A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 39 #2
97%

Capítulo 39 #2

—Tenemos que dividirnos —ordené con gravedad, centrado en analizar cuál sería la mejor estrategia para que todos consiguiéramos salir de allí con vida—.

Beatrice, Aria, vosotras intentad llamar la atención de dos Solitarios y atraedlos hacia un lateral.

Reducidlos cómo podáis. —Me giré hacia Connor y Jared—.

Y vosotros dos. Por una vez poneos de acuerdo en algo y derribad a los otros tres para llegar hasta Zoey mientras yo me encargo de la psicópata de Fayna.

Todos asintieron, visiblemente nerviosos.

—¿Y los Indómitos? —preguntó Jared con una ceja alzada.

—Se encargarán del Triturador de Almas y del resto de los guardias. —Di por hecho que les pareció bien porque se reunieron para crear su propia estrategia.

Aproveché para mirar a Eidan, que escuchaba un poco distraído las órdenes de Fayna. Su coleta larga y estirada iba de un lado hacia otro por los bruscos movimientos que hacía al gritarle en la cara.

Me sorprendió que Eidan se atreviera a encararla, pero poco duró la discusión.

El Triturador de Almas se calló y asintió hacia su superior con la cabeza agachada y los puños apretados.

La situación le había pillado tan de sorpresa que no llevaba las lanzas atadas a las muñecas.

No necesitaba sus armas predilectas para ser peligroso.

Dejé de perder el tiempo en observarlos y bajé la vista hacia Aria, que apenas había dejado de mirar a los Solitarios con los ojos abiertos de par en par, cubiertos por una fina capa de humedad.

—Eh —dije con suavidad cogiéndola de la barbilla, y la atraje hacia mí.

Nuestras miradas se encontraron, aunque sentía que no estaba del todo conmigo—.

Nos vemos al otro lado, ¿vale? —le prometí acunando su mejilla, un poco roja aún por las llamas sofocantes que habían estado a punto de quemarla.

Al verla atrapada… un nudo intenso de terror me había atravesado como un relámpago violento y furioso. Aún lo sentía.

Aria se había colado debajo de mi piel. Hacía mucho que lo había aceptado, pero deseaba decírselo aun a riesgo de que la dirección de mis pensamientos y lo que sentía por ella la abrumaran. Nunca había sentido nada igual por nadie.

—Aún tienes que contarme por qué fui como un soplo de aire fresco cuando regresé a Haven Lake —me recordó con una sonrisa temblorosa. Supe que se refería a la conversación que tuvimos cuando nos encontrábamos de camino a la casa de mi abuela para dejar a Eric.

—Lo haré —le aseguré y me acerqué a su oído. Mis labios rozaron su piel y mi voz se volvió más áspera y baja—: Además, cuando salgamos de aquí voy a cumplir cada una de las fantasías que me han atormentado la jodida cabeza desde que te conocí.

Sentí cómo perdía el aliento y la piel de su cuello se erizaba.

—Tú sí que sabes cómo motivar a alguien. —Mis labios se curvaron en una sonrisa y me aparté.

Besé su frente despacio y cerré los ojos inhalando su olor.

Volvimos a mirarnos, esta vez compartiendo una sonrisa cómplice.

Aun así, el nudo de preocupación instalado en mi estómago se quedó ahí.

Sabía que no se iría hasta que me asegurara de que Aria estuviera bien.

Pero no podría hacerlo como me gustaría, por lo que no me quedaba más remedio que confiar en ella.

Sabía que sería capaz de conseguirlo. Era una puñetera superviviente.

No teníamos tiempo para más despedidas.

Un pequeño número de Indómitos permaneció junto a Beatrice y Aria para respaldarlas cuando se enfrentaran a los dos Solitarios y un grupo más numeroso se dividió, enfocado en los guardias a los lados de Fayna y Eidan. Connor y Jared, por supuesto, discutían sobre cómo llegar hasta Zoey.

Los Solitarios completaron su transformación cuando las cuencas de sus ojos se hundieron y rugieron mostrando una hilera de dientes afilados con hilos de saliva de color negro colgando.

—Tenemos que aliviar su sufrimiento. —Aria alzó la voz—. De esa forma quizás podáis comunicaros con ellos invocando el elemento Tierra.

—Lo único que conseguiría aliviar su sufrimiento será matarnos —respondió Beatrice en un tono sombrío.

Entonces se volvieron completamente locos. Salieron despedidos en todas las direcciones, no solo hacia nosotros sino también hacia los guardias Ignis. No distinguían entre unos y otros.

Todos se dividieron según habíamos acordado y yo me quedé muy quieto.

Esperándola.

Fayna esquivó con una velocidad sobrenatural a un Solitario que había lanzado sus enormes brazos hacia su cara.

Cuando el monstruo volvió a atacarla, un guardia corrió hasta ella para ofrecerse como barrera entre la segunda del rey y la bestia.

El torso del hombre de piel oscura acabó atravesado por las garras de la bestia; lo último que hizo antes de morir fue vomitar sangre.

El Solitario, atraído por los lamentos de su compañero, se alejó en dirección a Aria y Beatrice, que luchaban codo con codo con la ayuda de algunos Indómitos contra otra bestia totalmente fuera de control.

Dándole la espalda a las cenizas del compañero que había intentado ayudarla, la hija del rey puso los ojos en blanco y, en cuanto se quedó frente a mí, abrió la mano que sostenía el mango de una daga.

El metal no hizo ningún sonido al caer al suelo.

Yo ya la estaba esperando. De frente. Sentía cómo mi poder me hormigueaba en la sangre.

—Ni siquiera necesito dos dagas para acabar contigo. —Fayna sonrió al aproximarse hacia mí y esquivó con facilidad un zarpazo de otro Solitario que pronto se unió a otros dos que luchaban contra Jared y Connor—. Llevo deseando matarte desde que mi

padre me contó sus planes.

—Qué halagador —dije con fanfarronería—. ¿Te refieres al mismo padre que te ha dejado aquí tirada? —Como respuesta soltó un gruñido—. Ah, sí, sí que te refieres a ese.

—Al menos el mío no me vendió.

—¿Esto se va a convertir en una competición para ver qui é

n tiene al mejor padre del año?

—No, se va a convertir en algo mucho más divertido. —Esbozó una sonrisa muy poco humana en la que mostró sus dientes torcidos.

Durante los entrenamientos había sido testigo de más de uno de sus combates y siempre llegaba a la misma conclusión: si pestañeabas, era muy probable que terminara rompiéndote los dientes contra el suelo empedrado.

Mientras que ella a los ocho años blandía dagas, yo jugaba con mis amigos al fútbol.

Así que tendría que tirar de mi ingenio y usar la única ventaja que tenía sobre ella: mis poderes.

Desenfundé la daga que ocultaba mi traje de baile y la alcé contra ella; mi traje de terciopelo bordado era demasiado elegante para el juego sucio y sangriento que estaba a segundos de comenzar.

Fayna me miró con un hambre visceral que aseguraba sufrimiento, pero no retrocedí.

Me mantuve anclado en el sitio y entonces atacó.

Se acercó con pequeños saltos hasta que arremetió con la primera estocada.

Cogí impulso y me aparté con los hombros hacia un lado de la limpia trayectoria de la punta de su espada.

Directa a mi cuello. Por el rabillo del ojo me deslumbró el brillo del acero, a tan solo unos centímetros de mi cara.

En ese intervalo fugaz supe que me costaría mucho rascar segundos para concentrarme en el miedo mezclado con la determinación que fluía por mi sangre e invocar mi magia.

Volví a esquivar su segundo intento de rajarme la garganta, esta vez retrocediendo.

Blandía la daga con tanta rapidez que no me daría tiempo a esquivar un tercer golpe así que alcé la mía para frenar su ataque.

El sonido del impacto del acero contra el acero vibró en el aire.

Fayna se agachó un poco y dio una vuelta sobre sí misma para coger aún más velocidad y apuntar hacia mi corazón.

Nuestras dagas chocaron de nuevo, esta vez hice un movimiento descendiente para intentar arrancársela de la mano, pero no pude.

Apreté los dientes. Joder. Tenía mucha fuerza.

Ambos agachados, nos miramos durante unos instantes en los que recobramos el aliento.

Nos alzamos de nuevo y Fayna giró arqueando el brazo para bajar con fuerza contra el mío.

Flexioné las rodillas para soportar el impacto y sentí una descarga de dolor atravesando mis músculos por el esfuerzo.

Una nota de pánico hizo sonar mis alertas.

No podría aguantar este ritmo mucho más.

Empujé mi daga contra la suya y me arriesgué a perder la concentración para invocar mi poder elemental.

Visualicé el fuego. La hoja de Fayna se fundió y quedó partida en dos.

Sonreí con superioridad, pero ella, lejos de sentir que estaba un paso por detrás, me devolvió la sonrisa.

—Igual que no tengo poderes, tampoco necesito armas para matarte. Una chica puede presumir de accesorios, pero la opción de apretar con mis manos tu garganta me parece incluso más agradable…

—¿ ¡

Has oído eso, Beatrice!? —Jared soltó una breve carcajada a lo lejos, tirado en el suelo mientras utilizaba su energía de Incierto para evitar ser aplastado por la pierna enorme de un monstruo—. Esa está peor que tú.

—¡Que te jodan! —le respondió la Guardiana desde el otro extremo.

Casi se me escapa una risa por lo bajo. Aunque se estaban insultando, la tensión que antes había percibido entre ellos parecía haberse evaporado.

Por lo poco que alcancé a ver, las chicas seguían luchando con los dos Solitarios.

La Guardiana extraía el Éter de los discos de fuego que usaban los guardias para acabar con los Indómitos, que a su vez intentaban sobrevivir a duras penas al Triturador de Almas.

Todo era un jodido caos. Ataques sin descanso que cruzaban el claro y lo iluminaban en medio de la oscura y pesada noche que caía sobre el Bosque de las Bestias.