Capítulo 35 #3
Me preguntaba cuánto tardaría en descubrirlo, si acaso lograba hacerlo algún día.
—Desearía saber de dónde habéis sacado esa baratija —caviló el Dorado moviéndose por la barca como si el mundo le perteneciera. Chistó con desaprobación—. Está claro que de pocos Dorados podemos fiarnos ya. La cuestión es para qué querría uno de nosotros ayudaros a escapar.
Beatrice apretó los dientes hasta que le rechinaron; su pecho subía y bajaba fruto de su acelerada respiración.
—La cuestión es por qué un Dorado entra en la habit… —salté yo por ella, pero mi compañera me pegó un pellizco tan fuerte que el resto de la frase se quedó atravesada en mi garganta.
Los ojos del Dorados se cubrieron de sorpresa y desconfianza. Se tomó unos segundos para estudiarme con renovado interés al darse cuenta de la información que tenía en mi poder.
Entonces se rindió a la ira que llevaba manteniendo a raya durante toda la conversación.
—¿Y tú qué? —arremetió contra Beatrice—.
¿Después del revuelo que has formado no tienes nada que decir?
¡El Abismo entero habla de tus asombrosas habilidades!
Pero es mentira y pronto descubrirán la farsante que en realidad eres.
—Parecía que los ojos se le salieran de las órbitas, lo cual me alarmó aún más.
Un villano chiflado era impredecible y eso lo volvía peligroso—.
Porque no eres nada, tan solo la hija de la mujer que condujo a su patético séquito a la muerte.
No eres más que sueños ridículos, un desfogue que utilizan los hombres para divertirse un rato después de un aburrido día de trabajo…
Y tú solita vas a demostrarles lo inútil que eres.
Me hervía la sangre, y más aún al ver a Beatrice echarse hacia atrás por culpa del impacto de los insultos.
Verla reprimir su fuerte carácter… Fue demasiado para mí.
Me cabreé como pocas veces lo había hecho al sentir que se estaba creyendo todas sus mentiras, al verme reflejado en el rechazo de sus ojos cada vez que los niños que quería que fueran mis amigos me menospreciaban.
Sin darme cuenta, mi poder de Incierto se había acumulado y condensado en las puntas de mis dedos, listo para borrarle la cara deformada por el odio a ese hijo de la gran puta.
—Me importa una mierda que seas un Dorado y que puedas matarme con tan solo un pensamiento. No vuelvas a dirigirte a ella de esa forma o en tu honor descubriré nuevas formas de tortura que disfrutaré poniendo en práctica contigo. —Mi voz sonó ronca y letal.
Mi amenaza quedó suspendida en el aire por pocos segundos.
Sin embargo, me bastaron para girarme y ver cómo Beatrice me observaba con los ojos como platos, conmocionada.
Justo cuando atisbé un destello de orgullo en su mirada —seguro que por la crueldad con la que me había expresado— el aire se impregnó de magia.
Y entonces se desató la tormenta.
Una ola furiosa golpeó contra la barca con tanta brutalidad que me lanzó hacia detrás, lo que provocó que mi espalda impactara contra el borde. Vi las estrellas y también presencié cómo Beatrice se caía al agua soltando un chillido de puro terror que me heló la sangre.
—¡Beatrice! —grité, pero lo único que siguió a mi voz fue sonido de su cuerpo al sumergirse.
Se me paró el corazón al verla. Las olas…
No sobreviviría. Flexioné las rodillas, dispuesto a lanzarme de cabella a por ella, pero unas chispas doradas se interpusieron en mi visión como un enjambre de abejas.
Su contacto me quemó la piel y me pegaron con violencia contra la madera, obligándome a sentarme.
Me revolví gruñendo, forcejeando contra las cuerdas de Éter que me ataban a la barca.
Cuando desistí de perder más energías tontamente, me estiré y mi vista se desplazó como un rayo hacia el Dorado, que observaba la escena con regocijo.
Busqué entre la masa de agua a Beatrice y solté un suspiro de alivio al encontrarla. Aunque poco me duró el consuelo de saber que seguía con vida. Desaparecía entre las olas y aparecía con el rostro aterrorizado y sacudiendo las piernas y los brazos por el pánico.
En plan del Dorado era tan cruel que me dieron ganas de vomitar.
No la mataría directamente, dejaría que se ahogara delante de todos para humillarla, porque obviamente si Beatrice era tan poderosa como todos pensaban ahora, podría sobrevivir con los ojos cerrados a unas pocas olas.
Pero ella, que no sabía nadar, no podría sobrevivir.
Me horrorizó la idea de pertenecer al grupo de espectadores que presenciaba cómo se ahogaba la persona que me había ayudado tanto como se había metido conmigo.
Recordé cómo me había dejado en el escritorio el cartel con la imagen de Zoey, cómo me sacaba de quicio cuando el miedo se apoderaba de mí o cómo me dio la mano en medio de un puente para calmar mi miedo a las alturas.
Estaba empezando a descubrir sus cosas buenas, y ellos querían acabar con todas ellas.
A este paso lo conseguirían, joder.
«Vamos, Beatrice, tú puedes con esto»
, pensé, pero la realidad es que daba brazadas ansiosas sin ton si son, con tanta energía que pronto cedería al agotamiento y no podría llegar hasta la barca.
—¡Jared! ¡Ayúdame, por favor! —suplicó con la voz angustiada entre jadeos y a mí se me partió el alma.
—¡Suéltame desgraciado! —grité desgarrándome la garganta y forcejeando una vez más contra las ataduras invisibles que me retenían.
—¡Pero si solo tiene que nadar hasta la barca! —se rio el Dorado y exclamó con sorna—: ¡Debería ser sencillo para una persona tan poderosa!
La derrota cubrió el rostro enfermizo de Beatrice.
—Vete —me dijo.
Un segundo después, dejó de luchar y se volvió una mancha sombría y difusa que se alejaba cada vez más.
No. No. ¡No!
Y entonces la situación se volvió aún más imposible.
Las Puertas Umbra crujieron al comenzar a abrirse ante nosotros, tal y como Uriel nos aseguró que harían.
Los cientos de Guardianes que la custodiaban se giraron como si fueran uno, desconcertados.
Contábamos con pocos minutos antes de que se cerraran para siempre.
Entrecerré los ojos. De su interior emergían destellos de luz cálida que me atraían como si fuera una polilla.
Me dolió el pecho al pensar que mi hermana estaba tan cerca… Tan solo tenía que cruzar esa maldita puerta. Pero si algo tenía claro es que, aunque tuviera la oportunidad, no abandonaría a Beatrice. Y necesitaba que lo supiera.
Pero mi compañera seguía sumergida en la oscuridad.
Las manos me cosquilleaban de forma insoportable, deseosas de usar mi poder para acabar con ese desgraciado.
Quise descargar algo de energía dando un puñetazo en el suelo inundado de la barca.
Al hacerlo, ocurrió algo extraño. Sentí una corriente de agua colarse entre mis dedos y ascender, fundiéndose con mi sangre y trepando hasta mi cerebro.
«¿Pero qué coño me está pasando…?».
Mis palabras resonaron de forma inusual, como si se expandieran por el agua hasta rebotar por la pared.
Pero lo que más me descolocó fue ver la figura de Beatrice emerger en la superficie.
Cogió aire de forma frenética y por unos instantes dejó de forcejear contra las olas para no perderme de vista.
Tenía la boca abierta pese al riesgo de tragar agua y el ceño fruncido.
Parecía un poco mareada. Espera, ¿podía escucharme? ¿Cómo era eso posible?
Probando, probando
.
Pese a estar muerta de miedo y a punto de ahogarse me fulminó con la mirada.
Vale, sí, funcionaba.
No sé cómo mierda estoy haciendo esto, pero concéntrate en mi voz, ¿vale? No voy a irme
.
Cada vez estábamos más lejos, pero aun así pude ver con detalle cómo se la tragaba otra ola.
Volvió a salir poco después, esta vez con la mirada más enfocada y el rostro decidido.
Aun así, el tono morado de su piel pedía auxilio con urgencia.
Sabía que no podría darle mi mano, pero sí la voz amable que tanto necesitaba, que tanto necesité yo cada vez que los insultos de los otros niños me paralizaban.
No sé por qué le tienes pánico al agua, pero es ese miedo el que te está ahogando.
Concéntrate en mi voz y olvida las mentiras de ese desgraciado.
Llevas aguantando un infierno desde que naciste, ¿qué son unas pocas olas para la temible Beatrice?
Vamos, mueve los brazos en círculos poco a poco y ve acercándote hasta aquí.
Pero, sobre todo, concéntrate en respirar
.
Siguió paralizada y respirando con mucha ansiedad, pero poco a poco empezó a relajarse y a desplazarse por el río siguiendo mis indicaciones. Al cabo de tres intentos fallidos de no hundirse, emergió con un sollozo entrecortado y angustiado.
No puedes dejarme solo con estos pirados, sabes que sin ti no voy a conseguirlo. Somos un equipo, ¿recuerdas? En el prado me dijiste que no sabías cómo ser una buena amiga, pero durante este tiempo lo has sido muchas
veces conmigo aunque te costara admitirlo. Y si me dejas, me encantaría ser un buen amigo para ti, Be
.
La confusión no le dejaba procesar mi declaración de intenciones, pero una vez lo logró mientras luchaba por mantenerse en la superficie…
Esbozó una pequeña sonrisa alegre que me atravesó como un rayo cálido directo a mi corazón.
Nunca la había visto sonreír así, y tenía que hacerlo cuando estaba en pleno ataque de pánico y ahogamiento.
Esta chica era un caso aparte. Fui a devolverle la sonrisa, pero algo tiró de ella hacia abajo con una intensidad sobrenatural.
—¡No! ¡Beatrice!
De repente, la escasa luz que iluminaba la estancia se apagó, incluso los destellos dorados que desprendían las Puertas Umbra perdieron intensidad hasta extinguirse.
Algo sumamente poderoso venía hacia nosotros.
Se me pusieron los pelos de punta en su presencia.
Me sobresalté cuando el eco de un rugido resonó entre las paredes.