A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Epílogo
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Epílogo

La Diosa de la Tierra

No sabía si estaba en una habitación sin luz o en el vacío oscuro de la muerte.

Su crujido me arañaba por detrás de los ojos.

El de la mecedora. Sí. La mecedora que se movía hacia delante y hacia atrás.

Hacia delante y hacia atrás. Quería que parara, pero si seguía sacudiendo la cabeza, atraería como una campana a esa voz lejana que me hablaba a todas horas.

No quería que viniera, pero necesitaba que lo hiciera.

Hacia delante y hacia atrás. Sí. Ven. Te estoy llamando.

¡Que vengas!

¡No! ¡No vengas!

Por favor.

¡No quiero que vengas!

La mecedora dejó de moverse.

Silencio. Dejé de clavar las uñas en la madera y al apoyar los dedos, sentí algo líquido.

Sangre. Sentir la sangre siempre significaba paz.

—Hola —hablé.

—¿Quién eres tú? —pregunté.

—La misma que eres tú.

—¿Quieres volverme más lo… —se me quedó la voz atascada— loca de lo que estoy?

—Tú no estás loca. Eres la más lúcida de todos gracias al sacrificio de la chica de besos dulces, capa dorada y cuaderno rojo. ¡Grítalo! ¡Grita el mensaje por el que ella dio la vida!

Una fuerza antigua y poderosa se revolvió dentro de mí y me salió por la boca.

—Todos tienen que saberlo —chillé, agarrándome a la madera de la mecedora. Me cubrí las manos del líquido espeso—. El secreto. El secreto. El secreto. El secreto. ¡El secreto!

Me estaba desgarrando la garganta, pero me daba igual.

Me tenían que escuchar.

Me tenían que ayudar.

—Lo que se da no puede ser devuelto. Nos ha robado y ahora somos todo, pero nada. Solo mentiras que el chico y la chica pueden descubrir. ¿Por qué tuviste que obligarme a recordar aquello que los demás han olvidado, Lunette?