A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 39 #4
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Capítulo 39 #4

—¡Connor! —exclamó Zoey mientras que Beatrice apretaba con fuerza los dientes, doblando la espalda hacia delante para intentar soltarse.

Corrimos con más rapidez para sacarlas de ahí, pero el Guardián estaba más cerca. Consiguió que los Indómitos distrajeran al Solitario que tenía entre manos y no se lo pensó dos veces.

Recogió la daga que se le había caído al suelo y en menos de un parpadeo se situó frente al Solitario que hacía chillar a Zoey, y ahora también a Beatrice.

No titubeó. Con la mirada clavada en su objetivo arqueó el brazo para dejarlo caer sobre la garra que aprisionaba a Zoey.

La bestia rugió y cargó con la otra víctima que aún tenía en su poder.

Connor no se dio cuenta porque cogió en brazos a Zoey para alejarla y llevarla a un lugar seguro, junto a nosotros.

La dejó con cuidado a nuestros pies y Aria se agachó para socorrerla.

Cuando el Guardián se dio la vuelta para regresar a por su amiga…

era demasiado tarde. El Solitario ya le había hecho un profundo arañazo que empezaba en la ceja derecha y terminaba a mitad de su mejilla.

Una gota de sangre descendió por su rostro como si fuera una lágrima.

El Guardián se quedó congelado ante la expresión de Beatrice, tan dura e intensa que sentí cómo algo estallaba dentro de ella.

Alzó ambas manos para seguir gritando, pero esta vez hacia el cielo.

El aire se enrareció, cargado de un poder muy similar al que había sentido en mis huesos ante la llegada de su padre.

El Bosque de las Bestias aulló. Abrí los ojos como platos al percibir el movimiento de las copas de los árboles.

Era una completa locura. Estaba extrayendo Éter —la esencia única que fluía en todas las cosas—, igual que Connor lo había hecho con un árbol.

Solo que ella lo hizo con el puñetero bosque entero.

Su pelo flotó a su alrededor y un breve resplandor iluminó su silueta.

El Éter quedó reducido a un tornado furioso de cenizas doradas que atravesó a la bestia por la boca.

El Solitario desapareció sin emitir ni un solo quejido.

La ola de poder atravesó a los demás Solitarios hasta que los cinco se desvanecieron.

La luz del Éter conquistó a la oscuridad.

Ante nuestras miradas totalmente desencajadas, Beatrice se levantó renqueando, se sacudió las manos y alzó el mentón.

—Como veis, yo no necesito que nadie me salve —escupió mirando con un odio profundo a Connor, su amigo de la infancia, que apenas la había mirado mientras se estaba retorciendo de dolor.

Después desvió la vista hacia Zoey y se cubrió de hostilidad—.

Y tú, deja ya de hacerte la mártir. Todos hemos perdido a alguien.

Eso no te da derecho a comportarte como una imbécil y traicionar a la gente que estaba cuidando de ti.

—Ya sé cuál es la tercera regla —intervino Jared abriéndose paso entre Aria y yo. Con todo lo que había ocurrido no nos habíamos dado cuenta de que había conseguido deshacerse de los guardias.

Se aproximó a Beatrice todo lo que pudo y compartieron una tensa mirada. La Guardiana primero lo miró confundida por unas palabras que el resto tampoco entendía.

—Pensé que ya no teníamos reglas. —Se acercó a su cara con rabia.

—Por lo visto sí. No te acerques a mi hermana ni te vuelvas a dirigir a ella —ordenó Jared con una mirada fría que pocas veces había visto en él. Tras eso rompió el intenso contacto visual y se agachó junto a Zoey para comprobar el estado de su pie.

—¿A la traidora que os ha vendido a todos? —Beatrice se rio con desdén—. Puedes estar tranquilo, no tengo ningún puto interés en hacerlo.

Zoey no abrió la boca. Tuve ganas de decir que en realidad Beatrice le había salvado la vida, pero me di cuenta de algo.

—¿Dónde está Eidan? —pregunté al grupo de Indómitos mientras estudiaba nuestro alrededor y entraba en contacto con el poder que vibraba en mi interior por si acaso nos tendía una emboscada.

—¿Aquel que llamáis el Triturador de Almas? —respondió un joven—. Ha huido.

Aquello me sorprendió, pero no pude darle más vueltas porque la voz alarmada del Alfa me interrumpió.

—¡Eh! ¡Mirad!

Todos nos giramos al mismo tiempo. Fui incapaz de respirar ante lo que estaban viendo mis ojos.

No solo vi las consecuencias nefastas que había sufrido el bosque, sino las que estaban a punto de caer sobre nosotros.

El pueblo de Ígnea había tenido que notar hasta en sus cimientos el despliegue de poder que había acabado con la poca vida que quedaba del extenso bosque, y al rey no le había quedado más remedio que enviar refuerzos.

Cientos de Ignis corrían hasta nosotros.

Y estoy seguro de que todos ellos llevaban en mente matarnos y guardar el secreto, confiando en que el nuevo plan del Dios del Fuego lograra salvar al Atharav.

—¡Brandr! ¿¡Qué hacemos!? —gritó un Indómito dirigiéndose a su líder.

Fruncí el ceño. «¿Brandr?». ¿Igual que el castillo del Dios del Fuego y la Diosa de la Tierra? ¿Cómo era posible que se llamara igual que el líder de los rebeldes? No tenía ningún tipo de sentido. Me guardé esa pregunta para un futuro, si es que conseguíamos tener uno.

—¡Cruzad ya! —nos instó el Alfa y luego movió sus ojos, ocultos por la máscara de dragón, hacia mí—. Nosotros los intentaremos contener lo máximo que podamos. Os deseo suerte.

Incliné la cabeza para mostrarle mi agradecimiento. Los Indómitos que habían sobrevivido se alinearon para crear una barrera que nos protegiera, una idea ridícula porque los Ignis los superaban en número.

Puse las manos en la cintura de Aria y la empujé con suavidad para que echara a correr delante de mí. Emprendimos una carrera desesperada para traspasar las Puertas Umbra. Yo iba el último, por esa razón nadie pudo advertirme a tiempo.

Al principio no sentí cómo la hoja afilada atravesaba mi pecho por culpa de la adrenalina, pero después un fuerte estallido de dolor me hizo flojear las piernas. Me caí al suelo.

Alguien me había lanzado una daga.

—¿ ¡

Qué ha pasado!? —gritó Jared desde la distancia, justo acababan de llegar hasta las puertas.

—¡Killian! —Aria soltó un alarido y retrocedió hasta mí con el rostro completamente descompuesto. Miró hacia todos lados asustada, pero se quedó aún más pálida al ver la daga sobresaliendo de mi piel. Me cogió por debajo del hombro para arrastrarme hacia la puerta.

Solté un gruñido de dolor. La espalda me ardía y ese dolor se sumaba al que ya sentía la mayor parte del tiempo, como un recordatorio constante que no quería abandonar mi cuerpo.

—Vete, joder. No… No voy a conseguirlo —intenté zafarme de ella.

Por mucho que Jared y compañía aguantaran las puertas como lo estaban haciendo, no lograrían mantenerlas abiertas mucho más, pero Aria me sujetó más fuerte.

—No voy a dejarte —dijo con la voz entrecortada. Negaba con la cabeza una y otra vez—. No voy a perder a nadie más.

—¡No podemos aguantar mucho más! —gritó Jared con la voz llena de angustia y la expresión contraída por el inmenso esfuerzo.

—¡A vuestra espalda! —nos avisó Connor, que junto con Zoey contenía una de las puertas.

Nos dimos la vuelta para chocarnos de lleno con el rostro trastornado de Fayna.

Había recobrado la consciencia y nos miraba con la boca manchada de sangre y la piel cubierta de ronchas rojas por las quemaduras. Alzó la daga que había recuperado para acabar con nosotros y se movió rápido, increíblemente rápido. Pero el golpe no llegó.

Fayna dio un paso tambaleante y se llevó una mano a la cabeza, sus ojos se quedaron blancos antes de desmayarse. Aria soltó una exclamación ahogada cuando la hija del rey cayó al suelo y detrás de ella apareció Eidan con una piedra y una expresión repleta de sorpresa y satisfacción.

—Por el amor de los Dioses, llevaba años queriendo hacer eso. —Sonrió de oreja a oreja y, aunque tenía algunos arañazos en la cara y los rizos un poco sucios por la tierra, parecía ileso—. Vamos, os ayudo.

Nos quedamos pasmados, pero no le dimos tiempo de cambiar de opinión.

Aria pasó mi brazo sobre sus hombros para que pudiera apoyarme en ella y él me cogió del otro lado.

No sabía si la daga me había tocado el corazón o se había quedado a punto de rozarlo, pero notaba que me faltaba el aire y dentro de mí, lo sabía. Algo no iba bien.

Apenas percibí el resplandor dorado que emergía de las puertas. Veía todo borroso cuando las traspasé.

Fue como saltar hacia una oscuridad que te lleva esperando durante demasiado tiempo.

Atractiva. Violenta. Dulce.

No sabía si la estaba traspasando para ir hacia la luz.

O si me quedaría atrapado en ella para siempre.