A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 35 #4
86%

Capítulo 35 #4

Nos quedamos completamente a oscuras durante tanto tiempo que los Guardianes empezaron a inquietarse y yo comencé a perder la paciencia.

«Me cago en la santa madre que me…».

La barca se hundió ligeramente, cortando mi inapropiada maldición, aunque quizás no tan inapropiada teniendo en cuenta que Beatrice me había abandonado y encima…

«Espera, ¿quién ha…?».

Reconocería ese aroma incluso bañado en fango.

Era Beatrice la que estaba trepando mientras soltaba jadeos por el agotamiento y tosía para expulsar toda el agua que había tragado.

Se tambaleó hacia ambos lados hasta caer sobre la barca con un sonido sordo, permitiéndose un momento para recuperar la respiración.

Tuve ganas de zarandearla y abrazarla porque, joder, ¡lo había conseguido!

Tras recuperar algo de fuerzas, con movimientos lentos y pesados, y muecas de profundo dolor, se puso de rodillas, apoyó un pie y después otro.

Y se levantó.

Me miró con un brillo de agradecimiento en los ojos y yo le devolví la mirada con orgullo.

Con el subidón de energía por el regreso de Beatrice se me había olvidado que un monstruo se acercaba hasta nosotros a una velocidad alarmante. Abrí la boca para avisarla, pero se me quedó abierta de par en par. Lo que venía hacia nosotros no era un monstruo.

Era un remolino infinito de Éter que cubrió el r í

o y se introdujo en él.

«

Pero ¿qué demonios…? ».

Beatrice dio un paso hacia delante, toda empapada, y alzó la barbilla con los ojos centelleantes. La sonrisa de satisfacción se había borrado por completo del rostro del Dorado junto con su falsa sensación de triunfo.

No solo se dirigió a él, sino a todos los que una vez la miraron desde arriba.

—Mi nombre es Beatrice

y soy mucho más poderosa que tus lacayos que se pasean por la Tierra, pero nunca lo quisiste ver porque te daba miedo que fuera más fuerte que tú, como ella lo habría sido si no la hubieras matado.

—Su voz firme y segura resonó por las paredes—: Soy Beatrice, hija de Margaret, la mujer que murió persiguiendo la libertad de las mujeres del Abismo.

Ya no voy a esconderme más. No pienso huir sin que todo el mundo sepa quién soy.

—Fijó sus ojos en el Dorado—. A partir de ahora voy a ser mucho más que tu sucio secreto, padre.

Las exclamaciones ahogadas y la cara de horror del Dorado llenaron la sala.

Mi teoría se había cumplido y al fin las piezas del puzle encajaban.

Por eso Beatrice tenía en su poder los planos del Abismo y no quería decirme de dónde los había conseguido, por eso conocía sus secretos y era tan poderosa.

Recordé la conversación en la que me explicó que los hijos de los Dorados estaban prohibidos porque contaban con cierta ventaja al descender de una figura tan poderosa.

Su padre siempre la había odiado y ocultado, impidiendo que avanzara para que nadie descubriera el poder que en realidad tenía.

Después de que Beatrice lo demostrara en el Sauce de Éter, su padre se había cagado y había terminado delatándose en un intento cruel de demostrarle a todo el mundo que era una farsante.

—De pequeña, cada vez que me colaba en el ala de los Dorados para pasar tiempo contigo, me torturabas durante horas.

Me ahogabas como castigo, así hasta que me desmayaba.

—Un estremecimiento la recorrió—. Eres tan despreciable que has querido matarme delante de todos humillándome por un trauma que tú mismo me creaste.

El agua no me daba miedo, eras tú el que me aterrorizaba.

Pero ya estoy harta de fingir que tengo el poder común de una Novicia.

Soy hija de un Dorado y ahora podéis perseguirme porque mi existencia está prohibida, pero imagino que también lo castigaréis a él, ¿no?

Es una lástima que no podáis cruzar esa puerta para atraparme.

Extrajo de su bolsillo la llave del Dorado y su rostro se iluminó con una sonrisa astuta.

—¡A por ellos!

Tan solo tres palabras bastaron para ignorar una verdad larga y cruel que ponía al Dorado en una horrible posición. Pero a los Maestros no les importaba la historia de una chica que había luchado con uñas y dientes para sobrevivir. Eso, o tenían demasiado miedo para atreverse a desobedecer.

Beatrice alzó los brazos y gritó. La barca se movió hacia atrás con rapidez y yo rodé en el suelo hasta que mi compañera me liberó del Éter que se clavaba en mi piel como afiladas cuerdas.

Me puse en pie como pude y nos agarramos mutuamente.

El nivel del río estaba bajando porque Beatrice estaba usando todo el puñetero Éter del sauce para crear una ola enorme en cuya cima estábamos nosotros.

—¿Lo de ser mi amigo lo decías en serio? —preguntó con cierta inseguridad mientras la altura de la ola aumentaba y veíamos a los Guardianes cada vez desde más arriba.

—Siempre que podamos seguir metiéndonos el uno con el otro, claro que sí —respondí con la voz temblorosa.

Asintió mordiéndose el interior de la mejilla.

—La amistad se trata de ser uno mismo, ¿no? —añadí con una sonrisa suave.

Sentía que la conocía mejor que a muchas personas que habían pasado por mi vida, era desconcertante e inesperado, pero… sentí una chispa de ilusión.

—Trato hecho. —Me tendió una mano y yo se la aparté.

—Ya no hace falta hacer más tratos, Be.

Compartimos una sonrisa cómplice que me llenó de una sensación desconocida. Pero poco nos duró el momento.

El movimiento ascendente de la ola se detuvo y, justo cuando las Puertas Umbra, que volvían a desprender una luz blanquecina, comenzaban a cerrarse para siempre, Beatrice nos impulsó hacia ella. Lo que no esperábamos era que los Guardianes no se movieran del sitio.

—¿ ¡

Qué hacen!? ¡Les hemos dejado tiempo para escapar! ¿Por qué se quedan ahí? —Los miré horrorizado.

—¡Apartad! —gritó Beatrice al ver que estábamos a punto de arrasar con ellos.

Pero no lo hicieron, porque antes que su vida estaba su deber.

Apoyaron el puño derecho sobre el corazón, su particular símbolo de respeto, e invocaron su poder en un escudo gigante que de poco sirvió.

Beatrice me dio la mano y se la apreté con fuerza al tiempo que cerraba los ojos para no presenciar la masacre.

La ola brillante que contenía el Éter de todo el Abismo atravesó las Puertas Umbra.

Los gritos de los Guardianes aplastados contra la barrera de seguridad nos acompañaron.

Había imaginado este momento cientos de veces. En todas ellas tenía una sonrisa de oreja a oreja en el rostro.

Lo que nunca habría esperado es que lo haría con un agujero en el pecho y una rápida y silenciosa lágrima deslizándose por mi mejilla.

Por una vez, no tenía ganas de bromear.