Capítulo 38
Killian
En mis manos se encontraba el sobre arrugado que Nora me entregó antes de morir.
Su tacto era frío y rugoso, pesado, lo que resultaba extraño teniendo en cuenta la ligereza del papel sobre mi piel.
Todo lo que me rodeaba quedó relegado a un segundo plano mientras lo miraba atentamente con el corazón latiéndome con fuerza ante la expectativa de lo que podría haber ahí dentro.
Quizás era una despedida, la explicación de todas las preguntas que había dejado al marcharse u otra puta bomba que nos arrasaría.
Con Nora, me inclinaba más por la tercera opción.
Me había pasado semanas buscándolo como un loco, comiéndome la cabeza y sintiéndome como el culo por haberlo perdido.
No quería imaginar en qué manos podría haber caído.
Desvié mis ojos hasta Zoey, que ahora se situaba al lado del Dios del Fuego.
Nos pedía perdón con la mirada. Su cuerpo menudo en comparación con el del rey estaba encogido por la culpabilidad.
Después de habernos traicionado a todos se merecía sentirse así.
Había pisoteado la única esperanza que nos quedaba de salir de este puto infierno.
Ya no volvería a ver a Eric, tampoco podría abrazarlo o escuchar cómo me contaba emocionado las nuevas aventuras que había vivido ese día en el colegio.
Aria tampoco podría salvar a Álex ni perdonar tanto a su madre como a sí misma.
Porque ¿acaso teníamos una mísera posibilidad de sobrevivir ante un puñetero Dios, su segunda despiadada y el Triturador de Almas
? Apreté tanto la mandíbula que me hice daño.
Entonces recordé cómo Zoey había amenazado con matar al rey la primera vez que lo había visto en las mazmorras, atada junto a Connor en condiciones deplorables. Cómo habían cambiado las cosas.
«El rey quiere que entrene con vosotros, supongo que para tenernos a todos vigilados», nos había dicho cuando se había unido a nuestros entrenamientos.
Ahora me cuadraba más que el Dios del Fuego le hubiera dado un trato distinto respecto al resto de Inciertos secuestrados.
Quería que nos vigilara de cerca, al igual que en el baile al que había permitido que asistiera.
Y lo nerviosa y pálida que estaba siempre…
Había asumido que se debía a la muerte de su hermano, pero quizás el motivo de su inquietud era que horas más tarde cruzaría el despacho del rey para largárselo todo.
Joder.
Obligué a mi mente a regresar al Bosque de las Bestias.
Nuestros nuevos aliados nos cubrían las espaldas.
Unidos a la causa por el odio y por motivaciones que aún desconocía, los Indómitos susurraban al rey promesas de muerte bajo sus máscaras de dragón, unas que me trasladaron automáticamente a la sala del tesoro, donde el rey guardaba las majestuosas alas de un dragón.
Me pregunté si serían algo más que un símbolo del poder que tenía sobre los rebeldes.
Frente a ellos, a varios metros de distancia y tapando las Puertas Umbra, se situaban el rey junto a Fayna, Marlon y Eidan, que no había abierto la boca desde que cruzamos la muralla del castillo.
Y a la izquierda del Dios del Fuego estaba… Zoey.
Me hervía la sangre al pensar que no le habían importado lo suficiente las consecuencias que sufriríamos tras su traición, las que sufrirían nuestras familias.
Desde que mis amigos se olvidaron de mí me convencí de que no necesitaba a nadie; tenía a Eric y eso era suficiente.
Pero ver cómo el pesado e intenso de Jared atravesaba las Puertas Umbra me había alegrado más de lo que nunca hubiera imaginado.
Ese descubrimiento, ligado a sentir que Zoey nos había apuñalado por la espalda…
Me había hecho darme cuenta de que sí quería tener a mi alrededor a personas de confianza con las que poder bromear, pelearme y compartir la mierda en la que estábamos metidos.
Zoey también acababa de destrozar todo eso.
El dolor de perder a un hermano tenía que volverte loco, y no era tan capullo, podía entenderla.
Pero en esos momentos no me salía de los huevos.
Podría habernos contado que el rey la estaba chantajeando.
Podríamos haber encontrado una puñetera solución todos juntos.
Pero no. Ahora nos iríamos todos al fondo del pozo.
Miré a Jared, que aún me costaba asimilar que siguiera vivo, y percibí en sus ojos, como nunca lo había hecho, cabreo, decepción y tristeza.
Beatrice, por primera vez en minutos, rompió el contacto visual con Connor y miró a Jared, su gesto de rencor se suavizó y se transformó en uno más…
amable. ¿Qué coño había pasado entre esos dos?
La Beatrice que recordaba era despiadada y venenosa como la más letal de las serpientes, lo único que le importaba era Connor y escapar a la Tierra. Ahora, desde fuera, parecía que ambas cosas habían cambiado. ¿Los motivos? No estaba seguro de que fuéramos a vivir lo suficiente para conocerlos.
Trasladé mi atención hacia Connor, que no apartaba los ojos de Zoey con una expresión contraída por la preocupación y el desconcierto.
Él tampoco tenía ni idea de que el rey la estaba chantajeando; de haberlo sabido, su vena moral y justiciera habría tratado de disuadirla.
Y por eso mismo Zoey tampoco se lo había contado.
—¿Por qué lo has hecho? —La pregunta de Jared rompió el débil murmullo de la noche.
Su hermana se vino aún más abajo, pero se quedó callada, aplastada por la vergüenza.
—Vamos, al menos les debes una explicación de cómo te has dejado manipular por mí. Fue tan fácil que resultó hasta ridículo. —Se burló el rey con una sonrisa man í
aca en el rostro.
La mayoría dimos un paso amenazante hacia él, lo que hizo que su gesto de satisfacción se intensificara. Pese a lo que Zoey había hecho, ninguno de nosotros la dejaría en manos de ese monstruo. Ya tendríamos tiempo de hablar las cosas si por algún milagro conseguíamos salir del Atharav con vida.
—Yo… Yo no quería hacerlo —nos aseguró ella con la voz rota—.
Le conté todos vuestros movimientos porque no estabais haciendo nada que os pusiera en peligro, pero cuando me hablasteis del plan me callé.
Logré liberar a los Inciertos, pero… —Se limpió las lágrimas de los ojos con rabia—.
A la hora de la verdad no fui capaz de hacerlo, no con la mínima posibilidad de que Jared siguiera vivo.
—Bajó la mirada hacia sus botas—. Lo siento.
Mi ira se aplacó un poco. Y me dije a mí mismo que el culpable de todo esto seguía siendo el hijo de puta que nos miraba con regocijo y nos impedía regresar a casa. Zoey me había devuelto el sobre de Nora, eso debía significar algo, ¿no?
—Ábrelo. —Aria me dio un pequeño toque en el costado, alternando la vista entre mis manos y los Ignis.
Cogí aire profundamente y saqué el contenido del sobre, aguantando todo el peso de las miradas y de la tensión que espesaba el ambiente.
Incluso el rey se mostró curioso. Extraje dos hojas, una carta larga y antigua que no era el momento de leer y una nota escrita de forma irregular en el reverso de un folleto de un comercio de comida para llevar.
Lo que significaba que lo había escrito de forma improvisada.
Tragué saliva y dejé de respirar mientras la leía.
No estuve segura de quién eras hasta que oí cómo le contabas a Eric la historia que os enseñó desde pequeños vuestra madre.
Aquella de la estrella que guardaba y protegía los sueños, y que todo aquel que quisiera que se cumplieran debía volar hasta ella para liberarlos.
En realidad, era la historia favorita de tu padre.
Parpadeé y entrecerré los ojos, recorriendo de nuevo sus últimas palabras.
Una vez comprobé que lo había leído bien, una oleada de confusión me invadió.
Me quedé pensando en el mensaje mientras de forma automática le pasaba la nota a Aria, que la leyó con el ceño fruncido y quizás un poco decepcionada de que no hubiera nada para ella.
Mucho antes de morir, Nora ya sabía la verdad de mi naturaleza, sus últimas palabras habían sido: «Tú más que nadie deberías saberlo», en referencia a por qué había tenido que esconder a Aria de los Ignis. Entonces, ¿por qué me hablaba de mi padre?
Joder, no entendía nada y sabía que era importante.
Con la frustración acumulada en la boca de mi estómago decidí centrarme en el cuento; el tono apasionado y los ojos soñadores y nostálgicos con los que mi madre lo contaba, como si para ella fuera más que una historia.
Ahora sabía que de verdad era así. Por eso siempre había sido tan especial, porque sentíamos la magia a través de ella.
Nunca me habló de mi padre, pero se había puesto muy nerviosa cuando de pequeño había insistido en saber más y yo…
di por hecho que lo quería, que aún no lo había olvidado.
Si incluso su último cuadro había sido una estrella con alas…
¿Su última huella también estaba relacionada con él?
Levanté la vista, la posé en el Dios del Fuego y me golpearon el rechazo y el asco.
Su rostro carente de emociones, calculador y frío…
Mi madre no se podría haber enamorado de él ni en un millón de años.
Mi cabeza iba a toda velocidad mientras él sentía la intensidad de mi mirada y ladeaba la cabeza con curiosidad hacia mí: el príncipe perdido, el hijo semidiós que no había conseguido grandes logros con sus poderes.
—Padre —hablé con una voz que sentí que no me pertenecía. Por dentro estaba congelado ante una idea que cada vez cogía más forma—. Nunca me hablaste de tu historia favorita.
Al principio se quedó perplejo; la boca entreabierta y las espesas cejas ligeramente fruncidas, pero en seguida reaccionó.
—Esta noche voy a acabar con tu existencia, ¿y te ofendes porque no te contara cuentos por las noches? —respondió con sorna, riéndose entre dientes junto con Marlon.