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Vega

Nicolò Valenti continúa sonriendo. Yo continúo con la idea de que todavía me queda tiempo para buscar otro empleo

—Antes de que empecéis —anuncia Claudia—, quiero dejar clara una cosa.

—Yo también —interviene Nico—. ¿Vega puede pegarme durante el horario laboral, o eso se considera una prestación extraordinaria?

Cierro los ojos un segundo.

—¿Perdón? —Claudia alza las cejas. —Mi jefa me mira y yo miro a Nico que bebe café con una tranquilidad pasmosa. Me entran ganas por segunda vez de atizarle otro correctivo a mano abierta— ¿Qué pasó anoche?

—Tuvimos una pequeña discrepancia —explico.

—Ella discrepó con la mano.

—Te advertí.

—En eso llevas razón.

Claudia deja el bolígrafo sobre la carpeta.

—¿Le diste una bofetada a Nicolò? —Alza las cejas.

—Una.

—Gracias por precisar —murmura él.

—No fue especialmente fuerte.

Nico señala una mejilla donde no queda absolutamente ninguna marca.

—He tenido que aplicar bastante hielo.

Claudia levanta una mano.

—¿Tengo que preocuparme?

—No —respondemos los dos.

Nos miramos.

—Vale, dejemos atrás el mal comienzo. —Claudia ni siquiera necesita elevar demasiado la voz—. Mientras no haya denuncia, periodistas implicados ni una fotografía circulando por internet, voy a fingir que esta conversación no ha existido.

—Por mi parte, ningún problema —asegura Nico.

—Ni por la mía.

—Perfecto. Porque tengo trabajo suficiente sin añadir a la lista “piloto estrella agredido por responsable de prensa”.

—“Responsable de prensa violenta” tiene más fuerza —propone él.

Claudia abre de nuevo la carpeta.

—Nicolò, ya vale. Vega va a trabajar directamente contigo esta temporada. Coordinará prensa, patrocinadores, contenidos y cualquier asunto relacionado con tu imagen y la del equipo. También viajará con nosotros durante el campeonato.

—¿Directamente conmigo? Me gusta —comenta Nico.

—Nadie necesita que te guste —replico.

—Vas a tener que aprender a aceptar cumplidos, Ríos.

—Cuando reciba alguno, practicaré.

Claudia contiene una sonrisa.

—Hasta ahora esas funciones estaban repartidas. Quiero centralizarlas. Generas demasiada atención mediática.

Claudia me entrega el calendario de los próximos días. Le echo un vistazo. Fotos oficiales, grabaciones, entrevistas, test de pretemporada.

—Rossi aparece aquí —señalo—. Anoche acordamos mover su grabación.

—¿Ya has negociado con Francesco? —pregunta Claudia.

—Quería colocarla antes de una clasificación. Le dije que buscaríamos otro hueco.

—Bien.

Nico me observa.

—Tres semanas y ya le cambias los planes a Rossi.

—Negocio.

—Ella llama negociar a discutir —aclara Claudia.

—Eso también me gusta.

Claudia nos ignora.

—Tendrás acceso al calendario profesional de Nico y a todos sus compromisos con el equipo.

—¿Todos? Voy a incluir ibuprofeno en el presupuesto. —Claudia se masajea una sien.

Anoto un par de cosas. Nico estira el cuello para mirar y cierro la carpeta.

—¿Qué has escrito?

—Información confidencial.

—Si es sobre mí, quiero verla.

Claudia prefiere no intervenir. Nico me observa con gravedad fingida.

—Esto empieza a parecer una invasión.

—Exactamente lo que siento yo.

—Anoche tenías mucho interés en mi vida.

—Anoche quería que dejaras de hacer llorar a una mujer.

Su sonrisa desaparece solo un instante, pero basta. He utilizado algo privado para ganar una pelea absurda delante de Claudia y sé inmediatamente que he cruzado una línea.

—Vega —advierte mi jefa.

—Ha sobrado —admito.

Claudia exhala.

—Continuemos antes de que me arrepienta de haberos sentado juntos.

La reunión sigue un rato más. No necesito cuarenta minutos para descubrir algo que no esperaba: Nico presta mucha más atención de la que aparenta.

Bromea, protesta y negocia cualquier cosa que tenga hora de inicio, pero cuando Claudia menciona una modificación de contrato recuerda una cláusula acordada meses atrás y detecta una incompatibilidad que nosotros no habíamos visto.

También descubro otra cosa. No le molestan las obligaciones. Le molesta que decidan por él. Cada vez que alguien utiliza “tienes que”, algo cambia en su postura. Me lo guardo. A las nueve menos cuarto Claudia recibe una llamada.

—Tengo que irme. Vega, acompáñalo a fotografía y revisa después la grabación.

—Soy libre hasta dentro de media hora —se queja el piloto.

—Diecisiete minutos —apunta ella.

—Eso es aproximadamente media hora.

—Eso son diecisiete minutos. —Claudia sale riéndose.

—Necesito desayunar —protesta Nico.

—Vale, pero vas a tener un problema conmigo si dentro de dieciséis minutos no apareces delante de una cámara.

Salimos. Las instalaciones de Vértice hierven. Técnicos, cajas, ordenadores, gente entrando y saliendo de despachos. Conozco el ritmo. Irritante que mi cuerpo también.

Me aparto antes de que dos mecánicos aparezcan transportando una pieza sin necesidad de verlos llegar. Sé hacia dónde conducen determinados pasillos. El sonido de una pistola neumática modifica durante un instante la cadencia de mis pasos.

—¿Cuánto tiempo llevas en esto? —pregunta Nico.

—Tres semanas en comunicación.

—No me refiero a Vértice.

—No sabía que esto fuera una entrevista.

—Intento conocer a la mujer que administra mi vida.

Llegamos al set fotográfico. Marcos nos espera con una tableta y le explica la sesión. Nico intenta reducir el tiempo previsto en cuanto escucha cuánto durará.

—Que no desaparezca —me pide Marcos antes de marcharse—. El año pasado desapareció cuarenta minutos durante una sesión.

—Tuve que ir al baño —se defiende él.

Marcos se va. Un asistente le entrega la ropa y Nico entra a cambiarse. Yo aprovecho para revisar la planificación. Cuando vuelve a salir, está terminando de colocarse la camiseta oficial.

—Ríos. ¿Por dentro o por fuera?

—Ni que fueras un niño necesitado de ayuda para vestirse. Por fuera.

Tira de la camiseta para ajustársela y durante un instante deja al descubierto parte del costado. Dos cifras negras: Un uno y un siete.

Todo lo demás sucede con normalidad. Un fotógrafo reclama una batería, alguien mueve un foco, Marcos habla al otro lado de la sala…, pero yo no escucho nada. Veo otro mono, otro circuito, otra sonrisa. Un mensaje que llevo tres años sin borrar:

“¿Estás despierta? —me pregunta Rocco y luego su voz — Vega, no te rías, pero creo que por primera vez en mi puta vida estoy empezando a...”

—Ríos.

—¿Qué?

—Te he preguntado si está bien.

—Ponte donde diga el fotógrafo.

—Te has quedado blanca.

—Nico, por favor, estoy trabajando.

Diecisiete. Claro que conocía el tatuaje. Ha aparecido en fotografías, nunca ha sido un secreto. Yo simplemente había conseguido no pensar en él. La diferencia importa.

Durante la siguiente media hora consigo concentrarme. Nico, además, resulta mucho más fácil de trabajar de lo que esperaba. Sabe colocarse delante de una cámara, escucha indicaciones y entiende perfectamente qué quieren los patrocinadores de él.

El fotógrafo le pide una expresión más seria y Nico obedece.

Tres años. Puedo hacerlo, puedo trabajar con el mejor amigo de Rocco. Lo decidí cuando acepté el empleo, aunque entonces no sabía que Claudia me colocaría precisamente a su lado.

Poco después me mandan buscar el casco de la campaña. Hay varios sobre una mesa. Me detengo delante de ellos. No pasa nada. Fibra, acolchado, pantalla, cierre. Objetos. He utilizado cientos.

Extiendo una mano hacia uno y rozo la carcasa. Entonces sí ocurre. El clic de una correa. Mi respiración choca contra el interior, mis dedos no pueden cerrar un guante. Un motor arranca, una voz me pregunta si estoy preparada.

—Ese no —habla Nico justo detrás —Se llevó el año pasado. El nuevo cambia aquí.

Señala la zona posterior y cojo el casco correcto.

—Vamos. Nos estamos retrasando.

—Por primera vez, no por mi culpa.

Regresamos y lo noto que me mira varias veces, pero ya no es la mirada de anoche. No intenta ligar.

A mediodía comprendo que trabajar con Nicolò Valenti exige bastante energía, aunque no por los motivos que esperaba.

Trabaja y mucho. Lo hace además sin tratar a asistentes, cámaras o técnicos como si fueran parte del decorado.

Recuerda nombres, habla con los mecánicos y presta atención incluso mientras da la impresión de estar tomándose todo a broma.

En la última grabación del día, le entrego el texto preparado por el patrocinador. Lo lee.

—No pienso decir esto —se niega con rotundidad.

—Está aprobado.

Me enseña la hoja: La velocidad no consiste únicamente en correr más, sino en sentir cada instante al máximo.

—Yo mencionaría la precisión, el tiempo. Las décimas.

Cojo un bolígrafo y cambio la frase: Una carrera puede decidirse antes de que tengas tiempo de mirar el reloj.

Nico niega y apunta: Una carrera puede decidirse en menos tiempo del que necesitas para mirar el reloj.

Producción acepta el cambio y graba la pieza. Cuando salimos, Nico me observa.

—Has entendido lo de las décimas muy rápido.

—No es física cuántica.

—Y sabes moverte por estas instalaciones sin mirar un cartel.

Pulso el botón del ascensor.

—¿Qué quieres saber exactamente?

—Quién eres.

—Vega Ríos.

—Eso lo descubrí anoche.

—Investigación concluida. —Entramos.

—¿Has trabajado para otro equipo? ¿Periodismo deportivo? ¿Familia en competición?

—¿Siempre necesitas entenderlo todo?

La pregunta lo detiene. Por una vez no sonríe.

—Sí. —Responde de forma tan directa que tarda un segundo en encajar con el hombre que llevo conociendo desde anoche. Se abren las puertas.

—Pues vas a tener que practicar la frustración.

—No se me da bien.

—Ya me había dado cuenta.

Más tarde tengo que acompañarlo hasta el área técnica.

El box de trabajo está abierto y una moto ocupa el centro.

No necesito acercarme para reconocer el olor: goma, metal, lubricante, combustible.

Durante años significó casa, después significó hospital y ahora intento convencerme de que solo significa trabajo.

—Ven, quiero enseñarte algo —me solicita Nico.

—Tengo que volver con Claudia. No necesito que me enseñes una moto.

—¿Por qué no necesitas que te la enseñe?

—Porque conozco las motos. No pertenecen al mundo de la magia, hacen exactamente lo que permiten la física, el piloto y el asfalto. Mi padre vivía con pasión las carreras. —Solo constituye una parte ridículamente pequeña de la verdad.

—¿Corría él o tal vez tú?

La respuesta se corresponde con años enteros de carreras, parrillas, podios, asfalto, hospital y un casco que meses después fui incapaz de cerrar.

—No me sobra el tiempo. —Miro la hora—. Tengo una reunión. Me marcho.

Nico no me sigue y yo se lo agradezco.

Claudia está en su despacho.

—¿Qué tal? —pregunta.

—Trabaja más de lo que aparenta, presta atención, improvisa demasiado y tiene una relación patológica con los horarios.

—Como tú.

—También supera mis expectativas respecto al trato con la gente. No trata al personal como mobiliario.

Claudia sonríe.

—Eso ha sonado casi a elogio.

—No se lo digas.

—Jamás. —Me siento frente a ella—. Vega, ¿hay algún problema con trabajar aquí que deba conocer? Sabías dónde entrabas cuando aceptaste.

—No tengo ningún problema, sí sabía dónde entraba.

—Y yo sabía de dónde venías cuando te contraté. No tienes que demostrarme nada.

—Estoy haciendo mi trabajo.

—Y muy bien.

Mi teléfono vibra sobre la mesa. Nicolò Valenti. ¿Cómo demonios ha conseguido mi número? Abro el mensaje.

Nico: Necesito modificar una cosa del calendario.

Vega: No.

Nico: Ni siquiera sabes qué es.

Vega: Precisamente. Ahorramos tiempo.

Nico: Cena de patrocinador del miércoles. No quiero ir. Tengo entrenamiento.

Vega: Terminas a las 18:30. La cena es a las 21:00.

Nico: Tengo que ducharme.

Miro el teléfono incrédula. Claudia levanta una ceja.

—¿Problemas?

—Tu piloto necesita dos horas y media para ducharse.

—Depende del pelo.

La ignoro.

Vega: Puedes conseguirlo. Confío en ti.

Nico: Me conmueve tu fe.

Guardo el teléfono. Vibra otra vez.

Nico: Por cierto. Aún no he descubierto qué hacías antes de comunicación. Pero lo descubriré.

Bloqueo la pantalla. Mi pasado no encierra ningún secreto.

Basta escribir mi nombre en internet. Hay fotografías, resultados, entrevistas y noticias del accidente.

Me extraña que aún no lo haya hecho. Una parte de mí espera que no lo haga porque después llegarán las preguntas: ¿Por qué lo dejaste?

¿Podías volver? Y la peor: ¿Tienes miedo?

Durante cinco años he aprendido a contestar sin mentir. Me retiré, ya no quería competir. Cambié de vida. Todas son frases ciertas, pero ninguna contiene la verdad.

Al salir del despacho de Claudia paso otra vez junto al área técnica.

Existe otro camino, pero no lo utilizo. La moto sigue allí, ahora sola.

Reduzco el paso. Tres años. Hay amores que terminan porque dejan de existir, otros terminan porque uno aprende a tenerles miedo.

Nico está apoyado en una puerta con una botella de agua.

—Sabía que volverías. Te he esperado, pero no voy a preguntarte sobre lo que no quieras contarme. Pero cuando quieras hacerlo, intenta no mentirme.

—No sé de qué hablas. —Mantengo la expresión inmóvil.

Nico señala la moto.

—Has mirado el tren delantero. La gente de comunicación mira los logotipos. Los pilotos miramos las ruedas.

No respondo, me marcho sin volverme, pero durante todo el camino hasta mi despacho tengo la desagradable certeza de que Nicolò Valenti acaba de encontrar algo que le interesa mucho más que provocarme.

Empiezo a conocerlo lo suficiente y pocas dudas me quedan: dista mucho de la clase de hombre capaz de dejar un misterio sin resolver.