Capítulo 31
Aria
Las sombras acudieron a mi encuentro con desesperación; enredándose y ronroneando entre mis piernas como gatos sedientos de atención.
Bailaron caóticas sobre mí, pegándose a mi piel y acariciándola con su frío y oscuro aliento.
Fue como robar un pedacito de noche para envolverme y desaparecer junto con ella.
Culpé a las sombras de la dirección de mis pasos, de cada esquina que doblé y cada escalera que bajé tan rápido como una brisa que se cuela por una ventana y teme ser descubierta.
El miedo me atravesaba la garganta y me hacía sentir incómoda en mi propio cuerpo, tanto que quise lanzar el colgante que me había dado Uriel contra la pared de piedra y regresar.
No lo hice. Seguí ignorando la culpa y persiguiendo, por una vez, aquello que tanto me empeñaba en ignorar.
El castillo estaba sumido en un inquietante silencio que me puso los pelos de punta.
Todos podrían estar observándome, escondidos tras la misma oscuridad que me protegía, pero esperaba que durmieran.
A esas horas lo único que solía hacer era mirar a un punto de la asfixiante habitación y esperar a que el tiempo siguiera su curso.
Ya no importaba si cerraba o no los ojos, las pesadillas siempre acudían a mí.
Sin embargo, esa noche no había podido soportarlo más.
La misma imagen se repetía en mi cabeza una y otra vez.
El grillete con el que me habían atado los Ignis aquella noche en la posada era el mismo que llevaba el Solitario, incluso a través del hielo que nos separaba había podido fijarme en la peculiar forma que había relucido en la piedra.
Tenía que ser el mismo símbolo que había brillado en el mío.
¿Cómo podía ser eso una coincidencia cuando hasta ese momento nunca había visto uno igual?
¿Y qué podía significar? Las preguntas se acumulaban bajo mi piel y ya no encontraba la forma de ignorarlas.
Así que, solo por una noche, seguí mis impulsos y me escapé para buscar la verdad.
Rodearme de libros fue, por un instante, lo más cerca que me sentí de estar en casa, pero la frágil sensación se evaporó tan pronto como me alcanzó el olor a frío, polvo y humedad.
Paseé por los pasillos repletos de estanterías y gracias a mi vista hiperdesarrollada y a la luz tenue que ofrecían algunas velas pude leer y descartar muchos títulos.
El corazón me latía con fuerza ante la cantidad de información que se extendía ante mis ojos acerca del Atharav, pero no me permití pensar en nada que no fuesen los Solitarios.
La posibilidad de conocer más del mundo al que había pertenecido mi verdadero pa… No.
Simplemente descarté ese pensamiento.
La idea de que mi padre no biológico también me hubiera engañado durante toda mi vida era demasiado. Y más cuando compartía conversaciones conmigo acerca de lo rara que estaba mi madre y de cómo sentía que le estaba ocultando algo. Su hipocresía me daba incluso ganas de vomitar.
Pero, tal vez… Si el embarazo inusual de mi madre había durado tanto tiempo como para que nadie lo hubiese notado en el Helheim, quizás también engañó a mi padre, haciéndole creer que el bebé que esperaba era suyo.
El estómago se me encogió al pensar que la duda sobre la traición de mi padre me acompañaría durante mucho tiempo. Tal vez para siempre.
Mis pies trazaron un recorrido y lo repitieron durante lo que me parecieron horas hasta que se detuvieron de golpe por culpa del gruñido oxidado de la puerta al abrirse.
Como si llevara una enorme flecha con luces de neón apuntándome en la cabeza en vez de estar oculta entre sombras, me interné en el pasillo de estanterías más cercano.
—¿Hola? ¿Quién hay ahí? —Una voz grave resonó por la estancia y se coló en mi pecho.
Al instante una punzada de vergüenza me atravesó y sentí la necesidad de encogerme para esconderme aún más. No me podía pillar aquí. ¿Qué iba a decirle?
Estaba tan absorta en mi ansiedad que no me di cuenta de la cercanía de sus pasos hasta que se detuvo delante de mí.
Sus ojos conectaron con los míos como si pudiera verme a través de la neblina de sombras y en cuanto lo hizo sus hombros se relajaron.
Yo lo único que pude hacer fue mantenerme positiva y quedarme congelada en el sitio como si así no pudiera pillarme.
Pero él podía ver más allá, siempre lo había hecho.
—¿No me avisas para unirme a tu escapadita nocturna? —Se cruzó de brazos y se apoyó de lado en la estantería, mirándome con una mezcla de curiosidad y sorpresa.
Pues vaya mierda de colgante si a la primera ya me habían atrapado.
Guardé silencio. Realmente no estaba haciendo nada malo, entonces, ¿por qué sentía que me habían pillado?
«Porque deberías haberte quedado segura en tu habitación, lo más lejos posible de respuestas que puedan destrozarte tanto a ti como al resto», me respondió la vocecilla impertinente que no se separaba de mí.
—Aria, ¿qué haces aquí?
Exhalé, derrotada. Despegué el colgante de mi piel, lo que provocó que las sombras huyeran a aquellos lugares de donde fueron robadas.
Los colores grises y fríos de la biblioteca recuperaron su nitidez, al igual que los ojos de Killian, que me miraban de arriba abajo sin perderse detalle alguno del camisón que acababa en mis rodillas.
Tenía las piernas desnudas porque no me había molestado en cambiarme y el hecho de que estuviera repasándome con la mirada después de lo que habíamos compartido…
Tragué saliva sintiendo cómo los nervios me calentaban la piel.
Había tratado de olvidar el camino que trazaron sus manos, sus gruñidos, las palabras sucias en mi oído y su forma de darme y darse placer, pero cada una de las veces había fracasado. No tenía ni idea de qué hacer con nuestra relación y precisamente ahora no era el momento de resolverlo.
Más tarde lo haría. Sí.
—He venido a buscar más información acerca de nuestros poderes. —Alcé el mentón y mantuve la voz firme, procurando que no se notara la evidente mentira.
—Ya. —Alzó una ceja—. Esa es justo la excusa que le he puesto al guardia que vigila mi habitación.
—¿Te ha dejado salir?
—Hemos conseguido que el rey confíe en nosotros, podemos movernos libremente por el castillo siempre que avisemos. Pero tú eso ya lo sabes. —Ladeó la cabeza y me estudió con un brillo suspicaz que me hizo balancearme sobre mis talones, nerviosa—. Te escondes por otra razón…
—Quería comprobar si el colgante que nos dio Uriel funciona, ya sabes, para tenerlo todo controlado para la noche del baile. Pero está claro que nos ha dado uno defectuoso porque bueno… —Forcé una sonrisa de resignación—. Aquí estamos.
—No creo que funcione mal. He sentido tu presencia en cuanto he abierto la puerta, y llegados a este punto no creo ni que se trate del hechizo de sangre.
Podría jurar que se le había oscurecido la mirada y que mi corazón se había saltado algún que otro latido.
—Si funciona de maravilla, entonces ya podemos irnos.
Pasé por delante de él dispuesta a marcharme, pero me cogió del antebrazo con suavidad, frenándome.
—Ahora entiendo por qué mirabas así el grillete. Tú también te has dado cuenta.
Sus palabras impactaron contra mí como un fuerte empujón y se quedaron flotando sobre nosotros, espesando el aire. Me quedé helada. La culpabilidad me comprimió el pecho y tuve ganas de zafarme de él para salir corriendo de regreso a mi habitación.
—Hemos venido aquí por la misma razón, pero no pasa nada si no estás preparada para encontrar respuestas.
—La suavidad y seguridad de su tono me abrazaron y tuve que parpadear para deshacer la emoción repentina que cubrió mis ojos—.
Te contaré todo lo que descubra cuando me lo pidas, si es que alguna vez decides hacerlo.
Dos fuerzas tiraron de mí: el miedo a las consecuencias alimentado por el dolor de los recuerdos, y otra muy poderosa, la misma que me había hecho abrir las intimidantes puertas de la biblioteca y adentrarme en ella. Las ganas de saber… más.
Killian me tocó con suavidad el dorso de la mano y bajó la mirada hasta mis ojos.
Quería… Quería quedarme con él. En Haven Lake me había sentido muy sola buscando respuestas y ahora me ofrecía todo lo contrario.
Con Killian el miedo y el dolor siempre eran más soportables.
Así que cogí aire y me aferré a eso con todas mis fuerzas.
—Tú busca por esta sección. —Señalé las estanterías que teníamos a nuestro alrededor—. Yo miraré en las del fondo, en las películas y en los libros siempre es allí donde esconden la información prohibida.
Se esforzó por contener una sonrisa de satisfacción, pero su mirada iluminada delataba lo entusiasmado que en realidad se sentía por que hubiera aceptado.
—También es donde se esconden los monstruos que protegen dicha información, pero vale, me quedaré con la opción más aburrida. —Lo miré con cara de pocos amigos y me sonrió de forma burlona.
Páginas amarillentas. Cuadros y retratos olvidados cubiertos de polvo. Tinta seca. Leyendas. Historias inventadas sobre bestias que batían sus alas con fiereza. Párrafos interminables acerca de los extraordinarios poderes de los Dioses.
Y nada que nos pudiera ser de utilidad.
—Resulta que en los lugares más alejados de esta biblioteca solo hay libros eróticos. —Con frustración, dejé caer un ejemplar delante de Killian, que, sentado en un sillón aterciopelado, leía concentrado al lado de una pila de libros que había recopilado en lo que llevábamos de noche.
Se sobresaltó ante mi llegada y le costó despegar la vista del libro para responderme.
—Me parece que están colocados en el sitio perfecto para leerlos en la intimidad y, con algo de suerte, después ponerlos en práctica. —Me dirigió una mirada canalla que me hizo poner los ojos en blanco.
Lo que estaba leyendo tenía que ser muy interesante, porque enseguida devolvió su atención al libro y su frente se arrugó de inmediato.