7 Diecisiete
Nico
Soy un gilipollas, ninguna revelación especialmente novedosa. Me lo han dicho muchas personas a lo largo de mi vida y algunas disponían de argumentos excelentes. La novedad consiste en que esta vez estoy completamente de acuerdo.
Llevo diez minutos tumbado en la cama del hotel mirando el techo y pensando en la cara de Vega cuando le he dicho que tiene miedo suficiente por los dos. Podría haberme callado, una habilidad sencilla, cerrar la boca. Millones de personas lo hacen todos los días. Yo, aparentemente, no.
Cojo el teléfono, abro nuestra conversación.
Ha sido una gilipollez. Lo siento.
Lo leo. No lo envío, suena insuficiente. Escribo otra cosa.
No quería utilizar tu accidente contra ti.
Peor. Parece exactamente lo que he hecho. Lo borro.
¿Estás despierta?
También lo borro. Son las doce y cuarenta y tres.
Probablemente está despierta porque Vega tiene aspecto de pertenecer a esa clase de personas que antes de dormir comprueban que mañana sigue correctamente colocado en el calendario.
Eso me hace sonreír, pero dejo de hacerlo enseguida, no debería estar pensando en cómo duerme Vega Ríos.
Mucho menos después de conseguir que se marche de una terraza con ganas de arrancarme la cabeza.
Tiro el teléfono sobre la cama. No pasan veinte segundos antes de que vuelva a cogerlo.
—Patético —mascullo.
La habitación no discrepa. Abro el navegador. El historial conserva las búsquedas de esta tarde.
Vega Ríos motociclismo.
Pulso otra vez. No tengo una buena explicación para lo que estoy haciendo.
La curiosidad servía esta mañana, ahora ya sé quién es.
O sé algo: veintiocho años, sevillana, empezó a competir siendo una niña, corrió en categorías nacionales e internacionales, consiguió podios, ganó carreras.
A los veintitrés sufrió un accidente grave durante una sesión de clasificación y meses después anunció que no volvería a competir. Eso es lo que dice internet.
Internet también dice que yo soy un playboy adicto al riesgo, que he salido con tres modelos con las que nunca he estado, que una vez compré un Ferrari rojo que jamás he tenido y que me peleé con un piloto francés dentro de una discoteca de Montecarlo.
Esto último es parcialmente cierto, no fue dentro.
Internet sirve para algunas cosas y para otras no.
Abro otra fotografía de Vega. Tiene veintiún años, está en una parrilla. Casco apoyado contra la cadera, pelo recogido y una expresión que reconozco inmediatamente. No está posando, espera, una gran diferencia, los pilotos sabemos distinguirla.
Amplío la fotografía, no sé por qué. En la Vega que conozco todo parece estar calculado.
Horarios, palabras, distancia. Incluso cuando se enfada intenta controlar cómo se enfada.
La chica de la fotografía no. Tiene los ojos puestos en algún lugar fuera del encuadre y la mandíbula ligeramente adelantada. Quiere salir, eso se ve.
Paso a otra. Podio. Empapada en champán y riéndose, no la sonrisa pequeña que me dedica ahora cuando consigo que olvide durante tres segundos que ha decidido considerarme una molestia profesional. Se ríe con toda la cara. Me quedo mirándola demasiado tiempo.
Bloqueo el teléfono. No es asunto mío, su accidente tampoco, su miedo, menos. Ahí está precisamente el problema. No tenía ningún derecho a mencionarlo y lo sabía mientras lo hacía.
Cuando Vega me ha preguntado si me da miedo caerme, he contestado la verdad, no demasiado.
La expresión que ha puesto me ha molestado, no porque me juzgara sino porque la conozco, he visto esa mirada antes, preocupación.
La odio. Antes sabía qué hacer con ella: reírme, hacer una broma, decir que no pasa nada.
Ahora me irrita, mucho. Desde… desde aquello.
Y cuando ella ha dicho que el miedo sirve para algo, he querido devolverle la pregunta. ¿A ti para qué te sirvió?
La respuesta ha salido más cruel. Cierro los ojos. Gilipollas, otra vez.
Me levanto y voy hasta el baño. Me miro en el espejo. Treinta años, bicampeón del mundo, una cicatriz pequeña junto a la ceja, otra debajo de la mandíbula, una más en el hombro que no se ve con la camiseta. Nada extraordinario, caerse forma parte del trabajo.
Me quito la camiseta, el número está ahí: negro, pequeño, debajo del corazón. Paso un dedo por encima, no necesito hacerlo. Lo hago igualmente.
—Tú te habrías reído de mí —murmuro.
Se habría reído muchísimo. Primero de Vega, después de mí, sobre todo de mí.
Habría dicho que una mujer que te cruza la cara la primera noche y empieza a administrarte los horarios a la mañana siguiente constituye exactamente el tipo de castigo que el universo llevaba años preparando. Y después habría intentado conocerla.
Él quería conocer a todo el mundo, no superficialmente.
Ese era mi talento. Cinco minutos, dos bromas, una cerveza y podía caerle bien a casi cualquiera.
Mi mejor amigo hacía algo mucho peor. Escuchaba y seis meses después recordaba el nombre de tu hermano, la operación de tu madre y que habías pensado comprar una casa cerca de Florencia.
Por eso la gente lo quería. Por eso yo...
Me pongo otra vez la camiseta.
—Basta. —Apago la luz del baño. No pienso en él por la noche si puedo evitarlo. Tres años han servido para aprender algunas cosas, no suficientes.
***
A las seis y cincuenta y ocho estoy despierto. Odio a Vega. Antes de conocerla, llegar al circuito a las siete y media significaba levantarme a las siete y doce, ducharme en cuatro minutos y bajar. Ahora mi cerebro ha decidido que llegar tarde constituye una especie de derrota personal.
A las siete y veintidós atravieso la entrada. No está. Me sorprende buscarla, pero lo hago de todos modos. Claudia habla con Marcos, Matteo está ya en el box. Gianni toma café. Álex llega detrás de mí y me golpea la espalda.
—Buenos días, enamorado.
—¿Qué?
—Nada.
—No, no. Vuelve.
Álex sonríe.
—Buenos días, campeón.
—Has dicho enamorado.
—Debes de haber dormido mal.
—Te tiro a una piscina.
—No hay piscina.
—Encontraré una.
Entra riéndose. Lo sigo.
—¿Dónde está Vega? —pregunto. —Álex se vuelve lentamente. Mierda— ¿Qué?
—Que llevas treinta segundos aquí y ya has preguntado por Vega.
—Tengo que hablar con ella. Trabajo con ella.
—Por supuesto.
—¿Quieres morir?
—No especialmente.
—Entonces sigue andando.
Álex entra en el box todavía sonriendo. Idiota.
Yo no estoy preguntando por Vega porque quiera verla.
Necesito disculparme, eso es todo, una cuestión de convivencia profesional.
Voy a pasar una temporada completa trabajando con ella.
Aeropuertos, hoteles, circuitos, entrevistas, compromisos.
Sería incómodo que quisiera asesinarme durante todos ellos. Nada más.
—Buenos días. —Llega Vega. Lleva pantalones oscuros, zapatillas, una camisa blanca con las mangas dobladas y dos cafés. Me mira, yo la miro. Después miro los cafés.
—Ni se te ocurra. Uno para mí y otro para Claudia.
—Qué decepción. ¿Podemos hablar un momento sobre anoche?
—No hace falta.
—Fue una estupidez. No quería utilizar tu accidente contra ti.
—Pero lo hiciste.
—Sí. —No me defiendo. Eso parece sorprenderla—. Lo siento. Soy gilipollas.
—Nada nuevo. —Tiene los ojos más claros con la luz de la mañana, verdes. Avellana, algo intermedio. No debería estar pensando eso mientras me disculpo—. Aceptado.
—Nueva decepción. Has conseguido que una disculpa parezca un trámite administrativo.
—¿Quieres rellenar un formulario?
Sonrío.
—Ahí estás. —La señalo.
—No empieces. Son las siete veinticinco. Tienes cinco minutos.
—He llegado antes que tú.
—Yo llevo aquí desde las siete trabajando. Algunas personas lo hacemos. —Empieza a marcharse.
—Ríos. —Se gira con visible resignación.—Gracias.
—¿Por aceptar las disculpas?
—Por no pegarme otra vez.
Me mira durante dos segundos.
—El día es joven. —Y se marcha. Sonrío, mucho más de lo razonable.
—Estás jodido. —Gianni está detrás de mí.
—¿Todo el mundo se ha levantado hoy con ganas de tocarme los cojones?
—Siempre tenemos ganas. Hoy, además, oportunidades.
Me da una palmada en el hombro y entra en el box. No estoy jodido, ni remotamente.
La mañana empieza bien, la moto también. Los cambios de ayer funcionan y encuentro mejor apoyo delante. Podemos empezar a trabajar en otras cosas. Hago siete vueltas. Entro. Cambios. Seis. Entro. Otra modificación. Matteo me enseña los datos.
Busco agua y a Vega. No está. Dejo de buscarla. Gianni trabaja en el lateral de la moto.
—¿Dónde está comunicación? —me intereso.
—Comunicando. —No levanta la cabeza.
—Muy gracioso. Necesito saber a qué hora tengo la entrevista.
—Con teléfono y calendario, dispones de todas las herramientas.
—Preguntaba por ahorrar tiempo.
—La señorita Ríos está con televisión —informa Gianni.
—No necesitaba su ubicación.
—Has preguntado dónde estaba.
—Porque necesito...
—Sí, sí. —Gianni vuelve a trabajar.
Me alejo. ¿Qué coño le pasa hoy a todo el mundo? Encuentro la agenda en el teléfono. Entrevista a las doce y media. Perfecto. No necesitaba a Vega para nada.
A las once cuarenta y cinco termino otra tanda.
Cuando regreso, ella está dentro del box hablando con Matteo.
No sé qué comentan. Me quito el casco. Vega me mira solo un instante y después continúa hablando.
Y ocurre algo estúpido, me alegro de que esté ahí, no porque necesite verla sino porque ayer estaba.
Eso es todo. El cerebro se acostumbra a cosas: ruidos, horarios, personas.
—¿Qué tal? —pregunta Matteo cuando me acerco.
—Mejor en entrada. Peor acelerando.
—Eso esperábamos.
Vega permanece a un lado.
—¿Qué? —la interpelo.
—Tu vuelta seis —suelta.
—¿Qué tiene?
—Has hecho exactamente lo mismo en la once.
—¿Qué ha hecho? —Matteo consulta los datos.
—Ha dejado presión demasiado tiempo. —Vega señala la pantalla.
—No tanto como ayer. —Miro la gráfica.
—No he dicho tanto como ayer.
—Entonces estoy mejorando.
—Enhorabuena.
—Gracias.
—Tiene razón. —Matteo amplía la información.
Miro a Vega, ella intenta no sonreír.