5 El límite
Vega
A las siete y veintinueve de la mañana Nicolò Valenti atraviesa la puerta del box. Miro el reloj, después a él y de nuevo el reloj.
—Dime que he llegado a tiempo. —Nico abre los brazos.
—No pienso darte esa satisfacción.
Lleva el mono de cuero abierto hasta la cintura y la parte superior recogida alrededor de las caderas. Debajo, la camiseta térmica se ajusta a un cuerpo que intento contemplar con la misma objetividad profesional que dedicaría a una fotocopiadora. Fracaso, no estrepitosamente, pero fracaso.
—Buenos días, Ríos. —Se acerca.
—Buenos días.
—¿Has soñado conmigo?
—Pregunta estúpida donde las rifen. Te recuerdo tienes briefing en seis minutos.
—Qué manera de romper un momento íntimo.
—No estábamos teniendo ninguno.
—Tú y yo interpretamos nuestra relación de formas muy diferentes.
—Vale que sí. Siete treinta. —Miro el reloj, la aguja acaba de cambiar—. Ya llegas tarde al briefing .
Su carcajada lo acompaña hasta el interior del box.
El primer día de test serio siempre ha tenido un sonido particular, diferente al de una carrera.
Durante un gran premio existe una tensión que se extiende por todo el paddock desde primera hora.
Cada minuto cuenta para algo concreto. Clasificar, encontrar ritmo, elegir neumático, ganar posiciones, evitar perderlas.
Un test es diferente, hay más paciencia, O debería haberla.
Las motos salen y entran continuamente. Se prueban configuraciones, geometrías, componentes, mapas electrónicos, neumáticos.
Apenas unas vueltas bastan para que el piloto regrese a boxes; veinte minutos de intercambio con los ingenieros y la máquina vuelve a la pista con ligeras modificaciones.
Desde fuera parece repetitivo. Desde dentro, cada salida responde a una pregunta.
O crea tres nuevas. Estoy junto a Claudia cuando arrancan por primera vez la moto de Nico.
El sonido me golpea en el pecho, no metafóricamente.
Las motos de competición producen una vibración que se siente antes de procesarse.
El ruido atraviesa el aire, las costillas, los recuerdos.
No me muevo. Nico está sentado sobre la moto, casco puesto, guantes, visera levantada. Habla con Matteo Bianchi, jefe técnico de Vértice Racing, un hombre de cincuenta y pocos años que lleva toda la mañana moviéndose por el box con una serenidad suprema.
Lo conocí ayer. Presentación rápida, apretón de manos, nada más.
Ahora Matteo se inclina sobre Nico y señala algo en la pantalla situada delante de ellos.
Nico asiente, baja la visera y la imagen cambia.
Hasta ese instante sigue siendo el hombre que me manda mensajes absurdos a las once de la noche.
Cuando baja la visera, desaparece. No queda la sonrisa, la provocación. No queda Valenti, solo un piloto.
Un mecánico retira el caballete. Nico sale y lo sigo con la mirada hasta que desaparece al final del pit lane .
—¿Estás bien? —Claudia.
—Sí.
—Has dejado de respirar.
—Eso sería médicamente preocupante.
Claudia sonríe ligeramente.
—Voy a control de carrera. ¿Puedes encargarte de que televisión tenga a los dos pilotos disponibles después de la segunda tanda?
—Sí.
—Y Rossi ha vuelto a preguntar por la grabación.
—Que espere.
—Eso he dicho.
Se marcha. Agradezco tener trabajo. Consulto la planificación, envío dos mensajes y confirmo una entrevista. Todo normal.
Las motos pasan por primera vez frente a boxes. Reconozco la de Nico antes de ver el número. Hay motos diferentes, pilotos y tecnologías diferentes, pero algunas cosas no cambian: la posición, la forma de soltar el freno, el cuerpo, la trayectoria.
Nico pasa, muy rápido. No necesito una pantalla para saberlo. La segunda vuelta es más rápida. En la tercera empieza a empujar. Me acerco sin querer al monitor de tiempos. Álex está trabajando con otro programa. Nico encadena sectores. Verde, verde, otro verde.
—Primer día —murmura alguien detrás de mí.
Me vuelvo. Un hombre de unos cincuenta años observa las pantallas con los brazos cruzados. Lo reconozco y durante un segundo el paddock vuelve a reducirse de tamaño.
Gianni Ferretti, mecánico jefe. No mío, nunca.
De Rocco. Lo vi varias veces años atrás.
No muchas. Coincidimos en circuitos, alguna cena, un par de celebraciones.
Rocco hablaba de él con el cariño reservado a la gente capaz de arreglar una moto y una mala tarde con la misma eficacia. Gianni me mira. No hay reconocimiento.
—¿Vega, verdad?
—Sí.
—Gianni.
—Encantada. —Le estrecho la mano. No miento exactamente, él no recuerda que ya nos conocemos. Me alegro.
—Nueva de comunicación.
—Tres semanas.
—Entonces todavía puedes escapar.
—Me lo han sugerido.
—Sobre todo con ese. —Gianni señala la pantalla con la barbilla.
Nico acaba de mejorar otra vez.
—Parece fácil de gestionar.
—Sí. —Gianni ríe—. Y yo soy bailarín clásico.
Sonrío.
—¿Siempre sale buscando tiempo desde la tercera vuelta en los test?
Gianni vuelve la cabeza hacia mí un segundo.
—Sabes lo que estás mirando.
—Eso dicen.
—Me han contado que corrías.
Claro. El paddock . Los secretos aquí tienen una esperanza de vida de unas seis horas.
—Hace tiempo.
—¿Qué categoría?
Se lo explico brevemente. Gianni asiente.
—Ahora entiendo…Los de prensa miran la pantalla esperando que el número suba. Tú estás mirando dónde lo consigue.
No sé qué responder. Por suerte, Matteo aparece detrás de nosotros.
—Gianni.
—Voy.
Antes de marcharse, el mecánico vuelve a mirar la pantalla.
—Está probando el tren delantero.
—Lo sé.
Gianni me observa otra vez. Esta vez con algo parecido a curiosidad.
—Ya veo que lo sabes.
Se marcha. Suelto el aire despacio. No me ha reconocido, perfecto, así debe seguir.
Nico completa doce vueltas y entra. Los mecánicos rodean la moto inmediatamente.
Yo debería marcharme porque no desempeño función alguna allí.
No lo hago. Nico se quita los guantes y el casco, el pelo aplastado por el sudor y esa expresión que conozco demasiado bien: el cuerpo continúa en pista, aunque la moto ya esté parada.
—¿Delante? —Matteo se acerca.
—Mejor.
—¿Entrada?
—Todavía se mueve.
—¿Curva seis?
—Sobre todo ocho y once.
Un ingeniero toma notas.
—Cuando suelto freno, abre. —Nico bebe agua.
Matteo señala la pantalla.
—Lo vemos aquí.
Me inclino ligeramente hacia el monitor: datos, trazas, freno, gas, velocidad, suspensión. No necesito comprender cada cifra para reconocer el idioma. Nico explica la sensación con las manos.
—Aquí entro bien. Mantengo freno, pero en cuanto libero, me saca medio metro.
—Podemos cerrar un poco geometría —propone uno de los ingenieros.
—Entonces perderemos salida.
—No necesariamente.
—En la catorce sí.
La conversación continúa. Yo debería irme, pero sigo allí.
—Ríos. —Nico me descubre.
Todos se vuelven. Maldición.
—¿Qué?
—Tienes cara de querer decir algo.
—¿Tú qué ves? —Matteo me observa.
—Nada. —La pregunta me pilla desprevenida—. No estoy aquí para esto.
—Pero estabas mirando.
—Mira siempre —sonríe Nico.
Lo ignoro. Matteo señala la pantalla.
—Adelante.
No quiero. Lo sensato, boca cerrada. No formo parte del equipo técnico, no conozco esta moto ni todos los datos. Hace cinco años que no trabajo con telemetría de competición, hay algo, sin embargo, que me molesta desde que Nico ha empezado a hablar.
—¿En la ocho te ocurre cuando liberas freno o cuando vuelves al gas?
Nico deja la botella.
—Entre las dos cosas.
—¿Has soltado completamente el freno antes de que empiece a abrir?
Nico me mira, después la pantalla. El ingeniero amplía la gráfica: ahí está.
—No —dice Matteo.
—Estoy dejando presión —Nico se mueve.
—Muy poca —señala el ingeniero.
—Pero suficiente —agrego.
Silencio. Me arrepiento inmediatamente de haber hablado.
—Puede ser. —Matteo estudia los datos.
—¿Por qué lo has preguntado? —Nico se dirige a mí.
—Porque has dicho que ocurre cuando sueltas freno.
—Eso pensaba.
—Tu mano probablemente piensa otra cosa.
—¿Mi mano piensa? —Levanta una ceja.
—Más que tú en algunas ocasiones.
Gianni suelta una carcajada desde el otro lado de la moto. Nico sonríe.
—Ahí está la piloto.
Sí, me molesta la palabra, como toda mención a lo abandonado. Nico vuelve a observar la gráfica.
—Haré otra tanda antes de tocar geometría.
—Prueba dos vueltas soltando antes —indica Matteo—. Si sigue abriendo, cambiamos.
Nico asiente. Los técnicos continúan trabajando. Yo retrocedo.
—Vega, puedes quedarte si quieres. —La oferta de Matteo es amable, precisamente por eso necesito rechazarla.
—Tengo trabajo. —Y salgo del box.
La segunda tanda empieza cuarenta minutos después.
Nico sale más despacio: Primera, segunda y tercera vuelta.
Los tiempos mejoran, no demasiado. Está trabajando, eso también se reconoce.
Un piloto que busca una sensación conduce de otra manera que uno que busca un tiempo.
En la quinta vuelta mejora tres décimas, en la sexta, otras dos. La moto parece más estable. Sonrío.
—¿Contenta con haber tenido razón? —Álex está a mi lado. No lo he oído llegar.
—No sé si la tenía.
—Nico acaba de decir por radio que la moto gira mejor.
—Todo resulta posible.
Álex me mira.
—Tú también hacías esto, ¿no? Fingir que no sabías cuándo tenías razón para que el ingeniero creyera que la idea era suya.
Me río.
—Aprendes rápido.
—Llevo muchos años rodeado de egos.
—Y compartes box con Valenti.
Nico pasa por meta. Otra mejora. Álex observa el tiempo.
—Cabronazo.
—¿Competitivo?
—Es bueno —Álex se apoya en la barrera. — Realmente bueno.
—Ya lo sé.
Álex me estudia.
—Tú entiendes por qué hacemos esto.
La pregunta me incomoda.
—Mucha gente lo entiende.
—No. —Álex mira hacia la pista—. Mucha gente entiende que nos gusta.
No es lo mismo. Una moto pasa rugiendo frente a nosotros—.
Mi madre sigue preguntándome por qué necesito correr.
Dice que podría tener motos, conducirlas, divertirme, trabajar en algo relacionado...
pero sin jugarme el cuello cada dos domingos.
—Pregunta razonable. ¿Y qué le dices?
—Que no sé. —Sonríe—. Pero tú sí sabes que no hay respuesta.