A un segundo de ti
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1 Soy Vega Ríos
Vega
Hay pocas cosas más peligrosas que un piloto profesional: una barra libre y doscientos invitados convencidos de que llevar una acreditación colgada del cuello los convierte en amigos íntimos de todo el mundo.
—Sonríe, Vega —me pide mi jefa.
—Estoy sonriendo —aseguro, con una copa de champán en la mano.
Claudia Ferrer me observa por encima del borde de la suya.
—Eso no es una sonrisa.
—Tengo todos los dientes a la vista.
—Por eso. Pareces a punto de morder a alguien.
Relajo la mandíbula y miro a mi alrededor.
El salón del hotel está lleno de pilotos, directivos, patrocinadores, periodistas, representantes de marcas y gente cuya función todavía no he conseguido averiguar, aunque todos aparentan desempeñar una tarea imprescindible.
Las pantallas distribuidas por las paredes reproducen imágenes de la temporada anterior: adelantamientos, celebraciones, motos inclinadas hasta extremos que desafían cualquier lógica y primeros planos de hombres enfundados en cuero sonriendo desde lo alto de un podio.
En una de ellas aparece el logotipo de Vértice Racing. Mi nueva casa, o mi nueva oficina, que resulta una definición bastante menos peligrosa.
—Llevas tres semanas con nosotros —continúa Claudia—. Ya deberías saber que estas fiestas forman parte del trabajo.
—Llevo bastante más en esto.
—Entonces deja de buscar las salidas de emergencia.
La miro y ella sonríe.
—No estaba mirando las salidas de emergencia.
—Has localizado cuatro desde que llegamos.
Cinco, en realidad, sin embargo, no se lo digo.
—Deformación profesional.
—Eras piloto, no bombera.
—Los pilotos también sabemos dónde están las salidas.
Claudia arquea una ceja, pero tiene la delicadeza de no continuar por ahí.
Se lo agradezco. A mis veintiocho años he aprendido que existen dos clases de personas: las que oyen que fui piloto y preguntan por qué lo dejé, y las que ya conocen la respuesta y me miran durante un par de segundos más de lo necesario.
Todavía no he decidido cuáles me incomodan más.
Ella pertenece a una tercera categoría mucho más escasa: sabe lo ocurrido y no pregunta.
Quizá por eso acepté trabajar con ella. Bueno, por eso y porque Vértice Racing es uno de los equipos más importantes del campeonato y cuando su directora de comunicación te llama para ofrecerte un puesto que habría provocado que media facultad de Periodismo se arrojara por una ventana para conseguirlo, lo razonable es decir que sí.
Aunque el trabajo implique que el olor a combustible todavía consiga transportarte cinco años atrás y aunque algunas mañanas despiertes con la sensación de tener un casco puesto y necesites varios segundos para convencerte de que puedes respirar.
—Mañana quiero verte a las ocho —me recuerda Claudia.
—Lo tengo en la agenda.
—Por supuesto que lo tienes en la agenda.
—¿Eso era una crítica?
—Una observación. Creo que, si algún día llega el fin del mundo, tú tendrás programada la evacuación con quince minutos de margen.
—Veinte. Hay que contar con el tráfico.
Claudia ríe y me da un ligero golpe con el hombro.
—Intenta divertirte un poco esta noche.
—Estoy trabajando.
—Precisamente. En comunicación también se trabaja bebiendo champán.
—Qué profesión tan sacrificada.
—No sabes cuánto. —Ambas reímos. Alguien la llama desde el otro extremo del salón. Claudia levanta una mano y después me señala con un dedo—. Socializa.
—Sé socializar.
—Con personas, Vega. Las hojas de cálculo no cuentan.
Se marcha antes de que pueda responder. La veo abrirse paso entre los invitados con facilidad.
Claudia conoce a todos y todos la conocen.
Hace tres semanas que trabajo para ella y todavía no la he visto perder el control de una situación.
No levanta la voz, no necesita repetir una orden y jamás corre por el paddock .
La gente que realmente sabe lo que hace suele tener esa cualidad: consigue que los demás corran por ella.
Doy un sorbo al champán y vuelvo a contemplar el salón. No debería sentirme extraña aquí. Conozco este mundo.
Sé distinguir a un piloto que acaba de bajarse de una moto por la forma de mover los hombros.
Sé cuándo un mecánico sonríe delante de una cámara después de una carrera desastrosa.
Sé qué significa que un jefe de equipo diga “tenemos que analizar los datos” y qué significa realmente cuando afirma que “ha sido un fin de semana complicado”.
Sé cuánto duele una caída aunque el piloto se levante inmediatamente y levante el pulgar para tranquilizar a las cámaras.
Sé lo que pesa un casco y lo que cuesta volver a ponérselo. Esto último intento no recordarlo.
—¡Vega!
Me giro y encuentro a Marcos acercándose con dos hombres.
Trabaja en el departamento de marketing y posee la extraordinaria habilidad de recordar nombres, cargos, esposas, hijos y marcas de bebida favoritas después de una sola conversación.
A su lado viene Francesco Rossi, representante de uno de nuestros patrocinadores italianos, al que conocí hace una semana y que ya me trata como si hubiéramos compartido colegio.
—La sevillana más seria del campeonato —anuncia Francesco.
—Solo conoces a una sevillana.
—Por eso puedo afirmarlo con absoluta seguridad.
—Me besa en ambas mejillas y me presenta al hombre que lo acompaña.
Durante los siguientes minutos hablamos de campañas, contenidos para redes, entrevistas y una acción publicitaria prevista para una de las primeras carreras europeas.
Este terreno sí lo controlo. Escucho, pregunto, tomo mentalmente dos notas y consigo que Francesco acepte trasladar una grabación que pretendía colocar la víspera de una clasificación.
—Los pilotos necesitan descansar —le explico.
—Los pilotos tienen veinte minutos.
—Los patrocinadores siempre creen que los pilotos tienen veinte minutos.
—Porque los tienen.
—También tienen que comer.
—¡Que coman durante la entrevista! —Francesco abre los brazos.
—Fantástica idea. Primeros planos mientras mastican. Muy elegante.
—Te dije que no iba a dejarte. —Marcos se ríe.
—Empiezo a comprender por qué Claudia la contrató —admite Francesco.
—Porque soy encantadora.
Terminamos acordando revisar horarios mañana. Francesco se aleja todavía protestando y Marcos me dedica una sonrisa satisfecha.
—Tres semanas.
—¿Qué?
—Llevas tres semanas y ya discutes con los patrocinadores.
—No he discutido. He negociado.
—Le has dicho a uno de los principales socios del equipo que grabar a un piloto con la boca llena resulta espantoso.
—He dicho que es poco elegante.
—Con la cara dijiste espantoso.
—No puedo controlar mi cara.
Marcos me mira con intención.
—Eso no se lo cree nadie.
Se marcha antes de que pueda defenderme. Estoy considerando seriamente la posibilidad de acercarme a la barra cuando oigo una voz femenina detrás de una de las grandes estructuras decorativas que separan el salón de la terraza. No presto atención al principio.
—No me hagas esto, Nico.
El nombre sí consigue que levante la vista.
No porque sea especialmente raro sino porque todo el mundo en este campeonato sabe quién es Nico.
Nicolò Valenti, bicampeón del mundo, piloto estrella de Vértice Racing.
Treinta años, demasiados titulares y una facilidad insultante para salir bien en fotografías incluso después de pasar cuarenta minutos dentro de un mono de cuero a más de trescientos kilómetros por hora.
Aunque ambos llevamos años en este mundo, de una forma u otra, jamás hemos coincidido cara a cara, y me hubiera encantado conocerlo, pero esto… Esto es otra historia.
Tampoco he hablado con él desde que llegué al equipo. No forma parte de mis responsabilidades directas, al menos de momento.
Me dispongo a alejarme y dejar privacidad. He aprendido trabajando en comunicación que una conversación privada continúa siendo privada incluso cuando sus protagonistas cometen la estupidez de mantenerla a cinco metros de una fiesta llena de periodistas. Entonces escucho la voz masculina.
—Eva, no estoy haciéndote nada.
—En eso consiste exactamente el problema.
Me detengo. No debería, lo sé.
—Hablamos de esto desde el principio —continúa él.
Su español es perfecto. Apenas queda una musicalidad italiana en algunas palabras.
—No, tú hablaste desde el principio. Yo fui lo bastante idiota para pensar que lo que hacías después también significaba algo.
Ahora sí debería marcharme, pero tampoco lo hago. No voy a defenderme, porque no tengo excusa.
—No puedo ofrecerte lo que quieres.
—Pero podías llamarme a las tres de la mañana.
—Eva...
—Podías después de tres días bajo mi techo, de noches compartidas y de una intimidad que tú mismo buscaste, no puedes comportarte… delante de todo el mundo como si yo fuera solo una conocida.
—Nunca te mentí.
Menuda falta de responsabilidad emocional y afectiva, pienso.
—No. —La mujer suelta una risa sin humor—. Ese es tu gran argumento. Nicolò Valenti nunca miente. Solo consigue que una se equivoque sola.
No sé quién es Eva. Tampoco sé cuánto hay de verdad en lo que dice, solo que la discusión está a punto de dejar de ser privada porque dos personas se acercan a la terraza. Decido intervenir por motivos estrictamente profesionales, o eso me digo, porque… a Nico no puedo considerarlo un desconocido.
Rodeo el panel decorativo. Ella, alta, morena y preciosa incluso con los ojos húmedos.
Él, exactamente igual que en las fotografías y televisión y, al mismo tiempo, bastante menos perfecto.
Lleva el primer botón de la camisa desabrochado, la corbata aflojada y una expresión de cansancio que ninguna campaña publicitaria utilizaría.
Nico me mira primero a mí y después hacia el salón.
—La terraza está cerrada —anuncio.
—Perdona. —Eva se seca rápidamente debajo de un ojo.
—No pasa nada. Pero hay periodistas a diez metros y uno de ellos lleva media noche intentando conseguir algo más interesante que la lista de patrocinadores.