A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

Solté una exclamación de sorpresa cuando un intenso calor se pegó a mi piel, propagándose a mi alrededor.

Pero ¿qué…? A mis pies se abrió un estrecho círculo de fuego que subió y me cubrió por completo; las llamas me rozaban, a pocos centímetros de tocarme.

Los Indómitos se apartaron de mí y me observaron con los ojos bien abiertos.

Sin duda no habían contemplado aquella opción.

Yo tampoco lo había hecho. Mi pecho empezó a subir y bajar a toda velocidad, sin saber qué hacer.

—Si movéis un solo dedo, hago que las llamas la devoren —amenazó paseándose con la confianza de tener el control absoluto de la situación—.

Es una suerte que aún sea una inútil con sus poderes.

—Alzó las manos fingiendo inocencia y soltó una risa desdeñosa—.

Nadie me podrá culpar de su muerte si es a manos de un elemento que forma parte de ella. Morirá de estupidez.

Acababa de darme la respuesta a cómo podía salir de aquella situación, pero estaba tan acojonada que no conseguía ver otra cosa que no fuera rojo.

Aun así, tenía que intentarlo. Cerré los ojos para llegar hasta la emoción que predominaba en mí, pero estaba tan descontrolada que no fui capaz de usarla para manejar el fuego.

—¿Por qué queréis matar a la llave que os liberará? —bramó el Alfa.

—El rey ha encontrado otra forma de salvar a su pueblo. —Marlon se encogió de hombros.

Una capa de sudor me cubría la frente. Me llevé una mano al pecho, consciente de que si me movía un poco me quemaría.

Tomé una rápida bocanada de aire porque el calor que me llegaba comenzaba a resultar asfixiante.

Aplastante. Me sentía atrapada. Solté un jadeo del dolor, la piel me ardía intensamente y esa sensación se extendía por cada uno de mis músculos.

—¿Y por qué… quería matarme a escondidas de esos nobles? ¿A escondidas de todo su pueblo? ¿Para culpar a los Indómitos? —intervine con la voz ronca.

—El rey no le debe explicaciones a nadie —espetó, en absoluto afectado por la masacre de los suyos—. Y ahora cállate y escoge mejor las últimas palabras que saldrán por tus bonitos labios.

—Ayuda… —jadeé

Sentía náuseas y las rodillas tan débiles que pensé que me caería de un momento a otro, y dudaba que las llamas fueran a reconocer mi naturaleza y a darme un cálido abrazo.

Los ojos me lagrimeaban y de un momento a otro el bosque comenzó a girar y a volverse borroso, fundiéndose con las llamas. Sentía que me ahogaba. Intenté volver a concentrarme para liberarme de la jaula de fuego, pero estaba tan mareada que fracasé. No podía.

Dios, no

podía.

Se me empezó a nublar la vista, diminutos puntos negros destellaron a mi alrededor por la falta de aire hasta que algo siseó en el aire y noté en mi piel cómo la atmósfera se cargaba de electricidad. Entonces lo oí. Y todo se detuvo.

—Suéltala de una puta vez. —La voz ronca de Killian surgió entre los árboles. Habló de forma pausada y sombría, tan letal como el filo de una espada.

Hice un esfuerzo por mantenerme despierta y lo busqué entre las brillantes llamas.

Emergió de la espesa oscuridad; el resplandor dorado de las puertas iluminó su corpulenta figura mientras andaba con pasos seguros y mortíferos hacia mí.

Decir que estaba enfadado era un eufemismo.

Iba acompañado de Connor y unos pocos guardias del castillo, entre ellos Eidan.

Todos se quedaron impactados al ver que Marlon estaba a punto de matarme.

Eso solo podía deberse a que no pertenecían al círculo cercano del rey.

Y era muy probable que, si no los mataban los Indómitos, lo hiciera el rey para no dejar ningún cabo suelto.

—Ya era hora de que llegaras, te estaba esperando —le dijo Marlon a Killian con irritación, como si tuviera cosas más importantes que hacer—. Es una pena que no pudieras ver morir a tu madre, pero al menos verás cómo muere ella. Es el único consuelo que me queda.

—¡Hijo de puta! —Killian rugió con rabia.

Sentí las llamas más cerca que nunca y me mordí el labio, saboreando mi propia sangre.

No pude aguantar más y grité al ver cómo Killian llegaba hasta mí.

Sin embargo, su carrera vaciló cuando el Bosque de las Bestias fue atravesado por un crujido ensordecedor que tuvo que oírse hasta en la otra punta del reino.

El corazón se me desbocó. Las Puertas Umbra se estaban abriendo.

El brillo intenso que emitían distrajo a Marlon. De reojo vi cómo el Alfa aprovechaba ese momento para aprisionar al Ignis con las raíces del árbol más próximo. El resto de los Indómitos comenzaron a reducir a los guardias que habían llegado con Killian.

Las llamas que me aprisionaban se sofocaron al instante y caí al suelo de rodillas, no sabía si por la extenuación o por la alegría de volver a ver a Killian, tan alto y atractivo como siempre incluso con su pelo oscuro despeinado y las duras líneas de su mandíbula tensas. Estaba… conmigo.

Y estaba a salvo.

Corrió hasta mí lo más deprisa que pudo.

—¿Estás bien? —Se agachó a mi lado y me cogió de los hombros para inspeccionarme con detenimiento.

Estaba tan preocupado como cuando pensaba que los Ignis podrían haberse llevado a Eric—.

Joder, pensé que no llegaría a tiempo. Yo…

—Cogió aire y unió nuestras frentes durante unos segundos.

Después me estrechó con fuerza entre sus brazos, nuestras respiraciones aceleradas al mismo ritmo—.

Estás bien —repitió, casi para sí mismo.

—Me has encontrado —susurré con la cara enterrada en su cuello.

—Siempre. —Se separó de mí y alzó los dedos para rozarme la mejilla en un gesto tan dulce que se me encogió el corazón. Intentó sonreír, pero fue una sonrisa que no le llegó hasta los ojos.

—Lo hemos conseguido —susurré con un nudo en la garganta—. Has confiado en mí.

—Sabía que no te irías sin mí. Incluso antes de que me pidieras que te buscara.

—Quiere matarnos. Por eso me escapé, el rey pretendía culpar a los Indómitos de nuestra muerte.

Frunció el ceño, seguramente sin entender por qué el rey querría deshacerse de la única oportunidad que tenía de romper la maldición.

Ya éramos dos.

Desvié la vista para tener la mínima decencia de ver qué estaba ocurriendo a nuestro alrededor.

Marlon era el último que quedaba de los guardias del rey, aparte de Eidan, que se había alejado del conflicto sin saber muy bien qué hacer.

El resto habían sido reducidos por los Indómitos, aunque seguían con vida.

—¡No! ¡Dejadlo! —grité al ver que el Alfa se giraba hacia Eidan, su próximo objetivo—. Es nuestro amigo.

Killian se giró hacia mí como un resorte y Eidan abrió los ojos de par en par.

Quizás me había venido arriba, pero le había terminado cogiendo un poco de cariño al Ignis sensible que se dedicaba a escribir poemas cuando pensaba que nadie lo estaba observando.

El Alfa respetó mi deseo al ver que Eidan tampoco los atacaba. El pobre seguía procesando todo lo que estaba ocurriendo. Nuestra huida, la repentina alianza con los Indómitos, los sucios secretos del rey… No entender por qué después de todo quería eliminarnos…

Killian asintió hacia el Alfa en señal de agradecimiento y se sostuvieron la mirada, estudiándose desde la distancia.

Una vez rompió el contacto visual, me ayudó a ponerme en pie y entrelazó sus dedos con los míos mientras mirábamos cómo la puerta se terminaba de abrir y una luz cegadora fluía por ella. Era el momento de irnos.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla al ver que lo habíamos conseguido.

No podía creer que estuviéramos a punto de regresar a la Tierra, donde nos esperaría Uriel para escondernos y darnos información acerca de los Solitarios y de…

mi madre. Ahora tenía un nuevo propósito.

Y no pensaba detenerme hasta averiguar quién había sido Nora en realidad. Antheia

. Saber por lo que había pasado y el peso del secreto que ocultaba era la única forma que encontraba de perdonar una vida llena mentiras.

También debía encontrar la forma de perdonarme a mí misma, dejar de identificarme con la palabra que marcaba mi espalda.

Es lo que ella habría querido; debía hacerlo para que pudiera descansar tranquila.

Necesitaba conocer su historia para empezar en paz la mía. Fuera cual fuera.

Miré a Killian y el corazón volvió a retumbarme contra el pecho.

Estuviera quien estuviera.

Mi mente regresó al Bosque de las Bestias cuando la energía del aire vibró, avisándonos de que algo venía hacia nosotros.

Compartimos una rápida mirada de desconcierto y retrocedimos ante lo que parecía ser una ola gigante de Éter que se nos venía encima desde el interior de las Puertas Umbra.

Pero no llegó a entrar al reino. Colisionó con la barrera invisible que separaba los espacios atemporales de la Tierra y del Atharav.

De ella emergieron dos figuras que sí cruzaron las puertas.

Caminaban juntas, una más baja y delgada que la otra, mucho más corpulenta.

Me quedé atónita. No podía ser real. ¿Ese era…

Jared? Y la que lo miraba con una pequeña sonrisa en los labios era…

¿Beatrice, la amiga Guardiana de Connor?

¿Qué debía de haber ocurrido para que dejara atrás su sueño de escapar a la Tierra?

¿Qué hacían juntos? Y lo más importante de todo: ¿de dónde venían y cómo habían conseguido llegar hasta el Atharav?

Eran los mismos. Jared conservaba su atractivo cálido pese a los intensos moratones que ocultaban sus ojos color miel, y Beatrice, su melena oscura y brillante y sus rasgos de una belleza tan perfecta que costaba apartar los ojos de ella.

Se los veía bastante descolocados, asentándose en la nueva atmósfera.

Advertí que Beatrice se guardaba algo en el bolsillo.

Se detuvieron en cuanto se percataron de que tenían compañía.

Y en cuanto Jared posó los ojos en Connor, hizo un mohín y alzó la voz indignado.