6 La moto y yo
Vega
Cinco años antes…
El casco siempre me aislaba del mundo. No del ruido (ese seguía ahí, metido en los huesos con el retumbo de los motores al ralentí, el chocar metálico de las herramientas, las órdenes cortas de los mecánicos y el roce de los neumáticos sobre el suelo del box), pero en cuanto me lo ajustaba y bajaba la visera, todo encontraba su sitio.
Respiré hondo dos veces y flexioné los dedos dentro de los guantes para medir el tacto.
Desde el lateral de la moto, alguien me recordó que diera dos vueltas tranquilas para calentar bien la goma delantera y que no me precipitara; me lo había repetido ya tres veces, además de avisarme de que el asfalto estaba más frío que el día anterior y que la curva siete escupía más de la cuenta.
Lo tenía memorizado: entrada abierta y nada de tirarse pronto al vértice.
Cuando añadió un “y disfruta”, lo miré, sonreí por dentro (eso jamás hacía falta recordármelo) y él me devolvió un pulgar arriba.
Antes de subirme a la máquina roja, negra y blanca, apoyé una mano sobre el depósito durante un segundo.
Era una costumbre absurda que jamás le había confesado a nadie por lo ridícula que sonaba, pero siempre la tocaba antes de salir.
Pasé la pierna por encima del asiento y la encajé en mi anatomía: el cuerpo recogido, las rodillas apretadas, las botas asentadas en las estriberas y las manos cerradas en los puños.
Ahí estaba mi sitio verdadero, no cuando ganaba ni cuando subía al podio o leía que era una de las pilotos con más proyección de la parrilla, sino en ese preciso instante sentada sobre la moto a punto de entrar a pista.
Los mecánicos retiraron los calentadores, arranqué y la vibración del motor me arrancó esa sonrisa inevitable que aparecía siempre, diera igual si venía de discutir, de estar cansada o enfadada con el mundo; bastaba con roscar el puño derecho para que todo lo demás desapareciera.
La primera vuelta fue limpia, sin buscar tiempos, frenando antes de lo necesario para dejar correr la moto, calentar la goma y tantear sensaciones moviendo el peso de un lado a otro.
Al enfilar la recta principal abrí gas con ganas, el motor respondió de inmediato y la aceleración me aplastó contra el colín en una descarga donde solo existía la velocidad, el aire azotando el casco y la sensación de que el mundo pasaba tan deprisa que dejaba de importar.
Nunca había sabido explicárselo a quien no montaba: la gente siempre hablaba del peligro, las caídas, los huesos rotos y la locura de ir a esas velocidades, pero yo no pensaba en nada de eso mientras pilotaba; pensaba en la precisión de clavar la frenada, en rascar medio metro en el paso por curva, en notar cómo el neumático delantero buscaba el agarre e inclinar hasta que la rodilla rascaba el asfalto en una mezcla de concentración pura y felicidad sin ataduras.
En la tercera vuelta empecé a apretar. Tiré de frenos en la uno, reduje, incliné, abrí gas y salí limpia; en la cuatro me metí por dentro a otro piloto al ver que cerraba tarde, frenando fuerte mientras la rueda trasera me hacía un pequeño extraño que corregí al instante para salir delante.
Con un «vamos» musitado entre dientes que nadie pudo oír, me acoplé tras la cúpula en la siguiente recta viendo cómo el marcador escalaba de doscientos doce a doscientos veintisiete kilómetros por hora antes de clavar frenos, bajar dos marchas y trazar sintiendo el roce breve y familiar de la deslizadera contra el suelo.
Para la siguiente vuelta ya no pensaba en movimientos individuales ni decidía de forma consciente cuándo sacar el cuerpo o apretar la maneta: mi anatomía conocía el circuito y el circuito me conocía a mí, hasta el punto de ver en la pizarra del muro que marchaba tercera a falta de nueve vueltas y sentir que podía rascar el podio.
Pero yo siempre quería una décima más, apurar unos metros o meter una rueda donde hiciera falta, incapaz de conformarme cuando intuía una rendija.
Alcancé al segundo clasificado dos giros después y lo estudié durante varias curvas buscando un hueco que no aparecía, hasta que llegamos a la siete y recordé el aviso de Marco sobre no precipitarme.
El piloto de delante abrió ligeramente la trazada y vi el espacio justo; frené unos metros más tarde, tiré la moto hacia el interior y, durante una fracción de segundo, sentí que la tenía guardada.
Entonces el neumático delantero perdió el agarre de forma tan sutil que mi cuerpo lo procesó antes que mi cerebro: la dirección se volvió ligera de golpe.
—No… —solté un gruñido desesperado e intenté levantarla, pero la rueda se cerró y la máquina cayó a la izquierda, golpeando primero mi rodilla, luego la cadera y arrastrándome contra el asfalto en un estruendo brutal de cuero y casco rascando mientras la pista y el cielo giraban sin control.
Traté de recoger los brazos en mitad del arrastre hasta que un golpe más seco me catapultó hacia arriba; durante un segundo se hizo un silencio absoluto al perder el contacto con el suelo y luego volví a caer con todo el peso sobre la espalda, el hombro y la cabeza.
La visera se llenó de un destello blanco y me quedé sin aire, incapaz de meter oxígeno en los pulmones mientras un dolor punzante en el costado me dejó completamente paralizada en mitad de la escapatoria.
A lo lejos escuché pasar varios motores más hasta que el rugido cesó por completo, indicando que debían haber sacado la bandera roja.
Alguien gritaba a mi lado sin que pudiera descifrar las palabras e intenté mover una mano para buscar aire, pero una voz masculina me ordenó con firmeza que no me moviera.
—Vega, no te muevas. —Me llamó por mi nombre, lo que me produjo una extraña sensación de alivio entre la confusión.
Parpadeé hasta enfocar la cara de un médico tras su pantalla protectora que me pedía que me quedara con él y no intentara hablar, mientras otra persona me sujetaba el casco y comprobaba mi cuello.
Traté de articular la voz para preguntar si la moto estaba bien o si había tirado a alguien en la caída, pero solo me salió un murmullo roto hasta que me aseguraron que los demás pilotos estaban a salvo, lo que me permitió cerrar los ojos un instante.
Cortaron el cierre de mi mono, me fijaron el cuello con un collarín y, al intentar levantarme para ponerme en la camilla, solté un grito involuntario de dolor que acabó en un sollozo ahogado.
Desde la camilla alcancé a ver un trozo de asfalto negro y una pieza roja de mi carenado desperdigada a varios metros, e instintivamente pensé que aquello se podía reparar y que en nada estaría de vuelta en el box.
Miré al cielo, completamente azul y despejado, y sentí una rabia infantil al darme cuenta de que apenas un minuto antes era feliz sobre la moto y ahora había cuatro sanitarios cortándome la ropa a tijeretazos.
Me resistí cuando me dijeron que íbamos al hospital, repitiendo que solo había sido una caída y que quería volver al garaje, pero la calma con la que el médico me dijo que la carrera se había terminado para mí me sembró un miedo helado en el pecho.
Me sujetaron las piernas para evitar que intentara moverlas y me agarré al consuelo de que aún las sentía mientras me subían a la ambulancia.
Desde la puerta entornada del vehículo miré el circuito hasta el último segundo, observando la escapatoria y las protecciones antes de que las hojas se cerraran del todo.
No tuve dudas en ese momento: pensaba que me curaría, haría la rehabilitación correspondiente durante unas semanas o un par de meses y volvería a ponerme el casco, a tocar el depósito con la mano y a sentir la máquina inclinándose en las curvas.
Aquella era mi vida y, con veintitrés años, aún no sabía que existen accidentes que nunca terminan del todo, ni siquiera cuando dejas de arrastrarte por el asfalto.