A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Aria

El Dios del Fuego había descubierto nuestro plan y quería matarnos. Pero de nuevo no tenía sentido porque seguía necesitándonos para romper la maldición.

Los Indómitos reaccionaron en un abrir y cerrar de ojos y se desplegaron, formando una línea recta frente a los Ignis de tal forma que me dejaron en el centro.

De verdad esperaba que fueran conscientes de que no sabía prácticamente nada acerca de mis poderes y que, como mucho, podía lanzar bolas de fuego que no achicharrarían ni a una mosca.

Con un poco de suerte no se desviarían hacia mis aliados.

La tensión cayó sobre nosotros como una losa pesada mientras que un breve silencio se extendía sobre la pequeña explanada.

Ambos bandos estaban estudiándose con la mirada.

Reconociéndose. Quizás en tiempos pasados habían intercambiado espadas o comida de haber sido vecinos, o incluso…

podrían haber sido amigos. Amigos con creencias tan fuertes y contrarias que habían terminado así, a segundos de echar a correr para matarse.

Yo hice lo propio y también recorrí con la mirada a cada uno de ellos.

Lo que captó mi atención fue que habían vuelto a prender el bajo de sus largas capas como hacían en la Tierra.

Me hacía pensar que solían montar el espectáculo siempre que su ego entraba en juego y querían dejar claro quiénes eran y qué elemento los definía.

Mi rápida inspección se detuvo de golpe.

Mis pulmones se quedaron sin aire y me quedé helada para después volver a sentir el profundo dolor que siguió a las líneas ardientes que marcaron mi espalda.

Era Marlon, el asesino de la madre de Killian.

Y aquel que grabó siete letras en mi piel que nunca se curarían.

Respiré entrecortadamente al ver cómo me señalaba con una sonrisa cruel que prometía desesperación y dolor. Sin embargo, por primera vez desde el desfile la ira por lo que me había hecho se igualó a la culpa que me retorcía el corazón cada vez que pensaba en mi madre o en Álex.

Giré la cabeza, movida por el pánico al sentir en cada uno de mis huesos que todo estaba a punto de estallar.

El Alfa, a mi lado, me sonrió con determinación y alzó la daga.

Sus compañeros lo imitaron. Ese fue el pistoletazo de salida.

La mayoría echó a correr más rápido de lo que mis sentidos pudieron captar y cuatro se quedaron en la retaguardia conmigo para cubrir a sus compañeros.

Cuando los dos bandos se encontraron el impacto del acero vibró en mi pecho.

El sonido me puso el estómago del revés y durante unos instantes tuve que apartar la mirada de la muerte.

Lo que encontré al desviarla hacia el suelo no fue mejor.

Los charcos de sangre ya manchaban la tierra.

Y las cenizas que marcaban el fin de la existencia de los Ignis danzaban por el aire, los únicos testigos de lo que estaba ocurriendo en la oscuridad más profunda del Bosque de las Bestias.

Presencié con horror cómo algunos Indómitos cayeron al suelo, partidos en dos por el corte limpio y letal de los látigos de fuego que no pudieron esquivar o fuera de combate por culpa de las dagas que habían traspasado músculos estratégicos.

Mi respiración se disparó al comprender que nos llevaban ventaja.

El Indómito a mi izquierda, también consciente de la cruda situación, juntó sus manos y las movió de forma circular para bajarlas con un movimiento rápido.

Inmediatamente, la tierra seca se contrajo y un agujero enorme se abrió justo a los pies de tres guardias que estaban poniéndole las cosas difíciles al Alfa.

Cayeron en él y segundos después la tierra se deslizó a los lados recuperando su estado natural.

Sus gritos atravesaron el aire y después fueron silenciados. Habían sido enterrados vivos.

Bueno, que los Indómitos fueran más amables que los Ignis no significaba que fueran unos santos.

Mi intuición me hizo girar la cabeza. En medio del caos de la batalla, vislumbré un disco de fuego que venía a una velocidad que nos cortaría por la mitad si no se lo impedíamos.

Busqué la ayuda del Indómito a mi lado, pero me daba la espalda, ocupado en proteger a sus compañeros.

No había tiempo. Joder, tenía que actuar.

Ya. Mi instinto de supervivencia me impulsó a respirar hondo y cerrar los ojos.

Llevé a cada uno de mis nervios a experimentar el miedo que estaba sintiendo y lo alimenté pensando en lo horrible que sería sentir el fuego condensado atravesar mi carne como si fuera una hoja afilada.

Entonces estiré los brazos y visualicé un escudo rojo.

Lo empujé con toda mi energía mental. Sabía que no tenía tanta fuerza como para detener el ataque en el acto, así que lo envié de forma que lo frenara poco a poco hasta que perdiera toda su potencia.

—¡Cuidado! —gritó el Indómito poniéndose frente a mí.

Apreté los ojos con miedo y cuando no sentí un dolor visceral, los volví a abrir. Mi escudo se había quedado a centímetros del corazón del Indómito que se había interpuesto entre el fuego y yo.

Una corriente de energía subió por mis venas. No podía creerlo. Había usado… el poder de los Ignis para salvar a alguien. Para salvarme a mí misma.

—Joder, eso ha sido una pasada. Gracias. —El Indómito, que no debía ser mucho mayor que yo, inclinó la cabeza y volvió a la batalla como si no hubiera estado a punto de morir.

Yo necesitaría al menos dos segundos más para recomponerme.

—¡Retirada! —vociferó el Alfa replegándose hacia nosotros—. Aria, ponte detrás de Matthias —me ordenó y, suponiendo que era el Indómito que tenía más cerca, volé hacia él—. ¡Ahora!

El joven sabía exactamente qué tenía que hacer.

El suelo comenzó a temblar bajo nuestros pies, sacudiéndose con tanta brutalidad que mi cuerpo se movió de un lado para otro.

Una gran masa de tierra se elevó y con movimientos precisos le dio la forma de diez dragones.

Después los lanzó hacia los guardias como si tuvieran alas propias y las estuvieran batiendo con fuerza.

Los Indómitos se agacharon para esquivarlos, pero los Ignis actuaron con astucia.

Sincronizados, alzaron las manos y utilizaron el fuego para rodear a los dragones de tierra y hacer que estallaran en llamas.

Los frenaron muy cerca de sus rostros y los giraron para desviar su letal trayectoria lentamente hacia nosotros.

«Oh, no».

El horror se abrió paso en mi interior.

—¡A cubierto! ¡Detrás de mí! —gritó el líder de los rebeldes, que junto a los pocos Indómitos que quedaban se había reencontrado con Matthias y conmigo.

Nos agrupamos a su espalda lo más rápido que pudimos.

La energía de su poder chisporroteó a nuestro alrededor.

Tenía la sensación de que era muy poderoso, más que cualquier otro Ignis que hubiera podido sentir.

El Alfa volvió a convocar el elemento Tierra para levantar un grueso muro justo en el momento exacto en el que los dragones impactaron en él.

No supe cómo, pero resistió y nos protegió.

Ahora entendía por qué se refugiaban justo en esta zona del Atharav. Utilizar el elemento Tierra en el Bosque de las Bestias les daba una ventaja que no podían desaprovechar.

—Os creéis superiores con vuestra intocable moral, pero sois vosotros los que queréis que sigamos pudriéndonos aquí. —La voz de Marlon, impregnada de asco, viajó hasta nosotros—. Es patético. Todos vosotros lo sois.

La ancha espalda del rebelde se quedó completamente rígida.

—Lo que es patético es que os dejéis manipular por sus mentiras —respondió con los dientes apretados por la rabia.

Me fijé en que evitaba mirar los huecos, ahora tan solo cubiertos de sangre, que habían ocupado los Indómitos caídos—.

Mientras sigáis a… vuestro rey os pudriréis donde quiera que vayáis.

—Su tono se cubrió de una fría tranquilidad que me puso los pelos de punta—.

Pero ¿sabes qué? Voy a tener la amabilidad de no permitir que eso te ocurra.

El sarcasmo escondió el odio que en realidad había tras sus palabras, lo cual hizo que me cayera mejor al instante.

El muro que nos ocultaba se fragmentó y, cuando estaba a punto de perder su forma y deshacerse en simples piedras, estas cogieron forma de puntas afiladas como puñales.

Cientos de ellas se elevaron a la altura de los Ignis.

La expresión furiosa de Marlon vaciló y percibí en sus ojos un brillo de miedo en cuanto comprendió lo que estaba a punto de ocurrir.

El Alfa sonrió. No movió ni un músculo y los cientos de puntas cortaron el aire con la velocidad de un único parpadeo.

Los gritos de asombro se atragantaron en los cuerpos de los guardias, que apenas pudieron reaccionar.

La piedra se incrustó en sus torsos, pechos, rostros, brazos y piernas.

Me tapé la boca con una mano y se me revolvió aún más el estómago, por un instante temí vomitar lo poco que había cenado.

Qué suerte la nuestra que el único que sobrevivió fue Marlon.

Lo hizo de la forma más ruin posible, utilizando al compañero que tenía a su derecha como escudo.

Tiró su cadáver a un lado antes de que se desintegrara en cenizas, con un sonido sordo que me recordó al momento en el que la madre de Álex se había desplomado en el bosque de Haven Lake, sin vida. Del pecho del Ignis brotó una risa oscura y perversa que me hizo coger aire.

Un escalofrío me subió por la columna vertebral hasta la nuca.

—Ahora que lo pienso bien, no me hace falta moverme demasiado para acabar contigo, Aria.

Agachó la mirada y su rostro se oscureció.