Capítulo 35 #2
Nos sostuvimos la mirada durante un largo segundo en el que un brillo de comprensión iluminó sus ojos y apretó los labios para contener una sonrisa o…
quién sabe, pero un insulto desde luego que no.
Me permití a mí mismo quedarme cerca de ella, aguantando el miedo y la tensión al tiempo que vigilaba la posición de los Guardianes y buscaba con desesperación un mísero hilo del que tirar para que —con algún milagro merecidísimo después de la mierda de vida que nos había tocado— lográramos vencer a un maldito Dorado.
Tras largos segundos de vigilancia, el Dorado tuvo que sentir la energía de nuestra mirada porque deslizó su vista hasta el punto exacto en el que nos encontrábamos.
Para un poder como el suyo era tan sencillo como buscar un foco de luz en medio de la negrura, pero para el resto solo éramos un espacio oscuro y vacío entre las decenas de barcas que se aproximaban hacia ellos.
—El juego del escondite siempre me pareció tan divertido…
—Dejó salir un largo y pesado suspiro—. Así que me resulta decepcionante ser tan bueno en él.
Pierde su gracia si siempre encuentro lo que busco al instante.
—Su voz pomposa a la par que tranquila se proyectó desde el interior de su capucha hasta alcanzar mis oídos en una inquietante brisa que me revolvió las tripas.
Esa voz… Esa voz ya la había oído antes, el problema era que no conseguía recordar dónde.
El Dorado arqueó levemente el brazo, rompiendo la tensa calma que nos mantenía en un limbo desesperante.
De un fuerte tirón, atraje hacia mí a Beatrice y nos agachamos instintivamente ante el súbito sonido de la explosión de una de las barcas más lejanas a nosotros.
La madera se partió como si una mano gigante la hubiera apretujado y aplastado con sus destructivos dedos. Se hundió en cuestión de segundos.
Al cabo de un instante, otra barca quedó destrozada. El ruido profundo y atronador de la explosión se fue perdiendo en el aire hasta devolverle su lugar al silencio, un silencio que poco tardó en transformarse en intensos estallidos que me hacían pitar los oídos.
—Con que no nos atacarían desde la distancia, ¿eh? Esto se está convirtiendo en un maldito genocidio de piedras —farfullé agarrado con fuerza al borde de la barca que cada vez se movía más como una colchoneta rosa chillón en un parque acuático.
La corriente extraña de electricidad que me atravesaba cada vez que el Dorado movía los dedos para dejar fluir su espantoso poder era espeluznante.
De nuevo, otra explosión, esta vez a nuestra izquierda y mucho más cerca de nuestras cabezas.
Las ondas provocaban olas y tuvimos que aferrarnos con todas nuestras fuerzas a los laterales de la barca para al menos mantenernos en su interior.
Y teniendo en cuenta que Beatrice no sabía nadar…
La miré de reojo y supe que debía de estar atormentándola el mismo pensamiento puesto que dejaba de respirar y cerraba los ojos con fuerza cuando las olas rompían y salpicaban nuestros trajes de cuero.
Cada vez que nos acercábamos peligrosamente a la pared de piedra, la mano de Beatrice se iluminaba y nos desplazaba hacia el centro del río.
Di un respingo cuando la barca que teníamos justo al lado quedó reducida a la nada.
«Joder, parecemos palomitas dentro de un microondas».
El corazón me latía con tanta fuerza que amortiguaba los sonidos aterradores de las explosiones. Sentir que en cualquier momento llegaría nuestro turno y no podríamos hacer nada por impedirlo…
Miré a Beatrice con pánico, pero ella estaba aún peor que yo. Mierda .
Dos barcas saltaron por los aires al mismo tiempo.
Las pesadas piedras que contenían se hundieron en el río junto con los restos de madera y el estómago se me encogió al pensar que pronto serían nuestros cadáveres los que quedarían olvidados en la oscuridad del agua.
Continuamos así hasta que el movimiento natural del río se detuvo y nuestra barca se paró a unos diez metros de distancia de los Guardianes, tan cerca de las Puertas Umbra que si querías abarcar su altura con la mirada debías prácticamente partirte la espalda.
El Dorado alzó los brazos con una lentitud tortuosa, esta vez para destaparse el rostro.
De él emanaban ondas de poder que me hacían querer apartar la mirada, pero la aguanté por mucho que me lagrimearan los ojos.
Las llamas tenues que emitían las pocas antorchas repartidas por la sala incidieron sobre sus rasgos duros y cincelados e hicieron brillar su piel impoluta.
Sus ojos, de un azul muy oscuro, estaban inquietantemente fijos sobre nosotros.
El único signo de edad era el pelo algo canoso y vacío por el centro.
¿Bótox o simple magia antiarrugas?
La verdad es que me gustaría preguntárselo.
—Pillados —ronroneó con una sonrisa algo histérica que mostraba sus rectos y brillantes dientes.
Sin margen para maniobras, presionó sus dedos y, junto con el chasquido, se oyó un sonido cercano al del cristal al romperse.
Las sombras tras las que nos refugiábamos se diluyeron entre las rocas como fantasmas asustados y nos dejaron a plena vista de nuestros enemigos.
El frío nos alcanzó de sopetón, al igual que el amargo olor a magia antigua y la sensación de crudo peligro.
Beatrice estaba completamente petrificada, por lo que tuve que alzarla del codo para ponernos en pie con sumo cuidado, ya que el río seguía muy agitado por las explosiones.
Eché un breve vistazo al banco central para localizar los cristales desperdigados de los colgantes. En efecto, destruidos. Y sin ellos no teníamos forma de saber cuánto tiempo nos quedaba para que las puertas se abrieran.
Carraspeé. Odiaba los silencios incómodos y este, definitivamente, era muy
incómodo.
—Hola. —Alcé la mano y la moví en señal de saludo.
Las olas sacudían la barca con ímpetu y a una altura que comenzaba a acojonarme. Por lo visto había un muro vertical e invisible que protegía a los Guardianes de la furia del agua, porque ellos estaban impasibles.
«No es un río común como los que fluyen por la Tierra», me había advertido Beatrice. No, desde luego que no lo era, ¿qué clase de río se detenía como si alguien hubiera pulsado un botón rojo de
stop
y generaba olas por las que surfistas matarían?
Una voz molesta me hizo devolver la atención al presente.
—Nadie salvo los Dorados pueden atravesar estas puertas, y nadie salvo los Ignis y Kaelis pueden acompañarlos, ya sea durante el comienzo o el final de las Guerras Anuales —explicó el Dorado, y soltó una risa grave y desdeñosa—.
Me sorprende que dos individuos que tienen una imagen tan elevada de sí mismos creyeran en serio que conseguirían pasar a través de las Puertas Umbra.
«Oh
, no, ¡alerta! Discurso de villano que a nadie le importa».
—No es por ponerme quisquilloso, pero, si desde un principio sabías dónde estábamos, ¿por qué has desperdiciado decenas de barcas que sirven como recursos para el Abismo?
—Me encogí de hombros y dejé caer las manos a los costados—.
Tú verás, pero me parece un despilfarro y una falta de respeto para aquellos Guardianes que luego tendrán que construirlas de nuevo.
A mí por lo menos no has conseguido asustarme —mentí descaradamente, con el corazón desbocado, y ladeé la cabeza hacia Beatrice mientras el Dorado parpadeaba un poco confuso.
Sus subordinados se miraban entre ellos sin saber muy bien qué pensar—.
Y a ella mucho menos. No voy a ser yo quien te juzgue, soy el primero al que le gusta el dramatismo, pero este numerito de —imité su voz ostentosa—: «Yo tengo el poder» era innecesario teniendo en cuenta que llevas una capa dorada. ¿O me equivoco?
—¡Jared! —masculló Beatrice entre dientes, su rostro aún más pálido ante mi despliegue de valentía. O de idiotez, pronto lo descubriríamos.
El Dorado me inspeccionó de pies a cabeza con una lentitud estremecedora; las duras líneas de expresión aún más acentuadas. El músculo de su mandíbula palpitó, pero pronto desechó la emoción que le había despertado mi insulto implícito y su rostro se volvió inexpresivo.
—Gracias a vuestro numerito la sala del Sauce de Éter ha quedado destrozada.
—Con un suave movimiento de mano señaló a los Guardianes que lo rodeaban—.
Todos están impresionados y se preguntan por qué una simple Novicia pudo sumergirse en el sauce y sostener tanto Éter en su cuerpo para después usarlo en un ataque.
—Hizo una pausa y retomó su discurso con un tono acusador—: Pero al igual que se esconden tras una baratija hechizada, esa bastarda también ha conseguido hacernos creer que es poderosa.
Apreté los puños. Me resultaba curioso que se negara a pronunciar el nombre de Beatrice cuando estaba muy claro que lo repetía como un mantra en su cabeza. Lleno de odio, eso sí. Porque el desdén con el que estaban impregnadas sus palabras… Ese sí que lo reconocí.
Una furia silenciosa se extendió por mi pecho y lo calentó tanto que tuve que apretar la mandíbula para mantener la compostura. Lo recordaba, claro que lo hacía. Este personaje misógino y asqueroso era el mismo Dorado que había irrumpido en la habitación de Beatrice para llevársela a rastras.
Sus palabras aún resonaban en mi mente.
«
Me satisface que sigas bajando, así recuerdas el destino que te espera como no te comportes como se espera de una Novicia. Sin embargo… no puedo dejar que nadie se entere de tus viajecitos ».
Por lo visto, el hecho de que estuviéramos a punto de pirarnos del Abismo lo había forzado a cambiar de idea.
Pero ¿quién diablos era en realidad y por qué había castigado a escondidas a Beatrice por su rebeldía?
Esa pregunta atrajo a muchas de las incógnitas que la rodeaban.
La sospecha que creció en mi mente se hizo cada vez más palpable; la sombra de un secreto que me horrorizó.