A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Killian

La brutalidad de la escena me impidió apartar la mirada.

Mi mente ni siquiera intentó interpretar el horror que estaba presenciando como una pesadilla.

Eso ya no funcionaba. No aparté la mirada de la transformación de los Kaelis incluso sabiendo que las imágenes se estaban grabando a fuego en mi mente, acompañadas por el hedor a muerte y el sonido desgarrado de sus gritos.

Estaba seguro de que si sobrevivía, invadirían mis pensamientos cuando menos lo esperara y volvería a sentir esa necesidad casi física de cerrar los ojos y sumirlo todo en la oscuridad.

Solo que ya sería demasiado tarde. Ya lo era, pero aun así mantuve los ojos puestos en los Kaelis que segundo a segundo se alejaban de lo poco que quedaba dentro de ellos para finalmente convertirse en Solitarios.

En los monstruos que los Ignis usarían para que les obedecieran sus hijos.

La seda de la túnica del rey, casi tan reluciente como las Puertas Umbra, se arrastró detrás de él mientras se introducía en el bosque muerto.

La tierra seca que se adhería a los bordes sería el único rastro que quedaría de aquella noche en la que asesinó a cinco jóvenes aterrorizados.

Tenía claro que ni siquiera les dedicaría un solo pensamiento.

Ya se habría olvidado de sus rostros, al igual que lo habían hecho sus familias y amigos.

Tal y como me había ocurrido a mí.

Por eso seguí mirándolos.

Marlon y un par de guardias escoltaron al Dios del Fuego para ponerlo a salvo antes de que las bestias perdieran la cordura y sintieran la desesperación propia de no estar en el Helheim.

El hechizo de los grilletes que contenían la magia de los Ignis les impedía morir y los convertía en monstruos.

El último rostro que vio mi madre antes de morir me dedicó una larga mirada que prometía dolor y sufrimiento.

Yo se la devolví, haciéndole saber lo mucho que deseaba su muerte.

Lo odiaba incluso más que al rey, y en algunos momentos en los que echaba de menos a mi madre y me permitía ser un animal, me imaginaba cómo sería clavarle un puñal en el corazón y después presionar hasta el fondo para retorcerlo una y otra vez; ver cómo el oscuro brillo de sus ojos se apagaba mientras sufría y yo le sonreía.

Siempre elegiría a mi hermano antes que a la venganza, pero ¿sabiendo que Eric estaba lejos y protegido?

Aprovecharía cualquier oportunidad que tuviera para acabar con el hijo de la gran puta que había asesinado a mi madre.

Claro que lo haría.

Apoyándome en el calor que me proporcionaba el cuerpo de Aria volví a clavar la vista en los Kaelis.

Algunos giraban sobre sí mismos y tropezaban con las garras que salían de sus pies, rompiéndoles las botas.

Se caían al suelo y clavaban las uñas para arañar con desesperación la tierra.

Buscaban un consuelo que dudaba que llegaran a alcanzar.

Se merecían al menos que alguien recordara la crueldad por la que habían pasado, como si de alguna jodida y extraña manera compartir su trauma les fuera a aliviar.

Las suaves curvas de Aria se pegaron aún más a mi cuerpo y noté cómo la sacudía un temblor. Aquello logró distraerme por un momento y al instante se activó el instinto de protección que siempre despertaba en mí.

—¿Alguien tiene una silla? —preguntó de repente Jared por encima de los lamentos desquiciados que se clavaban muy, muy dentro de mi cabeza—.

Es que me estoy cansando de esperar de pie a que me maten.

—Vino hasta mí echando una rápida ojeada por encima del hombro para comprobar que Beatrice lo siguiera.

Y lo hizo, aunque sin quitarle ojo al Guardián—.

Como no hagamos algo, en menos de dos minutos nos harán trizas.

—Tu optimismo se esfuma siempre que nos acercamos a la muerte, ¿eh? —observó Beatrice poniendo sus ojos en él.

—O siempre que me acerco a ti —resopló Jared.

—Es lo mismo. —Beatrice esbozó una pequeña sonrisa ladeada y luego recuperó su expresión tensa mientras observaba a los Inciertos y taladraba con la mirada a Connor—. Lo más inteligente sería correr para despistarlos y después regresar para cruzar las Puertas Umbra.

—No voy a abandonar a mi hermana —declaró Jared con brusquedad.

—No te estaba sugiriendo que lo hicieras.

Si no estuviéramos hablando de Beatrice, diría que un leve destello de dolor cruzó sus ojos azules. Noté cómo se alzaba un muro de tensión entre ellos por primera vez desde que habían regresado.

Decidí intervenir antes de que se complicaran más las cosas.

—Tenemos que contener a los Solitarios como podamos y cruzar las puertas.

El bosque es un laberinto y somos demasiados, no podemos arriesgamos a que alguien se desoriente o a que las puertas se cierren antes de que regresemos.

—Di un paso hacia atrás al ver cómo uno de los Inciertos se arrancaba mechones de pelo.

Se me revolvieron las tripas. Sus extremidades se partían y se deformaban en ángulos antinaturales para volver a recolocarse con secos crujidos, esta vez mucho más alargadas—.

Oye, vosotros. —Me volví hacia los Indómitos, que seguían a nuestra espalda sin saber muy bien si marcharse o quedarse a ayudarnos.

Al menos algunos de ellos, porque el Alfa me miraba con una expresión muy atenta—.

Un Ignis me contó que se había librado de un Solitario comunicándose con él y dirigiéndolo hacia las puertas con sus poderes de Tierra. La bestia se… suicidó.

—No podemos matarlos. —Aria me agarró del antebrazo y yo le sostuve la mirada por un momento.

—No podemos dejar que nos maten —dije lentamente.

Sabía lo que aquello significaba para ella.

Aria no veía ni a Inciertos ni a bestias, ella solo veía a su amigo Álex.

El sonido húmedo de la carne desgarrándose me erizó el vello de la nuca.

Un Solitario alzó el brazo para mirárselo.

Su piel, de un tono pálido, estaba mudando como si tuviera en su interior una enfermedad que arrasaba con todo rastro de vida.

Se estaba pudriendo por dentro. Algunos de ellos se habían arrancado la ropa y tenían el torso al descubierto, podía ver sus costillas marcadas por el hambre junto con los tatuajes que dejaban claro hacia qué naturaleza se habían inclinado; la mitad del dibujo, con cicatrices, y la que pertenecía a los Kaelis, con tinta.

Analicé la llanura. Teníamos dos barreras que cruzar para llegar hasta las Puertas Umbra.

La primera, la de los Solitarios, y la segunda, la del Dorado, Fayna, Eidan y algunos guardias que no supondrían un problema mayor, pero sí una gran molestia.

Además de nuestros poderes, contábamos con la ayuda de los Indómitos.

De repente, una voz atronadora cortó el aire.

—Pagaréis por el exterminio de mis compañeros —bramó el Dorado apretando los dientes y dirigiéndose únicamente a Jared y Beatrice. Tras una breve pausa, centró la atención en su hija—. Me encargaré personalmente de que ella

también sufra las consecuencias.

No tenía ni idea de a qui é

n se refería, pero debía ser alguien cercano a la Guardiana porque dejó de respirar por un segundo para después resoplar con una rabia que atravesó su mirada azul. El Dorado les lanzó una sonrisa soberbia y desapareció con pasos gráciles y poderosos tras las Puertas Umbra.

Todos compartimos una expresión de incredulidad al ver cómo se marchaba, entonces recordé la regla de que los Dorados no podían intervenir de forma directa en el Atharav ni en el Helheim, al igual que tampoco había podido hacerlo Uriel.

—No podemos comunicarnos con ellos, están en la primera etapa de transformación…

Además, no sabemos cómo actúan en grupo, es la primera vez que ocurre algo semejante.

—El Alfa sacudió la cabeza con pesar. «A la mierda mi plan.

De puta madre»—. Actúan desde la desesperación y el terror desmedido.

No nos escucharán por mucho que les digamos cómo acabar con su sufrimiento.

Por eso el rey se ha marchado. Y nosotros también deberíamos hacerlo.

—Su expresión inquieta e intensa saltaba entre Aria y yo, pero di por hecho que se refería al grupo—.

Podéis venir con nosotros a nuestro refugio, allí os protegeremos.

—No podemos. Esta es la única oportunidad que tendremos de salir de aquí —respondió rápidamente Aria y después echó una mirada furtiva a los Inciertos. Su rostro reflejó el miedo que sus palabras intentaban ocultar.

—Y si Zoey y yo nos convertimos en Kaelis, moriremos al quedarnos atrapados aquí o terminaremos transformándonos en Solitarios si nos atrapan —añadió Jared con la mandíbula apretada al ver a su hermana en la otra punta del claro.

Estaba justo detrás de los cinco Solitarios, cuyas sombras seguían creciendo, casi habían superado los dos metros.

A su lado, el rostro afilado de Fayna se acentuó mientras clavaba sus ojos de desquiciada en mí y se crujía los nudillos.

Sabía lo que me esperaba en cuanto los Solitarios hicieran su primer movimiento.

Al ordenarle que se asegurara de nuestra muerte, el Dios del Fuego se había arriesgado a que le ocurriera algo malo a su verdadera hija.

O la quería una mierda, o confiaba demasiado en sus habilidades. Puede que ambas cosas.

Los Indómitos entendieron que no teníamos más opciones.

Cruzaríamos esa puñetera puerta pasara lo que pasara.

Giré la cabeza hacia ellos con el impulso de preguntarles cuál era su verdadera historia con el rey, qué los había llevado a rebelarse contra él.

Pero no sería hoy la noche en la que lo descubriera. Tal vez nunca lo haría.