Capítulo 39 #3
Pude comprobar que Aria no estaba herida, pero enseguida Fayna me arrinconó cerca de la hilera de árboles secos que rodeaba el lugar.
Me había ido alejando de ella para ganar tiempo y asegurarme de que, entre los guardias Ignis e Indómitos caídos, no se encontrara ninguno de mis…
¿amigos? En algunos distinguí sangre, pero parecían ser heridas superficiales.
Por el rabillo del ojo vi cómo Jared convocaba el poder blanquecino y sin forma propio de los Inciertos para lanzarlo hasta los pies de la bestia y hacer que perdiera el equilibrio y cayera contra un tronco.
El Guardián extrajo el Éter del árbol contiguo y cientos de chispas doradas ondularon y chocaron entre sí para converger en una cadena.
Connor hizo un movimiento seco con el brazo y aprisionó al Solitario contra el árbol.
Me resultó extraño ver a Connor usar su poder porque, como con todo, era muy reservado con sus habilidades.
Casi suspiré de alivio al saber que había un Solitario menos que nos separaba de las Puertas Umbra.
Y casi creí que ellos también lo celebrarían, pese a que otros dos monstruos les rondaban, a ellos y al grupo de guardias que luchaban contra los Indómitos y Eidan.
Pero no podía estar más equivocado. Un segundo después, Jared lanzó una segunda bola de luz blanquecina, pero esta vez desvió la trayectoria hacia el Guardián, que no la vio venir y terminó cayéndose de boca.
—Esto es por Beatrice, pedazo de cabrón —masculló el Incierto con evidente enfado.
—Pero ¿qué…? ¿Tú de qué demonios vas? —El Guardián lo miró con los ojos desorbitados y perdió los papeles. Se puso en pie y lo empujó.
No tengo ni idea de qué ocurrió porque Fayna se cansó de esperar a que yo diera el primer paso y cogió carrerilla.
Me propinó una fuerte patada en la muñeca que tiró la daga a mis pies.
Si me agachaba para cogerla, me pondría en una posición vulnerable que estoy seguro de que utilizaría a su favor, así que mantuve la mirada en ella reteniendo el gruñido de dolor que me atravesó el pecho.
Dimos pasos tentativos el uno alrededor del otro en un juego de pies que a ojos ajenos parecería incluso ensayado, pero en vez de atacarme usando sus fuertes brazos hizo algo que no esperaba.
Se volvió hacia el árbol más cercano y trepó por el tronco, tan seco que donde se apoyaban sus pies se desprendían trozos de corteza.
Se colgó de una rama y la rompió, cogiéndola con las dos manos de forma horizontal para caer sobre mí.
La cabeza me iba a una velocidad de vértigo mientras mis manos sentían la caricia del calor al invocar un disco de fuego que lancé directo hacia ella.
Y por supuesto, no fue suficiente. Lo sorteó con tal facilidad que el fuego se perdió en la noche y su pie aterrizó en mi pómulo.
Me dio una patada tan feroz que me tiró al suelo y aprovechó para subirse encima de mi espalda.
En seguida entendí para qué cojones quería la rama.
La presionó contra mi cuello, arañándomelo mientras me aplastaba contra el suelo.
El corazón se me desbocó. Estaba perdiendo el control de la situación. No podía respirar.
—¡Killian! —En medio de la batalla, Aria gritó mi nombre con horror.
En mi pecho se abrió un agujero de pánico.
Elevé la mirada para localizarla. Le sangraba el brazo por culpa de un enorme arañazo que el Solitario que aún seguía suelto le había hecho.
Habían atrapado al otro con la ayuda del Alfa, que había cuarteado la tierra para elevar las raíces del suelo y atraparlo entre ellas.
Sin embargo, por cómo la bestia se removía y chillaba, las ataduras no aguantarían mucho tiempo.
Al igual que yo.
Tras comprobar que Aria se encontraba bien supe que no me estaba pidiendo ayuda, sino que estaba gritando porque no podía hacer nada para ayudarme. Si corría, el monstruo la atacaría en cuanto se diera la vuelta.
¿Cómo pude pensar después del desfile que había estado dispuesta
a abandonarme? Parecían haber pasado meses desde aquel momento.
El dolor se intensificó y se extendió por mi tráquea y por mis brazos, inmovilizados bajo las piernas de Fayna. Hundió la rama en mi cuello con tantas ganas que se me nubló la visión y temí que me lo fuera a romper. Estaba inmovilizado contra el suelo y no conseguía invocar mis poderes.
Apreté los ojos con fuerza intentando comprender por qué mi fuente de poder parecía más adormilada que nunca. Solté un grito de frustración. Tenía que hacer algo o iba a morir a manos de una puñetera psicópata.
Entonces me recordé a mí mismo por qué quería sobrevivir.
Luchaba contra Fayna porque quería volver a abrazar a mi hermano, seguir viendo cómo poco a poco se le caían los dientes y me sonreía mellado con sus ojitos casi cerrados; quería escuchar cómo me llamaba cuando tenía un mal sueño porque aún seguía necesitando a su hermano mayor.
No quería que me echara de menos durante el resto de su vida y convertirme en un puñetero recuerdo borroso del hermano que le prometió que regresaría, pero que nunca lo hizo.
No podía permitir que se quedara sin familia.
Como una revelación que llama a otra, abrí los ojos.
Joder, los Ignis me habían metido en la cabeza que solo usara el elemento Fuego, pero eso no significaba que no tuviera la innata capacidad de manipular el poder de la Tierra.
Me concentré en las palmas de mis manos sobre el frío suelo y me dejé llevar por mi instinto.
Como un susurro lejano, escuché cómo una voz me llamaba.
Una voz desconocida que cada átomo que me componía reconoció como familiar.
Apreté los dedos entorno a la tierra cuando el dolor que llevaba días sintiendo en la espalda se descontroló de repente.
El suelo debajo de mí se movió.
Volví a repetirme como un mantra que Fayna quería matarme para castigarme por el amor no correspondido que sentía hacia su padre y yo solo quería volver a ver a mi hermano pequeño.
Miré a Aria. Maldita sea, también quería tener una oportunidad con ella.
Ambos pensamientos le abrieron la puerta a un poder antiguo y hambriento que arrasó con todo lo que conocía hasta el momento.
Grité con el suelo temblando bajo mi cuerpo aplastado. La tierra se despertó como si tuviera vida propia y se incendió con el fuego que latía en mis venas. Dos bestias de lava con las fauces abiertas salieron despedidas de ambos lados de mis manos hacia Fayna.
Los animales de lava la arrollaron y su cuerpo voló por los aires, cubierto de quemaduras que la hicieron gritar antes de quedarse inconsciente.
No tuve tiempo de procesar qué demonios había sido eso porque Aria cayó al suelo junto a mí, su cara manchada de tierra y llena de preocupación mientras examinaba mi garganta.
—¿Estás bien? —preguntó ayudándome a incorporarme.
—Ahora mucho mejor. —Esbocé una sonrisilla.
—¿Cómo has hecho eso? Ha sido… impresionante.
Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Se levantó una brisa que enfrió el sudor que bañaba mi frente e hizo que algunos mechones castaños de Aria me acariciaran la clavícula con una suavidad que contrastó con las alarmas sonando a todo volumen en mi interior.
Sentí cómo los músculos se me engarrotaban aún más.
Sabía lo que significaba el crujido que volvió a retumbar en el bosque.
Ya lo habíamos escuchado antes, solo que esta vez no anunciaba nada bueno.
Apartándose el pelo de la cara, Aria se giró a la vez que mis ojos saltaban de ella hacia nuestra última oportunidad de salir del Atharav con vida.
—¡Las puertas! ¡Se están cerrando! —El tono urgente de Zoey se mezcló con el chirrido del cierre, que cayó sobre nosotros como el silencio de un cementerio.
Hasta ese momento se había mantenido alejada de la pelea, retenida por dos guardias del rey que habían terminado con la cabeza destrozada por los dientes de un Solitario.
La mayoría de nosotros se encontraba un pelín ocupado tratando de salvarse el pellejo, pero Zoey tenía toda su atención puesta en las Puertas Umbra.
Por la velocidad con la que se movían, calculé que disponíamos de unos minutos.
Aria me ayudó a ponerme en pie y comenzamos a correr hacia la Incierta.
El Solitario que había logrado retener el Alfa había partido las raíces que lo sujetaban, se había escapado y ahora se dirigía hacia ella.
Sus pasos retumbaron y se hundieron en la tierra a la par que levantaba su enorme brazo para rajarle la espalda con las garras.
—¡Zoey! —exclamé a sabiendas de que no llegaríamos a tiempo.
Localicé a su hermano entre el gentío. Jared luchaba muy concentrado contra tres guardias Ignis que blandían sus espadas con tanta destreza que no podía hacer otra cosa salvo defenderse con su poder.
Eso significaba que tampoco podríamos contar con su ayuda.
A mi lado, Aria invocó una bola de fuego, pero estaba tan agotada que, aunque acertó a darle en el hombro derecho, tenía poca fuerza y apenas lo movió un par de centímetros del sitio.
La miré con la intención de conectar nuestra magia elemental para alimentar su poder, pero alguien se nos adelantó.
Una sombra se movió a toda velocidad y tiró a Zoey al suelo a tiempo de que el Solitario fallara y diera un traspiés por el impulso que había reunido para atacarla.
Entrecerré los ojos para ver a través de la oscuridad.
Ese pelo tan oscuro y esos ojos astutos solo podían pertenecer a Beatrice.
La última persona que habría esperado que quisiera salvarla.
Sin embargo, el Solitario se recompuso rápido y agarró a cada una por un tobillo.
La sangre chorreaba por las profundas heridas que sus garras provocaban al rasgar la piel.
Ninguna de las dos pudo usar su poder, tal y como me había ocurrido a mí con Fayna, el dolor se lo impedía. Lo cual era una tremenda putada.