A un segundo de ti 5 El límite #3
19%

5 El límite #3

Mi teléfono está en la mesa, durante unos segundos lo miro. El audio continúa ahí, no necesito comprobarlo, nunca lo he necesitado, sé exactamente dónde está. Tres años, podría borrarlo, he pensado en hacerlo cientos de veces. Nunca lo hago.

Esa noche cenamos casi todos juntos en el hotel sin estar previsto. Alguien propone bajar al restaurante y terminamos ocupando una mesa larga: Claudia, Marcos, Matteo, Gianni, varios ingenieros, Álex, Nico y yo.

La conversación empieza con motos y termina, inevitablemente, hablando de cualquier cosa menos motos.

Descubro que Matteo cocina, mal, según Gianni; que Álex canta cuando bebe, peor, según todos; y que Nico sabe imitar a Francesco Rossi con una precisión ofensiva.

—¡Nicolò! ¡Necesitamos pasión! ¡El reloj necesita pasión! —exclama con acento italiano exagerado.

Me río. No puedo evitarlo.

—No habla así —difiero.

—Habla exactamente así —asegura él.

Álex levanta su copa.

—Yo apoyo esta relación.

—No hay relación —digo.

—Gracias —añade Nico—. Necesitábamos tu bendición.

—Laboral —preciso.

—Ah. Entonces retiro el brindis.

Todos ríen, también yo, y durante un rato no pienso en nada, ni accidentes, cascos, números tatuados ni audios. Solo una mesa demasiado ruidosa, comida mediocre de hotel y gente contando historias estúpidas. Eso también lo había olvidado, no solo las motos.

El paddock nunca fue únicamente competir, también convivir doscientos días al año con personas que terminaban conociendo cómo tomabas el café, qué comida odiabas y cuándo necesitabas que nadie te hablara.

Familia provisional, itinerante. Durante cinco años me he contado que solo perdí las carreras. Mentira, perdí un mundo entero.

—¿Dónde estás, Vega? —Nico me mira.

—Estoy sentada delante de ti.

—Pero llevas ausente un buen rato.

Bebo agua.

—Pensaba.

—Peligroso.

Nico me observa unos segundos y luego, sorpresa, no pregunta. Álex empieza a contar una historia sobre una carrera en Indonesia. Yo miro a Nico una vez, él ya no me mira.

Terminada la cena, salgo a la terraza del hotel, necesito aire.

La noche está fresca. Apoyo las manos sobre la barandilla.

No estoy triste, eso es importante, no quiero convertir cada recuerdo en tristeza, algunos fueron buenos, la mayoría.

Precisamente por eso dolió tanto perderlos. La puerta se abre, no necesito mirar.

—¿Me sigues?

—Este hotel tiene una terraza —ironiza Nico.

—Y ciento ochenta habitaciones.

—No podía dormir. —Nico se coloca a mi lado, dejando suficiente distancia.

—Todavía no te has acostado.

—Insomnio. —Durante un rato permanecemos en silencio, extraño. Con él el silencio suele durar poco—. Respecto a lo de esta mañana, solo quería decirte que tenías razón en una cosa.

—Dime cuál y lo grabo.

—No abuses. —Sonreímos.

Nico mira hacia el aparcamiento.

—Innecesaria la última vuelta, pero quería hacerla. Me puede la velocidad.

—A mí también me gustaba.

—Entonces deberías entenderlo.

Su expresión se cierra un poco.

—Quería saber cuánto podía hacer.

—¿La moto o tú?

Nico no responde inmediatamente.

—Los dos.

Miro hacia la oscuridad.

—Eso tiene más sentido.

—Gracias por aprobarlo.

—No lo he aprobado.

—Qué pena. —Silencio—. Cuando estabas encima…, ¿no te ocurría?

No necesito preguntar a qué se refiere.

—Sí.

—Entonces sabes que siempre queda algo. Siempre queda una frenada un poco más tarde. Un poco más de velocidad. Abrir antes.

—Hasta que no queda. —La frase sale sola. Nico permanece inmóvil—. Eso también lo sabes.

—Sí. —Responde con tranquilidad. Lo observo, no hay sonrisa.

—¿Te da miedo caerte? —una pregunta demasiado personal para los dos.

—No demasiado. —Nico vuelve la vista al frente.

Un intenso escalofrío me recorre todo el cuerpo.

—Debería importarte porque el miedo sirve para algo.

—Eso es una afirmación curiosa viniendo de ti. —Me tenso— ¿Qué significa?

—Nada malo.

—Explícalo —me pide, y se gira hacia mí—. He leído lo que pasó.

—No sabes lo que pasó.

—Sé que tuviste un accidente grave.

—Eso es información pública.

—Y sé que no volviste. Así que supongo que tú tienes miedo suficiente por los dos. —Un golpe limpio. Nico lo comprende en cuanto termina la frase, mi cuerpo también. Retrocedo—. Vega… Yo…

—Buenas noches.

—Espera. —Me agarra del brazo y… otro escalofrío de pies a cabeza.

—Suéltame. —Tiro y me deshago de él.

—Lo… Lo siento. Ha sido una gilipollez.

—Ya sé lo que querías decir.

No me detengo y no quiero que me siga. No lo hace.

Tardo una hora en dormirme. Nico lleva razón, tengo miedo suficiente por los dos, por veinte, por todos los pilotos del campeonato.

Se equivoca al creer que la ausencia de miedo constituye alguna clase de ventaja.

Me doy la vuelta en la cama, cierro los ojos, veo su última vuelta, la frenada, la moto moviéndose y su respuesta en la terraza: No demasiado.

Y por primera vez desde que Claudia me anunció que tendría que trabajar con Nicolò Valenti, no pienso que sea arrogante, irresponsable ni idiota. Pienso algo mucho peor, que quizá a ese hombre le importa demasiado poco lo que pueda ocurrirle. Y todavía no tengo ni idea de por qué, o sí…