A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 37 #3
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Capítulo 37 #3

—¿Llevo semanas discutiendo con Beatrice, huyendo de cadáveres malditos que quieren comerme y luchando contra Maestros pasados de rosca, para que la primera persona a la que le vea la cara sea a Connor? —Hizo una pausa dramática—. Hay que joderse.

—Pues yo me alegro mucho

de vérsela —ronroneó Beatrice sonriéndole con complicidad.

Este le devolvió la sonrisa como si compartieran un secreto que el resto de nosotros desconocíamos.

A Jared.

«Jared está vivo».

Y en cuanto posó su vista en nosotros —tanto Killian y yo petrificados por la sorpresa— una sonrisa de genuina alegría le iluminó el rostro.

—¿Y estos dos quiénes son? —preguntó un Indómito dando voz al resto, que nos miraba como si fuéramos una nueva especie creada por el Gran Hacedor.

—No me esperaba que en el Atharav hubiera… —Jared ladeó la cabeza y alzó una ceja—. ¿Gente disfrazada de dragones?

—Emm… Son unos compañeros —le respondió Connor al Indómito, ignorando la pregunta de Jared. Era de las escasas veces que lo había visto sin esa capa de rectitud y serenidad que siempre llevaba consigo—. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? Es… imposible.

—No si tienes esto. —Beatrice extrajo lo que se había guardado en el bolsillo. Alzó hacia donde se encontraba el Guardián una llave dorada que desprendía una luz similar a la de las puertas. No tenía ni idea de lo que era, pero el Guardián se quedó blanco. Más de lo que ya estaba.

—Sí, en efecto. ¿La imagen mental que tienes ahora mismo de Beatrice y yo cubiertos de joyas cantando Look What You Made Me Do

con una copa de vino barato encima de las tumbas de tus queridos Dorados? Es justo lo que pasó. Y sí, fue bastante divertido —añadió Jared con regocijo.

—No te vi reírte demasiado cuando esa Dama Sombría te gritó en la cara —le recordó Beatrice de forma seca, aunque juro que apretó los labios para contener una sonrisa divertida. Se cruzó de brazos, espero que para seguirle el juego a Jared—. Pero sí, justo eso pasó.

Connor apretó los puños, observándolos con una expresión de absoluto horror.

Mi mandíbula iba a llegar hasta el suelo y tenía ganas de gritar por el subidón de ver que Jared había conseguido sobrevivir y que había venido a buscarnos.

A Uriel se le había olvidado mencionar el pequeño detalle de que serían ellos los que abrirían las puertas.

¿Y cómo habían terminado trabajando juntos y no matándose en el proceso con las personalidades tan opuestas que tenían?

Se me acumulaban las preguntas y no teníamos tiempo.

Jared y Beatrice además de, por alguna razón, muy mojados estaban… diferentes.

—Eh, Killian, ¿qué pasa, tío? —Jared se acercó a él y le palmeó la espalda como si se hubieran encontrado en medio de un maldito centro comercial—. ¿Todo bien, Aria?

—Em… ¿Sí? —respondí y luego salí del estado de estupefacción y corrí a darle un abrazo—. Me alegro de que estés vivo —le dije con la voz ahogada por la emoción.

«Dios, cuando se entere Zoey…».

—Y yo de ver que estáis bien —me susurró en el pelo y me apretó con fuerza, en su tono percibí un temblor que me hizo dudar si de verdad estaba tan entero como nos estaba intentando hacer creer—.

¿Dónde está mi hermana? —La buscó con la mirada con urgencia y miedo a distinguirla entre los cuerpos caídos que se retorcían en el suelo en busca de una muerte rápida.

No me dio tiempo a darle explicaciones. Un llanto de pura alegría llegó hasta nosotros.

Zoey, con el rostro rojo por las lágrimas y el vestido amarillo pálido que en teoría iba a lucir en el baile, corrió dejando atrás los árboles que delimitaban la llanura.

No podía ser. Lo había logrado. Zoey había conseguido llegar hasta aquí con el colgante de las sombras.

Miré a Killian con los ojos llenos de alegría.

Podríamos marcharnos a casa todos juntos.

Una sensación amarga se abrió paso en mi interior, contaminándolo todo y creando una bola en mi garganta.

Sí, nos iríamos a casa, pero a costa de condenar a miles de Ignis, a aquellos que nos habían mirado con esperanza, a niños que esperaban crecer en un hogar repleto de colores y de vida.

Abandonábamos a monstruos que querían gobernar la Tierra y hacerla suya, dejando a su paso muerte y devastación, pero también a Ignis buenos que solo querían tener comida para llenar sus estómagos todos los días.

Yo… me sentía muy mal, pero ¿qué otra cosa podíamos hacer?

¿Arriesgarnos a que los Ignis arrasaran con los humanos por creerse superiores?

Era un precio demasiado elevado que ninguno de nosotros estaba dispuesto a pagar.

Killian se acercó hasta mí, probablemente consciente de la oleada de culpa que me había invadido, y me rodeó el hombro con un brazo, pegándome a su duro cuerpo.

Presenciamos juntos el reencuentro entre los mellizos mientras que Beatrice pasaba olímpicamente del interrogatorio de Connor a una distancia prudencial.

Quería preguntarle a Zoey por los Inciertos y si había conseguido liberarlos, pero me mordí la lengua para respetar el momento tan bonito que estaban compartiendo. Me di cuenta de que Killian los miraba con una sombra triste en los ojos.

—Pronto compartirás el mismo abrazo con Eric —le susurré y él me miró sorprendido. Me apretó la mano y me dio un beso en la sien.

—¿Qué te ha ocurrido? —le preguntó Zoey a su hermano mientras examinaba asustada su rostro magullado.

—Le dije que me pegara. —Señaló a Beatrice con un leve movimiento de cabeza y la Guardiana suspiró casi con nostalgia. Al percibir nuestra confusión esbozó una sonrisa tranquilizadora—. Pero estoy bien, chicos. Formaba parte de una misión.

Claro, como si eso lo explicara todo.

—Él me lo dijo, que estarías vivo… —sollozó Zoey volviendo a abrazarlo con intensidad.

—¿Quién? —Jared se separó de ella y acunó su cara con las manos.

—La persona que te ha traído hasta aquí —consiguió decir pese al llanto. Jared arrugó la frente y miró a su lado, donde se encontraba la Guardiana, dividida entre presenciar el reencuentro emotivo y mandar a la tumba a Connor con la mirada.

—¿Beatrice se comunicó contigo?

—No… Ella no… —entonces abrió los ojos de par en par y su cuerpo se quedó rígido entre los brazos de su hermano. Parecía conmocionada, lo que hizo que mis alarmas se dispararan. Y mayor fue mi confusión al ver cómo desviaba la vista hasta Killian—. Perdonadme.

Las lágrimas caían como chorretones de sus mejillas mientras se separaba de Jared y se acercaba a Killian para entregarle un sobre arrugado.

«¿Qué será eso?»

. Entonces caí.

Se ajustaba a la perfección a la descripción que me había dado Killian de la carta que le había entregado mi madre antes de morir. La había tenido Zoey todo este tiempo, pero ¿por qué no se la había dado hasta entonces?

Sentí un escalofrío extraño cuando la luz que irradiaban las Puertas Umbra disminuyó de intensidad. Fue ensombrecida por algo

. Cuando nos giramos vimos a una nueva fila de Ignis tapándola. Solo que esta vez reconocía a algunos de ellos. Fayna. Eidan. Marlon.

Y en medio de ellos estaba el Dios del Fuego.

El Dios del Fuego habló.

—Dadle las gracias a Zoey, ha sido muy amable al entregarme a los Inciertos y confesarme cuál era vuestro patético plan.