A un segundo de ti 4 Lo que queda en internet #2
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4 Lo que queda en internet #2

—¿Qué bofetada? —Álex nos escucha.

—Ninguna —anoto.

—Vega me pegó —explica el muy cabrón.

—¡¿Qué?! —Álex no sale de su asombro.

—Se lo merecía —me pongo a la defensiva.

—En eso también aciertas —admite Nico.

Álex abre mucho los ojos.

—Llevo un año queriendo hacerlo —suelta.

—Gracias por el apoyo —le dice su amigo.

—¿Puedo contratarla yo también?

—No —contesta Nico.

—Sí —respondo yo.

—Traición —murmura Valenti.

Álex se echa a reír. Y entonces veo algo que hasta ahora solo había intuido.

Nico cambia con él, no radicalmente. No deja de bromear, pero escucha.

Cuando Álex empieza a hablar de una vibración que ha notado en la moto durante la sesión de la mañana, Nico deja el teléfono y presta atención.

Le hace dos preguntas. Ninguna pretende demostrar que sabe más.

—Díselo a Matteo —aconseja—. Yo tuve algo parecido al final del año pasado, delante, sobre todo, entrando con freno.

—Pensaba que era cosa mía. —Álex asiente.

—Puede serlo. Tú conduces fatal.

—Ahí está el campeón.

—Intentaba ayudarte.

Nico le da un golpe en el brazo. Álex se marcha todavía sonriendo. Yo recojo mis papeles.

—¿Qué? Vas a decir algo —me acusa.

—¿Yo? ¿Qué debería decir? Estaba esperando a que terminarais.

—Mentira.

—¿Otra vez vas a explicarme mi propia conducta?

—Se me da bien. —Cambia el peso de pie—. Te ha sorprendido que pueda ser buena persona.

—No exageremos. He descubierto que puedes mantener una conversación durante más de treinta segundos sin hablar de ti. Es un avance enorme.

—Soy un hombre lleno de matices.

—Eres un hombre lleno de ego.

—Eso ha sonado obsceno.

—El problema está en tu cabeza.

—Hay muchos problemas en mi cabeza. —La frase aparece acompañada de una sonrisa que esta vez llega tarde, una fracción de segundo. No sé por qué lo noto, quizá porque llevo años aprendiendo a leer a la gente, quizá porque empiezo a leerlo a él.

—Vamos —digo—. Tienes briefing .

Nico se levanta.

—Sí, jefa.

—No me llames jefa.

—Sí, Ríos.

***

A las cuatro de la tarde estoy sola en una mesa del hospitality con el portátil abierto. Cometo un error. Busco mi nombre, no sé qué espero encontrar. Tal vez comprobar qué verá Nico cuando finalmente haga lo evidente.

Vega Ríos motociclismo.

Los resultados aparecen inmediatamente: fotografías, yo con diecinueve, con veinte, con veintiuno, un podio, una entrevista, una caída menor, una noticia sobre una temporada especialmente buena.

Me cuesta reconocerme, no físicamente. Soy yo, el pelo más corto, la cara más joven.

Menos cicatrices. Pero lo que realmente me resulta extraño es la forma de sonreír.

Aquella mujer daba por hecho que todavía quedaban cientos de carreras.

Sigo bajando. Entonces aparece.

La piloto española Vega Ríos, hospitalizada tras un grave accidente durante...

Cierro la página. Demasiado tarde. He leído suficiente: fractura de fémur, clavícula, rodilla.

Pronóstico, intervención quirúrgica. Hay otra noticia meses después.

Ríos recibe el alta médica y prepara su regreso.

Y otra.

Vega Ríos aplaza su vuelta a la competición.

Otra.

Ríos anuncia que no disputará la temporada.

Y finalmente:

Vega Ríos confirma su retirada.

Cinco frases, así de fácil. No dice que me senté encima de una moto meses después del accidente, que me cerré el casco, alguien arrancó el motor, el aire dejó de entrar y tuve que arrancarme los guantes porque los dedos no me obedecían.

Nada de eso dice, tampoco que lloré de rabia dentro de un vestuario, y que físicamente podía volver.

Internet se muestra mucho más amable que la memoria. Cierro el portátil.

—Así que era eso. —Nico está delante de la mesa. No sé cuánto tiempo lleva ahí.

—¿Qué? —Alzo la cabeza. Tiene el teléfono en la mano. No necesito ver la pantalla—. Por fin has aprendido a utilizar un buscador.

—Portimão. Aragón. Misano. Jerez. —No respondo—. Podios internacionales.

—Sabes leer.

—Veintitrés años. —La voz cambia muy poco—. Un accidente.

—Nico. Fémur. Clavícula. Costillas. Rodilla.

—Para.

Lo hace inmediatamente. Eso me sorprende.

—Vale. —Guarda el teléfono. No hay broma ni sonrisa. Se sienta frente a mí sin pedir permiso— ¿Por eso dejaste de correr?

—Sí.

La respuesta automática, sencilla. Nico me observa.

—Pero te recuperaste.

Siento cómo se endurecen mis hombros.

—Eso dicen las noticias.

—Dice que recibiste el alta para volver.

—No voy a hablar de esto contigo.

—Vale.

De nuevo no discute ni insiste. Me desconcierta más que cualquiera de sus provocaciones. Me apoyo en la silla. Nico mira durante unos segundos hacia la cristalera que da al paddock .

—En los circuitos volabas. Eras rápida.

—No necesito que me consueles. Has visto cuatro resultados.

—Algunos más.

—¿Cuánto llevas investigándome?

—Veintitrés minutos, o veinticinco si contamos un vídeo.

—Dios mío… —Me masajeo el puente de la nariz.

—Adelantaste a tres pilotos en la última vuelta en Aragón.

No puedo evitarlo.

—Dos. Uno recuperó la posición antes de meta.

—Por cuatro centésimas.

Lo miro.

—Has visto la carrera.

—Las últimas seis vueltas.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros.

—Quería saber la razón por la que miras las motos así.

No tengo respuesta. Nico se levanta.

—Tranquila. No voy a preguntarte.

Recoge una botella de agua de la mesa contigua.

—Santi tenía razón. Eras muy buena. —Y se marcha.

Me quedo mirando el lugar donde estaba. No debería importarme, muchísimo menos que no haya dicho “qué pena”, ni “podrías haber llegado lejos”, o “deberías haber vuelto”.

Durante cinco años he escuchado todas las versiones posibles.

Nico solo ha dicho que era buena. En pasado, sin convertirlo en una acusación.

Abro el portátil. Tengo diecisiete correos pendientes. Contesto los dos primeros y al tercero consigo volver a concentrarme.

La pista se queda casi vacía al final de la tarde.

Mañana empiezan las sesiones importantes y el equipo continúa trabajando, pero el paddock pierde parte del ruido.

Salgo del hospitality para hacer una llamada.

Cuando termino, regreso por la parte trasera de los boxes.

Veo a Nico antes de que él me vea, está sentado en una caja de material con Álex.

No escucho lo que hablan. Álex tiene los codos apoyados sobre las rodillas.

Nico escucha. Sin teléfono, cámaras ni sonrisas.

Álex dice algo, Nico le responde y le coloca una mano detrás del cuello durante un segundo.

Un gesto rápido, casi fraternal. Después Álex se levanta y se marcha.

Nico permanece sentado solo y mira hacia el interior del box.

Allí, sobre una percha, está su mono. El número de competición ocupa la espalda, no el 17. Ese número lo lleva bajo el corazón.

Me marcho antes de que me descubra observándolo.

***

A las once y diecisiete de la noche, en la habitación del hotel, repaso el horario del día siguiente cuando recibo un mensaje.

Nico: He encontrado otra carrera.

No debería contestar.

Vega: Duérmete.

Nico: Assen. Lluvia.

Cierro los ojos. Recuerdo aquella perfectamente.

Vega: Deja de mirar vídeos míos.

Nico: ¿Te da vergüenza?

Vega: No.

Nico: Entonces no veo el problema.

Escribo una respuesta. La borro. Otra. También. Finalmente:

Vega: Mañana tienes que estar en el circuito a las 7:30.

Nico: Estaré.

Vega: A las 7:30 significa a las 7:30.

Nico: Ya estoy aprendiendo tu idioma.

Sonrío, pero no debería. Otro mensaje.

Nico: En Assen también eras rápida.

Esta vez no respondo. Dejo el teléfono sobre la mesilla. Vibra otra vez. No quiero mirar, pero miro.

Nico: Buenas noches, piloto.

La palabra me atraviesa, hace cinco años que casi nadie me llama así.

Mis antiguos compañeros dejaron de hacerlo por delicadeza.

Mi familia aprendió a evitarlo. Los periodistas dejaron de interesarse.

Yo misma enterré la palabra debajo de otras mucho más manejables: Responsable de comunicación, prensa, profesional. Vega, nunca piloto. Cojo el teléfono.

Vega: Buenas noches, pesado.

La respuesta llega inmediatamente.

Nico: Eso también me lo dicen.

Dejo el móvil boca abajo y esta vez sí sonrío. Durante varios minutos, antes de apagar la luz, intento convencerme de que el único peligro que encierra Nicolò nace de la velocidad que alcanza sobre una moto. Todavía ignoro cuán lejos de la verdad me encuentro.