A un segundo de ti 1 Soy Vega Ríos #2
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1 Soy Vega Ríos #2

—¿Y tú eres...? —Nico achina los ojos y me observa, sin reconocerme. ¿Debería hacerlo? Retiro el pensamiento; eso tendrá que esperar.

—La persona que intenta evitar que mañana aparezcas en una web con el titular “Valenti hace llorar a una mujer en la fiesta de Vértice”.

Eva suelta una risa inesperada. Él no.

—No la he hecho llorar.

—Perfecto. El titular podrá llevar interrogantes.

Sus ojos muy oscuros se fijan en mí con mayor atención. Ese dato no me interesa en absoluto. Es más alto de lo que recordaba. Un metro ochenta y cinco por lo menos.

—¿Trabajas para el equipo?

—Sí.

—No te había visto.

—Sobreviviré con eso —señalo con el mentón levantado.

—Me voy. —Eva coge su bolso de una mesa cercana.

—Puedo pedirte un coche. —El piloto se vuelve hacia ella.

—Sé utilizar una aplicación, gracias.

—Eva. —Ella se detiene. Durante un instante desaparece de él cualquier rastro de arrogancia—. Siento haberte hecho daño.

Mentira, lo que sientes es ser tan gilipollas con una mujer.

Ella lo mira y ese simple gesto me obliga a revisar parte del juicio que ya estaba formando.

—Eso tendrías que haberlo pensado antes —escupe.

No se defiende. Eva me dedica un asentimiento breve y se marcha hacia el salón. Nico la sigue con la mirada.

—Bueno —murmuro—. Podría haber sido peor.

Se vuelve hacia mí.

—¿Siempre apareces en conversaciones ajenas para hacer análisis posteriores?

—Solo cuando las conversaciones ajenas amenazan con convertirse en problemas de comunicación.

—Entonces perteneces a la prensa.

—Entre otras cosas.

—Eso explica la simpatía.

—Y tú pilotas motos. Eso explica la modestia.

Por fin sonríe. Entiendo inmediatamente por qué cobra una fortuna por anunciar cualquier cosa que pueda llevar un logotipo. La sonrisa cambia por completo su rostro. No es especialmente amable. Es peor: resulta convincente.

—¿Tienes nombre?

—Como todo el mundo.

—¿Piensas decírmelo?

—No me lo has preguntado.

Nico baja la mirada hacia mi acreditación. La giro antes de que pueda leerla.

—Eso es trampa. —Encojo los hombros—. Empiezo a sospechar que no te caigo bien.

—Nos conocemos desde hace cuarenta segundos. Dame tiempo.

Se ríe. No una risa para cámaras. Una corta, auténtica.

—Ahora entiendo por qué te has quedado.

—Me he quedado porque estabais montando una escena al lado de doscientos invitados.

—No estábamos montando ninguna escena.

—Una mujer llorando y un bicampeón mundial con cara de haber pisado una mina. Material completamente inservible para la prensa —ironizo.

—¿Mina?

—¿Tengo que explicártelo?

Él alza las cejas.

Me dispongo a marcharme, pero se coloca a mi lado, no delante. Agradezco el detalle, aunque probablemente ni siquiera sea consciente de ello.

—Has oído la conversación —asegura.

—Una parte.

—Y ya has decidido que soy un cabrón.

—No necesito escuchar conversaciones privadas para leer periódicos.

— Ahhh.

—Aunque reconozco que la prensa deportiva posee una relación flexible con la realidad.

—Eso ha sonado casi a defensa. —Nico mete las manos en los bolsillos—. Le dije la verdad desde el primer día.

—Te he oído.

—No quería una relación.

—También te he oído.

—Pues no entiendo qué problema tienes.

Lo miro. Ahí está. No crueldad, no indiferencia exactamente. Una convicción muy cómoda.

—Que decirle a alguien “no quiero una relación” no te concede inmunidad diplomática para todo lo que hagas después.

Decir “no quiero una relación” se ha convertido en el salvoconducto perfecto, el pacto con el que la cobardía pretende comprar inmunidad.

La frase se pronuncia como un conjuro, convencidos de que tres palabras bastan para levantar un muro infranqueable contra la ética más elemental.

Como si pronunciarlas borrara de un plumazo las leyes físicas del afecto; como si eximiera de culpa al que enciende un fuego y luego se extraña de que las cosas ardan.

Porque la verdad termina por imponerse: nadie habita la vida de otro por accidente.

Cuando abres la puerta de tu rutina, cuando haces sitio en tu cama, en tus mañanas y en tus mapas, estás tomando una decisión.

Cada llamada a deshoras, cada confidencia, cada gesto que imita a la intimidad construye un lenguaje.

Y ese lenguaje es importante, deja huella.

No se puede domesticar la presencia de alguien para luego pretender que su ausencia no deje ni un arañazo.

El aviso previo no concede carta blanca para el desmantelamiento.

Pretender que la honestidad inicial te absuelve del destrozo posterior no es transparencia sino irresponsabilidad afectiva disfrazada de lucidez.

Es pretender disfrutar del calor de un hogar sin asumir el compromiso de no prenderle fuego al marcharte.

Quien ofrece un hogar a medias, esperando que el otro no eche raíces, ignora la naturaleza misma del vínculo humano.

La responsabilidad no nace del título que le pones a lo que tienes, sino del espacio que ocupas y de la huella que decides dejar en quien te abre la puerta.

—No sabes lo que hice después. —La sonrisa desaparece un poco— No me juzgues sin saber.

—Contesto a lo que acabas de decir.

—Eva sabía perfectamente lo que había entre nosotros.

—Por lo que acabo de escuchar, diría que no tan perfectamente.

—Ese no es mi problema. —La frase sale demasiado rápido.

—Vale —concedo—. Ahora sí empiezo a tener una opinión.

—Qué tragedia.

—Devastadora.

—¿Siempre das lecciones de responsabilidad sentimental a desconocidos?

—Solo a los que presumen de no tener ninguna.

—No he presumido.

—Pero no la tienes.

Da un paso hacia mí. No retrocedo. Hay espacio suficiente entre los dos. Aun así, noto lo alto que es, subo a un metro noventa centímetros. Y noto también otra cosa bastante más irritante: huele bien. No pienso concederle importancia.

—A ver si lo entiendo. Una mujer a la que no conozco escucha media conversación, decide que sabe cómo ha sido una relación de meses y viene a explicarme cómo debería haberme comportado.

—No era una relación, según tú.

—Así es.

—Entonces no sé por qué utilizas la palabra.

Sus labios se curvan.

—Qué rapidez.

—Tú deberías estar acostumbrado.

—A la velocidad, sí. A que me toquen los cojones durante una fiesta, menos.

—Quizá deberías salir más.

—Salgo bastante.

—También lo he leído. —Esta vez se ríe abiertamente. Dos personas que pasan cerca miran hacia nosotros. Bajo la voz—. ¿Ves? Precisamente lo que intentaba evitar.

—¿Que me divierta?

—Que llames la atención.

—Ríos...

Me quedo inmóvil. Él sonríe con una satisfacción infantil y señala mi acreditación. Al girarla antes he conseguido ocultársela a él, pero no he reparado en el espejo decorativo situado detrás de mí.

—Vega Ríos —lee—. Ya tenemos nombre. —Hace un gesto extraño con la cara. ¿Me reconoce?

—Enhorabuena. Dos campeonatos del mundo y sabes leer al revés.

—Tengo muchos talentos.

—Ese comentario explica por sí solo la mitad de tus problemas.

—¿Y la otra mitad?

—Probablemente también tú.

Su sonrisa se ensancha. Tengo que reconocerle una virtud: no acostumbra a ofenderse.

—¿Sabes qué creo, Vega Ríos?

—Me temo que vas a decírmelo.

—Que te estoy cayendo mejor de lo que quieres admitir.

—Y yo creo que los golpes en la cabeza deberían revisarse con más cuidado.

—También creo que volveremos a vernos.

—Trabajamos para la misma escudería. No necesitas poderes paranormales.

—No me refiero a cruzarnos por un pasillo.

—Lo dice mirándome directamente. Ahí aparece por primera vez el hombre de las fotografías.

El seductor. La seguridad de que una sonrisa, una voz algo más baja y diez centímetros menos de distancia suelen producir el efecto deseado.

Y lo peor, el efecto existe. Mi cuerpo no tiene principios, por suerte, yo sí.

—Valenti, si eso pretendía ser un intento de ligar, deberías exigir que te devuelvan parte de tus contratos publicitarios.

—No estaba ligando contigo.

—¿Eso funciona? —Lo miro durante dos segundos.

—Bastante.

—Qué deprimente.

—Puedo enseñarte estadísticas.

—Trabajo con estadísticas. Las tuyas tendrían un sesgo de selección enorme.

—¡Dios! Perteneces realmente a comunicación.

—Y tú realmente estás enamorado de ti mismo.

—Tenemos una relación complicada.

—¿También le dejaste claro desde el principio que no querías nada serio?

Se ríe otra vez. Y ahí debería terminar. De hecho, durante los siguientes años recordaré en más de una ocasión que hubo exactamente un instante en el que todavía podía haberme marchado y conservar la dignidad intacta. Nico vuelve a mirar hacia el lugar por donde ha desaparecido Eva.

—Se le pasará. —Lo dice sin maldad y eso lo empeora.

—No deberías decir “Se le pasará”.

—Se le pasará —repite.

—No puedes decidir cuánto tarda otra persona en dejar de estar dolida.

—Tampoco puedo hacerme responsable de lo que sienta todo el mundo.

—No he dicho eso.

—Suena bastante parecido.

—Nadie puede cargar razonablemente con toda la responsabilidad. Hacerse responsable de la parte que te corresponde se llama ser adulto.

Su mandíbula se tensa. Por primera vez he conseguido atravesar el humor.

—No sabes una mierda de la parte que me corresponde. Deja de actuar como si me conocieras.

¿Cómo le digo que lo conozco mejor de lo que él cree?

—Créeme, no tengo ningún interés en conocerte —afirmo.

—Eso ya lo has dicho con otras palabras.

—Y sigues aquí.

—Porque me divierte verte fingir que no estás enfadada.

—No estoy enfadada. Estoy trabajando.

—Claro.

—Y eres un problema de trabajo.

—Todavía ni siquiera sabes si vas a trabajar conmigo.

—¡Gracias a Dios! —Muevo los hombros.

—Ahora sí te has pasado. —Ladea la cabeza.

—Sobrevivirás.

—No estoy seguro. Tengo el ego muy delicado.

—Lo compensas bien. —Sonríe otra vez y yo cometo el error de relajarme—. Aunque hay una cosa que no entiendo.

—Sorpréndeme.

—Si no tienes ningún interés en mí, ¿por qué llevas cinco minutos mirándome la boca?

Tardo exactamente un segundo en comprender lo que acaba de decir. Y otro en saber que es mentira. No he estado mirándole la boca. O no durante cinco minutos.

—Eres imbécil.

—Cuatro, quizá; o tres.

—Eres muy imbécil.

—Dos.