Capítulo 33
Killian
—Los sirvientes están demasiado ocupados esta noche como para recoger tus babas, así que hazles un favor y cierra la boca —gruñó Fayna justo antes de pasar por mi lado, estampar su hombro con el mío y desaparecer por el pasillo en penumbra por el que acababa de salir Aria.
Mi atención ni siquiera vaciló. Me importaba una mierda esa arpía, de repente me había puesto de tan buen humor que incluso la obsequiaría dándole la razón.
Por supuesto que me había quedado con la boca abierta al ver a Aria y no me avergonzaba admitirlo.
¿Quién en su sano juicio no se quedaría embobado observándola?
La repasé con la mirada de arriba abajo, tomándome mi tiempo para saborear cada centímetro de su cuerpo.
Estaba deslumbrante. Quise arrastrarla hacia la oscuridad del rincón más cercano para demostrarle lo mucho que me gustaba cómo se ajustaba el corsé a sus curvas antes de que la tela dorada y brillante cayera hasta el suelo.
Me terminé de quedar sin aliento al ver su cuello expuesto gracias al peinado que le habían hecho.
Estaba deslumbrante, incluso con la mirada triste y cansada de la que no se desprendía.
Cuando por fin llegó hasta mí, los guardias que la escoltaban se quedaron un paso atrás, vigilándonos tal y como llevaban haciendo desde el incidente en la biblioteca.
Sin embargo, como habíamos mejorado en los siguientes entrenamientos, la excusa de que habíamos ido allí para buscar más información acerca de nuestra magia había colado.
Aria había conectado con su dolor al enterarse del destino de Álex, así que, al igual que yo, aprovechaba las sesiones de lucha para desahogarse a base de lanzar bolas y discos de fuego —algunos con más puntería que otros— o moldear su poder en forma de cualquier objeto que a Connor se le ocurriera.
El pobre no era muy original.
Aun así, el Dios del Fuego tenía a sus perritos falderos estudiando cada uno de nuestros movimientos, en especial a Fayna, que, como siempre, era un grano en el culo. Por esa razón contarles nuestro plan a Connor y a Zoey no había sido nada
sencillo.
Pero el día que el rey le dio vía libre a Zoey para que entrenara con nosotros, aprovechamos para dejar que mi poder se descontrolase.
Creé una barrera de fuego que nos protegió de oídos curiosos el tiempo suficiente para contarles lo que ocurriría en el baile.
También aprovechamos para enseñarles el anillo con el mapa que nos conduciría hasta el Bosque de las Bestias junto con el colgante de las sombras.
Los dos pensaron que era una locura, pero aceptaron.
Teniendo en cuenta que disponíamos de un escaso minuto, tampoco tuvieron mucho tiempo de reflexión. Estaba seguro de que Connor llevaba sin dormir desde entonces.
Zoey debía de estar completamente destrozada si había dudado tanto de marcharse con nosotros a la Tierra y de salvar a los Inciertos que había escuchado gritar y llorar durante esos días que estuvo en los calabozos.
Para ello, le habíamos dado el colgante de sombras.
Lo usaría para dejar fuera de combate a los guardias y reunir a los Inciertos en la salida trasera al patio de armas, cuyo acceso quedaba en la zona baja de las escaleras en las que nos encontrábamos.
Como también estaba invitada al baile, Zoey nos devolvería el colgante esa misma noche para poder escabullirnos cuando todo explotara.
Lo usaríamos para salir del castillo dando un tranquilo paseo hacia el Bosque de las Bestias.
—Tú también estás muy guapo. —Con una sonrisa contenida y las mejillas sonrojadas, Aria se acercó a mí de forma que su dulce fragancia me rodeó.
No me pude resistir. Me incliné y deposité en su mejilla un suave y largo beso que la pilló desprevenida.
Lo que no contemplaba es que de repente se quedara rígida.
Me alejé y me encontré con una expresión sorprendida; sus ojos clavados en un punto concreto a mi espalda—. Killian, date la vuelta.
El tono urgente que utilizó fue lo único que consiguió que apartara mi mirada de ella.
Al segundo, mi respiración se aceleró. Desde lo alto de la amplia escalera que conducía al salón podíamos ver, delante de dos bultos cubiertos por una tela roja, al rey —cómo no, con la réplica de la que había sido su corona— y también quién disfrutaba de la celebración a su lado.
Bueno, «disfrutar» no era la palabra más adecuada.
Rodeada de gente, la mirada de la Diosa de la Tierra vagaba perdida, turbada, vacía
.
Parecía que no se hallara en medio del ambiente elegante y sofisticado en el que se había convertido el castillo, si no en otro lugar mucho más lejano.
—¿Qué hace aquí? —pregunté estudiando sus rasgos y su cuerpo alicaído, como si llevara una fuerte carga sobre los delgados hombros.
Su rostro de piel negra se correspondía con el de una mujer de mediana edad y el verde de su vestido era lo único que parecía vivo en ella.
—Es el único día que los Ignis, sobre todo los más afines a su elemento, solicitan su presencia. —Eidan apareció como el viejo sabio que tiene todas las respuestas, consiguiendo que nos giráramos hacia él de golpe.
—Joder, qué puñetera manía tienes de aparecer de repente.
—Lo miré mal y él nos dirigió una amable sonrisa de disculpa mientras se rascaba la nuca.
El cabrón tenía sus métodos de manipulación emocional para conseguir que nadie se enfadara con él durante más de dos segundos. Y lo hacía de puta madre.
—No tendría sentido que ella no estuviera aquí teniendo en cuenta que esta noche se celebra su unión con el Dios del Fuego para hacer frente a los que nos traicionaron —continuó con la explicación, que salió de su boca como un discurso aprendido hace mucho.
De repente, pareció recordar algo y su cara fue la viva imagen de la resignación—.
Bueno, ha llegado el momento. Yo me tengo que ir, este día del año siempre me toca vigilar la muralla.
Me resultó curioso que el rey decidiera prescindir de su letalidad justo esa noche, pero ¿quién podía entender a ese monstruo?
Eidan hizo una reverencia que nos dejó a ambos aún más perplejos y, con un gesto un poco torpe, nos invitó a que bajáramos al gran salón.
Aria y yo compartimos una mirada de determinación antes de coger la vela que nos tendió y, bajo el brillo de la luz tenue que proporcionaban los candelabros de cristal, anduvimos hacia el principio de la escalera.
Lo hicimos acompañados por la música clásica que resonaba por las paredes, ahora adornadas por largas cortinas y tapices elegantes, el sonido de las copas al chocarse junto con el murmullo del gentío, y rodeados por una cantidad inmensa de flores falsas que adornaban las distintas zonas de comida, bebida y baile.
Era un infierno de sufrimiento, muerte y amenazas decorado como si fuera un puñetero cuento de hadas.
Cada jodido detalle escogido para crear el escenario perfecto que hiciera brillar el secreto que estaba a punto de anunciar el rey.
Era un maldito psicópata.
Y había llegado la hora de romper las cuerdas que nos ataban a él.
Los últimos días habían consistido en tragar tierra por culpa de la brutalidad de Eidan en los entrenamientos, chamuscarnos los unos a los otros cuando los ataques de fuego se desviaban y cambiarnos a toda prisa el traje de entrenamiento por ropa más formal para practicar el maldito baile.
Aún me dolía la cabeza por tener que recordar los pasos a la vez que intentaba no pisar a Aria.
Había resultado un fracaso la mayoría de las veces.
Y la espalda, la espalda también me dolía por culpa de no descansar y de llevar al límite a mi cuerpo durante las sesiones de entrenamiento.
La situación era surrealista, pero no nos había quedado más remedio que aceptar. Bailaríamos para entretener a las figuras más ricas y poderosas del Atharav antes de que el rey hiciera su anuncio.
Por lo poco que me había contado Eidan, el resto de los Ignis celebrarían la fiesta en las calles de Ígnea con la familia que les quedara.
Al escuchar aquello una punzada de empatía me atravesó el estómago.
Recordé lo duras que habían sido las últimas navidades…
En una casa diferente y sin mi madre. Ni siquiera la película de Los Vengadores
que le puse a Eric pudo animarnos a ninguno de los dos. Otra punzada, esta vez de dolor, me comprimió el pecho al pensar en mi hermano. Si todo salía bien esa noche, volvería a verlo dentro de poco.
Solo con poner un pie en el primer escalón de mármol, el sonido de los cuchicheos de las cientos de figuras con vestidos largos y trajes arregladas se apagó; habían pasado de hablar entre ellos con bebidas refinadas en la mano a quedarse en completo silencio examinándonos con una mezcla de admiración y temor mientras descendíamos.
La desconfianza no se había ido de sus ojos, pero sí que se había reducido.
Sin embargo, el efecto de tantos ojos apuntando en nuestra dirección se desinfló en cuanto ella
alzó la cabeza y la movió lánguidamente hacia nosotros.
La Diosa de la Tierra ladeó la cabeza sin dejar de observarnos mientras bajábamos un escalón tras otro. Ni siquiera parpadeaba.
«Joder, qué puto mal rollo».
Las palabras que me había dicho resonaron en mi mente: «Nos ha robado y ahora somos todo, pero nada. Solo mentiras que tú, tú y la chica podéis descubrir».
Desde que había descubierto su presencia me había fijado en que éramos de los pocos que reparaban en ella.
Nadie se atrevía a mirarla, o quizás nadie se molestaba en hacerlo, al igual que ocurría con la invocación de su elemento.
La diferencia era notoria teniendo en cuenta la cantidad de Ignis que se apelotonaban cerca del Dios del Fuego.