Capítulo 36
Aria
«Me he dejado capturar por los Indómitos».
Esa frase resonaba con fuerza entre mis costillas.
Los dedos sudorosos del rebelde que me cargaba sobre el hombro me agarraron con fuerza al girar de golpe.
Una vez más, tuve que sujetarme a la parte trasera del chaleco de escamas para mantenerme firme.
Me hice daño al clavarme el material puntiagudo y áspero que pretendía simular la piel de un dragón, pero esa era la menor de mis preocupaciones en medio de la huida a la que pronto tendría que poner fin.
Porque el tiempo también nos perseguía, acechándonos con pasos silenciosos. Podía sentir su aliento en la nuca.
La escalofriante noche latía sobre mi piel, poniéndome los pelos de punta.
El bosque que se extendía ante nosotros era un laberinto podrido de ramas finas y afiladas que se retorcían de forma antinatural y apuntaban directamente hacia nuestros ojos.
La compañía no mejoraba demasiado la situación.
Una oleada de terror gélido me sacudió al recordar en manos de quiénes me encontraba.
Incluso bocabajo podía distinguir el contorno afilado de las máscaras de dragón que ocultaban su identidad.
Abrí la boca en busca de aire, pero fue una masa de densa oscuridad la que se introdujo por mi garganta para invadir mis pulmones como un animal hambriento.
Había algo que no estaba bien en este bosque. Tenía la sensación de que en su interior se ocultaban terribles monstruos, pero, en realidad, todo estaba sumido en un silencio sepulcral que lo volvía aún más inquietante. Antinatural.
La incertidumbre provocó que mis latidos frenéticos resonaran con fuerza en mis oídos, del mismo modo que también aumentó el sonido de las respiraciones aceleradas de los Indómitos y el de sus amplios y pesados pasos hundiéndose en la tierra.
Atravesar el Bosque de las Bestias era como entrar de puntillas en las fauces de un lobo sin saber en qué momento sus dientes afilados te desgarrarían la carne.
La sensación de peligro se pegó a mí como una segunda piel.
Los troncos secos se quedaban atrás a tal velocidad que tuve que apretar los dientes para contener la bilis. Las imágenes grises del bosque se mezclaban de forma desordenada con los recuerdos del baile, del caos en el que se había convertido. Tal y como predijo Uriel.
Había permitido que me sacaran del castillo sin la seguridad que me proporcionaba el colgante de sombras y sin Killian.
El corazón me dio un vuelco al pensar en él.
No habíamos tenido tiempo para hablar sobre qué hacer a continuación.
De un instante a otro los Indómitos usaron sus poderes de Tierra para hacer temblar el castillo y provocaron que innumerables lámparas de cristal se descolgaran del techo y cayeran encima de algunos Ignis.
Los habían aplastado. Aún podía escuchar el sonido líquido y sordo de sus huesos al quebrarse.
Fayna, con movimientos ágiles y limpios, terminó con la vida de tres rebeldes que intentaban derrotarla y nos rastreó con la mirada.
Corrió hasta nosotros con una sonrisa salvaje.
Sabía que no nos protegería, y más teniendo en cuenta que ningún Indómito nos había atacado.
Eso me había impulsado a fingir que me secuestraban.
Después de lo que me había ocurrido en Portland, volví a tomar la decisión de no hacer nada
y esta vez no tuve miedo de convertirme en una cobarde. Era lo necesario para protegerme y proteger a los míos, y eso no me hacía menos valiente.
Killian había clavado sus ojos en mí con una mirada de absoluto terror, que hizo que mi estómago diera un vuelco, mientras era testigo de cómo los Indómitos me atrapaban.
Y de cómo yo no hacía nada
para impedirlo.
Recuerdo mover los labios para pedirle en silencio que me buscara al mismo tiempo que una enorme raíz me agarraba por la cintura y me alzaba hacia la elevada ventana que daba al patio de armas.
Como un tentáculo con vida, había emergido del suelo y había trepado hasta mí gracias a la velocidad y fuerza que le proporcionaba la magia elemental de los Indómitos. Aún me dolía la zona.
Mis pies habían dejado de tocar el suelo cuando la raíz me alzó como si no fuera nada más que una muñeca de trapo.
Los gritos que brotaron de mi interior no fueron fingidos.
Salí por una de las ventanas rotas a gran altura con la adrenalina corriendo por mis venas al ver el puñado de Indómitos que me esperaba con los brazos abiertos.
«No. No. No. ¿Pero qué he hecho?», había pensado con horror al ver los cuerpos tirados de los guardias que los rodeaban.
Intenté tranquilizarme recordando cómo el rey había manipulado a su reino para hacerles creer que los Indómitos eran Ignis peligrosos y me repetí como un mantra que los enemigos de mi enemigo eran mis amigos.
Sin embargo, a medida que nos adentrábamos en la neblina del bosque mi convicción se tambaleó.
Las armas pesadas de los Indómitos, que aún goteaban la sangre de sus víctimas, chocaban contra su armadura con un tintineo que me puso aún más nerviosa.
De no ser por mi vista superdesarrollada estaría completamente a ciegas, confiando en que nos dirigíamos a su hogar, cerca de las Puertas Umbra.
No sabía si había tomado una decisión que acabaría con nosotros o que nos salvaría.
Me estremecí al recordar cómo el asqueroso aliento del Dios del Fuego me había rozado la oreja al susurrarme que disfrutara de la última noche que pasaríamos con vida.
¿Pero qué sentido tenía que el rey, después de mostrar a su reino el nacimiento de una flor real después de tantos siglos de muerte, quisiera acabar con la única posibilidad de regresar a la Tierra?
Un mal presentimiento se instaló en la boca de mi estómago.
¿Había descubierto a Zoey liberando a los Inciertos y, por lo tanto, nuestra traición?
Pero aun así nos necesitaba para romper la maldición.
Tras pronunciar su promesa de muerte algo afilado y frío presionó la piel de mi estómago. Una daga. Ese fue el indicio de que iba muy en serio.
Me quedé bloqueada, paralizada por la confusión.
Y no tuve tiempo de contárselo a Killian porque el baile idílico de lucecitas y milagrosas noticias se transformó de un instante a otro en cenizas flotando por el aire, ataques letales de fuego, alaridos de pánico y el sonido del acero chocando y atravesando la carne.
En aquellos segundos en los que estuve suspendida en el aire advertí los rizos cobrizos de Eidan, que irrumpió en el salón y se quedó congelado en medio del caos.
Observó la flor tallada en piedra con las cejas elevadas hasta el techo.
Acababa de descubrir que era del mismo material que los grilletes de los Solitarios.
No pude saber qué hizo con esa información.
—¡Tenemos que alejarnos más! ¡Vienen detrás de nosotros! —La advertencia del Indómito que corría y sorteaba árboles al lado de mi captor cortó mis pensamientos y me devolvió a la turbadora belleza del bosque.
Nos encontrábamos en una densa zona boscosa. Por la distancia que habíamos avanzado y contando con que mi memoria no me fallara…
Las alarmas sonaron en algún lugar de mi mente. Tenía que actuar cuanto antes.
Si me hubiera quedado en el castillo, Fayna habría utilizado su astucia para eliminarnos y culpar a los Indómitos, tal y como quería el rey.
En cambio, si me iba, tendrían que salir a rescatar a su preciada llave para guardar las apariencias ante los cientos de invitados ilustres e influyentes.
Para encontrarme necesitaban a Killian, que mediante el hechizo de unión podía sentir mi presencia, y por supuesto iría con Connor, el único Guardián que entendía cómo funcionaba nuestra magia hasta el momento desconocida.
Confiaba en que Zoey buscaría la forma de llegar con los Inciertos hasta la salida del Atharav gracias al colgante de sombras y el anillo con el mapa, tal y como habíamos planeado.
Sí, confiaba en demasiadas cosas que tenían todas las papeletas para terminar siendo un desastre.
¿Pero qué otra cosa podía haber hecho? No podía arriesgarme. No con él.
Nunca con Killian.
Sumida en la oscuridad del bosque con un grupo de Indómitos, tenía que ganar tiempo para que me encontrara y pudiéramos huir en dirección a las Puertas Umbra. Según habíamos calculado, se abrirían en media hora.
El grupo de rebeldes escogió un pequeño claro escondido entre la maleza y numerosos árboles doblados que nos protegerían de la vista de los Ignis o de cualquier bestia que vagara en soledad.
—Aquí estaremos a salvo. Bajadla, necesito hablar con ella durante unos minutos —ordenó una voz grave con la autoridad suficiente como para que se detuvieran de sopetón.
Mi captor me bajó con más delicadeza de la que esperaba.
Al levantar la vista hacia él descubrí que era tan ancho y robusto como pensaba.
Mantuve los ojos bien abiertos para analizar a los diez Indómitos que se cerraban en círculo sobre mí mientras sentía las piernas como gelatina.
Me observaban desde arriba como si fuera el resultado de un experimento insólito y asombroso.
Por las diferentes siluetas de sus figuras, distinguí a hombres y mujeres con el mismo uniforme negro que llevaban el día de la fiesta de las flores, y máscaras y guanteletes de cuero de escamas de dragón.
Por alguna razón, ese era su sello personal.