siguiente tarda un segundo en cargar y cuando lo hace, dejo de mover el dedo.

No miro a Vega sino al hombre que aparece al fondo.

No debería reconocerlo tan rápido, tres años no cambian eso: mi mejor amigo.

Está desenfocado, ni siquiera protagoniza la fotografía.

Camina detrás de Vega con el mono abierto hasta la cintura y una botella en la mano.

Número 17. El pecho se me cierra. Pulso la imagen y la amplío.

Rocco tendría veintiséis o veintisiete años, se ríe de algo que ocurre fuera de plano.

—Idiota —murmuro.

No sé si se lo digo a él o a mí. Probablemente a los dos. Me levanto, voy hasta la ventana. Abajo hay coches que entran y salen del hotel.

Miro de nuevo la fotografía. Vega está delante, Rocco detrás. No están juntos, ni siquiera se miran, seguramente no se conocían. Miles de pilotos han coincidido en el mismo paddock .

Cierro la imagen, pero no cierro el navegador, busco el nombre de Rocco. No lo hago casi nunca. esta noche sí.

Rocco Moretti 17.

Aparecen cientos de resultados y… cierro la página, demasiado tarde.

La memoria no necesita internet: una parrilla, Rocco a mi lado, una vuelta, una decisión, una moto.

No. Voy al baño, me echo agua en la cara.

Cuando vuelvo, el teléfono continúa encendido.

En la pantalla sigue la fotografía de Vega en Misano.

Rocco está al fondo. Vuelvo a mirarlos, dos personas en la misma imagen, nada más. Una coincidencia.

Dejo el teléfono. Me quito la camiseta. El espejo devuelve el 17.

Apago la luz. Mañana tengo que ser rápido, eso sí sé hacerlo. Rápido, más rápido, siempre un poco más. Hay cosas que solo consigo dejar atrás cuando acelero lo suficiente y otras que, por mucho que corra, continúan exactamente a un segundo de mí.