4 Lo que queda en internet
Vega
Nicolò Valenti tarda exactamente treinta y seis horas en descubrir que fui piloto. Me parece mucho, sobre todo porque durante esas treinta y seis horas hace prácticamente todo lo posible para averiguarlo excepto lo más sencillo: escribir mi nombre en internet.
El viaje a los test de pretemporada empieza a las seis y veinte de la mañana, una hora que confirma mi teoría de que el motociclismo profesional consiste ante todo en desplazarse a lugares lejanos cuando las personas sensatas todavía duermen.
A las seis y doce estoy en el aeropuerto. A las seis y diecisiete llega Claudia. A las seis y veintitrés aparece Marcos. A las seis y treinta y uno todavía no hay rastro de Nico. Consulto el teléfono. El vuelo sale dentro de una hora y media. Tenemos margen, pero desconfío.
—¿Dónde está? —pregunto.
Marcos deposita su mochila junto a una maleta y bosteza.
—Nico siempre llega.
—¿A tiempo?
—He dicho que llega.
Fantástico. A las seis y treinta y siete recibo un mensaje.
Nico: Buenos días, Ríos.
Respondo inmediatamente.
Vega: ¿Dónde estás?
Los tres puntos aparecen casi al instante.
Nico: Me alegra que también pienses en mí al despertar.
Aprieto los labios.
Vega: El vuelo.
Nico: Sé lo que es un vuelo.
Vega: ¿Dónde estás?
Nico: Cerca.
Odio la palabra cerca porque no es un lugar ni tiene coordenadas. Cerca no sirve para planificar nada.
Vega: Define cerca.
Tarda diez segundos.
Nico: Más cerca que hace cinco minutos.
—Lo voy a matar —mascullo.
—No serías la primera persona que lo intenta. —Claudia continúa mirando su teléfono.
—Eso no me tranquiliza tampoco.
A las seis y cuarenta y dos aparece a paso tortuga. Lleva una gorra oscura, una mochila colgada de un hombro y un café enorme en la mano. A su lado viene un hombre al que reconozco de inmediato, aunque todavía no nos hayan presentado.
Álex Duarte, veintiséis años, portugués, segundo piloto de Vértice Racing desde la temporada pasada. Rápido, irregular y dueño de una expresión siempre alegre que en las entrevistas consigue que incluso una mala clasificación parezca una anécdota divertida.
—Buenos días. —Nico levanta el café a modo de saludo.
—Seis cuarenta y dos. —Miro la hora—. Habíamos quedado a las seis y veinte.
—Y aquí estamos todos. —Alza una mano.
—Veintidós minutos después —anoto, hastiada. Me resulta insoportable.
—El vuelo sigue ahí. —Señala una de las pantallas.
—Gracias por la información aeronáutica.
—¿Esta es Vega? —Álex nos mira alternativamente.
—Sí —responde Nico—. Mi nueva guardiana.
—Responsable de comunicación —aclaro.
—Guardiana suena mejor —asegura Nico.
Qué cosa más desagradable me provoca este chico.
—Álex Duarte. Encantado. —Me ofrece la mano.
—Vega Ríos. —Las estrechamos.
—Todo el equipo sabe quién eres —aclara Álex—. Claudia lleva semanas amenazándonos contigo.
Claudia alza la vista.
—No he amenazado a nadie.
—Dijiste que por fin llegaba alguien que iba a conseguir que Nico respetara los horarios.
—Eso es una amenaza —asegura él.
—A mí me cae bien. —Álex sonríe.
—No te fíes —interrumpe Nico—. Parece simpática, pero después te sorprende.
Empiezan a caminar hacia el control de seguridad. Claudia y yo los seguimos.
—¿Se llevan bien? —cuestiono.
—Sí, claro. Son compañeros y amigos, después de todo.
Álex intenta quitarle el café a Nico, este lo aparta y le da un golpe con el hombro. Álex responde intentando hacerle tropezar. Dos pilotos profesionales valorados en millones comportándose como adolescentes camino del control de seguridad.
—¿Cuánto llevan juntos?
—Comparten equipo por segunda temporada. Pero se conocen desde categorías inferiores.
El circuito aparece al final de la carretera poco antes del mediodía.
No importa cuántos años pasen, reconozco la sensación.
Primero las grandes estructuras, luego las gradas, los aparcamientos, camiones, hospitality , paneles, logotipos y finalmente una instalación deportiva que desde dentro constituye una pequeña ciudad desmontable que viaja de país en país durante casi todo el año: el paddock .
Apoyo la frente durante un instante contra la ventanilla del vehículo.
El coche se detiene. Nico abre la puerta antes de que el conductor termine de aparcar.
—Valenti —lo llamo, y él se da la vuelta—. Tenemos reunión de prensa a las doce y cuarenta.
—Confía un poco en mí, Ríos.
—La confianza se gana.
Sonríe y se marcha con Álex hacia el box.
Yo recojo mi bolso y voy hasta Claudia, que espera fuera.
Caminamos hacia el hospitality de Vértice.
Los sonidos llegan antes que los olores: generadores, carros de herramientas, voces por radio, motores arrancando a intervalos.
Después… todo lo demás: goma, combustible, café, comida preparada, metal caliente.
Me concentro en caminar. Una acreditación golpea contra mi pecho. No llevo mono ni casco, no tengo que salir a pista y nadie espera eso de mí.
—¡Vega!
Me detengo. La voz viene de la derecha. Durante un segundo no reconozco al hombre que se acerca. Después sonríe. Y vuelvo a tener veintidós años.
—Joder —dice él—. Vega Ríos.
—Santi.
Santiago Morales ha envejecido, por supuesto.
Yo también, pero en mi cabeza continúa teniendo treinta y pocos años, una gorra permanentemente sucia y la capacidad de desmontar media moto mientras discutía conmigo sobre música.
Ahora ronda los cuarenta, algunas canas en la barba y lleva la ropa de otro equipo.
Me abraza antes de que pueda decidir si quiero que lo haga. Y descubro que sí.
—¿Qué coño haces aquí? —cuestiona.
—Hola.
—Había oído algo, pero no me lo creí. —Se aparta para mirarme.
—¿Qué habías oído?
—Que volvías al Mundial.
La palabra me roza de una forma incómoda.
—No vuelvo al Mundial.
—Eso dice otra cosa. —Santi señala mi acreditación.
—Comunicación. Vértice.
—Ya veo. —Sus ojos bajan hacia la tarjeta y después regresan a mí—. Mírate, sigues igual. O tienes cara de mandar más.
—Eso sí te lo acepto.
Se ríe. Durante unos segundos resulta fácil, sorprendentemente fácil.
—¿Cómo estás? —pregunta.
—Bien.
Santi asiente. Él sí sabe lo que significa esa respuesta. Estuvo allí, no necesito explicarle nada.
—Joder. Hace años —Sonríe otra vez—. Todavía recuerdo aquella carrera de Portimão.
—Yo intento no recordar muchas de tus reparaciones.
—La moto terminó.
—Porque recé durante diecisiete vueltas.
—Terminaste quinta.
—Podría haber sido tercera.
—Siempre decías eso.
—Porque solía corresponderse con la verdad.
—Y sigues siendo igual de modesta.
—Eso también.
Entonces veo que Santi ya no me está mirando a mí. Mira detrás. No necesito girarme. Lo sé.
—Valenti —saluda.
—Santi. —Nico se detiene a nuestro lado. Se conocen. Naturalmente. El paddock , enorme, se vuelve pequeño cuando vives dentro. — ¿Qué tal?
—Trabajo para la competencia. No esperes información gratis.
—Puedo pagarte una cerveza.
—Dos y hablamos. —Ríen.
—¿Os conocéis? —El piloto me señala.
Santi suelta una carcajada. Yo podría estrangularlo.
—¿Que si conozco a Vega? ¡Claro! Fui su mecánico una temporada.
Silencio. Nico no me mira inmediatamente. Primero mira a Santi, luego mi acreditación, por último a mí.
—¿Mecánico de Vega?
—Sí, de su moto. —Nico permanece completamente quieto. Santi me mira—. ¿No lo sabía?
—¿Tú eras piloto de verdad? —me observa con detenimiento.
—No. —Levanto una ceja—. Piloto de las que llevaban ruedines.
—¿Profesional? ¿En qué categoría? ¿Hasta cuándo?
—Tengo trabajo.
—Yo también. Pero acabas de decirme que...
—Yo no te he dicho nada. Lo ha dicho Santi.
—Completamente cierto —media el culpable.
—Voy a fingir que no estás aquí. —Lo fulmino con la mirada.
—También hacías eso cuando te decía que conservaras neumático y nunca lo hacías.
—Porque tú me dabas uno que duraba seis vueltas.
—Duraba doce.
—En una bicicleta.
Nico gira lentamente hacia Santi.
—¿Era buena?
—Mucho. Ningún secreto.—Santi sonríe.
—Me marcho. Tengo una reunión.
—A las doce cuarenta —indica Nico.
Miro la hora. Doce y dieciocho. Maldito sea.
—Y tengo que prepararla. —Me despido de Santi con un abrazo rápido—. Nos vemos.
—Esta vez no tardes cinco años.
Asiento. No prometo nada. Empiezo a caminar y Nico me sigue.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque carecía de relevancia para mi trabajo. —Sigo andando.
—Gestionas la comunicación de un piloto de motos y resulta que fuiste piloto de motos.
—Mira qué bien. Ahora tenemos un tema de conversación para la cena de Navidad.
—¿Hasta qué nivel llegaste? Santi te ha calificado de muy buena. ¿Por qué luego lo dejaste?
Se me revuelve el estómago y trago con dificultad, pero contesto:
—Porque quise.
—Eso no es verdad.
El enfado llega inmediatamente.
—¡No sabes absolutamente nada de mí!
—Sé reconocer una respuesta preparada.
—Doce y cuarenta. Sala de prensa. —Me largo y esta vez no me sigue.
***
A las doce treinta y nueve Nico entra en la sala.
Un minuto antes. No hago ningún comentario.
Se sienta junto a Álex. Hay seis periodistas, dos cámaras y una responsable del campeonato que repasa el orden de preguntas.
Sesión breve de pretemporada, nada especialmente complicado.
Nico se inclina hacia mí antes de empezar.
—Hoy no voy a preguntar otra vez.
—Gracias. No hay quien te aguante. —Lo fulmino con la mirada.
La entrevista comienza. Durante veinte minutos veo trabajar al Nico público, muy bueno. Responde cuando y lo que le conviene, hace una broma si una pregunta se vuelve incómoda y consigue hablar de expectativas sin prometer victorias. Cuando preguntan por su tercer campeonato, sonríe.
—Primero tendré que sobrevivir a mi nueva responsable de prensa.
Algunos periodistas ríen. Yo no.
—¿Es tan dura? —pregunta uno.
—Tiene buena mano —bromea, pero solo lo entiendo yo, claro.
Cabrón. Le sonrío con toda la profesionalidad que puedo ofrecer.
—Siguiente pregunta —intervengo.
Álex baja la cabeza para ocultar la risa. La sesión prosigue. Al terminar, espero a que los periodistas salgan.
—Una referencia más a la bofetada y te entierro debajo del box —advierto.
—Un feo asunto difícil de explicar a la prensa.
—Me arriesgaré.