A un segundo de ti 3 No se aprende a amar #2
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3 No se aprende a amar #2

—Vas a estar tirando de ese comodín toda la semana, ¿verdad?

—Al menos hasta el domingo.

Le rodeé el cuello con los brazos. Tenía el pelo un poco más largo que cuando se había ido, una pequeña cortada reciente junto a la mandíbula y unas ojeras marcadas. Estaba agotado.

—¿Has dormido algo en el viaje?

—Un rato en el avión.

—Eso no cuenta como descanso.

—Entonces nada.

—Mañana te quedas en la cama.

—Eso tenía pensado… —Sonrió de lado.

—¡Rocco! ¡Me refiero a descansar! —Me dio la risa. Él se me quedó mirando fijamente, memorizando el gesto.

—Me encanta cuando te ríes así.

—Hoy te has levantado de un subido bastante cursi.

—No es cursi, estoy enamorado. —Lo dijo sin más. Sin buscar el momento perfecto, sin bajar la voz para darle dramatismo. Solo lo soltó, igual que quien comentaba el tiempo que hacía.

Bajé la mirada hacia su camiseta y me entretuve trazando una línea imaginaria sobre el tejido.

—Eso suena grave.

—Gravísimo.

—¿Tiene cura?

—Creo que es irreversible.

—Qué faena.

—He oído que los besos palian los síntomas.

Levanté la vista para encontrarme con sus ojos.

—Qué casualidad más conveniente.

—La medicina avanza que da gusto.

—Eres un idiota.

—Tu idiota.

Lo besé. Esta vez tomé yo la iniciativa, tirando de él hacia mí.

Rocco me acomodó la mano en la nuca, aferrándome con firmeza pero sin prisa. No había urgencia, no había necesidad de recuperar el tiempo perdido ni de adelantarnos a lo que vendría mañana. Solo estábamos allí, sintiendo el aire fresco de la tarde y al otro.

Cuando nos separamos, me quedé con la frente apoyada en la suya, sintiendo su respiración agitada.

—Yo también estoy enamorada de ti. —Rocco no dijo nada. Solo torció un poco el labio— ¿Qué pasa?

—Es solo que...

—¿Qué?

—Podrías haberlo dicho con un poco más de entusiasmo. Repítelo.

Le di un empujón suave en el pecho.

—Vete a la mierda.

Se rio a carcajadas y me volvió a atrapar antes de que me apartara.

—Venga, dilo otra vez.

—Ni de coña.

—Vega.

—Que no.

—Te pago la cena.

—La cena la ibas a pagar tú de todas formas.

—¿Y eso quién lo ha acordado?

—Yo, hace diez minutos.

—Me gusta cómo administras mi dinero.

—Es una de mis virtudes. —Empezó a buscarme las cosquillas en las costillas— ¡Rocco, para!

—Dilo.

—¡Que te me quites!

—Dilo y paro.

Intenté zafarme, pero me tenía bien agarrada mientras me retorcía de la risa.

—¡Vale, vale, ya!

Se frenó, mirándome con superioridad.

—Te escucho.

Tomé aire, tratando de recomponerme, y le sostuve la mirada.

—Estoy enamorada de ti.

Rocco sonrió. No era la sonrisa enorme y ruidosa de la terminal. Era una sonrisa pequeña, recogida, de las que se guardaba para él.

—Mucho mejor —dijo—. Ahora sí me ha entrado hambre.

Caminamos hacia el restaurante agarrados de la mano, dejando que los dedos se buscaran solos.

A mitad de camino, se frenó en seco.

—¿Qué pasa ahora?

Sacó el teléfono del bolsillo.

—Una foto.

—No, por favor.

—Solo una.

—Tengo el pelo despeinado por el viento.

—Estás increíble.

—Eso me lo has dicho en el coche.

—Y sigue siendo verdad. —Suspiró con exageración ante mi mueca de desgana—. Dentro de veinte años me vas a agradecer tener fotos de esto.

—¿De la vista de Fiesole?

—De nosotros dos. —Lo miré un momento, cediendo a su terquedad—. Una nada más. —Rocco elevó el teléfono. Me pegué a él y me apoyé en su hombro—. Sonríe.

Oí el chasquido digital.

Se puso a mirarla al instante.

—Ha quedado genial.

—A ver, enseña.

—No.

—Rocco, enséñamela.

Levantó el brazo por encima de su cabeza, inalcanzable.

—Dijiste una foto, no me diste derechos de edición ni de censura.

—¡Dámelo!

—Es lo que tiene ser bajita.

—Mido uno sesenta y ocho, no soy bajita.

—A mi lado, sí.

—Te detesto.

—Hace un minuto me querías con locura.

—Mis opiniones sobre ti van y vienen. Yo no me fiaría. —Conseguí engancharle la muñeca y, tras forcejear un poco entre risas, cedió y me acercó la pantalla.

La imagen había salido torcida. Florencia se intuía al fondo, borrosa por la luz. Yo salía mirando a la cámara, con una sonrisa a medias. Pero Rocco no miraba al teléfono.

En la foto, Rocco me estaba mirando a mí.

—No estabas mirando a la cámara. —Señalé la pantalla—. Habrá que repetirla.

—Ni de coña.

—¿Por qué no?

Guardó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón.

—Porque me gusta esta.

—Pero si sales de lado...

—Vega. —Me cogió la mano de nuevo, envolviéndola con la suya—. Me gusta exactamente así.

Esa tontería de frase me dejó una punzada extraña en el pecho. Tal vez porque él tenía ese talento natural para hacerte reír con una gilipollez y, al segundo siguiente, soltar algo que te descolocaba por dentro.

Entramos en el restaurante y nos acomodaron en una mesa pequeña al lado de un ventanal abierto a la brisa de la tarde. Pedimos vino rojo, pasta fresca, más pan del que deberíamos comer y un postre al centro que en teoría íbamos a compartir, pero del que Rocco acabó rebañando la última cucharada.

Hablamos durante horas. De las próximas carreras.

De los viajes programados. De una casa que terminaríamos comprando algún día y que, según él, tenía que incluir un garaje donde cupieran tres motos y un taller.

De que yo quería una cocina amplia con ventana al jardín.

De que él quería un perro grande. De que yo decía que no, que daba mucho trabajo.

De que los dos sabíamos perfectamente que acabaríamos adoptando a dos.

Discutimos por nombres ridículos.

Nos reímos hasta que nos dolió la garganta.

Hicimos planes sin ponerles fecha en el calendario.

Y más tarde, cuando salimos a la calle y Rocco me echó su cazadora sobre los hombros porque la noche había refrescado, no pensé en los riesgos de las carreras ni pensé en las despedidas obligadas ni en todo lo que dos personas podían llegar a callarse aunque se quisieran con locura.

Solo le busqué la mano y me enganché a sus dedos.

—¿Sabes qué? —murmuró mientras caminábamos hacia el coche. Dentro de veinte años me voy a seguir acordando de cómo has salido corriendo a buscarme al aeropuerto.

—Que no he corrido.

—Casi mandas a una anciana al hospital.

—Eres un exagerado.

—Estabas deseando verme.

—Rocco...

Se rio suavemente.

—Yo habría corrido igual.

—¿Ah, sí?

—Más rápido que tú, seguro.

—Habría que verlo en una pista.

—Cuando quieras nos echamos una carrera.

—No tendrías nada que hacer contra mí.

—Qué chula eres.

—Soy realista.

Rocco sonrió, apretándome los dedos, y me detuvo delante de él.

—Vega, cuando quieras, cuando estés preparada, ya sabes que…

—Lo sé. —Asentí y tragué con dificultad. Sabía lo que Rocco quería decirme, pero aún no estaba preparada para subirme a una moto.

Y seguimos caminando despacio por la acera. Sin prisa alguna. Con Florencia brillando al fondo, convertida en un decorado encendido, y toda una vida por delante que, esa noche, ninguno de los dos tenía un solo motivo para pensar que pudiera interrumpirse antes de tiempo.