Capítulo 32 #2
Nos separamos un poco para levantarnos del agrietado suelo de mármol y una vez en pie me tambaleé.
Killian en seguida estuvo a mi lado para agarrarme del codo y ayudarme a recuperar el equilibrio.
Me quité el colgante de sombras y se lo pasé para que lo guardara en uno de los bolsillos de su traje, consciente de que pronto aparecerían guardias en busca del origen del revuelo.
Lo extraño era que no hubieran llegado ya.
Paseé la mirada por el desastre en que se había convertido la biblioteca.
El polvo se había levantado por el revuelo y se podían entrever las motas suspendidas en el aire gracias a la luz que entraba por las ventanas abiertas.
Las velas estaban completamente derretidas por el aumento de temperatura que había causado mi poder.
Muchos de los cuadros que antes adornaban las paredes tapizadas estaban desparramados por el suelo, algunos enterrados bajo decenas de libros y estanterías que no habían aguantado en pie.
—Ahora con más razón que nunca tenemos que irnos de este infierno —anunció Killian, mirándome con determinación.
Negué con la cabeza.
—No puedo abandonar a Álex otra vez y mucho menos permitir que se desintegre al intentar cruzar las Puertas Umbra.
—Y no lo harás, pero si nos quedamos aquí estaremos con las manos atadas. Además, corremos el riesgo de que Zoey revele su descendencia y termine transformándose en una Kaelis, lo que significaría condenarla a convertirse en una Solitaria.
Me clavé las uñas en las palmas de las manos.
Dios, estábamos en un callejón sin salida. ¿Pero cómo iba a abandonar a mi amigo a su suerte? No lo haría y mucho menos después de que se sacrificara para que yo pudiera escapar aquella noche en el bosque de Haven Lake.
—No me puedo creer que el rey sea tan retorcido…
—dije mientras echaba a andar. No podía estarme quieta con la tensión que tenía encima—.
Pensaba que los Inciertos que revelaban su descendencia como Kaelis directamente morían al no estar en el Helheim, no que el rey los convertía en esos seres para manipular al pueblo haciéndoles creer que los responsables son los Indómitos.
—Lo que no entiendo es por qué no se han defendido contando la verdad.
—Quizás lo hayan hecho, pero no les hayan creído…
—Está claro que son igual de monstruos que los Ignis que siguen al rey, teniendo en cuenta que pusieron bombas en una zona donde había hasta niños.
Aun así, tengo la sensación de que conocen algunos de los secretos del Dios del Fuego y de la Diosa de la Tierra.
—Aquella posibilidad me llamó como la luz a una polilla, pero Killian saltó a otro tema—.
Joder, acabo de caer en alguien que podría ayudarnos.
Enseguida supe a quién se refería. No podía ser otro salvo él.
—Uriel.
Su nombre, antiguo y poderoso como su magia resonó en la estancia en un susurro trémulo.
—Exacto. Si conseguimos salir de aquí, se reunirá con nosotros para protegernos y aprovecharemos para contarle lo que hemos descubierto.
Con algo de suerte nos ayudará para que podamos salvar a todos los Inciertos.
—Tuvo que percibir mi escepticismo porque continuó—: Es un Guardián, aunque no pueda interferir, seguro que encuentra una forma de darnos información acerca de algún contrahechizo.
—Estoy segura de que él tiene todas las respuestas —susurré mientras meditaba su propuesta—. Incluso sabía cuál era el mejor día para que nos escapáramos del castillo.
—Tenemos que estar preparados y contarles nuestro plan a Zoey y a Connor.
Solo quedan tres días para el baile —dijo, y guardó silencio durante una larga pausa en la que me estudió con tanta atención que me puso nerviosa.
Cuando habló su tono era bajo y prudente—: ¿Quieres seguir averiguando la verdad después de lo que ha pasado hoy?
La pregunta me dejó sin aliento.
Y por primera vez no salió una respuesta negativa e inamovible de mi boca.
—Yo… —Mi voz se fue perdiendo hasta desaparecer, pero Killian se quedó callado, respetó mis tiempos cuando sabía que era lo único que no teníamos.
Cerré los ojos con fuerza y solté aquello que me corroía por dentro dejándome como un cascarón vacío—.
Necesito dejar de estar enfadada con mi madre.
Es horrible, pero no sé cómo perdonarla.
El nudo de temor que me apretaba el estómago se intensificó mientras esperaba la mirada de decepción de Killian. Pero nunca llegó. Más bien se llenó de entendimiento.
—Esto va más allá de que te mintiera, Aria.
—Me acarició el pómulo con delicadeza y encontré consuelo en ese pequeño gesto—.
Aunque lo hiciera para protegerte, te abandonó durante un año entero y, cuando regresaste, todo eran secretos y verdades que cambiaron tu vida.
Es normal que estés enfadada con ella al mismo tiempo que estás destrozada por su pérdida.
—Solo necesito un día más con ella, un día para que podamos discutir y luego llorar mientras nos abrazamos y nos perdonamos. Solo uno más —dije a media voz.
—Nora no querría verte sufrir de esta manera. —La preocupación se hizo aún más notable en su rostro.
No. Ella lo último que querría era que siguiéramos distanciadas.
Una chispa de comprensión nació y creció dentro de mí.
—Creo que… —Inspiré hondo y mi corazón se aceleró de nuevo—.
Creo que sé cómo puedo dejar de estar enfadada con ella.
Estoy harta de esconderme. Averiguar la verdad no solo puede causar muerte y dolor, también puede ayudarnos a salvar a Álex, a todos los Solitarios…
y acercarme mucho más a mi madre. Si conozco su historia, podré entender por lo que estaba pasando, y si averiguo el secreto que ocultó durante tantos años, sabré las razones por las que quería protegerme. Eso es lo que tengo que hacer.
Mis pulmones tomaron aire y me sentí más liviana que desde que había pisado el Atharav. Por fin sabía hacia dónde dirigirme.
—Joder, esa es mi chica. —Killian esbozó una amplia sonrisa que me contagió.
El sonido fuerte de unas zancadas que atravesaban el pasillo me impidió darle vueltas a lo que estaba ocurriendo dentro de mí. Las puertas rebotaron con fuerza en las paredes al abrirse y aparecieron dos guardias en posición de defensa, justo a unos metros enfrente de nosotros. Nos vieron de pleno.
—¡Eh! ¡Vosotros! Por todos los Dioses, ¿¡qué ha pasado aquí!? —clamó uno de ellos estudiando la destrucción a nuestro alrededor.
Killian me rodeó la cintura para pegarme a su torso y poner su mano en la parte baja de mi cadera. Ese simple contacto me puso la piel de gallina.
—Lo siento, estábamos averiguando más acerca de nuestros poderes y una cosa nos ha llevado a la otra y… Bueno, digamos que se nos ha ido un poco de las manos. —Se encogió de hombros sonriendo con picardía.
—Llama al rey de inmediato —ordenó el guardia a su compañero.
Mientras salía corriendo de la biblioteca en busca del Dios del Fuego, compartí una mirada de temor con Killian, al que se le había borrado todo rastro de diversión de la cara. Quedaban tres días para el baile y la confianza que tanto nos había costado construir estaba a punto de romperse.
«Fantástico».