A un segundo de ti 3 No se aprende a amar
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3 No se aprende a amar

Vega

Cuatro años antes…

Amar no es una idea ni un concepto de manual; es físico, un lugar en el pecho que se aprieta cuando alguien camina hacia ti entre la multitud.

Sentir el amor dentro no tiene nada que ver con la serenidad, sino con esa fragilidad luminosa de saber que le has entregado a otra persona la capacidad exacta de desarmarte con una sola mirada.

No se aprende a amar: se sufre, se disfruta y se habita.

Y a veces, basta con el temblor de una puerta que se abre en la terminal de un aeropuerto para recordar que estamos completamente a merced de lo que sentimos.

Llevaba treinta y siete minutos fija en la misma puerta automática.

Treinta y siete. Ni uno más, ni uno menos.

Lo sabía porque me había descubierto consultando la pantalla del teléfono cada medio minuto; y no, el tiempo no avanzaba más rápido por mirarlo con rabia.

Sabía que su vuelo había tocado tierra hacía veinticuatro minutos, que mis tres últimos mensajes seguían ahí, intactos, sin el doble check , y que llevaba diez minutos prometiéndome que iba a quedarme quieta, que no iba a hacer el ridículo corriendo en cuanto asomara la cabeza.

Era una mujer hecha y derecha. Adulta. Había competido a más de doscientos kilómetros por hora, había sabido frenar una moto cuando cada instinto me gritaba que saliera despedida y me había vuelto a levantar del asfalto con la piel rascada.

Se suponía que podía esperar a mi novio en una llegada de vuelos sin perder los papeles.

Claro que podía. Faltaría más.

Las hojas de cristal se deslizaron. Salió un matrimonio mayor rodando dos maletas gemelas. Detrás, un tipo que cargaba a un crío dormido que le colgaba del hombro. Una mujer que hablaba acaloradamente por teléfono. Dos chicos con mochila de mochilero. Una azafata tirando de su trolley.

Y… Ahí estaba él. Sudadera negra, la mochila colgada de un solo hombro y las gafas de sol enganchadas en el cuello de la camiseta. Arrastraba una maleta pequeña con desgana mientras escaneaba a la gente con la mirada.

Me buscaba a mí. Lo noté en la forma en que levantó la barbilla. La sonrisa le nació despacio, pequeña, hasta que se le desenfrenó y le llenó la cara entera.

Y de golpe, mis treinta y siete minutos de compostura se fueron directo a la basura.

—¡Rocco! —grité.

Dejé el vaso de café sobre cualquier repisa y eché a correr.

Rocco soltó el asa de la maleta un segundo antes de que me le tirara encima.

—¡Eh! —Me enganchó por la cintura y me levantó unos centímetros del suelo.

Solté una carcajada tonta contra el hueco de su cuello y respiré su olor a viaje y a piel limpia.

—Bájame.

—Has venido corriendo —se burló.

—No he corrido.

—Vega, casi te llevas por delante a una señora.

—La señora ha calculado mal su trayectoria.

—Claro, la culpa es de la señora. —Me apoyó en el suelo, pero sus brazos no se soltaron. Los míos tampoco.

Habían sido diecinueve días sin verlo.

En teoría, diecinueve días no eran nada.

Para el ritmo que llevábamos, a veces era hasta poco: circuitos, aviones, compromisos con marcas, entrenamientos, fechas que se pisaban en el calendario.

Habíamos aprendido a querer a golpes de zona horaria y agendas compartidas.

Pero cuando me besó, los diecinueve días desaparecieron.

—Hola. —Le agarré las mejillas con las dos manos.

—Hola. —Él sonrió pegado a mis labios.

—¿Me has echado de menos?

—Ni un poco.

—Se nota.

Me volvió a besar, esta vez sin prisa, saboreándolo.

A nuestro alrededor, el aeropuerto seguía a lo suyo: el rodar metálico de las maletas, la megafonía distorsionada, gente pidiendo taxis, reencuentros desordenados. Me daba exactamente igual todo.

Cuando se separó un poco, me repasó con la mirada.

—Estás guapísima.

—Llevo unos vaqueros viejos y una camiseta básica.

—¿Y qué?

—Que tus diecinueve días de sequía te están nublando el juicio.

—Mi juicio lleva arruinado desde el día que te conocí.

Puse los ojos en blanco e intenté frenar una sonrisa.

—Qué malo ha sido eso.

—Te ha encantado.

Le quité la maleta de la mano antes de que reaccionara.

—Venga, vamos.

—¿Adónde? —Rocco se clavó en el sitio.

—No vamos a quedarnos aquí.

—Lo has dicho…

—Es una sorpresa.

—Odio las sorpresas.

Me giré a mirarlo.

—Rocco Moretti, me metiste en un barco sin decirme la ruta.

—Era un barco increíble.

—Terminamos en un islote donde no había ni cobertura.

—Ese era todo el plan.

—Mi madre estuvo a punto de llamar a la policía.

—Tu madre llama a Urgencias si tardas media hora en contestar un WhatsApp.

—Jajaja. Eso es cierto.

—Llévame donde te dé la gana, anda. —Me quitó el asa de la maleta y entrecruzó los dedos con los míos.

—Pensaba hacerlo de todas formas.

—Pero antes… —Tiró suavemente de mi brazo.

—¿Qué pasa?

Me dio otro beso. Sí, de esos de película.

—Diecinueve días, Vega. No me pidas milagros.

—Los estás cobrando con intereses.

—Aún me quedan cuotas. —Y volvió a buscarme la boca.

Había alquilado un coche con tiempo porque sabía que, si lo dejaba en sus manos, terminaríamos subidos a una moto.

—Podríamos haber cogido una Ducati —soltó en cuanto vio el coche en el aparcamiento.

—No.

—Una Multistrada. Con maletas rígidas.

—Rocco, no.

—Es una propuesta razonable.

—Tu propuesta implicaba que dejara el vestido en la consigna del aeropuerto —me excusé, aunque había mucho más detrás y él lo sabía.

—Tampoco te hace falta tanto vestido.

—Para esta noche sí.

—¿Esta noche? —Giró la cabeza hacia mí mientras me acomodaba en el asiento del conductor.

—Cállate y mira el paisaje. —Sonreí a la carretera mientras arrancaba.

—Has montado algo.

—A lo mejor.

—¿Cena?

—No preguntes.

—¿Un hotel?

—Rocco.

—¿Tiene bañera de esas grandes?

Le di un manotazo cariñoso en el muslo y se rio, me cazó la mano antes de que la retirara y me besó los nudillos con calma antes de dejarla apoyada sobre su pierna.

—Te he echado muchísimo de menos —susurró.

El aire se cargó de algo, de cariño, de amor, de ganas.

No por las palabras en sí. Rocco hablaba por tres, le encantaba discutir por cualquier tontería y estirar las anécdotas hasta que se volvían absurdas.

Pero tenía esos momentos en los que bajaba la voz, se le quitaba la guasa y de repente el resto del mundo dejaba de hacer ruido.

—Yo también. —Le apreté los dedos.

—Han sido un asco de semanas.

—Solo han sido dos semanas y pico.

—Dos semanas y pico son una mierda cuando no estás.

—La semana que viene me tendrás tan vista que me pedirás espacio.

—Jamás te pediría espacio.

—Eso es porque todavía no compartimos piso.

—Podríamos arreglar eso pronto.

Lo miré de reojo. Él seguía con la vista fija en el asfalto.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que podríamos solucionarlo. Lo de vivir juntos.

Me dio la risa, pero él ni se inmutó. Se me fue apagando la carcajada.

—¿Lo dices en serio?

Se encogió de hombros con falsa indiferencia.

—En algún momento habrá que hacerlo, ¿no?

—Eso no es una forma muy romántica de proponérmelo.

—Tampoco pretendía pedirte matrimonio en mitad de la autovía.

—Menos mal.

—Tengo algo más de estilo.

—Tú eres capaz de pedírmelo en la cafetería de una gasolinera.

—Solo si las vistas al área de servicio valen la pena.

—Un poeta.

—Un clásico. —Me acarició el pulgar con suavidad.

—Pero lo de irnos a vivir juntos va en serio.

No respondí enseguida. No porque me asustara la idea, sino todo lo contrario.

Había una parte de mí que sabía lo fácil que me resultaría acostumbrarme a eso.

A tropezarme con sus zapatillas en el recibidor, a pelearnos por ver a quién le tocaba comprar el café, a verlo andar descalzo por la casa buscando una camiseta limpia.

A dejar de contar los días en el calendario.

—Quizá —murmuré.

Rocco sonrió sin mirarme.

—Eso, traducido de tu idioma, es un sí como una casa.

—Significa quizá.

—Significa un sí lleno de miedo.

—Cállate un rato.

Se rio. Y durante unos kilómetros, la carretera nos llevó en silencio.

Subimos hasta Fiesole y Rocco soltó un bufido cuando leyó el cartel de la entrada.

—¿En serio me traes aquí?

—Sí.

—Tenía guardado este sitio para traerte yo.

—Haber espabilado.

—Esto es un robo flagrante de cita.

—Considéralo una victoria personal.

Aparcamos en un lateral y echamos a andar despacio. Florencia se desplegaba abajo, bañada por una luz anaranjada y tibia, la del atardecer, esa luz mágica. Los tejados de teja, la silueta de la cúpula del Duomo destacando sobre todo lo demás y el río serpenteando entre las calles.

Rocco se pegó a mi espalda y me pasó los brazos por la cintura, sujetándome contra su pecho y apoyé la cabeza hacia atrás, sintiendo su respiración.

—Vale —asintió a mi oído—. Hay que reconocer que el sitio no está mal.

—Está bastante bien. Pero el mérito de que la estampa sea bonita es de la compañía.

Me giré entre sus brazos para mirarlo de frente.

—¿Sabes qué me da rabia?

—Muchas cosas, supongo. Tendrás que ser más específica.

—Que tienes un ego que no te cabe en la espalda.

—Tengo que compensar.

—¿El qué?

—Que tú hay días en los que se te olvida lo increíble que eres.

La sonrisa se me desmontó.

Rocco me conocía demasiado bien para no notar cómo me había cambiado la cara. Me giró despacio hasta ponerme frente a él.

—No te escondas.

—No me escondo.

—Cuando digo algo serio, no sabes dónde meterte porque te da vergüenza.

—Sé perfectamente dónde meterme.

—A ver, ¿dónde?

—En el restaurante, antes de que nos quiten la mesa. —Señalé con la cabeza el local del fondo.

Rocco se rio, negando con la cabeza.

—Eres una cobardica.

—Tengo hambre, que es distinto.

—Una cobardica muerta de hambre.

Le saqué la lengua.

Empezó a caminar tras de mí, pero antes de dar tres pasos me agarró suavemente de la cadera.

—Oye.

—¿Qué?

—Ven aquí un segundo.

—Vamos a llegar tarde a la reserva.

—Dos minutos. No te va a pasar nada. —Me llevó hacia un murete de piedra vieja que daba al mirador. Se apoyó de espaldas al paisaje y me encajó entre sus piernas.

—¿A qué jugamos?

—A mirarte.

—Llevas viéndome la cara todo el trayecto.

—Diecinueve días, Vega.