Capítulo 34 #2
Mantuve su expectación durante unos segundos en los que deslicé la vista hacia el agua turquesa del río, que rodeaba de un halo mágico las profundidades por las que nos movíamos.
Me apoyé con un codo en la rodilla y la miré a los ojos intensamente, después convertí mi voz en un susurró íntimo.
—¿Crees que nuestro nacimiento está marcado por un propósito?
—Por supuesto que sí —respondió con tanta seriedad que me hizo alzar las cejas, sorprendido de que me siguiera el rollo.
Las fui frunciendo conforme continuó—: El tuyo es el de molestarme tanto que no me quede más remedio que descargar toda la frustración contenida durante mis veinticuatro años de vida clavándote un cuchi…
—Eres demasiado egocéntrica y violenta —la corté con una mueca de espanto—. Y para que lo sepas, era una pregunta trampa. ¿Cómo voy a ponerme filosófico en estas circunstancias?
—Jared. —Mi nombre contenía la poca paciencia que le quedaba—. Hace cinco minutos has preguntado que dónde meaban los Guardianes cuando transportaban a los Ignis y Kaelis hacia la Guerra Anual.
«¿En serio?». No recordaba haberlo dicho en voz alta, pero por lo visto lo había hecho y Beatrice sí que me estaba escuchando.
—Tendré muchos defectos, pero ser un chico curioso no es uno de ellos.
Además, ¿acaso todas tus conversaciones son inteligentes y útiles?
—Abrió la boca, pero levanté la mano antes de que respondiera—.
Ahórratelo. —Esbozó una sonrisa burlona que perdió fuerza al percatarse de mi nerviosismo cada vez más visible—.
Y volviendo a tu primera pregunta, sí, me gustaría hablar.
Me gustaría hablar sobre lo que ha pasado en el prado, pensar qué cosas pueden salir mal de nuestro plan para buscar soluciones juntos o comentar que dentro de un año probablemente vaya en esta misma barca meándome vivo para luchar en una guerra en la que no creo.
—Tuve que detenerme para coger aire y tranquilizarme—. No sé, algo.
Beatrice se limitó a observarme.
—Estás asustado —musitó al final, echándose un poco hacia atrás.
Me sorprendió que leyera tan bien mis emociones, ni siquiera yo había reconocido en mi nerviosismo una cuestión tan básica y real. Sí, estaba acojonado.
—Estamos muy cerca de conseguirlo o de mandarlo todo a la mierda —susurré retorciéndome las manos.
—Lo sé. —Su expresión se suavizó—. Mira, lo bueno es que una vez atravesemos las Puertas Umbra ningún Guardian podrá seguirnos, estaremos fuera de su jurisdicción.
—Tuvo que leer la duda en mis ojos porque siguió—: Tienen prohibido intervenir en el Atharav y en el Helheim hasta que empiece la Guerra Anual. Aún tenemos tiempo.
La miré de forma contemplativa y suspiré.
—Bueno, al menos contamos con esa ventaja.
—Le agradecí con la mirada su intento torpe por infundirme confianza.
Sin embargo, el consuelo me duró poco. El río se estrechó y nos internamos en un pasadizo sumido en la negrura más absoluta—.
Míranos, es que parece que gracias a la compra de veintidós detergentes hayamos ganado un pase exprés hacia el corredor de la muerte y estemos esperando, en silencio
, el susto de una niña exorcista que en realidad tiene cuarenta años, dos hijos adolescentes hasta arriba de hormonas y una hipoteca que pagar —estallé y descubrí a Beatrice mirándome con la boca ligeramente abierta y cara de no entender una mierda.
Bufé, frustrado—. Vamos, que no me creo que sea tan fácil.
—Es que no lo va a ser, pero mientras tanto qué esperas, ¿que luchemos contra el aire? No hay otro camino de ida y no tenemos más armas. —Y masculló por lo bajo—: Ojalá la niña exorcista te coma a ti primero, así al menos dejaría de escucharte parlotear sobre sinsentidos.
—Vamos, pero si terminarías echándolos de menos. —Esbocé una pequeña sonrisa torcida.
—No —replicó con seguridad, pero advertí que ocultaba una nota divertida en su voz.
Dejamos estar la conversación hasta que la tensión en aquel río rodeado de sombras volvió a asfixiarme, es decir, durante el impresionante periodo de un minuto.
Uno en el que me mantuve ocupado examinando la embarcación austera que habíamos escogido de entre los cientos que se mecían, amarradas, en el embarcadero principal del río.
El mismo lugar donde aterrizamos medio achicharrados tras escapar del prado en llamas.
—No entiendo por qué no tenemos remos. ¿Qué estamos, en una barca teledirigida por Charles Smith?
—Estas aguas solo conducen a un lugar y ellas lo saben —explicó haciendo un esfuerzo visible una vez más por no sonar demasiado hostil—.
Y Jared, entiendo que estés asustado porque quizás no lleguemos a entrar al Atharav o quizás lo hagamos y no encontremos a tu hermana, pero, por favor, cálmate o al final terminarán descubriéndonos.
Se me desencajó la mandíbula y mi mandíbula aterrizó en el suelo encharcado de madera. Creí que se quedaría dislocada de por vida. ¿Esa había sido Beatrice mostrando empatía
por mis emociones? Aproveché su despliegue de humanidad para preguntarle algo que llevaba rondando mi cabeza desde hacía un buen rato.
—¿Tú no tienes miedo?
Había dejado de sorprenderse por mis repentinos cambios de tema.
Rompió el contacto visual y giró la cabeza; la acompañó una pequeña ráfaga de aire gélido que hizo ondear su pelo.
—De pequeña sí que temía a la muerte, sobre todo por la noche, después de que mi madre me diera un beso en la frente pensando que me había dormido.
Pero es que disfrutaba tanto de sus historias secretas sobre la Tierra que el miedo a que se acabaran me impedía soñar con ellas.
En vez de eso, solía tener pesadillas sobre cómo sería vivir sin saber cuál sería la próxima ciudad a la que se escaparía mi madre o la forma y el color de la próxima flor que me trajera.
—Su mirada se cubrió de crudo dolor y sus ojos se humedecieron tanto que tuvo que parpadear repetidas veces para ahuyentar las lágrimas.
Apreté la mano entorno la fría madera para impedirme coger la suya.
Intuía que sí lo hacía, se cerraría en banda y me gustaba hablar con Be—.
Cuando ella… se fue… —Carraspeó y se tomó unos segundos para recomponerse—.
Pasé de temer que ocurriera algo horrible a convivir con mis peores miedos.
Y lo bueno de las pesadillas es que se acaban cuando te despiertas, pero la mía empezaba
cuando abría los ojos. Cada maldita mañana.
—Joder.
—No busco tu compasión ni tu lástima —espetó antes de que pudiera añadir algo más y me miró de nuevo, esta vez con los ojos más abiertos, tal vez consciente de la honestidad con la que me estaba hablando.
—Me sigues pareciendo igual de terrorífica, no te preocupes.
Frunció los labios antes de que una sonrisa se formara en su rostro.
—¿Y ahora tienes miedo?
Me descubrí deseando preguntarle más sobre cómo había sido crecer en un lugar tan horrible, sobre sus días antes de que apareciéramos en el Abismo y sobre qué haría cuando tuviera entre sus manos la libertad que tanto tiempo llevaba esperando.
—Si muriera ahora, perdería la oportunidad de matar a Connor, así que sí, tal vez tenga un poco de miedo.
Me reí entre dientes.
—¡Deja de hacerte la dura! Ambos sabemos que no lo vas a matar.
—Te aseguro que ganas no me faltan —gruñó—.
Pero de todas formas necesito entender por qué me ha hecho…
—no consiguió decir las palabras en voz alta— algo así.
Siempre ha sido muy obsesivo con las normas.
Antes de morir, sus padres eran muy respetados dentro de la Orden de Guardianes, y aunque su tío lo crio de una forma más abierta, ha terminado adoptando las creencias inquebrantables y antiguas de sus padres.
Supongo que es lo único que lo une a ellos.
—¿Lo estás justificando después de asegurar que quieres verlo morir? —Fue la única información que extraje, porque el pasado de Connor me importaba una mierda.
—Por supuesto que no —replicó un poco a la defensiva—. Jamás le perdonaré.
Ojalá fuera verdad. Connor ni siquiera se merecía respirar el mismo oxígeno que ella.
—Pensaba que los libros portal estaban al alcance de todos y que simplemente tú no los usabas porque al ser una Novicia no tenías forma de conseguir Éter.
Por cómo se relajaron sus hombros supe que había hecho bien en evitar el debate sobre si terminaría perdonándolo o no.
—Los libros portal se convirtieron en una leyenda hace muchísimos años.
Nadie se atrevía a pronunciar su nombre, ni siquiera en la oscuridad de sus habitaciones.
—Su tono se volvió amargo—. Por mucho que investigué nunca pude encontrarlos…
Quizás fue Connor quien se encargó de sabotear las pistas que iba encontrando.
—Por eso se enfadó tanto cuando viniste con nosotros hacia Irlanda del Norte, no solo porque te ibas a escapar, sino porque estabas a punto de descubrir su pequeño secreto.
Ella asintió apretando los dientes.
—¿Pero qué sentido tiene que se necesite Éter para usarlo?
—planteó frunciendo el ceño—. Fueron creados para que los Novicios y las mujeres pudieran escapar a la Tierra, y los únicos que pueden acceder al Sauce de Éter son los Maestros y los Dorados, es imposible que los Novicios que están allí como ayudantes roben Éter todo el tiempo. Hasta a nosotros nos han pillado.
—Ya, no tiene sentido. Solo sé que Connor introdujo su llave con el poco Éter que le quedaba las dos veces que lo usamos. De todas formas, ¿cómo creías que habíamos llegado hasta el Abismo desde la Tierra?
—Usando la llave de forma tradicional, pensé que le quedaba Éter suficiente para hacer un viaje así.
Además, no conocía a nadie que hubiera tenido un libro portal entre sus manos, ¿cómo iba a imaginarme que yo misma lo había usado?
—Se quedó pensativa y se hundió un poco en el asiento al recordar algo—.
¿Sabes? No quería destruirlo —susurró Beatrice con voz queda y sentí que era una disculpa, aunque no sabía a quién.
Lo único que sabía era que se refería al prado—.
No he podido controlarlo, a veces mi poder me supera porque…
—De repente cerró la boca como si hubiera estado a punto de cometer un delito.
—¿Tan a gusto estás en mi presencia que tus secretos se escapan solos de tus labios?
Sus mejillas se encendieron, de rabia o vergüenza, no tuve tiempo de averiguarlo, ya que el pasillo estrecho giró abruptamente hacia la izquierda de modo que la barca se inclinó tanto que nos impulsó hacia el centro.
Beatrice se estampó contra mi pecho y su rodilla terminó hundida en mi muslo, yo la rodeé con un brazo para estabilizarla y con el otro intenté sostener mi peso para no aplastarla.
Me esforcé en no pensar en que su cuerpo menudo pero esbelto presionaba con firmeza el mío.
También me concentré en ignorar su fuerte respiración, que me hacía cosquillas en la piel y que calentó mis venas en cuestión de segundos.
Pero fue el recuerdo de su voz pidiéndome que no me excitara demasiado lo que me superó.
—¡Quítate de encima! —gritó, salvándome sin saberlo.
—¡Eres tú la que se ha abalanzado sobre mí!
Nos apoyamos en el borde para recuperar el equilibrio —y yo la compostura— y solo cuando nos alejamos me di cuenta de que la temperatura había caído en picado.
Ahora echaba de menos el peso de nuestras capas, que habían volado muy lejos del prado convertidas en cenizas.
Mis alarmas se activaron cuando noté que la corriente perdía fuerza, como si el agua nos dejara espacio para…
—Bueno, pues ya hemos llegado —dijo Beatrice con un tono inexpresivo.
Seguí su mirada alzada; el iris de sus ojos ahora dorado por el resplandor de la muralla que se erguía ante nosotros. Las Puertas Umbra.
Parpadeé para ajustar la vista al cambio de luz y lo primero que advertí fueron los treinta metros de altura que calculé que mediría.
El material resplandeciente terminaba formando un arco y se fundía a su vez con la piedra del techo.
La parte inferior ponía fin al río, era la única salida.
Me pregunté qué habría al otro lado de la puerta y qué pasaría con la inmensa cantidad de agua que se cortaba de golpe.
Me sentía muy abrumado, casi hechizado por el aura de misterio que emanaban las puertas.
Mis músculos estaban en tensión, casi suplicantes porque lo averiguara cuanto antes.
Sin embargo, me era imposible apartar la mirada de la superficie dorada y brillante; estampada con un relieve que dibujaba siluetas geométricas.
Las jambas y el arco de la puerta estaban decorados por filas de piedras preciosas y relucientes.
¿Cómo se habían subido hasta ahí para colocarlas?
¿Existían escaleras tan altas o el Gran Hacedor podía crear semejante obra de la arquitectura con un simple chasquido al estilo de Thanos?
Si algún día lo conocía, se lo preguntaría, al igual que también indagaría acerca de las pirámides y la existencia de los gatos. Un ser tan despreciable como él no podía ser el responsable de semejantes monadas.
—Una parte masoca de mí quiere preguntarte en qué estás pensando, pero…
—Gatos —solté con rapidez y desvié la vista hasta ella para encontrarme con una mirada furibunda—, pero tiene una explicación…
—Que no me interesa —me cortó.
—Tú te la pierdes. —Me encogí de hombros—. Oye, ¿es la primera vez que las ves? —No había percibido demasiada sorpresa por su parte.
—No. —Secretos. Siempre rodeada de ellos—. Oye… ¿qué opinas de los finales que terminan sin una buena despedida?
—Que no pueden considerarse un buen final. —Y conforme terminé de hablar entendí su pregunta—. Espera, ¿insinúas que nos están esperando?
—Están deseando que los saludemos.
Conforme nos habíamos acercado, la niebla se había diluido y ahora mostraba aquello que las Puertas Umbra ocultaban incluso antes de traspasarlas.
Allí, aún a cierta distancia, cientos de Maestros ocultos por la oscuridad de sus capuchas blancas creaban una barrera que parecía impenetrable.
Nos estaban esperando de pie sobre sus barcas, y cuando las sombras tras las que nos escondíamos cayeran, lo harían también las máscaras, esta vez sin planes de huida.
—Yo había pagado para ver a la niña del exorcista —gimoteé.