A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Fruncí el ceño. No le pegaba nada ir de sobrado.

—¿A qué te refieres? ¿Le escribiste una de tus poesías?

Eidan detuvo sus movimientos letales, soltando las cuerdas y provocando que las pesadas lanzas rebotaran al impactar contra el suelo. Se quedó muy quieto, observándome.

—En ese momento mi pasión por los versos aún no se había despertado —dijo con la voz cubierta de pasión—, pero ahora que han pasado años podría escribir acerca de la belleza que había en su desesperación, acerca de lo profundo que era el vacío de sus ojos y, sin embargo, el eco que te gritaba la verdad del corazón que enterraba…

—La inspiración de Eidan cesó ante mi gesto incrédulo.

¿Qué coño se había fumado para hablar así de una de esas bestias?

Carraspeó y se cruzó de brazos en un gesto inseguro—.

No, no lo hipnoticé con ninguna de mis prosas, fue incluso más fácil.

—He escuchado por ahí que es imposible matar a uno de esos bichos.

—Es que es imposible. Y hablo del tema sin necesidad de esconderme porque todos creen que miento y que fueron mis elevadas capacidades de lucha las que lo vencieron.

—Se encogió de hombros—. Piensan que no quiero desvelar mis habilidades para seguir manteniendo mi estatus como el único Ignis que venció a un Solitario y, por lo tanto, conservar mi puesto a pesar de mi corta edad.

—¿Cómo lo venciste entonces?

Se encogió un poco, cabizbajo, como si estuviera a la espera de que fuera a burlarme de él.

—Usé el elemento Tierra, que no sé si te has dado cuenta, pero está superinfravalorado. Por eso se niegan a creerme, sería como admitir que esa rama de su descendencia también es importante.

¿Cómo no darme cuenta? En el Atharav ese elemento tenía la misma presencia que la Diosa de

la Tierra. Hasta eso había manipulado el rey.

—Nadie se ha molestado en enseñarme cómo usar esa parte de mis poderes.

—Ni lo van a hacer, está muy mal visto —dijo con una seriedad impropia de él—. Pero podrías aprender por tu cuenta. Además, ya los usaste una vez, solo que nadie habla de ello.

Fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres?

—En el desfile absorbiste gran parte de la explosión. Fue increíble. —Sus ojos grandes brillaron de emoción—. Tus poderes de tierra se manifestaron de forma instintiva, en este caso la habilidad de protección.

—Vaya —dije, porque no sabría cómo volver a repetirlo—. ¿Cómo los usaste tú para librarte del Solitario?

Al ver que le estaba prestando atención sin juzgarle, se animó a continuar.

—En una de mis escapadas acabé en el Bosque de las Bestias frente a esa criatura.

Mis padres son partidarios de desarrollar mi elemento Tierra, y como yo siempre he tenido mucho miedo, usé una de sus propiedades para infundirme seguridad antes de pensar un modo de escapar.

Sin embargo, acabé contagiándole esa seguridad y se acercó a mí.

Se comunicó conmigo y me pidió con mucha angustia que le llevara hasta las puertas del Atharav.

Yo no sabía cómo se iba, pero le prometí que volvería para ayudarlo.

Cuando averigüé dónde estaban lo conduje hasta ellas, las tocó y se murió delante de mis ojos.

Nadie creyó al niño que sobresalía por sus letales habilidades cuando apareció con el grillete que siempre llevan los Solitarios y les contó lo que había ocurrido.

—¿Quería morir? ¿Pero su misión no era proteger a los Indómitos?

—A lo mejor ese Solitario fue una excepción…

—Adoptó una actitud reflexiva—. Pero sentí su alivio cuando se desvaneció.

Lo que me llamó la atención fue que después de que las costras secas de su piel se desintegrasen, apareció un grillete de piedra con un símbolo grabado que nunca había visto.

No sé qué clase de trucos usan los Indómitos para crear a esas bestias, pero se lo entregué al rey para que pudiera averiguarlo.

Me quedé completamente helado. La sombra de una sospecha creciendo en mi interior.

La historia de Eidan no tenía ningún tipo de sentido, pero lo que tenía aún menos sentido era que quisiera tomarme el pelo.

Entonces recordé la cantidad de libros que había dejado sin leer cuando estuve investigando acerca del Atharav.

Esa noche, antes de hablar con Aria, tenía que hacer una pequeña parada en la biblioteca.

—Gracias a los Dioses, por fin hay alguien que no piensa que estoy loco —soltó Eidan con los ojos brillando por la ilusión—. Es complicado hablar de estas cosas con…

—¿Fayna? —Giré a cabeza para señalarla a lo lejos, ya había terminado su reunión y ahora luchaba con violencia contra uno de menor rango—. ¿Qué orgullo debe tener para ni siquiera molestarse en usar la magia para luchar?

—Así ahorra energía y aguanta más. En las Guerras Anuales también lo hace y es impresionante.

De repente la aparición vacilante de una figura a varios metros de nosotros robó nuestra atención.

Había intentado volver a visitarla, pero por mucho que toqué su puerta…

no me hizo caso. No podía reprochárselo.

Desvié la vista hacia Aria. A ella tampoco.

Entendía perfectamente la necesidad de encerrarte en ti mismo porque crees que el dolor es demasiado grande para que alguien lo entienda o pueda cargar con él.

La diferencia era que ahora yo lo estaba viviendo desde el otro lado.

Y joder, era muy frustrante que no te permitieran simplemente estar ahí.

El dolor de haber perdido a su hermano permanecía en los ojos grandes y oscuros de Zoey. Me fijé en que llevaba uno de los uniformes de combate de los Ignis, al igual que nosotros, y tenía el pelo limpio, la cara libre de heridas y la sonrisa dulce que siempre solía acompañarla.

¿Su presencia era una muestra de buena fe por parte del rey por haber cumplido con sus exigencias?

Connor fue el primero que reaccionó y corrió hasta ella junto con Aria.

Por sus caras deduje que también se extrañaban de que le hubieran permitido salir al patio de armas; al resto de los Inciertos secuestrados los mantenían encerrados en las partes más oscuras y profundas del castillo.

Aria terminó de abrazarla e intercambió palabras que imaginé serían de consuelo y preocupación.

Le pedí a Eidan que nos dejara un minuto de privacidad porque acababa de perder a su hermano y necesitaba a sus amigos, y corrí hacia ellos.

—Ey, ¿cómo estás? —La estreché entre mis brazos y ella me rodeó la espalda con manos temblorosas.

Según me había asegurado Connor, los guardias del rey no le habían hecho daño porque él estaba accediendo a su chantaje, aun así, eché un rápido vistazo por su cuerpo, ahora mucho más delgado, para comprobar que así era.

—Sobreviviendo —me respondió con voz débil—. Como todos.

—Tenemos un plan —susurré en su oído alargando el abrazo y cerciorándome de que Eidan y Fayna estuvieran lo suficientemente alejados—. Cuando hables con Connor lleva mucho cuidado y díselo. En cuanto podamos os contaremos qué tenemos planeado para escapar de aquí.

Noté que se quedaba paralizada, pero en cuanto procesó mis palabras asintió rápidamente antes de separarnos. En cuanto lo hicimos, el Guardián se colocó tan cerca de ella como pudo.

Zoey agachó la mirada; parecía un poco incómoda, fuera de lugar. Normal, teniendo en cuenta que estaba rodeada de personas después de pasar semanas aislada en su habitación.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Aria al mismo tiempo que Fayna comenzaba a acercarse con pasos airados.

—El rey quiere que entrene con vosotros, supongo que para tenernos a todos vigilados —respondió con el rostro de una palidez que contrastaba con los profundos surcos bajo sus ojos.

—¿Sabes dónde tiene al resto de Inciertos? —quiso saber Aria con ansiedad—. ¿Has visto a un chico de nuestra edad, alto, rubio y con los ojos verdes?

Fayna estaba a punto de llegar a nosotros.

La expresión de Zoey se llenó de culpa.

—No, lo siento. Yo… solo podía escuchar sus alaridos allí abajo, no sé qué métodos de tortura utilizarían con ellos, pero de repente se escuchaban gritos, casi como si fueran…

—Yo también los escuché —añadió Aria con una sombra cerniéndose sobre sus ojos—. Y fue horrible.

—¿Has manifestado algún síntoma de que tu descendencia esté revelándose? —interrumpí la conversación.

No quería que Aria siguiera pensando en lo que le podría estar ocurriendo a su amigo. Aunque ya era demasiado tarde para eso, su rostro estaba totalmente descompuesto, casi resignado.

Zoey negó con la cabeza y pudimos respirar. Si su parte sobrenatural se descubría atrapada en el Atharav y resultaba ser una Kaelis, moriría en el acto.

—¡Eh! ¿Pero qué hacéis que no est á

is entrenando? —El grito de Fayna resonó por toda la extensión del patio de armas.

Mientras volvíamos hacia nuestros entrenamientos, me acerqué hasta Aria y le rocé el dorso de la mano en una suave caricia de apoyo.

Me miró y la tristeza profunda que me transmitieron sus ojos aumentó el nudo de preocupación que me revolvía el estómago.

Durante el resto del día la información que había descubierto gracias a Eidan me dio dolor de cabeza.

Aria no tenía fuerzas para buscar las respuestas que tanto necesitaba, pero yo estaba dispuesto a hacer eso y muchísimo más por ella. Todo lo que me pidiera.

Decidí que esa noche, para bien o para mal, debía descubrir la verdad.

Una vez lo hiciera, solo Aria podía decidir si quería enfrentarse a ella.