Capítulo 34
Jared
Al final, fue el cielo el que se tiñó de rojo.
Las llamas nos envolvieron en cuestión de segundos, treparon por los árboles y se deslizaron por tierra a una velocidad antinatural, desesperadas por acabar con todo rastro de vida. Estaba seguro de que tenían conciencia propia y estaban enfadadas, muy
enfadadas. A lo lejos, las ramas de los árboles se sacudieron por la bandada de pájaros que se perdió entre la humareda.
Intenté respirar, reunir energía para invocar mi poder, pero el aire estaba tan cargado que lo único que entró en mis pulmones fue el denso humo que nublaba el ambiente.
Mi tos se escuchó por encima del crepitar del fuego y de los chillidos agudos de los animales que no consiguieron escapar.
El resto de los sonidos habían sido exterminados.
¿Cómo de dolorosa es la caída cuando la pesadilla nace del sueño en el que creíste que serías feliz?
Devolví la mirada hacia la responsable de la catástrofe y supe que me chocaría de lleno con el corazón de la mismísima traición; cada una de las llamas que arrasaban el prado eran una extensión de la ira de Beatrice.
Al reencontrarme con sus ojos también supe que no existiría escudo alguno que pudiera protegerme de ella.
Pero no me importaba. No estaba dispuesto a morir por culpa de las mentiras de Connor y lo que mi psicóloga llamaría «una nefasta autogestión de las emociones».
Tenía que parar esto.
Di un paso hacia ella dispuesto a gritarle, pero no pude.
Mi estómago se encogió cuando distinguí los surcos profundos de sus ojeras junto con la tormenta de rabia que incendiaba su mirada.
Sin embargo, detrás de la ira solo percibí vacío.
Un oscuro y triste vacío. Me pregunté cuánto podía doler la traición de su único amigo, del que estaba enamorada en secreto; un amor no correspondido que sí rompió las reglas para enrollarse con una chica que acababa de conocer, pero que impidió que ella las rompiera sabiendo que eso la haría feliz.
Apreté los puños con tanta fuerza que me hice daño. Quería partirle la cara.
No me sorprendería terminar viendo arder el mundo al lado de Beatrice.
Por suerte, con este calor las palomitas se harían rápido, así que ya podía ir cogiendo un buen cuenco porque como no hiciera algo por impedir el desastre que se avecinaba…
El mundo quedaría reducido a cenizas pronto, muy pronto.
Solo cuando sintió mi atención puesta en ella recordó mi presencia.
Tardó unos instantes en enfocar la vista, pero una vez lo hizo se topó con la comprensión en mis ojos.
Al final no iba tan desarmado como pensaba, ya que se dejó caer de rodillas en un círculo cada vez más estrecho rodeado de llamaradas de fuego.
La temperatura sofocante aumentó aún más al agacharme a su lado y, haciendo caso omiso a mi instinto de supervivencia, le cogí la mano, fría y agarrotada por la tensión.
Cuando nuestras pieles entraron en contacto dio un pequeño respingo.
Me pareció tierno a pesar de que estábamos en el centro del mismísimo infierno y de que ella era la causante del mayor desastre natural que había presenciado.
Tenía que estar mal de la cabeza. ¿Eso era contagioso?
Estaba seguro de que ella me lo había pegado.
—¿Entiendes ahora por qué me cae mal? —adopté un tono desenfadado e intenté esbozar una sonrisa suave.
Ella no apartó los ojos de mí en ningún momento, como si el prado se hubiese reducido a nosotros en vez de a cenizas.
Solo reaccionó tras escuchar mi estúpida pregunta; su pecho dejó de subir y bajar con rapidez para mantenerse en una inquietante calma, pasó del descontrol a la conmoción.
Contuve el impulso de apartarle algunos mechones de pelo que se habían pegado a su rostro por el sudor, en cambio, apreté los labios y traté de centrarme—.
No permitas que siga destruyéndote, Beatrice.
Al escuchar su nombre rompió el contacto visual conmigo y parpadeó.
Paseó la vista por el desastre que nos devoraba conforme pasaba el tiempo; nosotros seguíamos quietos, como si fuéramos inmunes a su hambre.
Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que había hecho, de la vida que había destruido, y lo supe porque distinguí arrepentimiento y vergüenza en su mirada.
Para ella el prado significaba mucho más, y todo aquello también había ardido.
La preguntaba que rondaba mi mente era: ¿c ómo?
¿Tan poderosa podía llegar a ser una Novicia?
Sus dientes rechinaron y de su garganta salió un gruñido de rabia y dolor que me llevó a pensar que había vuelto a sumergirse en la ira. Me soltó las manos y poco a poco se puso de pie; el viento que se había levantado movió su pelo largo y oscuro y el rojo de las llamas resplandeció a su lado.
Alzó la barbilla y me quedé mirándola desde abajo, completamente hipnotizado por su salvaje belleza. Tragué saliva.
—Voy a destruirlo, y cuando lo haga, recordará cada una de las veces que me escuchó llorar y decidió tenderme un pañuelo en vez de ofrecerme la puta verdad.
—Su voz era letal, tanto que se me puso la piel de gallina—.
Recordará todo mi dolor y yo olvidaré el suyo.
—Se quedó en silencio durante un instante y después murmuró—: Lo olvidaré a él.
Tras lanzar la promesa al aire me tendió una mano lentamente, como si no faltaran escasos segundos para que nos alcanzaran las llamas. O eso creía, porque el prado daba vueltas a mi alrededor, mis músculos pesaban más de lo normal y tenía la boca seca.
—Sí, por supuesto que voy contigo —logré balbucear mientras parpadeaba para ahuyentar la humedad de los ojos que me lagrimeaban por culpa del fuego—.
Me parece estupendo y te apoyaré… encantado, pero, por favor, ¿me concederías el honor de largarnos antes de morir quemados? —Le sonreí ampliamente notando c ó
mo una gota de sudor me bajaba por la sien—. Muchas gracias.
—Si me lo pides con tanta educación… —Se agachó de nuevo forzando una sonrisa gatuna y entrelazó sus dedos con los míos—. Por supuesto que sí.
Su sonrisa flaqueó cuando echó un último vistazo a nuestro alrededor, vi cómo la tristeza la golpeaba antes de que las llamas se abalanzaran sobre nosotros. La oscuridad nos acogió en un dulce y frío abrazo.
Para ser la única ruta que conectaba el Abismo al Atharav y al Helheim, estaba superdescuidada.
¿Tanto les costaba poner alguna antorcha más?
No se veía una mierda. Entendía que exigir un bar de carretera para reponer energía a medio camino era pasarse, aunque no me vendría mal una buena y grasienta hamburguesa, la verdad.
Pero ¿un baño portátil en cualquier roca saliente?
Me atrevería a decir que eso era estrictamente necesario.
Los Guardianes debían tener una excelente retención de líquidos además de una vista sobrenatural, porque el río subterráneo que conducía hacia las Puertas Umbra era kilométrico.
Infinito más bien. O tenían algún poder secreto que evaporaba sus sustancias de desecho o se lanzaban al río a mear cuando el dolor de riñones se volvía insoportable.
Al igual que también se estaba volviendo insoportable el silencio de Beatrice.
Si algo podía acercarse a mi odio hacia los pájaros era el silencio.
¿Acaso seguía respirando? Durante la hora que llevábamos de travesía no se le había movido ni un solo pelo de la cabeza, ni siquiera con la brisa fría que creaba la velocidad de la corriente.
Había pasado de soltar amenazas de muerte y devastación a desatar decenas de barcas, subirse a la nuestra y sentarse en el banco delantero sin escuchar ni una sola de mis preguntas.
Y eso que tenía muchas. Estaba seguro de que si me desnudaba tampoco se daría cuenta y, aunque era insultante para mi autoestima, era la pura realidad.
Después de hablar sobre la que sería nuestra última misión… «Un momento, última
quizás sea un término un poco drástico». Después de hablar sobre una de las muchas
misiones que aún nos quedaban por experimentar, que básicamente consistía en unir los colgantes de sombras para ocultar la barca hasta atravesar las Puertas Umbra, simplemente se había apagado. Parecía hueca, sumida en sus pensamientos con la mirada perdida en la penumbra.
Dicen que después de la tormenta llega la calma, pero después de una tan fuerte solo puede venir la tristeza. Y ver a Beatrice en esa actitud tan derrotista y desesperanzada me puso el estómago del revés. Lo intenté por séptima vez.
—¿Qué ha pasado con tus ganas de patearle el trasero a Connor?
Me crucé de brazos y esperé. Casi podía escuchar el sonido de las agujas del reloj burlándose de mí. Tictac, tictac, tictac. Nada. Solo se oía la corriente del agua junto con algunas gotas que caían desde el techo cubierto de estalactitas hasta los bordes rocosos del r í
o.
Fruncí el ceño cuando Beatrice se removió en el asiento y segundos después decidió honrar a mis oídos con su dulce voz, esta vez más desganada.
—Se han ido a jugar con mis ganas de hablar contigo.
—Oye, que tampoco hace falta ser una borde.
—Al igual que tampoco hace falta hablar.
—Mi psicóloga no estaría muy de acuerdo con eso —contradije, y conseguí que se diera la vuelta de forma que quedamos cara a cara, ella en la parte delantera de la barca y yo en la trasera.
Me fijé en que nuestras rodillas se encontraban a escasos centímetros de rozarse.
Aunque me puso mala cara, me sentí bien al despertar en ella algo diferente a la furia absoluta o al vacío, por lo que continué—: Además, ya me había quedado claro las otras seis veces que sentí que esa piedra de ahí —señalé a un lateral del río— me estaba escuchando más que tú.
—Por lo visto no te quedó lo suficientemente claro, así que dime de una maldita vez de qué quieres que hablemos —respondió sin molestarse en ocultar su falta de interés en la conversación.