Capítulo 35
Jared
Confirmado. El secreto de nuestra pequeña escapada a la Cripta Eterna había pasado a mejor vida. Ahora yacía bajo tierra, coronado con flores frescas y ahogado por las lágrimas que causó su repentina marcha.
Combatir el miedo a través del dramatismo siempre había sido uno de mis trucos favoritos. ¿Me estaba funcionando? No, por supuesto que no.
Los Guardianes sabían que habíamos robado las llaves de los Dorados difuntos.
En realidad, tampoco tenías que apellidarte Holmes para adivinar el motivo de nuestra visita a la cripta después de que nos pillaran robando Éter.
Y teniendo en cuenta que un grupo había ido hasta las Cuevas Cushendun para investigar…
Tuvieron que sentir el rastro de los Ignis, por lo que habrían supuesto que nuestro próximo objetivo sería el Atharav.
Solo de esa forma los cientos de figuras ensombrecidas, diminutas en comparación con las gigantescas puertas a sus espaldas, ahora sentían que sus fantasías de asesinarnos estaban más cerca que nunca.
Y todas terminaban con cuchillas de Éter atravesándome la piel o con las puntas afiladas de sus dagas, que pese a la distancia veía en sus manos, empapadas de mi
sangre.
Me sentía dentro de un déjà vu
de muy mal gusto, solo que esta vez no comenzaría la batalla con mi hermana a mi lado, sino con el peso de su ausencia sobre mis hombros.
Me aferré a que al menos podría luchar mucho más concentrado, sin estar pendiente de que saliera herida.
Sin embargo, una vocecilla rebelde me susurró que eso no era cierto.
Mi mirada se vio atraída hacia Beatrice, que observaba a los Maestros con los puños blancos a sus costados y la mirada ardiente, atravesada por un brillo de determinación que me infundió confianza.
De improvisto, me sobrevino un pensamiento tan revelador que me empujó para atrás.
Lucharía con una Guardiana a mi lado, y la posibilidad de que pudiera pasarle algo me provocaba un fuerte nudo en el estómago. Maldije para mis adentros.
El ambiente, cada vez más pesado, se redujo a una especie de calma feroz y letal.
Todos sabíamos que en el preciso momento en el que uno de nosotros se moviera un solo centímetro, todo estallaría por los aires.
Y ya no habría vuelta atrás. A pesar del silencio sepulcral que aumentaba el volumen frenético de mis latidos, no podía ignorar el sonido de la corriente que nos empujaba directamente a las garras de los Guardianes.
Condenándonos a un encuentro sin escapatoria.
Mientras tanto, ellos seguían quietos. Tan quietos que la imagen me produjo escalofríos.
—¿Es que no piensan hacer nada? —La ansiedad arañaba mi garganta.
Me acerqué a Beatrice lo suficiente para sacar el colgante de sombras del bolsillo de su traje.
Comprobé con tan solo un vistazo que la arena escaseaba en el contenedor superior de cristal. Lo que significaba que no nos quedaba demasiado tiempo antes de que las puertas se abrieran para nosotros. Y una vez que se cerraran, nos quedaríamos aquí, atrapados para siempre.
—Están analizando la situación, no creo que esperaran decenas de barcas y eso los ha pillado por sorpresa, justo lo que queríamos —susurró con un matiz de satisfacción en su voz, sin apartar la vista del frente.
El vaho salía de entre sus labios entreabiertos, fruto de las temperaturas cada vez más bajas—.
Nos detendremos frente a ellos cuando el agua lo desee.
Puede hacerlo a milímetros o a metros de distancia, en cualquiera de los casos yo usaré el Éter de los elementos que nos rodeen para continuar moviendo la barca y tú usarás tu poder para protegernos.
—Me echó una mirada larga de advertencia y subió el volumen para añadirle peso a sus palabras—: Tenemos que ceñirnos al plan.
El plan
. Tras regresar al Abismo, Beatrice había intuido que nos podrían estar esperando delante de las Puertas Umbra por la falta de embarcaciones en la boca del río.
¿Cómo sabía cuántas solía haber? Una vez más no se había molestado en darme esa información.
Así que me tragué mis protestas, visto el estado de estupor en el que se encontraba tras descubrir la traición de Connor, y pensé en las alternativas que teníamos.
Después de que me hablara de la única dirección del río y del poder que tenían sus aguas, la idea de coger piedras enormes para ponerlas en el interior de las barcas empezó a coger forma en mi cabeza.
Jugaríamos con la confusión de los Maestros, que verían bultos extraños y tendrían que dividirse para atacarnos.
Con ayuda de las sombras no se darían cuenta de la estafa hasta que estuviéramos delante de sus narices, y con esa ventaja nos enfrentaríamos al mínimo número posible de Guardianes.
Cuando el resto nos localizara —si es que conseguían vernos—, ya estaríamos lo suficiente lejos como para tener alguna oportunidad de sobrevivir.
El plan culminaría cuando cruzáramos las Puertas Umbra; los Guardianes, al no poseer las llaves de los Dorados, morirían prácticamente en el acto si intentaban atravesarlas, y los Dorados no se involucraban en asuntos tan banales.
Beatrice me aseguró que no nos atacarían desde la distancia, ya que era imposible que supieran exactamente dónde estábamos y los Guardianes siempre, siempre,
jugaban sobre seguro.
Aunque fuera a riesgo de terminar con una soga al cuello.
Examiné nuestros alrededores, custodiados por barcas vacías que se deslizaban al mismo ritmo cansino que la nuestra y que nos seguían como si fueran nuestro particular batallón de defensa. Esbocé una sonrisa nerviosa. Joder, si es que era un pedazo de plan.
Todo saldría bien, a no ser que…
Beatrice tropezó con sus propios pies antes de agarrarse a mi torso para recuperar el equilibrio.
El poco tiempo que mis manos estuvieron en contacto con su cintura fue suficiente para percibir la repentina tensión que la había invadido.
Mi vista saltó de forma automática hacia los Maestros mientras la ayudaba a incorporarse, buscando algo que explicara por qué la confianza de Beatrice se había desvanecido.
Las barcas seguían alineadas en perfectas filas así que no era eso lo que había provocado el leve temblor que sacudía su cuerpo.
Justo cuando me disponía a preguntarle qué le ocurría, la vibración baja y oscura de un poder que comenzaba a resultarme familiar me alcanzó de golpe.
Su presencia inundó cada parte de mi cuerpo; era tan intensa y corrosiva que comprimió mi garganta y me envolvió en una pesadez que tiró de mí hacia abajo.
Entonces lo entendí. Beatrice había sentido su llegada mucho antes que yo.
La tensa quietud que espesaba el ambiente se rompió cuando las barcas centrales se separaron para abrir paso a una embarcación mucho más robusta y sofisticada con un gran número de Maestros en su interior.
Una que bien podría apoderarse del río dado que era un Dorado el que la comandaba.
El resplandor de su capa contrastaba con la penumbra que invadía hasta el rincón más lejano del río.
Al instante se dispararon mis alarmas. Todo saldría bien a no ser
que los Dorados se involucraran. ¿Y para qué perder viejas costumbres? Por supuesto que iban a hacerlo.
Tragué saliva y noté cómo el sudor frío me recorría la columna. Me incliné hacia Beatrice en busca de un calor que no encontré.
—¿Elegimos el pesimismo y la devastación o sentirnos halagados porque decenas de Maestros no sean suficientes para acabar con nosotros? —susurré cerca de su oído.
Pero ella exhaló un suspiro entrecortado.
—¿Cómo…? ¿Cómo ha tenido el valor de atreverse a venir aquí? —musitó con los ojos abiertos de par en par, completamente ajena a mi intento desinflado de restarle seriedad al asunto.
La mirada de mi compañera refulgía con ira, pero su cuerpo encogido, también un poco inclinado hacia el mío, delataba el miedo que en realidad sentía.
Y si la imperturbable e invencible Beatrice estaba acojonada…
Me tragué una retahíla de palabrotas y me esforcé en mantener la calma, si por calma entendemos evitar lanzarme al río de cabeza para ahogarme entre el silencio y bajo la mirada fija de cientos de peces deseosos de limpiar mis huesos.
Basándome tanto en libros como en anteriores experiencias, estaba seguro de que algún Guardián sabiondo tendría preparado el típico discursito de villano.
Y lo último que me apetecía era morir sintiéndome mal por no ser el héroe perfecto que no tiene miedo y que dice cosas coherentes, y mucho menos con el recordatorio de la decepción de hermano que había terminado siendo. «No, gracias».
—¡Oye! ¡No mires el río con anhelo! —siseó Beatrice dándome un manotazo en el bíceps que me devolvió de forma inmediata a la barca—.
Sí, es verdad que las cosas se han desviado un poco del plan…
—Mi gesto de «tienes que estar de broma» impidió que terminara su frase—.
Vale, las cosas se han ido a la más absoluta de las mierdas, pero aún tienes que encontrar a tu hermana y yo aún tengo que asesinar a Connor.
La imperturbable e invencible Beatrice había vuelto, de nuevo, para darme la mano.
—¿Estás romantizando el acto de matar a tu amigo porque tu deseo de venganza te impide rendirte y además te atreves a compararlo con mi amor hacia Zoey?
Ladeó un poco la cabeza y alzó una de sus definidas y oscuras cejas.
—Sí, eso es justo lo que estoy haciendo.
Mentía. Ambos sabíamos que no era precisamente eso lo que estaba haciendo.