Capítulo 33 #2
Devolví mi atención a Aria, que también había sentido el escrutinio antiguo y poderoso de la Diosa de la Tierra.
Nuestras manos estaban unidas, sus dedos más finos y pequeños entrelazados con los míos mientras sujetábamos una vela blanca y alargada sin encender.
Una vez alcanzamos el espacio circular y amplio que se había formado en el centro de la sala, el nerviosismo de Aria se intensificó.
Su pecho subía y bajaba con rapidez, así que le apreté la mano y esbocé una leve sonrisa de confianza.
Ella asintió sosteniéndome la mirada.
Entonces, al igual que había hecho durante su ataque de ansiedad, me concentré en lo que me hacía sentir; en la punzada cálida que atravesaba mi pecho cada vez que pensaba en el beso dulce que habíamos compartido en la biblioteca, en cómo siempre tenía ganas de tocarla y cómo nos habíamos esforzado en mejorar nuestra confianza en medio de un infierno de mentiras y muerte.
Fue fácil invocar una chispa de mi poder y usarlo para encender la vela, al igual que hizo Aria, que me miraba con una expresión intensa y contenida que me hizo querer decir muchas cosas.
Sus ojos verdes refulgían a causa de la tenue iluminación del salón, que a su vez creaba un conjunto de luces y sombras en su rostro que la hacían parecer aún más inalcanzable.
Mágica.
Todo lo que nos rodeaba resplandeció con un brillo especial cuando los asistentes alzaron sus respectivas velas y las encendieron gracias a la magia elemental.
Cientos de puntos de luz volvieron el ambiente más íntimo, romántico…
incluso cálido. Los músicos de la pequeña orquesta, situada enfrente de los tronos de los Dioses, esperaron hasta ese momento para comenzar con los primeros acordes, dando vida a una melodía lenta que poco a poco fue in crescendo
.
Aria y yo sostuvimos la vela con nuestras manos unidas y con la que me quedó libre la cogí de la cintura y extendí la palma en su espalda.
En cuanto nuestras pieles entraron en contacto, la sacudió un pequeño escalofrío.
Me sentía menos solo en esta locura sabiendo que mi proximidad también le afectaba.
La acerqué hasta mi pecho y se apoyó en mi hombro de tal forma que quedamos bastante pegados, casi abrazados.
—Vamos a darles el último espectáculo de sus vidas antes de largarnos para siempre —dije en un murmullo solo para ella.
Asintió con un brillo emocionado en los ojos y comenzamos a movernos al mismo ritmo, de un lado hacia otro sin rumbo fijo, tan solo nos balanceamos y dimos vueltas recorriendo la pista de líneas doradas y flores finas dibujadas en el suelo. Sin apartar la vista el uno del otro.
—Me gustaría quedarme así, bailando para siempre. —Aria habló en voz baja.
Su confesión me hizo fruncir el ceño porque intuía que en sus palabras había algo más que ganas de estar conmigo.
—¿No quieres irte?
Me quedé con la vela mientras ella daba una vuelta sobre sí misma con mi brazo por encima de su cabeza.
Cuando la volví a coger, se inclinó hacia atrás dejándose llevar por el movimiento de tal forma que su pelo se movió como si estuviera volando.
Tras empujarla con suavidad hacia delante, nuestras miradas volvieron a conectarse.
—Me da miedo que Uriel no nos ayude y ya no tenga forma de volver a por Álex.
No… no podría vivir con el peso de saber que está atrapado aquí.
Además… —Sus labios se apretaron y miró de reojo hacia la Diosa de la Tierra—.
Me pregunto si estaremos renunciando a muchas respuestas si conseguimos escaparnos a la Tierra.
—¿Estás pensando en las palabras que me dijo la reina?
Asintió y cogió aire profundamente. Sus pies se movían con gracia siguiendo los míos, esta vez sin pisarnos.
—Dijo que tú y yo éramos los únicos que podríamos averiguar ese secreto.
—Y que alguien les había robado, que eran todo, pero nada… —Fruncí el ceño sin llegar a ninguna conclusión—. ¿Y si son solo las palabras de alguien que ha perdido la cabeza? Mira el estado en el que está.
Aria no pudo darme una respuesta porque nuestro propio plan nos interrumpió.
Las notas resonaban por toda la estancia, cada vez con más intensidad, y una vez los músicos alcanzaron el clímax de la canción atravesamos el centro de la pista y nos pusimos en marcha.
Invocamos nuestro poder de nuevo, esta vez para alimentar la llama de la vela.
Creamos un remolino de fuego que hizo arder nuestras pieles al envolvernos y nos siguió a medida que bailamos, alumbrándonos y dejando tras de sí un reguero de chispas.
Los invitados, de forma automática, dieron un paso hacia atrás. El aire se llenó de exclamaciones ahogadas y de reojo pude ver cómo el rey se levantaba de su asiento y le decía algo a Fayna y a los guardias más cercanos, que iban más armados de lo habitual. Esto no formaba parte de su
plan, pero sí del nuestro. Y mientras estuviera distraído, no prestaría atención a la ausencia de Zoey, que estaba cubierta de sombras para liberar a los Inciertos de las mazmorras.
No podíamos dejarlos allí y dudaba que a Uriel le molestara que se vinieran con nosotros teniendo en cuenta que uno de los trabajos de los Guardianes era ayudar a los Inciertos durante su transición.
—¿Me crees si te digo que al final estoy disfrutando del estúpido baile? —Agarré a Aria con fuerza y la pegué aún más a mí mientras nos movíamos por toda la sala sin quitarnos la mirada de encima.
—Sí, te creo —murmuró dejando salir una sonrisa significativa.
Los aplausos explotaron la burbuja íntima que habíamos creado y casi lo agradecí, porque se me había pasado por la cabeza decir cosas que más me valía guardarme para mí mismo. Al separarnos arrastramos la mirada a nuestras manos, que continuaban sujetando la vela.
—Me complace que hayáis disfrutado de su muestra de poder y del exquisito baile que han preparado para vosotros.
—Los pasos del rey retumbaron por el salón tras el silencio sepulcral que anunció su intervención—.
Es todo un honor que un año más celebréis en mi castillo este día tan importante para los nuestros.
—Hizo una pausa en la que se deleitó con las sonrisas y aplausos agradecidos y luego se dio la vuelta y se dirigió hacia nosotros con un cariño asquerosamente falso—.
Os doy las gracias por haber ayudado a Ígnea en los momentos tan duros que ha vivido por culpa de los Indómitos.
Los aplausos volvieron a inundar el castillo y tuve que darle un sutil golpe con el hombro a Aria para que cambiara su cara de póquer por un gesto de adoración a su pueblo.
Ojeé la multitud en busca de Zoey, pero no vi ni rastro de ella.
Mierda. Se nos acababa el tiempo. Y como no tuviéramos ese colgante en nuestro poder…
perderíamos la única oportunidad que teníamos de escapar de allí.
—Esta noche celebramos todos juntos mi unión con mi amada compañera y el nacimiento de este reino maravilloso que hemos creado entre todos. ¡Que comience el ritual de gratitud!
Me esperaba cualquier sacrificio bizarro, pero desde luego no lo que ocurrió.
Se acercó a uno de los bultos cubiertos por la tela roja y la levantó para dejar al descubierto un expositor con una enorme flor tallada en piedra.
Se me cortó la respiración al procesar que era el mismo material del que estaban hechos los anillos que los Ignis habían utilizado para conservar el Éter que ganaban cada Anual, y gracias a los cuales habían podido permanecer largas horas en la Tierra para buscar a Nora.
Y joder, también era la misma piedra que llevaban los grilletes de los Solitarios.
¿Así conseguía el rey el poder elemental? ¿Por eso había invitado solo a las figuras más relevantes y poderosas del Atharav? Era tan ruin que no quería malgastar ni una sola gota de su poder para conjurar el hechizo que convertiría a los Inciertos Kaelis en Solitarios.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —Me giré hacia Aria, que a mi lado se había quedado completamente rígida y miraba al Dios del Fuego apretando los dientes, con tanta rabia que agarraba el pomposo vestido con los puños.
—Es vuestro turno de honrar a vuestros reyes. —El rey se alejó de la vitrina—. Este año será el último que sufriremos muertes por hambruna y por las Anuales. Y ahora entenderéis por qué, pero primero…
Todos los invitados alzaron su vela y con la mano libre movieron los dedos para apagarla y trasladar el poder a la flor tallada, que brilló conforme cada chispa se adentraba en el material y adoptó un color rojizo similar al de los grilletes. Las donaciones de poder parecían estrellas fugaces.
¿Por esa razón el rey nunca dejaba que Eidan asistiera como guardia al baile? Si veía la piedra, la relacionaría con el grillete que vio y descubriría la implicación directa del rey con los Solitarios.
—Por fin ha llegado el momento que tanto había estado esperando —aclamó con la emoción saliendo de cada poro de su piel—. Ha ocurrido un milagro.
Se movió hasta quedar cerca del segundo expositor, que le llegaba más o menos por la cintura y que sostenía otro objeto mucho más pequeño.
Arrugó la tela que lo ocultaba y tiró de ella.
La multitud enloqueció por completo; exclamaciones de júbilo y rostros de absoluta conmoción. Decenas de Ignis que durante el baile habían mantenido una actitud serena y jodidamente estirada se echaron a llorar, algunos cayeron al suelo de rodillas.
Lo que había bajo ese paño era otra flor.
Pero esta vez real, con su textura y sus colores vivos.
—Tenéis toda la noche por delante para pasar a verla, pero tenéis que saber que todo esto es gracias a nuestra querida llave.
—Me fui a poner delante de ella al adivinar las intenciones del rey, pero se me adelantó y la cogió del brazo para que diera un paso al frente—.
Como sabéis, su presencia en el Atharav ha provocado que algunas lluvias caigan en nuestras tierras secas; esta es la prueba definitiva de que en la próxima Anual nos liberará y llevará a casa. Por fin.
El ambiente se descontroló, preso de la euforia, por eso nadie se dio cuenta de cómo el rey se inclinaba hacia Aria para darle lo que en apariencia era un inocente abrazo.
Le lancé una mirada que prometía muerte.
Y no sabía qué le había dicho, pero ella se quedó completamente blanca.
Di un paso al frente para alejarlo de ella cuando un fuerte estallido reventó la burbuja de celebración en la que se había sumido el salón.
Nos tiramos al suelo por inercia y más rápido que nunca invoqué un escudo de fuego para protegernos a Aria y a mí de los cientos de cristales afilados que descendieron sobre nuestras cabezas.
Las ventanas habían saltado por los aires y la oscuridad estaba invadiendo el castillo.
Un puñado de figuras con máscaras de dragón entraron colgados de cuerdas.
Los Indómitos habían llegado.
Y nosotros no teníamos el puto colgante de sombras para escapar de ellos.