A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Aria

No recordaba haber tomado la decisión de ocultarme entre las sombras, tampoco el cosquilleo helado de su roce mientras eran convocadas por el colgante que volvía a descansar sobre mi cuello. Mi pecho estaba hueco, vacío

. Solo escuchaba el latido frenético de mi corazón reventando mis oídos y, en la distancia, un grito roto y desesperado que me rogaba que me alejara de otra verdad que volvía a derrumbarme.

Pero no podía moverme del sitio. La realidad tomó forma y me arrasó como un tsunami inesperado.

Toda la frustración, la confusión y las ganas de descubrir el secreto de los Solitarios se transformaron de golpe en un dolor que me apretó el corazón tan fuerte que sentía que me lo rompería de un segundo a otro.

Quería correr, pero mis músculos me lo impedían; habían perdido toda su fuerza.

Abrí la boca en busca de aire y caí de rodillas al suelo porque mi garganta estaba tan cerrada que me ahogaba.

Álex, con su amor por los helados de chocolate blanco, su manía de dejar la puerta entreabierta siempre que dormía, su olor a hogar, su forma de bromear y su obsesión por los grupos de música que siempre acababan separándose, se había convertido en una criatura que agonizaba por permanecer en un infierno al que no pertenecía.

Una bestia que deambulaba sola por el bosque día y noche, pudriéndose por dentro.

Un sudor frío me bajó por la espalda y tuve que llevarme la mano a la boca para contener una arcada que me dobló en dos.

—Aria, por favor, tienes que respirar.

Una voz lejana se coló en el rugido de la tormenta que se estaba desatando en mi interior.

Entonces percibí el tacto de una mano grande y cálida apoyada sobre mi espalda junto a un brazo que me rodeaba con fuerza, sosteniéndome.

Me aferré a él, y la sensación de mareo disminuyó lo suficiente como para tomar una pequeña bocanada de aire.

—Eso es, sigue respirando así. Puedes hacerlo —susurró, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja con una dulzura que se abrió paso entre el dolor sordo que me agujereaba el pecho—. Encontraremos una forma de arreglar esto, ¿vale? Averiguaremos cómo podemos ayudarlos.

Seguí intentando inhalar y exhalar, cada vez más consciente de lo que me rodeaba y de que la ansiedad se había ido acumulando en mi pecho hasta estallar de esta manera.

El miedo sacó sus afiladas garras y se me contrajo el estómago al recordar el pánico que había sentido la última vez que había sufrido uno de estos ataques.

Esta vez debía ser diferente, no podía dejar que llegara hasta el punto de no poder mover los dedos de las manos. Sin embargo, las cosas estaban lejos de calmarse en cuanto un nuevo pensamiento me asaltó.

Un recordatorio. Otra verdad que me golpeó y desestabilizó.

«Todo esto es culpa del Dios del Fuego».

Y en cuestión de segundos, todo se descontroló.

La ira que llevaba reprimiendo desde la muerte de mi madre se despertó y trepó por mis venas con un bramido enfurecido, incendiando cada parte de mí; un salvavidas que no dudé en coger.

Estaba enfadada. Muy enfadada. Con mi padre por haberme mirado a los ojos sabiendo que quizás no era su verdadera hija, con el Dios del Fuego por habérmelo arrebatado todo y con mi madre por haberme ocultado nuestra verdadera naturaleza.

Yo… estaba enfadada con la persona que había dado su vida para salvarme.

Y por esa razón, con la persona que más furiosa estaba era conmigo misma.

Me sentía… un monstruo. Al conectar con esa emoción mi poder se desperezó y abrió los ojos.

Por fin estaba despierto y llevaba tanto tiempo adormilado que no dudó en luchar con uñas y dientes para salir y arrasar con todo, como había querido hacer en el baile en el que me presentaron ante los Ignis.

Su energía, cada vez más viva e intensa, me presionó tanto los huesos que cerré los puños y apreté los dientes para contener un alarido de dolor.

Estaba desatada. Quería hacerle pagar al rey por todo el daño que nos había hecho.

Ahora entendía por qué no había conseguido invocar mi poder en los entrenamientos: había estado evitando cualquier tipo de emoción, por lo que mi fuente de energía no había tenido modo de salir a la superficie.

Sin embargo, en esos momentos tenía en mis manos la oportunidad de condensar el caos de mi magia y llevar a cabo la venganza a la que, en un principio, me había aferrado para sobrevivir en el Atharav.

De repente, la leve sensación de balanceo bajo mis pies se convirtió en un fuerte temblor que trajo consigo un sonido atronador.

Las ventanas se abrieron y golpearon contra las paredes.

Abrí los ojos de par en par y alcé la mirada.

Las sombras que nos rodeaban se habían estirado hasta casi alcanzar el techo y se mezclaban con las llamas rojas que emergían de mí.

Actuaban como un muro sólido, impidiendo así que las estanterías junto con la enorme lámpara de araña que colgaba del techo y se movía como si estuviera en medio de una tormenta nos aplastaran.

La biblioteca estaba derrumbándose sobre nosotros.

—¡Aria! ¡Tienes que calmarte! —gritó Killian, mientras se colocaba frente a mí y sostenía mi cara entre sus grandes manos.

Sus ojos grises, ahora casi negros, estaban cubiertos de miedo, lo cual me despertó.

¿Qué estaba haciendo? No era tan poderosa como para acabar con el rey y, si lo hiciera, tendríamos a un ejército de Ignis bastante cabreados detrás de nosotros y de Eric, Zoey, Connor, incluso de mi padre y mis amigas…

Sabía que encontrarían la forma de hacerles daño. Y no podía permitirlo.

Killian fue a decir algo, seguramente para avisarme de lo que estaba dispuesto a hacer de nuevo para protegernos. Pero yo me adelanté.

—Haz que pare antes de que sea tarde —le supliqué, con el pánico nublándome la visión y la fuerza de la magia aplastándome.

Una gota fría de sudor me bajó desde la frente, cada vez me sentía más exhausta.

La expresión de Killian se endureció, vi que se concentraba y respiraba a la vez que yo.

Imité sus movimientos y me obligué a respirar hondo al tiempo que él canalizaba su poder de forma que actuara como un bálsamo para el mío.

No tenía ni idea de a qué emoción se había aferrado, pero su gesto se relajó y me observó con un brillo cálido en los ojos que me reconfortó.

Me sobresalté cuando el suelo se agrietó y emergió de él una energía con destellos marrones que se abalanzó sobre mi poder como un oleaje enfurecido.

Un escalofrío intenso me recorrió de pies a cabeza conforme la magia de Killian bailaba sobre la mía y la reducía.

Entonces caí en la cuenta de que el color era distinto al de las otras veces porque no había convocado el elemento Fuego.

Había usado sus poderes de tierra para estabilizar el terremoto que había causado mi poder. Lo miré totalmente anonadada.

Era impresionante.

Él era impresionante.

Sirviéndome de la chispa de energía que me causó ese pensamiento, me concentré en hacer los mismos ejercicios de respiración abdominal que ponía en práctica cuando me daba un ataque de ansiedad.

Tenía que concentrarme en controlar la intensidad de mis emociones, conectar con la realidad y repetirme a mí misma una y otra vez que todo iría bien, que yo estaba bien.

Por mucho que en el fondo no lo creyera debía decírmelo las veces que fuera necesario hasta que mi cuerpo entendiera el mensaje.

Pensé en aquellas cosas que me provocaban paz y puse mis manos sobre las de Killian, que continuaban sujetándome la cara de forma suave pero firme.

Él asintió dándome ánimos. Repetí las respiraciones profundas hasta que el mundo volvió a recuperar su gravedad, color y tiempo.

Fue más rápido que la última vez porque, a diferencia de en baile de presentación, aquí habíamos trabajado juntos y con confianza.

Como un equipo, dos amigos y dos personas que se importaban y preocupaban el uno por el otro.

Sentí una punzada de calidez en el estómago y tuve que tragar saliva para deshacerme de la abrumadora sensación que me invadió.

Killian sonrió con cariño y apoyó su frente en la mía. Tenía el rostro sudoroso, el pelo pegado a la frente y los ojos brillantes del alivio que sentía.

No pude evitar pensar que estaba guapísimo.

Nos sostuvimos la mirada durante largos segundos hasta que rompí el silencio.

—Gracias —dije, sentía cómo mis músculos se relajaban y me pedían a gritos que me dejara caer sobre él.

—Yo solo te he ayudado, eres tú la que ha conseguido calmar tus poderes —respondió y el nudo que me apretaba el estómago se aflojó al tomar conciencia de que podría, poco a poco, aprender a regular mis poderes para que yo fuera su dueña y no al contrario—.

Ha sido increíble. Y más si tenemos en cuenta que hemos estado a punto de morir enterrados bajo cientos de historias guarras.

No pude reprimir la pequeña y cansada sonrisa que asomó de mis labios. Solo él podía conseguir algo así en una situación tan desastrosa.

Se me encogió el corazón y volví a actuar por impulso.

Sin pensarlo dos veces incliné la cabeza y uní mis labios con los suyos.

El beso lo pilló totalmente desprevenido, pero enseguida reaccionó y me lo devolvió.

Movió sus labios sobre los míos sin prisa, con suavidad y delicadeza.

Fue un beso muy diferente a los que nos habíamos dado antes; lento, de cariño, consuelo… Más dulce que nunca.

Tras separarnos, los dos igual de sorprendidos, recorrió el contorno de mi rostro con las yemas de los dedos hasta alcanzar mis labios y los tocó con delicadeza, deleitándose en nuestra proximidad.

Mi corazón, lejos de latir con normalidad, volvió a acelerarse descontrolado.