A un segundo de ti 5 El límite #2
17%

5 El límite #2

No digo nada porque tiene razón. Precisamente esa ausencia de respuesta fue durante años una de las cosas que más me atormentó. Si amar una moto fuera lógico, quizá habría resultado más fácil dejarla.

En la tercera tanda Nico deja de trabajar, empieza a correr.

Lo noto antes de que los tiempos lo confirmen.

Primera vuelta lanzada, rápida; la segunda, más; la tercera, el mejor tiempo del día.

Algunas personas aplauden, yo no. La moto se mueve en la salida de una curva, nada grave, un pequeño latigazo.

Nico no corta. Siguiente sector, mejora.

—¿Qué está haciendo? —pregunto.

Gianni está cerca.

—Una vuelta.

—No necesita hacerla.

—Díselo a él.

Nico cruza meta. Podría entrar, no entra. Continúa. Miro a Matteo y no parece preocupado, todavía. La siguiente vuelta vuelve a ser rápida, demasiado para lo que están probando.

—¿Neumático?

Gianni consulta una pantalla.

—Once vueltas.

—Entonces ¿por qué sigue?

Gianni se encoge de hombros.

—Porque es Nico.

No me gusta la respuesta. La moto aparece otra vez en pantalla. Curva rápida, Nico entra, el tren trasero se desplaza. Corrige. Mi estómago se contrae. No ocurre nada. Para cualquier persona que mire desde fuera, no ha ocurrido nada. Para mí sí.

—Que entre.

Gianni me mira.

—¿Qué?

—El neumático está cayendo.

—Lo sabe.

—Pues que entre.

—Vega. —Es Claudia. No la había visto acercarse.

—¿Qué ocurre?

—Está buscando vuelta —explica Gianni.

—Ya tiene el mejor tiempo —apunto.

—Es un test.

—Exactamente. —Aprieto la mandíbula. Nico llega a la curva once. Frena tarde, muy tarde. La moto se mueve y durante una fracción de segundo veo otra moto, otro circuito, otro cuerpo. No. La imagen desaparece. Nico salva la entrada y sale acelerando.

—Eso ha sido innecesario.

Matteo se vuelve hacia la pantalla. Ahora sí. Coge la radio.

— BOX.

Una palabra. Nico completa el sector. No reduce.

—¿Ha oído? —cuestiono.

—Sí —responde Gianni.

—¿Entonces?

—Está terminando la vuelta.

—Le han ordenado entrar.

—Entrará.

Cruza meta, reduce finalmente. Solo entonces noto cuánto estoy apretando la acreditación entre los dedos.

—Necesito revisar una entrevista. —La suelto.

Me marcho antes de que la moto llegue al box.

Lo encuentro veinte minutos después, o él me encuentra a mí. Estoy junto al hospitality hablando por teléfono con una periodista cuando Nico aparece, casco bajo el brazo, mono todavía puesto. Espero que pase de largo, pero no lo hace. Termino la llamada.

—Estás enfadada.

—Tengo trabajo.

—¿Qué he hecho?

Lo miro. De verdad no lo sabe.

—Nico, tengo que...

—Has desaparecido del box.

—Porque trabajo en comunicación, no en telemetría.

—Estabas allí hasta que entré.

—Casualidad. —Me dispongo a marcharme, se mueve y queda delante. No me toca.

—¿Ha sido por la última vuelta?

—¿Qué última vuelta? —Le clavo la mirada—. Era una vuelta de test.

—Ya lo sé.

—No estaba haciendo nada raro.

—Frenaste tardísimo en la once con un neumático de once vueltas.

La sonrisa desaparece. Mierda.

—¿Cómo sabes cuántas vueltas tenía?

—Vi la sesión y lo pregunté.

—Has dicho que frené tarde.

—Lo hiciste.

—Estaba buscando el límite.

—Ya lo habías encontrado.

Nico sostiene el casco contra la cadera.

—No sabes dónde está mi límite.

—No. Pero sé cuándo un piloto empieza a convertir el hallazgo en la prueba de que también podría franquearlo.

Sus ojos cambian algo, no sé qué.

—¿Eso hacías tú?

La pregunta me golpea.

—No hablamos de mí.

—Hablamos de pilotar.

—No. Estamos discutiendo sobre una vuelta que no necesitabas.

—Todos buscamos vueltas que no necesitamos.

—No de esa manera. —y no sabría responder de qué manera porque todavía no sé exactamente qué he visto.

Solo sé que lo he reconocido, no la conducción, la intención.

Una pequeña ausencia de prudencia que no encaja con su nivel.

Los pilotos rápidos arriesgan, los campeones también, pero un piloto de la experiencia de Nico sabe distinguir cuándo una décima merece un riesgo y cuándo no.

—Me has dicho que estoy atravesando límites.

—He dicho... —Me rasco la frente.

—Sé lo que has dicho. —Da un paso más cerca. No hay seducción esta vez—. Dímelo.

—¿Qué quieres que te diga?

—Qué has visto.

Lo miro.

—A un hombre intentando ganar un test que no se puede ganar. —La frase queda entre nosotros. Nico tarda demasiado en contestar.

—Siempre quiero ser el más rápido.

—Eso sí me lo creo.

—Entonces ya tienes la respuesta.

—No creo que sea toda.

Su mandíbula se tensa.

—No me conoces, Vega.

—Eso mismo te dije yo ayer.

—Entonces aplícatelo.

Nos quedamos mirándonos. Esta vez no hay humor que nos saque de ahí.

—Tengo reunión técnica. —Nico se aparta.

—Y yo trabajo. —Da varios pasos—. Nico. —Se vuelve. No sé por qué lo he llamado, podría decirle que tenga cuidado. No lo hago, sería absurdo. Es piloto, bicampeón mundial, no necesita que una antigua corredora traumatizada le explique los riesgos de su profesión—. Nada.

Nico me observa un instante, se va y me deja mucho más enfadada que antes. Sobre todo, conmigo.

***

Por la tarde Álex sufre una caída, pequeña. En la curva cuatro pierde el tren delantero a baja velocidad y termina deslizando por la escapatoria. Se levanta inmediatamente, bandera amarilla, nada importante, aun así, el box se queda en silencio hasta que aparece caminando.

—¿Bien? —Nico es el primero en llegar.

—Perfecto. —Álex levanta una mano.

—¿Hombro?

—Bien.

—¿Seguro?

—Sí, mamá.

—Gilipollas.

Le toca el casco y después se aparta para que el médico del equipo lo revise.

Lo observo desde lejos. Hace unas horas estaba dispuesto a asumir un riesgo que considero innecesario, ahora la caída más pequeña de su compañero le borra la sonrisa.

No encaja, o quizá sí, ese es el problema. Todavía no sé qué piezas me faltan.

A última hora los pilotos participan en una reunión conjunta con los ingenieros. Yo aprovecho para revisar material de prensa. Estoy sentada en una mesa cuando Gianni pasa a mi lado.

—Buena observación esta mañana —señala.

—Tuve suerte.

—No, experiencia —continúa caminando, pero se detiene—. ¿Nos habíamos visto antes?

El corazón me da un golpe. Mantengo la cara tranquila.

—Puede.

Gianni frunce el ceño.

—Me resultas familiar.

—He corrido muchos años.

—Algo más que profesional.

No respondo. Él intenta recordar, lo veo. Cinco años, circuitos, cientos de personas. Yo tenía el pelo diferente y él no me prestó demasiada atención aquellas veces. Para Gianni yo era simplemente una amiga de Rocco, una voz al teléfono alguna vez, una chica que apareció en dos o tres sitios.

—¿Mugello? —pregunta.

—He estado en Mugello muchas veces.

—Claro. —Sonríe—. Ya me acordaré.

—Seguro. —Se marcha. No respiro con normalidad hasta que desaparece.