A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

—¿No te suena? La que habla sobre las estrellas que protegen los sueños —insistí.

Por sus rasgos duros no cruzó ningún destello de emoción ni de reconocimiento.

—Resulta vergonzoso que alguien como él sea tu hijo —se mofó Fayna y él giró la cabeza para lanzarle una mirada de advertencia tan severa que la silenció de inmediato.

Mi corazón latió sin control alguno mientras me atreví a darle voz a la verdad.

—Es que no lo soy —dije con voz queda, pero lo suficientemente alto como para que todos lo oyeran—. No soy tu hijo.

Aquella revelación cayó como una bomba sobre la tensión que se estiraba entre ambos bandos. Aria se quedó rígida a mi lado al tiempo que una exclamación ahogada flotaba en la llanura, incluso los Indómitos se quedaron igual de paralizados por la sorpresa.

—Por el Gran Hacedor —musitó el Guardián.

—La hostia —reaccionó Jared.

La cabeza me daba vueltas a la espera de que el rey me sacara de mi error, pero mantuvo la compostura durante aquel breve momento y se cruzó de brazos.

Sonrió lentamente. Joder. Estaba en lo cierto.

El Dios del Fuego me había manipulado haciéndome creer que era mi padre.

Ahora entendía por qué mis poderes no se habían desarrollado, porque era un Ignis normal y corriente.

—Has resultado ser más listo de lo que pensaba —me concedió el rey como si fuera un puto cumplido—. De todos modos, conocer esa insignificante verdad no cambiará vuestro destino.

—Quizás no, pero al menos moriré en paz sabiendo que no comparto tu sangre —escupí, y su sonrisa de superioridad titubeó en sus labios.

—¿Cómo puedes ser capaz de alegrarte por eso? —Fayna intervino dando un paso al frente, completamente rabiosa, los puños apretados en torno a dos dagas cuyo filo brillaba por el resplandor que seguían emitiendo las Puertas Umbra.

El Dios del Fuego volvió a dirigirle una mirada mordaz que me puso alerta.

—Vais a morir esta noche junto con ese secreto —sentenció.

—Eso no es lo que va a ocurrir. —El Indómito Alfa habló por primera vez desde que llegamos a las Puertas Umbra; su enorme figura se abrió paso y se colocó entre nosotros.

Las garras que simulaban las de los dragones emergieron de sus guanteletes.

Su voz era muy grave, pero estaba lejos de transmitir frialdad—.

¿Y sabes por qué? Porque, aunque seas un Dios, nunca tienes lo que hay que tener para ir de frente.

Siempre huyes y le dejas el trabajo sucio a tus marionetas.

Fue la primera vez que sentí que la actitud confiada y gélida del rey se venía abajo.

Profirió un gruñido de rabia tan visceral que se perdió entre la vegetación muerta del bosque.

El líder de los rebeldes tenía razón. Según teníamos entendido, el rey nunca iba a las Anuales, salvo aquella en la que Nora estuvo a punto de romper la maldición; había aparecido en las Cuevas Cushendun justo cuando nos tenían reducidos y en la fiesta de las flores, tal y como me contó Aria, se marchó de los primeros para ponerse a salvo. Era un cobarde.

Y ese era un punto débil al que podríamos aferrarnos.

Sin embargo, había algo que me cuadraba aún menos de él: ¿para qué fingir que yo era su hijo?

¿Por qué no crear un semidiós que de verdad tuviera sus poderes y así poder tener más control sobre Aria?

Estaba seguro de que la respuesta estaba relacionada con su nuevo plan para liberar al Atharav.

Un plan que no nos incluía ni a Aria ni a mí.

—Una cosita. —Jared levantó la mano para captar la atención de todos y una vez la obtuvo se giró hacia nosotros—. Ya que estamos en ese momento crucial en el que las revelaciones salen a la luz… Beatrice y yo hemos descubierto que el mundo se está pudriendo con una sequía de la leche.

Abrí los ojos de par en par. Nos quedamos de piedra.

Nos venían hostias por todos los lados y no teníamos ni idea de por dónde empezar.

—¿Por qué no lo has dicho antes? —le recriminó Connor.

—Tal vez porque estaba un poco ocupado pensando en lo imbécil que eres.

Les lancé una mirada que dejó claro que no era momento de hacer el gilipollas.

—El mundo se pudre y en el Atharav empieza a haber vida —murmuró Aria.

Tenía razón. Justo cuando aquí empezaba a llover, un hecho insólito, en la Tierra se estaba produciendo una sequía repentina y antinatural—.

Supuestamente mis poderes como Kaelis han atraído la lluvia hasta aquí, pero la Tierra estaba en equilibrio antes de que yo naciera, así que no tiene sentido que mi marcha haya provocado que el agua esté evaporándose.

El brillo determinado que iluminaba el verde de sus ojos siempre que hilaba cosas y buscaba verdades ocultas había regresado después de semanas.

En medio de la confusión, la tensión y el caos sentí cómo el pecho se me hinchaba por el orgullo y el alivio de ver que poco a poco volvía a ser ella misma.

—Lo único que podría haber desaparecido relacionado con los Kaelis es… —divagué.

—El Vestigio Original del Agua —terminó por mí y nos miramos prácticamente sin respirar.

—Pero eso no es posible, si hubiera desaparecido, los Guardianes lo estarían buscando. —Beatrice se unió a la conversación—. Además, ¿para qué se lo iban a llevar si prácticamente no tiene magia?

El rey parecía estar pasándoselo en grande viendo c ó

mo dábamos bandazos de un lado para otro hasta poco a poco llegar a la verdad.

Su mirada calculadora centelleó y, sin previo aviso, alzó la mano haciendo un gesto de invitación.

Un escalofrío me recorrió de arriba abajo al percibir en cada poro de mi piel cómo un poder antiguo se colaba en el Atharav con la fuerza de una tormenta.

La atmósfera se cargó de una energía densa y tan pastosa que dificultó la entrada de oxígeno a mis pulmones.

Era una sensación muy molesta e intensa, similar a cuando el aire se carga de humo.

Imposible de ignorar.

Tras unos segundos, el brillo de las Puertas Umbra se intensificó. Una figura corpulenta con una capa dorada cruzó por el umbral; los ojos azul oscuro y el pelo canoso. En apariencia era de la misma edad que el rey y su rostro estaba igual de cincelado a la perfección.

Por el rabillo del ojo percibí un movimiento y desvié la mirada para confirmar que eran Jared y Beatrice. Se habían quedado completamente pálidos.

—¿Quién es? —preguntó Aria.

Se hizo un silencio sepulcral.

—Mi padre —contestó la Guardiana casi sin aliento antes de que Jared pudiera hablar. Por el gesto del Incierto, le sorprendió que revelara aquel secreto como si nada.

Y debía ser un secreto, porque entre unas cosas y otras a Connor estaba a punto de darle algo.

Y más cuando Zoey, con un gesto de absoluto terror, se echó a un lado para que el Dorado pudiera ocupar su lugar al lado del rey.

—Ha llegado la hora de que sepáis qué le espera a vuestro querido hogar, aquel que Antheia puso por encima de su propio pueblo.

—La mirada del Dios del Fuego se volvió aún más oscura, incluso sádica—.

¿Qué tienen los humanos para merecer semejante paraíso mientras que nosotros tenemos que perecer en este reino de muerte y oscuridad?

—Su voz resonó a través de los árboles, apasionada y determinada.

—Nos cuentas tu plan malévolo para buscar nuestra validación y de ese modo reforzar la idea de que eres inteligente —intervino Jared moviendo la cabeza hacia los lados y frunciendo los labios—.

Eso es porque tienes baja la autoestima.

Jamás te recomendaría a mi psicóloga porque le tengo cariño y me gustaría que siguiera con vida, pero te animo a que busques ayuda.

Es verdad que tienes que pagar, pero a la larga sale más barato que destrozar innumerables vidas.

¿En qué momento le había parecido buena idea soltar aquello?

—Nunca aprenderás a callarte —le dijo Beatrice pellizcándose el puente de la nariz y representándonos a todos salvo al rey, que lo miraba como si no hubiera entendido nada, pero aun así estuviera a segundos de aplastarlo.

Joder, cómo había echado de menos a ese idiota.

—Es un consejo que no me has pedido, lo pillo —Jared se retrajo.

—Os presento al Dorado que gobernará el Abismo en el futuro —anunció el Dios ignorando abiertamente a Jared—.

No seáis demasiado duros con la Incierta, si no os hubiera delatado ella habría terminado descubriendo vuestro plan gracias a mi buen amigo.

—Giró la cabeza y con la barbilla señaló al padre de Beatrice—.

Cuando contactó conmigo y me contó que tenía sospechas de que habían robado Éter del sauce para cruzar las Puertas Umbra…

Predije que alguien os estaba ayudando y que vuestro compromiso y buen comportamiento no eran más que una farsa para que bajara la guardia. Pero debéis comprender que yo nunca

bajo la guardia —siseó—. No podéis engañarme. No podréis hacerlo nunca.

Habíamos hecho bien en no avisar a los Guardianes de lo que estaba ocurriendo.

En las Cuevas Cushendun el rey había dejado caer que tenía a alguien trabajando para él en el Abismo.

Así habían conseguido los anillos para acumular el Éter año tras año y poder viajar a la Tierra para encontrar a Nora.

Ahora ya sabíamos a quién se refería. El padre de Beatrice les había proporcionado la piedra con la que construían los anillos y que, según habíamos descubierto, también usaban para contener la magia del elemento Fuego y bloquear los elementos de los Inciertos que terminaban transformándose en Kaelis y convertirlos así en Solitarios.

Cortados prácticamente por el mismo patrón, el Dorado nos observaba con un gesto serio, incluso con rabia, y el rey, con una leve sonrisa curvando su boca.

Hubo algo en esa unión que me resultó desconcertante.

Mis sentidos percibían del Dorado ondas intensas de poder que me hacían querer apartar la mirada. Sin embargo, del Dios del Fuego…

Una pregunta que jamás creí posible se formuló en mi cabeza.