A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 38 #3
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Capítulo 38 #3

El rey se movía a merced de su avaricia, sus ansias de poder y un ego tan grande que siempre terminaba contándonos sus planes para que supiéramos lo grandioso e inteligente que era.

Entonces, ¿por qué cederle el prestigio de controlar la llave a alguien que no era de su propia sangre?

Además, también se estaba arriesgando a que yo no fuera lo suficientemente fuerte para obligar a Aria a que rompiera la maldición que tanto atormentaba a su querido

pueblo.

En realidad, ¿por qué no hacer el trabajo él mismo?

Si era cierto lo que estaba pensando…

El bosque se quedó en silencio y un segundo después se oyó un rugido similar al de un trueno atravesando el cielo. Los oídos me pitaban, y no sabía a qué cojones se debía, pero algo dentro de mí sabía que estaba cerca de descubrir algo que podría cambiarlo todo.

Algo que podría volver a destruir los endebles pilares que mantenían nuestra realidad.

—Necesitamos volver a pensar en los Vestigios —siseé hacia Aria, que fue juntando sus cejas conforme di voz a los pensamientos que cruzaban mi mente a una velocidad brutal—.

¿Y si la historia está mal contada? No tiene sentido que la desaparición de una corona que contiene solo las migajas del poder de un rey comience a pudrir un mundo y a darle vida a otro.

Pero y si… —El corazón me iba a toda velocidad mientras podía ver cómo los engranajes de Aria funcionaban bajo presión.

Su rostro pensativo enseguida mudó a uno de incredulidad.

El tiempo se detuvo cuando habló, su voz mucho más ronca que antes.

—Los Vestigios Originales no contienen las migajas de poder que quedaron en la Tierra después de que el Gran Hacedor expulsara a los cuatro Dioses. Contienen toda

su magia. —Sus ojos dejaron de mirarme para clavarse directamente en los del Dios del Fuego. Elevó la voz aún más—. Por eso la Tierra está secándose y el Atharav está volviendo a la vida. Porque robaste el Vestigio Original del Agua.

La tensión que me apretaba el estómago se disparó y sentí cómo la energía me recorría al intentar procesar lo que conllevaba aquella revelación.

Si es que estábamos en lo cierto, claro.

Me costó volver a conectar con la realidad, inmerso en mi propia sorpresa.

Apenas capté las reacciones del resto, pero dirigí la vista hacia los Ignis más cercanos al rey para comprobar que eran los únicos que se mostraban impasibles.

Eidan, tan transparente como siempre, sí que tenía las cejas elevadas hasta el cielo y miraba al Dios del Fuego en busca de una explicación.

La máscara imperturbable de Fayna se cayó y por un instante se mostró visiblemente nerviosa… Casi impaciente.

El silencio tenso se prolongó tanto que volví a mirar al rey, esta vez con ojos nuevos.

El traje ostentoso junto con las joyas que siempre colgaban de su cuello estirado y hacían brillar sus manos de porcelana eran un disfraz.

Un papel que debía interpretar para que nadie descubriera que cualquier Ignis del servicio que le traía el desayuno cada puta mañana era más poderoso que él.

La corona que siempre llevaba en la cabeza era tan falsa como la supuesta inagotable fuente de energía que poseía en su interior.

Por fin reaccionó ante las palabras que se habían quedado flotando entre todos nosotros.

Sonrió otra vez

, de forma lenta y comedida.

—¿Desde cuándo se necesita magia para gobernar un reino?

Yo ya tengo un poder inalcanzable, me lo dan los Ignis cada vez que me entregan gustosamente sus decisiones y su futuro —dijo—.

Al final comprendí que no necesito mi magia para ser un buen rey, pero después de los últimos atentados y del incordio que suponen los Indómitos para el Atharav…

no me vendría mal recuperarla. —Por la confianza con la que habló juraría que ya había encontrado una solución para ese problemilla.

—¿Y por qué no cogiste tu Vestigio Original desde un principio? —preguntó Aria.

—Porque el Gran Hacedor nos engañó para que los diéramos por perdidos —contestó apretando los dientes—.

Pero cuando percibí en las Cuevas Cushendun la magia del Vestigio Original del Agua lo sospeché.

Estas semanas os he tenido como plan de contingencia, pero lo que de verdad estaba comprobando era si el poder de la corona funcionaba aquí.

Ha vuelto la lluvia y ha nacido la primera flor en siglos.

Cuando consiga los cuatro Vestigios Originales convertiré el Atharav en la nueva Tierra.

Y ya no tendremos que luchar en más Anuales. Ya no hará falta.

Me atraganté con mi propia estupefacción. Si la Tierra ya se estaba secando sin el Vestigio Original del Agua… ¿Qué clase de catástrofes naturales ocurrirían si robaba el resto de las coronas?

—El día del desfile… por eso no sufriste ni un solo rasguño durante la explosión. No fue gracias a tu fuente inagotable de poder, sino a la protección que te dio la corona. —Aria lo miró con una mezcla de sorpresa y comprensión.

—Fue un momento muy oportuno para sacarla a pasear —respondió con el asomo de una sonrisa burlona, pero pude distinguir cómo la sombra del recuerdo de aquella tarde le oscurecía la mirada.

Notó cómo lo inspeccionaba de arriba abajo—.

Oh, no te molestes en buscarla. Ahora que he comprobado que mi plan es viable está a muy buen recaudo.

Joder, por unos segundos nos habíamos creído los vencedores del juego cuando ni siquiera conocíamos sus reglas.

¿Este era el secreto al que se refería la Dios

a de la Tierra? «Nos ha robado y ahora somos todo, pero nada».

Los Dioses eran «todo» porque seguían favoreciéndose de su título, pero al mismo tiempo estaban exentos de poder.

¿Qué haría el Atharav si llegara a enterarse?

¿Lo sabían los Indómitos? Y si era así, ¿por qué no lo habían gritado a los cuatro vientos?

—¿Y por qué queréis deshaceros de la única oportunidad real que tenéis de regresar a la Tierra? —planteé—. ¿Y si no conseguís recuperar todas las coronas?

—Si mato a la llave, los Kaelis nunca conseguirán romper la maldición, pero si permito que viva… esa esperanza seguiría latiendo para ellos. Y como comprenderéis… —Se rio entre dientes encogiéndose de hombros—. No puedo permitirlo.

—¿Cómo es posible que los Guardianes no conozcan este secreto? —musitó Beatrice.

—¿Qué vamos a hacer? —Aria me cogió del antebrazo, su mano temblaba.

Mi mente iba a toda leche intentando buscar una escapatoria, pero para cruzar las Puertas Umbra tendríamos que pasar a través de ellos. Y aunque el rey no tenía poderes, seguíamos teniendo a un puto Dorado enfrente de nosotros.

—Deberíais estar inclinándoos por su genialidad —masculló la segunda del rey alzando las comisuras de sus labios con orgullo.

Fayna.

«Me llevaron al castillo y allí conocí a Fayna», nos había contado Eidan en el mercado.

«No necesito malgastar ni una sola gota de mi poder para matar».

«Yo también estaría fresco como una rosa si solo hubiera pegado chillidos en vez de usar mis poderes», le había dicho a Fayna cuando la lluvia había arrasado Ígnea.

«¿Qué orgullo debe tener para

ni siquiera molestarse en usar la magia para luchar?».

«Así ahorra energía y aguanta más. En las Guerras Anuales también lo hace y es impresionante», me había respondido el Triturador de Almas.

Las sienes me palpitaban. Las piezas incompletas volvieron a encajar. Ahora me cuadraba que me odiara tanto.

«Joder, estoy ocupando su lugar».

—Fayna es tu verdadera hija.

De repente, me parecía demasiado evidente.

Por eso se había mostrado impaciente cuando habíamos comenzado a atar cabos y a indagar en los secretos que ocultaba el rey.

En el fondo ansiaba tanto el reconocimiento de su padre como el del resto.

Había vivido toda su existencia en la sombra y de repente había llegado alguien que le había robado su lugar. Yo se lo regalaría encantado.

—Detalles sin importancia —chistó el rey tras una pequeña pausa.

No se detuvo demasiado en ello, ni siquiera se giró para mirar a su hija.

El pecho de Fayna se había deshinchado completamente y el brillo de sus ojos se había esfumado tan rápido como había aparecido—.

Cuando le robé la carta de Antheia a Egan —dijo, y Aria dio un paso atrás ante la mención de sus padres.

La cogí de la mano y de un suave tirón la acerqué a mi cuerpo, sin poder hacer otra cosa para protegerla de su dolor—, intenté tener un hijo para ver si mis poderes de algún modo volvían a surgir en él, pero no lo conseguí.

Así que utilicé a uno de los Ignis más poderosos para que me prestara al suyo.

Un Ignis poderoso que pudiera soportar el hechizo de unión con la llave que en teoría rompería la maldición.

Mi verdadero padre. Estaba hablando de él.

—Dime quién es —exigí, y sentí cómo la mano suave de Aria apretaba la mía.

Al instante me arrepentí. Era imbécil, joder.

«¿Para qué quiero saber siquiera el nombre del cabrón que me vendió y que engañó a mi madre?».

El rey tardó un poco en responder.

—Interesante… —murmuró, y comenzó a reírse por lo bajo. Estaba completamente desquiciado en su afán por salvar al reino, eso es lo que ocurría—. Permíteme que me tome la libertad de guardarme ese secreto. Me place pensar que vas a morir sin saberlo. Y ahora… Ya me he cansado de tanto hablar.

—¿En serio? Porque yo podría pasarme horas así, charlando tranquilamente, mientras sigo vivo

—protestó Jared con la voz un poco aguda por el miedo ante lo que nos esperaba.

Algo cambió en el aire y nos echó hacia atrás.

La mano de Aria perdió toda su fuerza en cuanto varios Inciertos aparecieron entre los árboles y se colocaron frente al Dios del Fuego y sus secuaces.

Eidan se mostró aún más atónito y descolocado, si es que era posible, mientras miraba con absoluto horror la ropa desvaída de los jóvenes, que mostraban evidentes signos de maltrato y falta de comida.

—Ha llegado el momento de que os pongáis los grilletes, mis queridos Inciertos Kaelis, y os transforméis en lo que sois por naturaleza: monstruos.