1 Soy Vega Ríos #3
—¿Quieres comprobar lo rápido que puedo mover una mano?
Sus ojos bajan hacia mi brazo y regresan a mi cara.
—¿Me amenazas?
—Información preventiva.
—Me gustan las mujeres que avisan.
—Estoy empezando a comprender el problema de Eva.
—No metas a Eva en esto. —Su expresión cambia. Solo un instante, pero cambia.
—La has metido tú.
—No sabes cuándo parar, ¿verdad?
La pregunta me golpea en un lugar que él no conoce. Parar. Durante cinco años no he hecho prácticamente otra cosa. Frenar, detenerme, calcular, evitar, controlar. Él no puede saberlo y precisamente por eso me irrita todavía más que la palabra me afecte.
—Sé perfectamente cuándo parar.
—No lo creo. —Me observa.
—Y tú no sabes cuándo cerrar la boca.
—¿Siempre eres tan mandona?
—¿Siempre necesitas tener la última palabra?
—Sí.
—Qué vida tan agotadora.
—Ni te imaginas. —Sonríe y se inclina un centímetro hacia mí—. Aunque reconozco que contigo podría hacer una excepción.
—Qué honor.
—Si me lo pides bien.
—Preferiría tragarme esta acreditación. —La cojo y la alzo.
—Puedo ayudarte.
—No me toques.
—Ni siquiera he... —Levanta ambas manos.
Y entonces comete el error. No es un tocamiento ni una amenaza.
No intenta besarme, simplemente sonríe, vuelve a mirar mi acreditación—.
Tranquila, Ríos. No eres mi tipo. —Debería alegrarme.
En cambio, algo en su tono consigue irritarme de una manera profundamente estúpida—. Me gustan un poco más dulces.
—Y a mí los hombres un poco menos idiotas.
—Eso reduce mucho tus opciones en el paddock .
—Asumiré el riesgo.
—Aunque contigo podría...
—No termines esa frase.
—...hacer un esfuerzo. —La termina. Y me guiña un ojo.
La bofetada suena más de lo que esperaba. Mi palma impacta contra su mejilla y durante un segundo ambos nos quedamos completamente quietos.
Mierda. Mierda. Mierda.
Acabo de abofetear al piloto estrella de mi nueva empresa. A un bicampeón del mundo. En una fiesta de patrocinadores. Si Claudia me despide esta noche, tendré que reconocer que posee motivos excelentes. Nico gira lentamente la cara hacia mí. Una marca roja empieza a dibujarse en la mejilla.
—Eso —digo, porque mi instinto de supervivencia también ha abandonado el edificio— era información complementaria.
Tras un mutismo sepulcral, Nicolò Valenti se echa a reír. No sonríe, no hace una de esas risas breves y controladas de antes. Se ríe de verdad, hasta tiene que apoyarse una mano en el abdomen y durante unos segundos no consigue decir nada.
—¿Te hace gracia?
—Muchísima.
—Estás fatal de la cabeza. Podría denunciarte por acoso laboral preventivo.
—¡Eres tú la que me ha pegado! —Sigue riéndose. Varias personas se han vuelto hacia nosotros. Perfecto, fantástico trabajo de comunicación, Vega. Tres semanas en Vértice Racing y acabo de crear personalmente la crisis que tendré que impedir en redes sociales.
—Pegas fuerte. —Se toca la barbilla.
—Entreno mucho. Buenas noches, Valenti.
—Buenas noches, Vega Ríos. —Camino hacia el salón—. Vega —me llama y no debería girarme, pero lo hago. Sigue con una mano sobre la mejilla y esa sonrisa imposible en la cara—. Nos volveremos a ver.
—Espero que no.
—Yo espero que sí.
Le dedico la mirada más desagradable que consigo fabricar y continúo caminando. Encuentro a Claudia que conversa con un patrocinador cerca de la entrada. Me observa durante un segundo y después mira por encima de mi hombro. No quiero saber qué está viendo.
—¿Has socializado? —pregunta.
—Bastante. Mañana a las ocho, ¿verdad?
—A las ocho.
—Perfecto. —Dejo la copa prácticamente intacta en una bandeja y decido que ya he cumplido de sobra mi cuota de interacción humana.
***
A las siete cincuenta y dos de la mañana siguiente estoy sentada en la sala de reuniones de Vértice Racing con un café, el portátil abierto y una carpeta con la planificación de comunicación de la temporada.
Dormir habría sido una alternativa interesante.
No lo he conseguido. Cada vez que cerraba los ojos escuchaba el sonido de mi mano contra la cara de Nicolò Valenti.
A las dos de la madrugada busqué mentalmente siete formas de explicar a Claudia lo ocurrido.
A las tres decidí que ninguna funcionaba.
A las cuatro llegué a la conclusión de que él probablemente ni siquiera lo mencionaría porque tendría que explicar por qué una empleada de su propia escudería le había cruzado la cara en un evento oficial.
A las cinco recordé que existen cámaras en los hoteles. A las seis dejé de intentar dormir.
La puerta se abre a las ocho en punto. Claudia entra con una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Café?
—Segundo. —Levanto el vaso.
—Eso explica tu aspecto.
—Gracias.
—No era un cumplido. —Se sienta frente a mí y abre la carpeta—. Quiero hablar contigo sobre tus funciones esta temporada.
Asiento. Esto sí me interesa mucho. He aceptado el puesto porque no quiero pasarme la vida preparando notas de prensa desde un despacho.
Quiero responsabilidad, viajar, gestionar crisis, campañas, entrevistas y relaciones con medios.
Quiero demostrar que puedo construir una carrera aquí sin necesitar una moto debajo. Claudia repasa un documento.
—Estas semanas te he estado observando. —No sé si eso es bueno—. Eres rápida, organizada, no te intimida la gente importante…
Mi mano derecha decide recordar la bofetada. La escondo debajo de la mesa.
—Depende de lo que consideremos importante.
Claudia sonríe.
—Y conoces el motociclismo desde dentro. No solo la parte que ven los periodistas.
—Para eso me contrataste.
—Entre otras cosas. —Cierra la carpeta—. Voy a cambiar parte de la distribución prevista.
La puerta vuelve a abrirse.
—Perdón.
Reconozco la voz antes de levantar la cabeza.
No, no puede ser.
Nicolò Valenti entra en la sala con unos vaqueros, una camiseta negra, el pelo todavía húmedo y un café en la mano.
Me ve y se detiene. Nos observamos, despacio, y él se toca la mejilla el muy cabrón. Claudia no advierte nada, o eso espero.
—Perfecto. Ya estamos todos —suelta mi jefa.
Nico ocupa la silla situada a mi derecha. No dice una palabra lo que resulta mucho más inquietante que cualquiera de las que pronunció anoche. Claudia entrelaza las manos sobre la mesa.
—Vega, quiero presentarte a Nicolò Valenti.
—Nos conocemos —aclara él.
Lo fulmino con la mirada. Claudia nos observa alternativamente. Nico bebe tranquilamente un sorbo de café.
—Socializamos en la fiesta.
Quiero matarlo.
—Coincidimos anoche —preciso.
Claudia continúa.
—Bien. Eso nos ahorra las presentaciones.
Vega, he decidido que esta temporada trabajes directamente con Nico.
Vas a encargarte de coordinar su relación con prensa, compromisos de comunicación, patrocinadores, entrevistas, parte de sus contenidos y cualquier crisis que pueda afectar a su imagen o a la del equipo.
Miro a Claudia primero y después a Nico y otra vez a Claudia.
—¿Directamente?
—Directamente.
—Me parece una decisión excelente. —A mi lado, Nico deja el café sobre la mesa.
—Nadie te ha preguntado —hablo de más.
Claudia levanta la vista. Silencio. Nico se toca otra vez la mejilla y sonríe.
—Vamos a llevarnos de maravilla, Ríos.
En ese instante comprendo dos cosas. La primera, que Claudia Ferrer acaba de poner mi carrera profesional en manos del hombre más irritante que he conocido en años. La segunda, bastante peor: Nicolò Valenti disfruta muchísimo, y… no tiene ni idea de quién soy.