Capítulo 36 #2
Tras unos segundos en los que sentí que el miedo me cerraría la garganta, el grupo se abrió y dejó paso a un nuevo Indómito que, por la seguridad con la que se acercó hasta mí y por cómo el resto se encogió de respeto ante él, debía ser el líder de los rebeldes.
El mismo que había dado la orden de detenernos.
Caminó con pasos gráciles, posando sus ojos en mí para dedicarme una mirada intensa y prolongada.
La máscara no ocultaba todas sus facciones por lo que intuí que rondaría los cuarenta y tantos años.
Era imposible adivinar la vida inmortal que cargaba a sus espaldas.
«Alfa». Así lo había llamado el Dios del Fuego.
Una extraña sensación me invadió; su porte, la energía poderosa que emanaba de él y su corpulenta figura me eran familiares… La frustración se abrió paso por mi estómago al no conseguir averiguar el porqué.
Conecté con el miedo que hacía temblar mis manos e invoqué dos llamaradas de fuego que proyectaron sombras en las máscaras, volviéndolas aún más inquietantes. Me puse en posición defensiva, tal y como me había enseñado Eidan, y di vueltas sobre mi posición.
—Dejadme marchar —dije, transmitiendo a mis palabras la máxima seguridad que pude.
Permanecieron impasibles y se miraron los unos a los otros casi con resignación.
—¿Crees que vamos a hacerte daño? No es nuestro estilo. —El Alfa habló despacio pero con seguridad, como si quisiera calmar mis nervios.
—¿Por qué me retenéis entonces en contra de mi voluntad?
Oí que a alguien se le escapaba una carcajada por lo bajo, lo que me hizo enarcar una ceja y barrer con la mirada al círculo de Indómitos que me rodeaban.
—¿En contra de tu voluntad? ¿Estás segura de eso? —preguntó una mujer.
Guardé silencio con el corazón descontrolado.
No sabía qué decir, mucho menos si podía confiar en ellos.
—Hemos invadido el castillo para salvaros de las garras de ese monstruo.
—La rabia hizo que el tono de voz del líder se volviera más oscuro, pero pareció percatarse de ello.
Se aclaró la garganta y esta vez se dirigió a mí de forma más amable—.
Queremos llevaros a nuestra comunidad para protegeros e impedir que el Dios del Fuego os use para liberar a su pueblo.
Sus palabras me dejaron boquiabierta, no estaba acostumbrara a que me hablaran con tanta franqueza. Aunque tampoco estaba segura de que fuera totalmente sincero.
Con aquella verdad me estaba tendiendo la mano. Era un acercamiento, y yo tenía que seguir tanteando el terreno para descubrir si podían convertirse en aliados, como una vez sugirió Killian.
Dejé de retorcerme los dedos, inhalé profundamente y me atreví a dar un paso hacia él.
—Queréis destruir la flor tallada porque el rey utiliza el poder que contiene para transformar en Solitarios a los Inciertos que terminan siendo Kaelis.
Las expresiones de los Indómitos eran indescifrables, pero a juzgar por su apenas perceptible cambio de lenguaje corporal, mi conocimiento acerca de los Solitarios les había pillado desprevenidos. El Alfa apretó los labios, sopesando visiblemente si podía confiar en mí.
Tardó un largo momento en contestar.
—Usa la creación de esas bestias para generar más odio hacia nosotros —explicó girando la cabeza hacia sus compañeros, que asintieron, algunos de ellos apretando los puños—.
Queríamos aprovechar que este año descuidarían la piedra al estar demasiado preocupados protegiéndoos.
Era la ocasión perfecta para destruirla y demostrar que el rey es el culpable de la creación de esos monstruos. Y de paso, sacaros del castillo.
—¿Por qué querríais salvarnos? —pregunté entornando los ojos.
En los suyos, oscuros por culpa de la noche, pude atisbar un brillo de algo que me fue imposible reconocer.
Solo sabía que esa pregunta, de algún modo, le había afectado.
Me puse aún más nerviosa ante su mirada analítica.
Examinó cada rasgo de mi cara con detenimiento antes de dejar salir un breve suspiro.
—Porque era uno de los mejores amigos de Egan Rosethorne, tu padre —declaró y en su voz percibí nostalgia y tristeza—.
Y porque llegué a conocer a tu madre en una de las Anuales en las que se enamoró perdidamente de él.
Eres igual de valiente que ella, y tus ojos poseen la misma fuerza que los de Egan.
Mi corazón errático dejó de latir. Se me cortó la respiración y me quedé completamente rígida.
El líder de los Indómitos había conocido a mis…
padres y tenía todas las respuestas a las preguntas que había estado silenciando, pero que en el fondo me moría por saber.
Terminé de palidecer cuando detrás de la máscara pude ver sus labios formando una sonrisa de… ¿genuino cariño?
—Por tu sorpresa imagino que Antheia nunca te habló de todo esto.
Puedo llegar a entenderla… No sé qué le ha ocurrido, pero si estás aquí, es que al menos consiguió escapar y protegerte.
Y bueno, por lo que he podido apreciar no tienes un gran manejo de tus habilidades…
Aún. Pero tus padres eran muy poderosos, Aria, y estoy seguro de que tú, algún día, podrás hacer cosas igual o más asombrosas.
Mi cabeza no lograba procesar todo lo que me estaba diciendo. El corazón había vuelto a latirme a toda velocidad, haciéndome despertar y formular una de las preguntas que más me atormentaban.
—¿Sabes por qué mi madre no rompió la maldición?
Negó con la cabeza y me desinflé.
—Algunos secretos es mejor que mueran enterrados —dijo con la mirada un poco perdida y la voz sombría.
Tras unos segundos, recuperó la templanza—.
Nosotros tampoco queremos regresar a la Tierra, aunque dudo mucho que tu madre compartiera nuestros motivos…
Por lo que nos contó, los reyes del Helheim son mucho más civilizados y honrados que los que gobiernan el Atharav.
Pero ya has podido comprobar la clase de psicópata que es el Dios del Fuego, en qué se convirtió por culpa de la avaricia y el poder.
De nada sirve que se rompa la maldición y regresemos a la Tierra cuando la convertirá también en un infierno.
Entonces, como un destello de iluminación, las piezas desordenadas hicieron clic en mi mente y recordé de qué me sonaba tanto el líder de los rebeldes. Era el Indómito que, justo después del atentado, se me había quedado mirando fijamente.
—El ataque en la fiesta de las flores, ¿fuisteis vosotros? —pregunté de forma atropellada sintiendo c ó
mo los hombros se me tensaban.
Su cuerpo se irguió, totalmente rígido.
—Fuimos allí atraídos por los rumores de que el príncipe perdido y la llave desfilarían en un carruaje.
Queríamos capturaros para impedir que el rey continuara con sus planes, pero el ataque nos pilló completamente desprevenidos y no pudimos conseguirlo.
—Soltó una corta risa cargada de odio—. Y cómo no, también terminamos siendo los culpables de la masacre.
—¿El rey lo organizó todo? —Aún veía en mi mente cómo había estrechado a esa niña entre sus brazos.
—Lo único que lo mueve es el amor hacia su pueblo, aunque sea de forma cruel y retorcida.
Antes lo habría hecho, pero… a estas alturas no pondría la mano en el fuego por él.
—Se quedó callado durante una breve pausa en la que pareció transportarse, de nuevo, a otro momento de su vida—.
Aun así, no estamos seguros de que sea el responsable.
Había tenido la oportunidad perfecta para seguir poniéndome en contra del rey, pero no lo había hecho. Ese gesto me impulsó a contarle otra verdad.
—Nosotros… —Dudé, pero confié en mi intuición—. Hemos recibido ayuda para poder regresar a la Tierra. Esta noche se abrirán las puertas del Atharav y tenemos que estar allí para marcharnos.
Ahora era él quien cambió su mirada por una de desconfianza.
—¿Entonces por qué has abandonado al príncipe? —pronunció con una quietud que me erizó la piel.
—Porque el rey me ha dicho que, aprovechando vuestro ataque, esa noche acabaría con nosotros. Dejarme capturar ha sido la única forma que he encontrado de que sacaran a Killian al Bosque de las Bestias para buscarme y no lo asesinaran.
—Por eso… Por eso nos ha resultado más sencillo de lo que esperábamos entrar. Debimos suponer que era una trampa. Joder, maldito desgraciado —escupió, sus compañeros igual de furiosos.
—¿Y vosotros por qué habéis permitido que Killian se quede en el castillo?
—Porque os hemos estado observando todo este tiempo y sabemos que vendrá a por ti y que lo hará acompañado por los guardias más cercanos al rey. Entonces será nuestro turno de atacar, justo en nuestras tierras. —Esbozó una lenta y fría sonrisa.
Me resultaba fascinante que cada uno de nosotros hubiera planeado la noche para que se inclinara en su favor. La cuestión era quién lo conseguiría.
De pronto, el murmullo alejado de unas voces nos puso en alerta.
—Tenemos que seguir, esta vez hacia las Puertas Umbra —dictó el Alfa dedicándome una rápida mirada para ver si estaba de acuerdo.
Asentí y nos pusimos en marcha. Corrí a través del bosque mientras intentaba ignorar los alaridos lejanos que acariciaban mi espalda como una leve y fría brisa, provocándome escalofríos.
Estaba segura de que pertenecían a un Solitario.
Y si veía a uno de ellos… Si veía a Álex…
Dudaba que fuera capaz de marcharme aun sabiendo que debía hacerlo para ayudarlo.
Tragué saliva para aliviar lo rasposa que sentía la garganta a causa de la fatiga y la sed, y seguí corriendo, esquivando las raíces que emergían de la tierra junto con algunos árboles tan muertos que habían terminado por desplomarse.
Observé embelesada la destreza con la que se movían los Indómitos y por poco me tropiezo.
Estaba segura de que podían ir aún más rápido, pero se esforzaban por no dejarme atrás.
El Alfa iba en cabeza. La única persona —más bien ser— que guardaba relación con la vida secreta de mi madre y con mi…
padre. «Egan». Ese era su nombre. Un nombre que jamás tendría ni color de ojos, ni tono de piel, ni arrugas cuando se riera.
Un rostro que tampoco tendría personalidad y con el que no compartiría recuerdos.
Un nombre que solo significaba secretos, muerte y tristeza.
Intenté mantener el exigente ritmo con el miedo agujereándome el estómago al pensar en que algo malo le hubiera ocurrido a Killian o que Connor y Zoey no hubieran conseguido reunirse con él.
Pese al terror que me provocaba haberlos dejado a su suerte, confiaba en ellos, y sentía alivio de haber conseguido nuevos aliados.
La minúscula esperanza de que mi improvisado plan pudiera salir bien seguía viva y me aferré a ella con todas mis fuerzas.
Las ramas me arañaron los hombros y los brazos por culpa del maldito e incómodo vestido, al que le faltaba poco para desvelar la palabra marcada en mi espalda. Eso me había mantenido paranoica durante toda la noche. Si Killian llegaba a descubrirlo… No sabía qué sería capaz de hacer.
No podía permitir que se enterara.
Las piernas me dolían por el esfuerzo y en un segundo de debilidad perdí el equilibrio y a punto estuve de caerme en un surco hundido en mitad del camino. Cada vez me costaba más esfuerzo ignorar los calambres que me subían por las piernas a causa del cansancio, pero apreté los dientes y seguí.
Casi se me escapó un suspiro de profundo alivio cuando los Indómitos aminoraron el paso.
Aproveché para recuperar el aliento mientras nos adentrábamos en una zona repleta de árboles, tan pegados entre sí que tuve que ponerme de lado para pasar entre ellos.
El corazón me retumbaba en el pecho con fuerza.
Reconocía ese lugar. Gracias al mapa de Uriel lo tenía grabado a fuego en la mente.
Tras recorrer unos metros de difícil acceso, salimos al claro despejado que protegían.
Me tropecé a causa de la sorpresa. Sabía lo que mis ojos estaban a punto de presenciar, pero aun así me quedé sin habla.
Me convertí en una estatua congelada ante la imponente estructura que se alzaba frente a mí, incrustada en el grueso muro de piedra que bordeaba y limitaba el reino.
Las Puertas Umbra.
Los Indómitos, aunque alzaron sus cabezas para mirarlas brevemente, no parecieron afectados ni por sus colores brillantes ni por las ondas de antiguo poder que emanaban de ellas. ¿Cuántas veces las habrían cruzado para ver morir a amigos o familiares en las Anuales?
Lo primero que pensé es que eran de un tamaño que descomunal, pero dado que conducían a otro mundo…
Bueno, tenía sentido que fueran tan majestuosas.
Inalcanzables. Tan radiantes que vencían a la negrura de la noche como si fueran el mismísimo sol del amanecer.
En su superficie habían tallado relieves de elegantes espirales, y el arco en el que terminaban estaba cubierto de piedras preciosas.
Contrastaba de una forma brutal con la podredumbre del reino.
Como si parte del castigo de los Ignis fuera ser testigos de una riqueza que nunca poseerían en el Atharav.
Parpadeé repetidas veces para salir de la ensoñación y recuperé mi posición al lado de los Indómitos, que habían avanzado hacia la salida.
Ahora solo había que esperar hasta que llegara Killian, entonces ellos distraerían a los guardias mientras que nosotros huiríamos a través de las Puertas Umbra una vez se abrieran.
O no.
Se me erizó la piel. De repente, la quietud del bosque se agrietó y la atmósfera se espesó. Algo no iba bien. Decenas de guardias Ignis emergieron de las sombras a los lados de las puertas y se colocaron delante de ellas acompañados por una densa niebla a ras del suelo.
Se me cayó el alma a los pies. Habían estado escondidos, esperando nuestra llegada. Eran muchos. Demasiados.
«Mierda».